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PRESENTACION DE LIBRO EN CASTELLON

El pasado 14 de noviembre de 2017, en el espacio museo Via Ponticus de Sagunto, hubo una nueva presentación del libro de Ana Capsir, Mil Viajes a Itaca. La sala donde tuvo lugar la presentación está volada sobre una antigua calzada romana, entre los cimientos de un edificio moderno.
El acto fue organizado y presentado por Xavi Villaplana, asesor de Cultura Clásica del CEFIRE.

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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN VALENCIA

Mil Viajes a Itaca, el muy recomendable libro de Ana Capsir sobre Grecia y sus islas, fue presentado en el museo L´Iber de los Soldaditos de Plomo de Valencia.

En la mesa de presentación, junto a la autora, estuvieron Alejandro Noguera director del museo y Emilio Garrido, periodista y presentador y director del programa de Radio3, La Bañera de Ulises.

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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN MADRID

El pasado 24 de octubre se presentó en La librería Nautica Robinson de Madrid el libro de Ana Capsir, Mil Viajes a Itaca, una visión personal de Grecia y sus islas. Participaron en la presentación, además de la propia autora, Alfonso Jordana, director de la escuela Náutica Avante y Juan Melgar director de la librería.

El libro podéis adquirirlo directamente en la misma editorial.

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VIAJES A ITACA

Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir. A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
«….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…”

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.
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LOS PESCADORES DE ANAFI

Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el visitado y ambos se observan con intriga.

La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera el tan esperado  bocinazo atronador, toda una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta que sus luces se vuelven invisibles.

Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de
esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa. Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales, no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.

Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de
una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini, de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí, haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas
vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.

Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso. Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía
ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final. Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que montaban los visitantes pomposos.

– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.

Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros
decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación, subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición
vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y maldiciendo pero dando tremendas risotadas.

– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie porque nos lo comemos.-

Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.
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ISLA DE THIRASIÁ.

Puede ser que los viajes más hermosos sean los nunca realizados y los mares más azules aquellos por los que todavía no hemos navegado, porque imaginar y planear lo que está por venir es en sí un proceso de disfrute que hace más emocionante el futuro; si luego el escenario nos decepciona no representa ningún problema pues ya sabemos que lo mejor de nuestras vidas lo viviremos mañana y hay que empezar a soñarlo ahora. Pero a veces la realidad nos asombra y nos pilla por sorpresa, allí donde nunca imaginamos llegar, ese sitio al que jamás prestamos atención, esa piedra con la que tropezamos fortuitamente y que casi nos quebró el pie, es en sí la guinda del camino.

Nuestra intención no era conocer Thira, Santorini, o Santa Irene como la llamaron los venecianos, o Kallisté como la llamaron en la antigüedad aludiendo a su belleza, o Strongyli por su forma redonda primigenia; una de las islas más fotografiadas del mundo. Pero la realidad es que Santorini no es una isla sino un universo en sí mismo, con varios pedazos independientes alrededor de la caldera en permanente ebullición. No queríamos ir porque nos imaginábamos las riadas de turistas paseando por sus callejuelas, los chill out, las tiendas de ropa vaporosa y la última moda; las parejas de recién casados chinos que viajan a Santorini para hacerse el álbum de la boda. No vayáis- Me dijo alguien.- Está lleno de tules, azahares, novios y palos de selfie .

Por otro lado, amarrar en Santorini es tarea difícil ya que solo posee una pequeña marina en el sur, de poco calado y corto espacio. La opción de fondear en el cráter es totalmente descartable por las enormes profundidades que tiene pegada a la orilla. Pero de todas maneras creo que existen sitios por los que hay que pasar alguna vez, aunque no te detengas, y navegar por un colosal volcán es uno de ellos; Santorini es una de esas maravillas terráqueas a las que necesariamente se debe llegar por mar si se quiere conocer su significado. Es realmente emocionante adentrarse en esa olla negra y circular que parece la muela podrida de un gigante marino.

