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BAILANDO EN LA TABERNA

De todos los animales parece ser que el hombre es el único que es capaz de bailar, me refiero a danzar por placer, no valen osos ni perritos amaestrados ¿Para bailar qué necesitamos? ¿Música? Yo creo que no hace falta una melodía elaborada, sino que a veces basta con un compás desnudo; el de unos tacones, unas palmas, unos nudillos, unos palillos o unas cucharillas. O con simples pedorretas.  Pero no es extraño ver bailar; ilusionadamente me refiero; a loros o cacatúas. Precisamente son ellos, como nosotros, los únicos capaces de entonar música con la boca. Alguna vez leí algo al respecto; que para sentir la necesidad de mover los huesos al ritmo de una harmonía es condición imprescindible poder entonarla primero. Ay que ver lo complicada que es la mente.

Quien canta sus males espanta, pero quien baila también. Con los años, nos volvemos tan timoratos que solo cantamos y bailamos a solas, porque está claro que no lo hacemos muy bien de acuerdo a los cánones; nos olvidamos que ambas actividades son una válvula de escape a los sentimientos más profundos que se quedan dentro de la olla a presión de nuestro cerebro y que los bailes corales se idearon también como ceremonia de socialización y comunión entre los miembros de un clan.

Todo aquel que haya leído el Zorba de Katzatzakis, o visto la película del soberbio Anthony Quinn; que representó como nadie al griego inmortal; se acordará de lo importante que era el baile para el vital y libre personaje y que solo al final de la historia es capaz de hacer entender al intelectual y encorsetado Basil que la vida es mucho más simple y que muchas preocupaciones se solucionan de forma también sencilla; bailando.

Es verdad que los griegos son muy dados a sus bailes, en cuanto oyen un buzuqui, se ponen con las manos haciendo palillos, pero saben elegir muy bien el donde y el cuándo. A mí me revientan un poco los sitios turísticos donde ponen el Sirtaki y sacan a los guiris. Sosos, como ellos solos, se lanzan a dar patadas a diestro y siniestro con los brazos en alto. Es como lo del toro y el torero de los hoteles Portinax, en Ibiza, o en cualquier otro sitio de España; se me eriza el pelo de pensarlo. Así que cuando alguien me dijo lo de “enséñanos a bailar” Yo pensé que ni hablar, que habrase visto ¡Qué pensarán los de la taberna!
Pero fue en una noche de verano, de una lunita entera, llena de presagios y de hombres lobo, vampiros, locos y enajenados bailarines. La playa con 6 olivos oscuros, sordos y ciegos; para no decir ni mu. Solos solitos en la taberna, un rebétiko que te ponía la piel como de lija y los kilos de vino blanco que iban y venían de la cocina a la mesa ellos mismos, sin pedirlos.

Pamplinas al fin y al cabo, para justificar que al final consentí en enseñarles mi mal aprendido hasapikó, Sirtaki para el neófito, que me enseñó algún amigo bailón. Comenzamos a dar patadas a discreción, claro. Los hijos del tabernero, recién salidos del toril escolar, hacían sus deberes en una mesita en la esquina; o pintaban monas, más bien. Nos miraron divertidos y poco a poco se acercaron. El niño estaba muy serio,  yo le pregunté que si sabía bailar. Claro, me contestó muy orgulloso. Pues baila con nosotros. No. Pues nada, tú te lo pierdes. Y salió escopeteado a esconderse en la cocina.

Bailamos y bailamos, sin parar, como malditos; alzando los brazos, en corro y por separado. Y la niña, que era más niña, y que todavía no había sido picada por la timidez de los años se unió a la fiesta como uno más. Bailamos sin descanso. A su padre, el cocinero,  se le caía la baba de vernos, dejó el mandil sobre los fogones y salió también al ruedo. Bailamos todos como malditos. Y el niño, que atisbaba desde la cocina, se sintió estúpido y le entró una envidia total. Se arrimó como quien no quiere la cosa. Bailó como un maldito, rebozándose por los suelos, mientras le palmeábamos, pegando manotazos  a tierra y levantando la pierna sobre nuestras cabezas. Volaron los papelillos sobre nosotros que caían sobre el niño danzarín y en sus giros los revolvía haciéndolos flotar otra vez como torbellinos. Fue la luna, no lo dudo ¿Quién sino?

