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El puerto de Agios Stratios

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Sabíamos que Agios Stratios tenía mal puerto, o dicho de otra forma, no tenía puerto ninguno para pasar una noche confortable, pero las veces que habíamos pasado por su cercanía, el embrujo de las islas pequeñas, tan remotas, y que se puso encendida, roja de pura vergüenza, cuando cayó el sol en el mar; le daba un espíritu tan cálido, que nos lanzó una invitación a recorrerla. Ya imaginábamos los aromas de sus caminos polvorientos y los paseos acompañados de arañas, moscas y avispas que nos ofrecerían esas piedras coloradas para llegar a sitios inimaginables. Llegamos ya de noche.

El puerto es verdaderamente minúsculo y un antiguo ferry desvencijado ocupaba la mayor parte del muelle decente; la ola daba la vuelta al malecón y se adentraba hasta la playa. Dos barcos más espabilados, que habían llegado antes, se habían abarloado y solo nos dejaban espacio para amarrarnos con ancla de popa al muelle. La previsión era que rolara al sur por la noche, de lo contrario estábamos perdidos; los vecinos amarrados de costado pegaban unos tremendos socollazos, nosotros, atravesados a la ola podíamos esperar una noche inolvidable si aquello no cambiaba.

El pueblo es tan pequeño que lo recorres en nada, pero como estaba oscuro esperé que la luz del día me diera más pistas para componer un relato. A lo único que aspirábamos en esa primera ojeada era tomarle el pulso y que nos vendieran pan.

– Mañana por la tarde.

Mira que es raro una isla en Grecia sin pan ¿Será que lo traen con el  Ferry? Pues no será este, mira que bollos tiene, sí, el pobre está para el arrastre y además es muy pequeño ¿Qué tendrá 30 metros? Algo así. Pues mira que de manga; parece un  flautín. No, este debe estar criando malvas. Se llama Aeolis ¡Pobre Aeolis abandonado! ¡Pobre su capitán cuando lo vea! Porque a los barcos se les quiere, aunque sean esmirriados cómo Aeolis ¡A esos más! Como a los hijos tontos.

Andábamos con la chunga y las bromas cuando un vecino nos alertó de que el tal Aeolis salía a las 6 y media de la mañana y que igual le molestábamos. ¡Vaya con Aeolis! Nos fuimos a constatar con su tripulación si realmente le estorbábamos y como no veíamos a nadie subimos a bordo por la rampa de popa. El barco era tan pequeño por dentro como por fuera, a lo sumo podría llevar 4 coches y 30 personas. Pero volvería cargado de pan.

– ¡Uy! aquí huele como a pintura.

Nuestros pies se quedaron pegados a su cubierta; habíamos entrado mirando hacia arriba, hacia el puente, sin percatarnos que en medio de tanta chapa oxidada relucía un sendero verde brillante y que las brochas y los botes descansaban a un costado, recién dejados, recién acabado, recién pintado. La fortuna quiso que no dejamos huellas delatoras y pusimos pies en polvorosa hacia nuestro barco; ese que desde lejos veíamos balancear ostensiblemente ¡La madre que nos parió!

No pasó ni una hora hasta que vino un simpático chaval a decirnos que sí, que molestábamos la salida del ferry, tanto nosotros como nuestros vecinos y que a las 6 y cuarto, todo lo más, debíamos salir. Perdonar la molestia, pero luego volvéis a amarrar y tan ricamente os quedáis hasta las 5 que vuelve Aeolis otra vez; esta sí cargado de pan; y nuevamente debéis salir y entrar. Y que conste que lo sentimos pero… ¿Todo de vuestro gusto? Sí, sí, claro. Ya los vasos y los platos corrían por la mesa de un lado a otro.

El viento roló y amainó como esperábamos, pero fue entonces cuando empezó lo peor, nos caímos de la litera varias veces y vimos pasar las horas, una tras otra, hasta la salida de Aeolis. Nuestros vecinos, siempre más espabilados, se piraron sobre las 5. La verdad es que era mejor navegar en medio de la noche que sobrevivir en el puerto. Se desvanecían mis  esperanzas de isla sonrosada, los paseos, los caminos, las playas, los manantiales de agua caliente.

En este país de caos organizado, las deficiencias se suplen con buena voluntad y las cosas funcionan dando por descontado la colaboración de todos. Es necesario que tú seas un καλό παιδί  (buen chico)  y por tanto tienes que tener un καλή καρδιά  (buen corazón). Pero no todo el mundo es igual y yo me preguntaba ¿Qué pasaría si los yates remoloneaban en la cama y se retrasaban? ¿Y si un imprevisto impedía desamarrar a alguien? ¿Qué haría el capitán? ¡Pobrecillo capitán! Que desespero, con sus pasajeros en cubierta ¿Y cuando volvía a las 5 y los propietarios de los veleros deambulaban todavía por las playas?  ¿Tendría que esperar en la bocana? ¡Pobrecillo! ¿Y qué me dices de los temporales de invierno? ¿Y las averías de aquel viejo cascajo repintado? Ah, el capitán del Aeolis era  un héroe, con gotas de sangre de legendarios argonautas corriendo por sus venas, que llevaba el pan a su isla, a los enfermos al médico y a algún funcionario a su trabajo.