Me sorprendió encontrar decenas de catamaranes con excursionistas y músicas atronadoras que iban y venían de la playa roja a la playa blanca, de ahí a la negra y después vuelta a empezar. Me gustaban más los antiguos caiques de colores con sus coplas de nisiótica estridente; los tiempos cambian qué le vamos a hacer, pero algo tiene el turismo de insano y contaminante; los que vinieron aquí buscando un lugar genuino y singular al final reproducen lo mismo que dejaron en sus países y la ley de la oferta y la demanda acaba dándoselo mascado, perdiéndose por el camino la primera premisa; lo singular y lo genuino.

Cuando ya decidimos que habíamos acabado de pasear por el cráter y nos disponíamos a dar rumbo a otros mundos, pasamos por Thirasiá, un cachito de la Strongili que estalló en pedazos, el pequeño segmento que cierra la circunferencia por su parte noroeste. El caso es que sin pretenderlo, observando los barcos que venían de Santorini cargados de gente para pasar el día en las tabernas al pie del acantilado, encontramos una boya donde dejar el barco seguro y afrontamos la interminable escalera que subía hasta la jora. Desde el primer momento tuve la sensación de que Thirasiá era una miniatura de Santorini, una igual solución para habitar estas rocas de lava; las mismas escaleras extenuantes, las mismas piedras negras y rojas, el pueblo blanco colgado en el precipicio oscuro, las reatas de burros que subían y bajaban. Pero había algo de extraordinario en esa isla ignorada por el turismo de masas porque los borricos llevaban cargamentos cotidianos de verduras, aperos o habitantes de la isla que no tenían otra solución que montarse en el animal para no desfallecer en la subida, la jora era bonita pero sin amaneramiento, con casas pintadas o deslucidas, con iglesias grandes y pequeñas pero sin campanarios fotogénicos, con gatos enroscados y perros vulgares que se rascaban sus pulgas mirando al cielo. La chimenea carbonizada de la panadería se veía a distancia pero alguien tenía que acompañarte para acceder y atravesar la terraza del vecino, la verdulería daba vértigo y se corría el peligro del despeñe con los tomates rebotando entre las cabras, para comprar vino era obligado ir al pueblo de al lado a preguntar por el pope y los burros te increpaban por el camino buscando entre tus bolsas. Era todo lo contrario que su hermana mayor, allí delante, majestuosa, portada de publicaciones y escenario de múltiples películas.

En estas islas pequeñas una vez subes arriba tu visión es todo horizonte, el este y el oeste son un girar del cuello. Al este, el cráter erguido te invitaba a caer rodando por sus escaleras verticales sobre un agua sombría y abisal, más allá Santorini como el espejo donde se miraba Thirasiá, al oeste una pendiente dulce y suave de caminos amables y ricos cultivos que llevaban a un mar más azul. ¿De qué pasta estaba hecha esta gente? Eran recalcitrantes y tozudos, sin duda, y de igual forma que un día vinieron a habitar un volcán, ahora se negaban a vender su alma al diablo. O quizás me equivoco y era pura casualidad. Debería pasar unos meses allí para saberlo con certeza.

Llegó la tarde, los infinitos catamaranes, barcos y barcas empezaron a agolparse frente a Santorini, bajo Oia, para ver la famosa puesta de sol, principal atracción diaria de los turistas. Las cúpulas se encendieron rosadas y los infinitos destellos de las cámaras de fotos hicieron el efecto de un espectáculo lleno de trucos y maravillas. Yo miré al otro lado y observé al sol hundiéndose en el agua limpiamente y con tranquilidad, el ηλιοβασίλεμα, la coronación del sol. Solo el agua salada separaba un ocaso de otro, solo el mar daba lugar a mundos tan diferentes. Bajamos las escaleras en silencio meditando sobre las cosas inesperadas. Cuando llegamos a la caldera no había ni un alma, el último burro se había cruzado con nosotros minutos antes. ¡Vaya!
Pensé, es estupendo que un mismo mar pueda dar lugar a tantos contrastes.
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MANIOBRAS EN LA CALA