Cuando nos íbamos exhaustos, me preguntaron si habíamos disfrutado.

– ¿Cuándo nosotros vayamos a España también bailaremos como aquí?

– Claro, claro.

Pero no pude decirles  que un baile en España podría levantar ampollas, según en qué situaciones. Por ejemplo, si se ponen a bailar sevillanas en Bilbao o Sardanas en Valencia.

¿Cómo explicarles eso, si yo tampoco lo entiendo?

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Limnos y su sopa

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Limnos es tan exclusiva como su Kakabiá; una sopa de pescado ancestral que solo he logrado comer aquí con cierto rigor histórico. Sopa e isla te conducen a los orígenes de todo esto que conocemos por civilizado.

La isla es dulce y voluptuosa, carente de montañas abruptas, tan suave como un cuerpo desnudo y bronceado tumbado sobre las olas; llegues por el norte o por el sur la mano se te escapa a acariciar esa piel de terciopelo cobrizo. Esta sensualidad debió notar Jasón y sus argonautas cuando se acercaban por el mar. Y mucho más; el ardor en sus entrepiernas al encontrar unas playas  llena de hembras dispuestas a todo por una noche de amor. Tengo miedo a equivocarme, porque algunos comentaristas de este blog muy puestos en la materia me pueden sacar los colores, pero la historia comenzó con Hefesto, el dios deforme del Olimpo que gustaba de Limnos para pasear su divinidad. Hefesto era cojo pero nada le impidió enamorar a Afrodita, la bella entre las bellas, y no contento con su suerte, se permitía serle infiel con cualquiera. La diosa montó en cólera, pero las mujeres de Limnos se pusieron del lado de Hefesto; probablemente eran parte interesada; Afrodita las condenó a desprender un hálito ponzoñoso y un aroma corporal nauseabundo. Ningún hombre de la isla se atrevía a acercarse y desfogaban sus deseos con las mujeres de otras tierras. Ellas los mataron, claro. Pero es de suponer que cuando la sangre del último varón goteaba por sus manos debieron preguntarse ¿Y ahora qué? Así fue como las encontró Jasón en la arena.

Esta isla tan suave de formas y colores tiene una belleza melancólica, nostálgica de sus glorias e infiernos pasados, que emana de sus rocas pardas y se queda flotando en el aire como una bruma. Aquí llegaron los primeros pelasgos a poblar Grecia; aquí se urdió la primera masacre de género;  aquí se congregaron las flotas aliadas para combatir en Galípoli; aquí, en su penal,  dieron con sus huesos numerosos e ilustres presos políticos después de la guerra civil y durante la dictadura de los coroneles. Aquí la kakabiá es más que una sopa un rito. Aquí, vayas por donde vayas y pasees por donde quieras encuentras restos de todo eso. Poco a poco y mientras descubres e indagas te quedas lentamente pegado a este suelo y pocas cosas son tan importantes como para irse.

Hace muchos años, cuando navegábamos hacia Estambul  nos quedamos en Myrina, la capital, retenidos durante un mes debido a problemas con un policía demasiado celoso y no bien informado de las normativas comunitarias; sí que es verdad que recién salidas del horno en aquel momento. Nos metió una multa suculenta; que nosotros resarcimos convenientemente disponiendo de agua y luz amarrados en el muelle de la patrullera; y nos quitó los documentos del barco a la espera de no sé qué papelillo, ni falta que hace acordarse de ello. En ese mes de “arresto” en la isla tuvimos tiempo de constatar ese apego del que antes hablaba; si bien, con el bolsillo maltrecho por la sanción no tuvimos ocasión de gollerías; tan solo de pasear y hacer algunas excursiones en bicicleta hasta sus manantiales de aguas calientes. Nada más irnos supimos que debíamos volver. Todo tiene su momento y llegó.