Me acordé de una noticia aparecida en la prensa sobre la retirada de subvenciones al transporte marítimo, en Grecia, a islas poco habitadas, dada la situación económica del país. Que melopea cogí pensando en el destino de Aeolis. Y que rabia de que se pudiera llegar a deshabitar esta isla colorada.

A las 6:30,  encendió sus luces y salió como un reloj. No vi más que a cuatro gatos en su cubierta, literal, porque algún minino de los que se cobijaban en sus entresijos por la noche, concretamente el más pasmao, podía realizar, con toda probabilidad,  un viaje imprevisto a los cubos de basura de Mirina, en Limnos y de paso a mejorar la raza con cruces interinsulares.

Seguimos rumbos paralelos un rato, luego Aeolis se perdió entre los dedos de rosa.

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El puerto de Skyros

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No era la primera vez que recalábamos en la isla, pero en esta ocasión no teníamos muchas ganas de ir al puerto, si no de quedarnos fondeados en algún sitio bien protegido. El problema es que necesitábamos cargar agua así que acordamos atracar, llenar e irnos; habíamos leído que el pequeño muelle se había transformado en marina con muertos y casetas de luz y agua. A parte de la incomodidad de dormir con barcos a los lados, el hecho de amarrar en una marina supone un dispendio considerable; no sabíamos el precio de esta, pero en la de Lefkada, nuestro barco rondará los 80 € diarios; toda una fortuna. Cuando llegamos salió un marinero a recoger las amarras y darnos la línea del muerto.

– Solo queremos agua y nos vamos

– ¿Por qué tenéis tanta prisa? Estáis en la isla más bonita y en la mejor marina de Grecia.

– Precisamente por eso ¿Cuánto vale el amarre para este barco?

– Nada

– ¡Oh!

– Solo los gastos que cobra la capitanía, como en cualquier sitio de Grecia. El resto, agua, luz y Wi Fi, son una cortesía de todos los comerciantes y bares de Lynariá para que tengáis una feliz estancia. Además disponéis allí de una pequeña biblioteca para pasar el rato y estos carritos por si tenéis que ir a comprar ¿De verdad que os vais a ir?

Nos quedamos atónitos. El puerto de Lynariá estaba impoluto porque  Yiorgos, así se llamaba su responsable, no paraba de barrer y limpiar a todas horas, los carritos eran nuevos y relucientes y en la biblioteca había hasta algún derrotero para consultar; tenía mérito porque vimos uno de la costa Turca, el enemigo y competencia. En una esquina destacaban unos grandes bidones de recogida de aceites; uno de grasas minerales y otro alimentario; también acabados de comprar;  y muchos, muchos banquitos para contemplar la puesta de sol. El lugar era limpio, amable y luminoso; la gente sonreía siempre. O era un holograma de Corea del norte o era el puerto Xanadú.

– ¿Tenéis lavandería?

– Sí, claro en aquella casa. Y alquiler de motos y coches y autobús y supermercado y café y…

– ¡Para! ¿Quién puede alquilarnos una moto?

– Yo mismo.

Era elemental y esta gente lo había entendido; no habían necesitado grandes tratados económicos ni think tanks; socializamos los gastos y socializamos los ingresos; y lo más difícil, habían llegado a un acuerdo. Esto era un auténtico puerto cooperativa, una idea emocionante.

Si se cobra un precio por el amarre, los barcos acaban por huir  y el único que ingresa es la marina, normalmente una concesión a una empresa ajena a la isla que toma el dinero y corre; a lo sumo crea unos pocos puestos de trabajo estacionales y paga a la comunidad el precio de la concesión, pero se la sopla si sus clientes luego gastan en el pueblo o no, una vez que se han arruinado pagándoles a ellos.

No pagamos la marina; solo 12 € a capitanía, lo normal, tuvimos agua, luz y Wi-Fi; lo cual representó  un pequeño gasto para la comunidad; pero al final llevamos la ropa a la lavandería, alquilamos una moto, le pusimos gasolina, probamos todos los bares y tabernas que nos enseñó Yiorgos sobre el mapa, compramos en la carnicería y en el supermercado. Si sumamos todo lo que gastamos seguro que fue más que el precio de una marina; pero en vez de ganar uno ganaron todos.
El puerto se llenó y todos sorprendidos primero, encantados después, se dispusieron a gastar sus euros por las tiendas y bares de Lynariá.

Era curioso ver como de vez en cuando se acercaba un vecino y colgaba en el tablón de anuncios, los servicios que el ofrecía; taxi, microbús, supermercado, mecánica…, cualquiera podía poner su oferta.