En la playa, suceden cosas interesantes.
Una llamada del “proedros” y ya estábamos abajo. El “proedros” es el secretario del pueblo. La llamada es por tam-tam. Es decir; el “proedros” llama a la tabernera que como tiene el local en medio del pueblo sale a terraza y empieza a vocear:
– ¡Anaa!
– Sí
– Que dice el “proedros” que bajes a la playa
– ¿Para qué?
– Ni idea. Algo pasa con un barco.
No sé qué nos imaginamos. Naves a la deriva, pecios, corsarios, invasiones por mar, un ataque de tiburones sanguinarios, avispas asesinas, gatos rabiosos, arañas peludas ¡Ha llegado el fin!
Cogimos el coche y nos despeñamos durante un kilómetro entre precipicios para llegar a la playa, donde todo, aparentemente, permanecía en calma; las barquitas flotando, los arboles serenos, las sillas esperando traseros y las mesas ordenadas en fila. El coche viejo del viejo Kosta, el coche destartalado del destartalado pescador oficial, Vangelis, y el coche del “proedros”, que aunque se llama Spiros hace años que no se oye pronunciar su nombre. Es secretario desde tiempos homéricos y su nombre de pila solo lo mienta su madre, en circunstancias muy solemnes, casi aterradoras. Lo normal es que todos le saludemos con un simple
– Eh ¡Proedre!
Deslumbraba, ya desde arriba, el blanco de un catamarán de unos 14 metros amarrado entre rojos y amarillos de redondeadas amuras y azules agua de una tarde apacible. Era curioso que no se hubiera colocado en cualquier otro sitio que no implicara ir sorteando obstáculos de botes y amarras, pero el patrón había visto el pequeño muelle que utilizan los pescadores para aproximarse cuando trapichean con sus redes y se había puesto nervioso. Sólo es un volado de cemento, sobresaliendo de la roca, como una mano abierta que desafía las leyes temporales, gravitatorias y meteorológicas; una plataforma obstinada que sigue en pie año tras año mientras hacemos apuestas sobre cuando caerá. Pero él vio el “muelle”, pensó en lo estupendo que sería en bajar a tomar una cerveza sin mojarse y allá que fue como un obús. La maniobra, toda una obertura rossiniana.
– Os he llamado porque hoy tenemos juerga.
– Ya veo.
Los tres estaban sentados en una mesa sorbiendo sus pajitas de café frapé. Vangelis, que suele hablar con coloratura, como si fuera el gallo Claudio, les decía que más fácil si se iban al otro lado, pero se lo decía con su sube y baja declamado y en griego. El patrón le respondía con una mirada de desprecio y aires de tunosabesquiensoyo. Siguieron sorbiendo sus pajitas.
A mí me admira el temple que tiene estos griegos; aquel mastodonte moviéndose bajo maniobras de torpes manos entre sus barcas me daba espanto. Si hubiera sido mi barco me hubiera tirado a degüello. Ellos sorbían pajitas.
¿Cuántos caballos tendrá? ¿Cuánto cala? Como lleva dos motores debe de girar en el sitio ¿Por qué hace eso? ¿Dónde habrá sacado el título? Si tira ahí el ancla enganchara todos nuestros muertos. ¿De dónde será? ¿Por qué le chilla tanto a su mujer? Se habrá enfadado con ella.
Consiguieron amarrar el barco tras mucho esfuerzo y se quedó allí como un Gulliver grotesco en un Liliput de cascarones balanceantes. Bajaron en un exabrupto a tomarse una cerveza casi al gallete para seguir su periplo de mil calas en 6 días. Todo un estrés.