La Kakabiá, es una sopa primordial de pescado de la cual proceden todos nuestros calderos, suquets  y calderetas; el nombre alude al puchero con tres patas en el que se guisa.  En otras partes de Grecia se bastardea y se apotaja, metiéndole de todo, y se sirve cómo sopa de pescado, pero aquí es un caldo fundamentalista y primitivo acompañado de una ceremonia de servidumbre, como siempre se espera de los buenos guisos. Es tan sencillo que su exquisitez radica básicamente en la bondad del pescado que lleve, por eso debe ir seguida de apellidos: Kakabiá de mero, Kakabiá de escorpa, de emperador… y el pescado debe estar entero y turgente.  Se sirve el pescado  en una fuente con patatas, zanahorias, ramitas de apio, aceite y limón y se coloca la sopa al lado acompañada con trozos de pan duro; todo muy familiar, ya dije que eran los orígenes de todas las sopas de pescados. Los griegos recalcan; y a veces lo venden como tal en restaurantes de turistas; que también de la famosa bullabesa tiene genes comunes. No hace falta que ningún francés ponga el grito en el cielo al comparar la compleja y elaborada sopa marsellesa con este plato sencillo y humilde, pero así es la evolución; de algo parecido a un paramecio salieron los homínidos; al final ambos sobreviven.

Esta vez vinimos a conocer el golfo de Mudros, un enorme entrante del mar en el interior de la tierra que es la gloria de un barco, porque siempre hay lugares protegidos de cualquier viento y además, el pueblo, es un puerto amable y tranquilo; con un alcalde simpático que ha puesto una wi fi abierta para todos y donde los cafés se llenan a medio día de gente alegre y gritona que celebra la felicidad de vivir en una isla romántica.

Mudros no es un bello pueblo del Egeo, tampoco feo, pero los últimos años de bonanza económica han servido para que algunos adinerados hayan  llenado fachadas y jardines de un muestrario de alicatados L&M, cisnes, enanitos, águilas, piñas, fuentes y barrilitos; algunos rincones parecen el museo del holocausto. Habría que multar a esta gente carente de gusto que agrede con sus decoraciones al viandante; menos mal que el agua y la tierra se encargan de reparar el daño y lo resuelven con elegancia.

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Tabernas en serie

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Me gusta la taberna, es una de las cosas más significativas en Grecia, y descubrir las buenas cuando se va viajando por el país, una de mis aficiones. Tengo el ojo bastante entrenado y una proporción de aciertos considerable; aunque siempre hay recuerdos de desastres gloriosos, claro. Eso sí, cuando una es catalogada dentro del grupo de “mis tabernas”, suelo ser bastante fiel; siempre volveré a ella cuando pase por el lugar; se descartan ya veleidades de “vamos a probar otra” ¿Para qué?

Una taberna no está hecha solo de comida, aunque también, sí no de colores, de flores, de luces, de música, de vistas, de barcas, de gatos y muy importante, de taberneros y taberneras; es aquí donde puede quedarse reducida a un simple restaurante o ensalzada a categoría de oráculo; lugar que uno siempre debe visitar en su viaje para conocer lo que le depara el destino.

Una taberna te entra despacito, como entra una música; vas captando sus detalles hasta que exclamas el ¡Creo que deberíamos probarla! Y exactamente eso es lo que nos sucedió en Korfós, en el Peloponeso; cuando llegamos había muchas, pero una era azul y tenía barcas de colorines balanceándose en su muelle con redes amontonadas; tenía  manteles con faros y lucecitas colgando del emparrado; tenía un grupo de pescadores desliando el desastre que le había organizado un delfín en los artes de pesca. Tenía bastante de lo que hay que tener. Tenía hasta un cartel que decía:

Un corto tránsito desde la vida del mar al carbón.

– Habrá que probarla, exclamamos.

Según  desembarcábamos en el muelle, el tabernero levantaba los ojos de su faena en la red para mirarnos por encima de las gafas. Echó una mirada como de decir, cuidado que en mi taberna no se sienta cualquiera, solo aquellos que sean capaces de apreciar lo que es un corto tránsito entre la vida en el mar y el carbón. Y fue entonces cuando llamó a Fotiní para que atendiera la mesa. Me acordé de una lectura del libro de griego en el que aparecía una tal Fotiní,  algo así como Luminosa o Iluminada. En esta lección ella se casaba y por tanto aparecía todo el vocabulario relacionado con bodas, familiares y parentescos variados. Ya tenía nombre la taberna; para que pensar más ¡Fotiní!
Muy buena música, serios pescados y un tabernero que se dirigió a nosotros al enterarse que éramos españoles:

– ¿Sabes algún verso de García Lorca?

Atropelladamente recitamos el “Verde que te quiero verde” mezclado con el “Eran las cinco en punto de la tarde” con gritos de “yo que te llevé al rio creyendo que eras mozuela y tu tenías marido” Y cómo sonrió encantado, probablemente sin entender ni jota, y la música era buenísima y Fotiní, que no era su señora si no su hija, salía en mi lección de griego y él desliaba las redes, pero era mentira porque no hacía más que liarlas y tejerlas y enredarnos a nosotros, como la araña con su tela cercando a su presa, y como nos miró por última vez por encima de sus gafas, tuve la certeza de que aquella era una de mis tabernas.

Nos fuimos, pero soy fiel;  volvimos un año después. Las mismas luces, la buena música, los pescados de breve tránsito y él, sin redes, pero todavía con Fotiní. Otra cena memorable.
Cuando nos despedíamos me dijo Fotiní

– ¿Dónde vais mañana?

– A Poros

– ¡Ah! En Poros está mi padrino que tiene una taberna, os gustará.-  Sentí un Déjà vu , Fotiní que se casaba, los padrinos, los cuñados, los suegros; parecía que había salido de las páginas de mi libro.

– ¿Y dónde está su taberna?

– Subiendo hacia el reloj.

Esa sí que era buena, porque subir al reloj suben todas las calles de Poros. Unas suben, otras se pierden, otras dan vueltas, otras acaban en el abismo, otras se precipitan sobre el puerto; pero todas, si te emperras, acaban en el reloj. No pensaba buscarla ¡Bah! Fotiní intentando hacer propaganda de su padrino. Pero una vez en Poros… ya que paseas…y subes y bajas…y el reloj arriba marcando sus horas, tictic tactac, pues vale, pues pregunto, solo por matar el tiempo, que conste, que tontería.

– Sí, la taberna de Dimitris Panos está allí arriba, tras la plaza; es una que tiene carnicería dentro.

– ¡Ahi va!

Allá que fuimos. Y para que contar, otro hito tabernil, esta vez de carnes. Chuletones, chuletas y chuletillas que el carnicero cortaba a hachazos certeros sobre el madero iban a parar, en corto tránsito, sobre las brasas que aventaba su ayudante; luego, con mimo, vuelta va y vuelta viene saltaban sobre las mesas y todos exclamábamos ¡Bueno! Mientras brindábamos y mirábamos el puerto allí abajo ¡Viva el kumbaros de Fotiní!  Llegué a pensar que era una cadena de franquicias Fotiniles.
Cuando ya pagábamos le dije, en un aparte, a la camarera:

– Mañana vamos a Egina  ¿Podrías preguntarle a Dimitris si tiene algún familiar allí que tenga una taberna!

Me miró como si estuviera loca.