El trío había terminado sus cafés y ante la falta de espectáculo se disponían a salir cada uno por un lado, pero el aguerrido capitán ¿De dónde salen estos capitanes? quiso hacer una demostración de su valía marinera. Soltó las amarras y dio avante con los dos motores, de dos hélices para ser más exactos, en vez de cobrar el fondeo para alejarse despacio ¿Qué podríamos esperar? Enganchó la tela de araña con la que tejen los pescadores las amarras de sus barcos y se quedó tieso como un jamón. Se pararon los motores y las risotadas se oyeron en Itaca; sobre todas las de Vangelis que tiene risas de tres octavas. Y Kostas impertérrito viendo como la auxiliar que utiliza para llegar a su Dina, su barca en mayúsculas, sucumbía bajo el tirón de la amarra enredada en la hélice del héroe vespertino.

– La va a hundir.

Pidieron otro frapé y continuaron riendo a moco tendido. Mucho más cuando el capitán se tiró al agua con un puñal en la boca, en ese momento nos caímos de las sillas.

Me dieron una lección; la vida no hay que tomársela tan en serio ni a brazo partido es tan simple como verla pasar.

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ZANTE. EL NAVAGIO

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El 30 de septiembre de 1980 el mercante Panayiotis surcaba las aguas del jónico con un cargamento ilegal de tabaco. El armador era un griego de Cefalónia, Karalambo Kombocekla, así como su capitán y gran parte de la tripulación. Transportaban cajetillas de cigarrillos de contrabando desde algún puerto de Yugoslavia o Albania, para descargarlo en la vecina Italia. Como otras veces que habían hecho el mismo negocio les acompañaban una pareja de italianos supervisores de que todo el proceso se realizase si “mermas a la carga”. Pero claro, la vida de los piratas y los marginales de la ley siempre está expuesta a contratiempos desagradables de última hora. Debió pensar el capitán que si tan buen negocio era ¿Por qué no lo hacían ellos? Y decidió retener a los dos inspectores italianos en un camarote y vender ellos mismos la partida. Supongamos que las negociaciones no llegaron a puerto alguno y que, a la desesperada, resolvieron conducir al mercante a la costa cercana, al norte de Zakintos y fondear en una bahía llamada Spirili, hoy Agios Ioanis, para esperar acontecimientos. Pero debido a las malas condiciones meteorológicas en esa costa tan abierta al viento del norte, acabaron garreando y encallando en la playa. Fue una situación de estrés increíble, con el barco varado en la arena, las olas que lo empujaban y las cosas que nunca mejoran cuando una nave ilegal ha dado con su quilla en la costa. Comenzaron a desembarcar las cajas quizás con la esperanza de salvar algo, quizás con la intención de reflotar la nave aligerando su desplazamiento. Pero el mar empezó a arreciar y la mayoría de las balas se perdieron, fueron arrancadas por las olas y acabaron flotando diseminadas por las cercanías. Ya sin nada que esperar, la tripulación tuvo un arranque de humanidad; los contrabandistas son ilegales pero no asesinos; liberaron a los dos italianos y se encaramaron trepando por los acantilados, llegando sin resuello hasta la capital de la isla.Amaneció en la costa y con la tenue claridad se vislumbraba el mar lleno de bultos oscuros que iban y venían con las crestas blancas de las rompientes. Los habitantes de los pueblos cercanos se asomaron al precipicio y abrieron bien los ojos ¿Y por qué no lo cogemos nosotros? Y se lanzaron a la captura de los fardos. Hay que decir que el tabaco venia embalado de forma que no se malograra de inmediato si se mojaba. Vinieron caiques con pescadores, mujeres, niños, burros, perros, mayores y pequeños. Todos pillaron parte del maná que les ofrecía el cielo y corrieron a esconderlo en sus casas, en sus tiendas, en el horno, en el establo, en la farmacia.
Cuentan las crónicas que la policía no es tonta y dio con la tripulación. Cuentan también que alguien debió hablar. Así que al final rebuscaron establos, hornos y farmacias y dieron con el tabaco que fue confiscado y vendido en pública subasta. Unos detenidos, otros deportados a Italia, algunos despojados de su botín, todos enrabietados. Que desconsuelo. Lo pagaron con el viejo buque de maderas consumidas y de hierros averiados. Lo desvalijaron hasta dejarlo desnudo mientras descansaba en la arena. Lo desplumaron hasta que de tan limpio parecía recién salido de un astillero. El mar, el salitre, el sol y la arena terminaron la faena para enrojecerlo, chorrearlo, triturarlo, semienterrarlo y olvidarlo.
Las cosas fortuitas a veces tienen resultados sorprendentes. Al principio, las autoridades; siempre con tanta imaginación; se empecinaron en arrastrar el pecio a altamar para hundirlo y que no representase un deshecho irresponsable que se les pudiera echar en cara algún día para acabar con su brillante carrera. Pero siempre hay seres inteligentes y alguien cayo en la cuenta que lo que la naturaleza había diseñado en aquella playa quedaba mucho más hermoso y llamativo con el contrapunto de un cadáver de hierro, producto humano, oxidado y vencido. Lo fotografiaron en infinitas ocasiones y lo convirtieron en enseña de la oficina de turismo griego. El navagio. El naufragio.
Grecia es un país de muchos naufragios, totalmente comprensibles si observamos la multitud de escollos e islotes que hacen difícil la navegación en circunstancias adversas. Estos siniestros normalmente son dramáticos pero con el paso del tiempo y la sal algunos quedan varados para la posteridad, vacíos de todo su horrible significado, para terminar en hermosas imágenes; atractivos para el viajero que le gusta soñar. Imprescindibles para el turista del selfie y del yo he estado aquí. Los encuentras por toda la costa como caparazones de enormes animales moribundos y mutilados, con una estela de historias que se arremolinan entre sus cuadernas roídas. Quizás los más conocidos, aparte del de Zakintos, son el de Gythion y el de Kythira. En todos ellos uno se puede pasar horas observando su tremendo poder evocador.
Verdaderamente este de Zakinthos es el más impresionante, posiblemente por la inaccesibilidad de sus acantilados, por la arena blanca que cubre buena parte de su obra muerta y por el azul dañino del mar en esta costa. Yo lo he visitado, hace ya muchos años, en varias ocasiones y tengo que reconocer que sobrecoge oír el viento resbalar por las paredes blancas, como quejidos del propio barco; solo te sosiega acordarte de que no hubo desgracias personales y que fue una aventura de chapuceros estraperlistas.
La verdad es que los contrabandistas siempre me cayeron bien. Gran parte de las leyendas marinas se alimentaban de ellos. Esos marginales, al otro lado de la ley y la probidad, que intentaban sobrenadar un mundo inhóspito y un mar terrible. Es posible que también sean los dulces recuerdos de mi padre, que en sus años mozos se dedicó al oficio en Tánger, antes de que yo existiera. Con una gracia que en pocos he descubierto al vender, tanto te colocaba una partida de medias de seda como una de latas de bonito en conserva. Todas las historias que me contaba conseguía hacerlas divertidas, aunque supongo que la cruda realidad era más prosaica y de pura supervivencia.
Pero un día, dedicándome a mi afición favorita de rebuscar entre postales y calendarios por las tiendas de suvenires me encontré con esta imagen. ¡Ay dios!

navagio-ag¿Qué fue de ese sitio tan magnifico de mis recuerdos? Con las barquitas de turistas flotando en el azul infinito y el sonido de los pájaros planeando en los acantilados. Creo que la tripulación de pobres contrabandistas nunca hubiera imaginado el resultado final de su accidente.
Algo así ya me olía yo y me negaba a acercarme a esa playa. Donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, porque ya habrá aparecido en el Tripadvisor y habrá perdido su gracia.