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Placeres del fondeo

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Su… su… su… sube. Sinuoso, como las serpientes; curva va y curva viene. Con calma, como el sigá-sigá griego. Y allí abajo; pobrecito; se queda el barco en silencio. Y subes y subes; cada vez más lejos, cada vez más pequeño; se parte el alma solo de verlo.
¿Por qué duele tanto dejar un barco solitario y sin vigilancia? Es como abandonar a un cachorro; solo, no se puede defender. Siempre me recuerda a una canción que nada tiene que ver con esto. 

Antonio Vega-Se dejaba llevar por ti

Se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,
no esperaba jamás y no espera si no es por ti.

Nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más,
nada puede sufrir, que no sepas solucionar…

El caso es que una buena Musaka lo vale y en la taberna de arriba la bordan. Así que: su.. su… su…nos vamos alejando de él, mientras se alargan las sombras, se callan las chicharras, se calma la brisa, se hace minúsculo. Fru..fru…fru.. los últimos bandazos de los arboles con el viento.
Había prometido a mis tripulantes la mejor musaka de Grecia; pero también explicado que como todo lo bueno, requería un esfuerzo; más para mi que para nadie; de dejar el barco abajo y subir 2 kilómetros cuesta arriba. Lo de subir lo solucionamos; vinieron a buscarnos. Lo de dejar el barco solo…

– ¡Ay! Ya no se ve a La Maga

Muchas veces me pregunto porque me complico tanto la vida, porque no voy al puerto de al lado y nos recojen allí. Pero la respuesta está en la magia de estas cosas, la magia de Sikidi al atardecer, de sus barculas de colores, de los saludos de la gente que casi se sorprenden de que un barco venga a pasar la noche; de la sonrisa de Sofía cuando le pido biras pagomenas (cervezas heladas) antes de comenzar el ascenso hacia el pueblo y de que arriba en la plaza, todos ya saben, que un barco de españoles va a subir a cenar a la taberna.
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El tenedor griego

Para cruceristas a los que les gusta la buena mesa, siempre habrá un rincón en este blog. Por ello, incluyo en este post una nota aparecida en Atenas Digital anunciando la apertura de un nuevo portal en internet sobre gastronomía griega. Cito textualmente:

“Entre crisis y crisis, la vida continua y los griegos siguen cuidando su comida . Algo nuevo se cuece en Atenas: existe un nuevo espacio en internet sobre gastronomía griega, que  ofrece información, recetas y recorridos gastronómicos para todos los gustos .

En www.thegreekfork.com ( el tenedor griego ), los lectores encuentran todo lo relacionado con el arte de comer bien en este país,  desde recetas y recomendaciones de restaurantes hasta posibilidades de recorridos gastronómicos y excursiones culinarias”.

Pues eso, muchas gracias a la gente de Atenas Digital por la recomendación. Queda incluída como aviso para navegantes…

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La taberna griega.