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PUERTOS GRIEGOS: GYTHIO

Al navegar por aguas protagonistas de cuentos y leyendas tienes asegurado el caer bajo el conjuro de visitar lugares donde antes habías estado sin saberlo; una extravagante fabulación intelectual donde lo leído, soñado o escuchado tienen la manía de confundirse con lo vivido. El conjuro es más fuerte con el paso del tiempo.

Gythio tiene ese sorprendente parecido con algo ya experimentado. Un anfiteatro de casas frente al puerto que han sido espectadoras de trascendentales momentos y sucesos; donde se han representado grande dramas, donde se puede ver la isla de Kranai, con ese Paris enamorado o soberbio y esa Helena, entregada o aterrorizada, como quiera escenificarlo el director, en su primera noche tras la huida del palacio de Menelao. Gythio venida a menos con los años. Con sus fachadas de hermosa decadencia y sus hoteles envejecidos a fuerza de recibir visitantes que no paran quietos y no se quedan en la ciudad para destriparla a base de paseos y cafés. Gythio dormida a la sombra del Mani o de Mistra, destino de los turistas madrugadores. Gythio reformando su puerto para alojar a los grandes cruceros que desembarcarán ingentes cantidades de viajeros que con toda seguridad saldrán zumbando hacia los sitios más conocidos.

Si quieres conocer un poco Gythio lo mejor es coger una de las bicicletas municipales a tu disposición en algunos Kioscos. Solo tienes que entregar el DNI para poder disfrutarla todo el tiempo que quieras. Aunque estamos acostumbrados a las singularidades griegas esto es más propio de un país aristocrático que de uno arruinado; pero en los tiempos que vivimos, en los que te cobran hasta por el aire que respiras, estos detalles alegran la vida, en el sentido más literal de la expresión. Bueno, hay un punto triste; el verlas pinchadas sin que nadie las arregle. Teniendo en cuenta lo poco que cuesta arreglar un pinchazo, si descontamos ir a buscar el material, y si los mismos kioscos tuvieran parches y cola, sería un curioso experimento dejar al libre albedrío de los usuarios el arreglo de neumáticos. ¿O no? ¿Ni siquiera así nos podríamos organizar?

Otra curiosidad de Gythio es que en la plaza más cercana al puerto, donde van a parar los turistas, hay dos sedes llamativas. Una desgraciadamente es la de la aurora de los huevos dorados, con sus banderas negras cubriendo el balcón de forja y su estética Mein Kampf que no ha variado un ápice desde hace más de medio siglo. Te desvía la mirada y casi no te percatas de que detrás, en otro balcón igualmente de forja, está la sede del Olimpiacós, con su bandera verde esperanza. Parecerá una banalidad, pero el encontrar una base de un equipo de futbol del Pireo, aquí al sur del Peloponeso, no se puede entender bien si no tenemos en cuenta que esto es Esparta y no analizamos un poco la historia futbolera de este país.

El derbi de los eternos enemigos,  Ντέρμπι των αιωνίων αντιπάλων, es cualquier partido que enfrente a los dos equipos principales en Grecia; el Panathinaikós y el Olympiacós. Como siempre en estas rivalidades podosféricas, hay que hacer arqueología social para llegar al meollo de la cuestión. El Panathinaikós, fundado en 1908, se nutre de aficionados de Atenas y fue desde el principio tildado como el representante de la clase alta social de la capital. Por su parte, el Olympiacós fue fundado en 1925 y proviene de El Pireo, de la clase trabajadora, de los astilleros, del puerto sucio, de los refugiados expulsados del Asia Menor y si me apuras hasta de la rebética.  El éxito del Olympiacós tras su creación se interpretó como el triunfo de pobres sobre los  ricos y se convirtió en el equipo de los parias de la tierra oprimidos, alzados como famélica legión frente a una pelota de lunares.

No es extraño que estos descendientes de Esparta prefieran ser del Olympiacós, antes que del equipo de los atenienses, sus αντίπαλοι, enemigos, de verdad . Pero lo extravagante es que tuvieran una sede tan grande en el centro de una pequeña ciudad a muchos kilómetros del Pireo. Nunca antes lo había visto. Me pareció como una declaración de intenciones.

Suponer, idear, fantasear, recordar, elucubrar…

– ¿Esparta? ¿Para qué queréis ir a Esparta? Mejor Mistra. Es algo espectacular.

– Pero es que era Esparta la que salía en los tebeos, con Leónidas y los 300; Mistra nunca.

La verdad es que en Esparta no hay grandes cosas que ver. Un grupo de apenas 5 personas trabajaba en sus ruinas, que son de entrada libre y que te encuentras de sopetón, paseando por la desangelada ciudad moderna. Uno de los trabajadores fue muy amable y nos explicó que se ocupaban de un edificio,  supuestamente de finalidad religiosa, pero que apenas habían llegado a la capa romana; les quedaba un mundo por excavar hasta alcanzar algo perteneciente a la época clásica. El presupuesto era tan apretado y hay tantos restos en los que trabajar en este país que probablemente no llegarán nunca.  Además estas ruinas habían sido saqueadas siglo tras siglo, dominación tras dominación;  las columnas y pilares se habían utilizado en la construcción de otras edificaciones modernas. Los de antes y los de ahora, empecinados en borrar a Esparta y convertirla en un parque de piedras anónimas para paseantes.

Pero no se viene aquí solo para ver, si no para ensoñar, imaginar, evocar, inventar, recordar, representar, rememorar, revisitar… Jugaba yo a encontrar calificativos y sinónimos cuando me di cuenta de que  mi interlocutor se había quedado mudo.

– ¿Qué te pasa?

– Que me resultan muy familiares esas montañas y este valle.

– Ah ¿Si?

– Tengo la impresión de que yo ya he estado aquí anteriormente.

– Ja, a ver si resulta que tú has sido espartano en otras vidas. Pues yo siempre he sido más de la Atenas de Pericles, que quieres que te diga, lo del rigor espartano y despeñar a los deformes por las montañas no me va. Prefiero lo de “amamos la belleza y el arte sin desmedirnos y cultivamos el saber sin ablandarnos”. Eso de separar a los niños de sus familias para hacer la instrucción militar, pues que quieres que te diga… ¿No serías un esclavo ateniense?

– No.

– Manumitido, quiero decir.

La cosa se caldeaba y los espartanos siempre tuvieron fama de duros guerreros. Era mejor dejarlo ahí.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

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UN TEMPLO FRENTE AL MAR

Abandonar la golosa melancolía del Jónico para adentrarse en la generosa luz del Egeo no es algo que se produzca de forma gradual cuando se navega por el sur del Peloponeso; ese lento desaparecer de los tejados rojos y las casas coloridas para dejar paso al blanco de las terrazas eternas y azules infinitos, no sucede. A la altura del cabo Ténaros, el dedo central de la península, hay un salto en el tiempo y el espacio para el cual es difícil preparase, por mucho que uno lea y se informe. En este cabo, la abrupta cordillera del Taigeto comienza a perder fuelle y se agacha hasta sumergirse en el mar; aunque antes se vuelve pérfida y apocalíptica, cuando sus montañas reciben el nombre de Kakovuná; montes malos; o Kakovouliá; malos consejos; según la fuente que consultes. Estos Kakovouná se van desvistiendo poco a poco y se deshacen de sus árboles y matorrales en el descenso. Se achicharran la piel con el sol y los temporales, quedándose en cueros o con tan solo unas zarzas, como puercoespines, para dar sombra a las culebras, si las hubiera. Es la región del Máni profundo, la parte más extravagante de Grecia y que fue territorio espartano en su momento glorioso.