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La taberna en Grecia es una institución notable. La iglesia, la escuela y la taberna. En mi pueblo de Grecia hay 3 tabernas y  no mas de 100 habitantes en invierno.
La taberna en Grecia tiene nombres y apellidos. Una taberna puede ser:
Eστιατóριο o estiatorio. Se podría traducir, solo aceptablemente, por restaurante.
Μεζτεδοπολιο o metzedopolio. No se puede traducir, es un sitio donde con la bebida te dan tapas.
Ουζερια o uceria. Es igual que lo anterior pero donde se bebe Ouzo.
Ψησταρια ο psistaria. Un asador de carne a la brasa.
Οβελιστηριο u obelistirio. Tampoco lo traduzco, el nombre evoca la comida que ofrecen: carne al espetón.
Ψαροταβερνα o psarotaberna. Sitio donde se come pescado. Normalmente llenas de gatos.
Καφενεο o café.
Ζαχαροπλαστεο o zajaroplastio. Donde se toma café con pasteles y dulce.
O simplemente taberna.
A veces las fronteras no están del todo claras; pero, cuidado con pedir un café en un Eστιατóριο , un pescado en una Ψησταρια o unas tapas en un Καφενεο; el camarero arqueará sus cejas, cerrará sus ojos y dirigirá la punta de su nariz hacia el cielo, para bajarla inmediatamente. Estará diciendo que no hay, aunque no lo parezca. Y quedarás catalogado como extranjero ignorante.
La taberna en Grecia es un lugar influyente. En ella se pueden llegar a discutir temas importantísimos, del interés de toda la comunidad, de los que puede llegar a depender el futuro del pueblo.
Una vez fui testigo de conversaciones sobre el porvenir de una familia cuyo padre había muerto dejándoles en la ruina; se había bebido toda la herencia. El tema era de intensa actualidad, se discutía día y noche en la taberna y se intentaba buscar soluciones. ¿Que hacer con esos niños pequeños? Esto puede parecer asombroso para la gente que habitamos en ciudades, pero en un pueblo de 100 habitantes es un tema muy serio. Llegaras a la hora que llegaras, te sentabas en una mesa y continuabas con la misma conversación, solo unas horas antes abandonada.
La taberna en Grecia es el punto de encuentro. El sitio donde buscar relaciones, donde dejar un recado o un paquete. Los viejos encuentran compañía y los niños atención.
Taberna de Evgiros
Es muy común que cada contertulio se siente en una mesa diferente y todos tengan que hablar a voz en grito para hacerse escuchar; la taberna parece llena, aunque solo hay cuatro personas.
La taberna en Grecia es en muchas ocasiones un lugar bonito, bien arreglado, lleno de flores, situado en un sitio espléndido, cerca del mar o con fantásticas vistas. Se cuidan todos los detalles. Te atrae tanto que hasta te olvidas que tenías sed o tenías hambre.
Taberna+Cicladas.Tabernas en Grecia
Taberna del Egeo.

En fin, creo que hay tabernas en Grecia donde merece la pena sentarse para, simplemente ver pasar la vida.
Sobre el mar Jónico.
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Música al margen: la Rembétika

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Todas las músicas urbanas huelen a algo: El blues es aroma  de tabaco y whisky , el tango es mate y humedad de las calles porteñas. Hay una música en Grecia que huele a vino barato derramado sobre los suelos de madera de las tabernas, al  humo de hachis que emanan los narguiles, que se canta al borde del desafinado y que nace de una subcultura, cuasi criminal; en sus inicios despreciada por las clases medias y perseguida por las autoridades; la Rembétika.

En 1922, dos millones de refugiados griegos, provenientes de Esmirna y de otras partes de Asia Menor son expulsados por los turcos; en represalia a la incursión de la armada Griega en el Imperio Otomano. Huyen con lo puesto, abandonando sus negocios, sus hogares, su familia; lo poco que consiguen traer a su exilio es la música. Salieron de una tierra rica y llegaron a un lugar pobre, una  madre patria  que solo conocían de oídas. Pasaron de pertenecer a la clase media a ser  los marginales de  un país  que no los acoge como ellos esperaban.  Se vieron confinados a los suburbios del Pireo, Atenas o Salónica.

Costas Ferris hace un retrato muy acertado en su pelicula Rembétiko.

En sus cafés, en sus tekedes, con humo de hachís y con acompañamiento de bouzouki , baglamas y guitarra, con aires orientales; nació la rembétika. Sus letras hablan de pobreza, de sueños rotos, de adicción a las drogas, opresión policial, cárcel, alcohol, amores no correspondidos.

La rembétika es adictiva.  Sorprende , al principio por sus voces etílicas y  quebradas, pero una segunda audición te puede atrapar.
He escogido está canción , Kαίγομαι (me quemo)  porque me  ha hechizado, al oir una y otra vez  el desgarro de su canto. Es de Marika Ninou , el personaje principal de la película. Dicen de ella que cantaba bien la Rembétika porque sabía mejor que nadie lo que era sufrir.

No estoy del todo conforme con algunos de los subtítulos, pero en lineas generales dan una idea de lo que dice.

En 1936 comienza la dictadura de Ioannis Metaxas  que establece la censura. Toda la discografía con referencias al hachís, al opio, etc. es prohibida. Se continúa, sin embargo, grabando canciones rembétikas con temática legal. Pero como la opresión, es una buena fuente de inspiración de las canciones, el periodo de ocupación Nazi en Grecia ofreció muy buenas muestras de Rembetika.

En Saltadoros ,  canción, de Michalis Genitsaris, el cantante cuenta como sabotean la gasolina de los camiones alemanes.

Ζηλεύουνε, δεν θέλουνε, ντυμένο να με δούνε
Mπατίρη θέλουν να με δουν, για να φχαριστηθούνε
Θα σαλτάρω, θα σαλτάρω, τη ρεζέρβα θα τους πάρω
Μα εγώ πάντα βολεύομαι, γιατί τηνε σαλτάρω
σε κάνα αμάξι Γερμανού, και πάντα τη ρεφάρω

Θα σαλτάρω………..

Βενζίνες και πετρέλαια εμείς τα κυνηγάμε
γιατί έχουνε πολλά λεφτά και φίνα την περνάμε
Θα σαλτάρω…………
Οι Γερμαοι  μας κυνηγούν  και εμείς δεν τούς ακούμε
εμείς θα τής σαλτάρουμε πώς του να σκοτωθούμε
Θα σαλτάρω…………

Están celosos, no quieren verme bien vestido
Quieren verme acabado para estar contentos.
Saltaré, saltaré y la reserva les birlaré.

Yo siempre me las arreglo para asaltar
Algunos coches alemanes y compartirlo.
Saltaré…..

Buscamos gasoil y gasolina,
De los que tienen mucha pasta y luego lo celebramos
Saltaré……

Los alemanes nos persiguen,
Pero no los oímos.
Seguiremos saltando hasta que nos maten.
Saltaré…….

La rembétika fué prohibida por los Nazis.  María, la María de la taberna, me contaba que los resistentes llevaban baglamases escondidos bajo las ropas para poder cantarla de forma clandestina. Los rembetes solo usaban una manga, el otro brazo quedaba libre bajo el abrigo.


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La cartera perdida

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-¿Qué os pasa? Vaya caras.
-Hemos perdido el monedero con el dinero del fondo.
-¿Habéis buscado bien?
-Hasta en el último rincón del barco. Creo que nos lo dejamos en algún sitio. Posiblemente en la taberna donde cenamos ayer, en la otra isla, en…no me acuerdo el nombre
-Kastós
-Si, esa.
-Como cuando acabamos de cenar, sonó el móvil y yo me fui al baño y la música estaba alta y la luna salía por las montañas y el mantel tenía un mapa de la isla y…nos habíamos tomado varios kilos de vino. Como sucedió todo eso a la vez, pues nos dejamos la cartera en la mesa; tenía todo el dinero que nos quedaba.

-Tranquilos, si lo encontró alguien de la isla, griego, de Grecia, de la Grecia en crisis, de la Grecia que no puede pagar, de la Grecia a la que se le insinúa que ponga sus islas y su Partenón como avales; si lo ha encontrado él, no hay problema. Ahora bien, si después de nosotros se sentó a la mesa algún extranjero, de país rico, de país civilizado, de país de alta productividad, de país que hace gala de sistemas fiscales intachables, de país que no se fía de Grecia; todos los griegos son corruptos; de país que le pide sus islas y que les pide su Partenón, como garantía, para prestarle el dinero a intereses usureros; entonces… ya no lo tengo tan claro.

-¡Vale, acción¡ Cambiar de cara. Voy a intentar localizar el teléfono de la taberna, para no hacer un viaje en balde.