Cuando te aproximas con el barco te da el pálpito de que ves una tierra nerviosa, un filete entreverado de fibras y ligamentos difícil de masticar. Debe de ser su color pardo surcado de caminos quebrados que suben a latigazos, o las vallas y linderos de piedra de las propiedades que dibujan un entramado de formas sorprendentes; ya sea en círculos, ya sea en cuadrados o en figuras irregulares de las que a veces sale un cuerno insolente que se adentra en propiedades vecinas. La posesión de estos campos baldíos, a los que nadie en su sano juicio debería dar mucha importancia, fue fuente de graves conflictos y luchas intestinas entre clanes familiares. Me huele que dichas cuitas no deben de estar del todo solucionadas pues algunos terrenos se ven socarrados por el incendio, mientras que los vecinos están intactos; no parece nada serio pues aquí el fuego se extingue por aburrimiento y se apaga sin que nadie lo mire.

El faro del Ténaros en la punta más meridional; que nosotros memorizábamos cómo Matapán; tiene el castillete pintado de un color turquesa, amable y luminoso para sosegar al asustado navegante, porque aunque los montes son malos, los mares peores y los vientos racheados hasta la locura, la procesión de mercantes que transitan de una parte a otra del Mediterráneo es eterna y ahí está él para guiarles a buen puerto. ¿Cuál? Le preguntaría yo, porque si algo le falta a la zona es un puerto abrigado. Pero ¡que se le va a hacer! Si quieres conocer el Máni profundo tienes que ser paciente y esperar al buen tiempo. Veníamos dispuestos a ello.

En las proximidades del faro hubo un oráculo bastante importante que los espartanos venían a consultar antes de la salida de las naves. El lugar albergó también un templo de Apolo que luego fue uno de Poseidón y por último una  iglesia bizantina; dioses diferentes, los unos sobre los otros y las piedras cambiando de culto a capricho de los fieles. Abajo los barcos navegando en fila, siglo tras siglo. El día era el perfecto para poder fondear a sus pies y visitarlo, aunque no hace falta decir que poco queda que dé pistas de cómo fueron los templos o la iglesia. Dejamos caer el ancla sobre una arena suave produciendo una polvareda en el fondo que atrajo a todos los peces buscando el alimento que dejaba al descubierto la nube de granitos plateados que levantaba el fondeo. El color del mar hacía juego con el castillete del faro, a manchas azules y turquesas.  Los pocos visitantes acababan indefectiblemente lanzándose al mar para refrescarse y nadaban entre las barcas, escondiéndose del sol y flotando en la calma.

El recinto se encuentra abierto y estaba casi vacío, tan solo una pareja de inglesas victorianas, con sus pamelas sujetas con lazos, paseaban dando traspiés por las rocas y exclamando ¡Oh my God! a cada momento. Supongo que no entenderían que en el hotel les hubieran interrumpido la partida de bridge para traerlas a este sitio pedregoso, sin carteles, sin guías y sin tienda de suvenires; se hicieron dos fotos y salieron despavoridas en busca de una sombra. Pero a mí me pareció un privilegio sentarme sobre estas piedras calientes a contemplar el infinito y alcanzar ese estado de bienestar nutritivo que producen los templos griegos destruidos hasta sus cimientos. Debe de ser la posibilidad de ensueño que origina el imaginar lo que allí había, pero quedarse ahí quieto y en silencio es un masaje del alma.

Dicen que el Homo sapiens inventó las religiones como medio de supervivencia colectiva, pero también que fue la primera especie en la evolución capaz de ello por que sueña, con sueños elaborados, a diferencia de otros homínidos. Allí estaba ese lugar que lo transmitía todo con una paz total. No tuve más remedio que ofrecer un sacrificio en el redondel del oráculo frente a la gran pitonisa del Ténaros.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.