Y que mejor manera de localizar un teléfono de una taberna que… en otra taberna; aunque sea de una isla diferente.
-¿Jristos?
-Si.
-Soy la española, ayer estuvimos cenando…
-¡Os dejasteis una cartera con dinero!- me interrumpió- Me la dió el camarero. La guardé hasta que volvierais por aquí. No sabía cómo localizaros.
-Gracias Jristos, mañana pasaré por ahí.
Esa misma noche ya cayeron varios kilos más, para celebrarlo, en la otra taberna; la de la otra isla. Y brindamos por Grecia; por la de verdad, la de la gente corriente, la de la gente humilde, la de la gente honrada, la de las casas abiertas y las bicis sin candar; la que tiene un futuro gris.
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Tabernas preferidas: María

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Con frecuencia coincido en vuelos, al volver de Grecia, con turistas que han pasado sus vacaciones allí y no puedo evitar oír sus comentarios a cerca de la comida del país, aderezados con expresiones de tipo “Es que como se come en España”.  Los turistas hacen juicios de los sitios que visitan; veredictos  concluyentes y rotundos que se difunden de amigo en amigo; sin percatarse de que quizás, solo son  ignorantes.  Está claro que es difícil hacerse una idea precisa de un lugar en el que estamos solo  5 o 10 días, por eso lo mejor es no opinar,  para no errar. Un consejo: deja que tu corazón de turista se convierta en un corazón de viajero.

La taberna de María.

Olvidado en no se sabe donde, en un valle entre montañas, hay un pueblo de muy pocos habitantes; uno solo en invierno; es Kolyvata, en Lefkada. Es un sitio donde nadie iría, no por falta de belleza, si no porque la carretera, la importante, la que pasa por pueblos de más de 1 habitante, queda lejos. A los turistas no se les ha perdido nada por allí. Aquí, en este lugar escondido, tiene María una taberna. Una taberna con un pié en el Jónico y otro en el Egeo, donde ella pasa el invierno. No se trata de hacer publicidad, no la necesita, pero tengo que reconocer que es uno de mis sitios favoritos.

María tiene huerta, donde cultiva sus propias hortalizas; tiene vides, hace vino; tiene olivos, hace aceite;  y todo esto te lo saca a la mesa después. Si la taberna estuviera en Madrid sería uno de los sitios más caros del mundo.
La carta no es extensa, depende del día; pero sus κεφτεδακια (albondiguitas con carne y hierbabuena, fritas) tiene línea directa con el Olimpo. Cuando las como me acuerdo mucho del comisario  Montalbano, personaje de  las novelas de Andrea Camilleri; el, como yo,  aborrece que le hablen mientras come, sobre todo cuando se zampa sus finísimos salmonetes. Yo mataría si suena el teléfono mientras saboreo unas κεφτεδακια.
Cena-taberna-Maria.jpg.Mis tavernas favoritas: Maria
Flores  rellenas y pastel de calbacín,
Y ¡ay de ti!  Si ese día, que elegiste, hizo flores de calabacín rellenas o pastel de calabacín con feta. Estarás perdido. Porque  nunca más los volvera a hacer y  quedaras penando eternamente.
Y  para complemento: ella. Las noches de verano, cuando cantan las lechuzas y se van los comensales, Maria se sienta a tu mesa y te cuenta cuentos deliciosos de pájaros y plantas milagrosas que lo curan todo, del bosque Jónico ο de cualquier otra  cosa . Alguna vez, toca la guitarra.
Mariajpg.Mis tabernas favoritas: Maria. width=
Maria y Maraki
Μαρια αγαπι μου.
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Islas griegas. Kalamos

La isla de Kalamos es una de las joyas mejor guardadas del archipiélago Jónico. Tiene unos quinientos habitantes y algunos más en verano.

Es una isla pequeña y montañosa. Su capital y puerto principal, Kalamos, es escala obligada de los veleros de crucero por la zona. Giorgos propietario de la taberna del puerto, recibe a los barcos de tránsito ayudandoles en la maniobra de atraque. No perderse su cordero al horno.

Porto Leone, al sureste, es el mejor fondeadero. En la costa pueden visitarse los restos de la antigua capital de la isla, de origen veneciano y abandonada desde 1953, como consecuencia de un fuerte terremoto. La iglesia, que ha sido restaurada, aun se utiliza.