Nos dio alegría la respuesta de Yiorgos cuando le preguntamos qué tal había ido el verano.

– ¡Muy bien! Estupendamente para todos.

Era la primera vez que alguien me respondía así en Grecia. Les deseé de todo corazón que su experimento fuera un éxito y siguiera así mucho tiempo, su ilusión era contagiosa; la ilusión de quien sabe que tiene razón y se lanza a conseguirlo.

A nosotros, españoles de España, acostumbrados a las marinas patrias que te soplan hasta 250€ por amarrar, sin agua y sin luz y con duchas con contador de monedas; sin posibilidad de escape, pues es o lo tomas o te vas a tomar tú; nos pareció una gran idea, algo así como el New Deal de Roosevelt en Skyros. Ya sé que Lynariá es una pequeña comunidad y llegar a un acuerdo es mucho más fácil, pero no por ello le quita merito a esas reuniones que han debido tener para acordar los detalles.

– Veis como al final os quedareis ¿No os dije que estabais en la isla más bonita? Y no corráis, necesitareis varios días para comprobar todas sus bellezas.

Lo dijo totalmente convencido, no intentaba vendernos la moto; ya nos la había alquilado.

 

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Navegando por el Egeo: Kafireá

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Me gusta el vacío, el lienzo uniforme y sin matices de estas montañas ocres, la singularidad de algún árbol y el borrón de su sombra reconocible a lo lejos; me parece tan precioso este paisaje sin sobresaltos que no he hecho más que mirar desde que hemos llegado. Debe ser el contraste con la frondosidad y verdura del Jónico, pero siempre que llego al Egeo me deleito observando estas rocas desiertas que cambian de colores con el  paso del sol. Vinimos huyendo de la vorágine de Poros y sus masas humanas y por qué no decirlo, de algún amargo episodio; sin graves consecuencias; en la capitanía.

– ¿Por qué no tiene sello de Itaca? ¿No es el puerto de procedencia?

– Pues porque en Itaca no sellan el tránsit log.

-¿Quién ha dicho eso? Me va a tener que hacer una declaración jurada de que eso es cierto.

Jurada y en griego pensamos a la vez. Si fuera una capitanía marítima española ya se hubiera caldeado el ambiente, pero aquí simplemente tragamos saliva y disimulamos los sudores fríos. En tantos años que llevo en este país pocas veces he tenido problemas con las autoridades marítimas; aquí son militares, pero cuando toca, toca. Tocó. Fueron tensas horas de idas y venidas con papeles y pamplinas, intentando hablar lo imprescindible para no meter la pata por ningún lado. Y cuando ya estábamos resignados a todo, debió pasar una mosca, una ráfaga de aire puro, una descarga por su cerebro plano y desierto; cerró la carpeta de un golpe y dijo:

– Vamos a dejarlo.

Esta vez la bala nos rozó la sien y salimos aliviados, pero con un sabor ácido. Nos fuimos rápido, muy rápido, y pusimos  rumbo a lejos, muy lejos.

– Donde no haya nadie.

– Donde no haya nada.

– Vale.

Fuimos a parar a un golfo  del estrecho de Kafireá, Stenó Kafireá, lugar mítico y tenebroso; de los tenebrosos de toda la vida;  pero el tiempo era bonancible y era lo más lejos muy lejos y nadie, sin nadie a lo que podíamos aspirar.

El estrecho de Kafirea es uno de los lugares más duros para la navegación en toda Grecia. Situado entre Evia y Andros, apenas distantes 6 millas, hace de embudo a los vientos y los acelera; los temporales de norte son constantes en invierno y en verano. La corriente suele ser de 2 o 3 nudos en dirección sur, llegando hasta 7 nudos en los grandes temporales. En invierno es frecuente ver mercantes fondeados en el golfo de Káristos, al sur de Evia, esperando que calme; con corriente y viento en contra es penoso, hasta para ellos, remontar; además la mar que levantan viento y corriente suele ser confusa y peligrosa.

Esta ensenada y estos montes pelados son balsámicos, te abren los pulmones y te permite respirar; la propia tierra se tomó un tiempo para meditar y relajarse y le salieron estas lomas amarillas en una feliz ocurrencia. El barco, fondeado, sin más conexión a tierra que su cadena representa un bastión inexpugnable;  y yo desde mi almena contemplo el entorno. El mundo empieza y acaba en unos pocos metros entre regala y regala; afuera quedan las noticias tristes, las guerras, los desastres financieros, los bochornos; estivales o políticos; los individuos cenizos que te pueden amargar la vida en un instante. Ni el Cíclope ni el feroz Poseidón subirán aquí si yo no los dejo. Me place esa desafección y el aislamiento que te proporciona un barco; no pertenecer a ningún país ni ser de territorio alguno. La pequeña república de mi nave.

Llegaron dos caiques de pesca con sus tripulaciones y también fondearon, tampoco bajaron a tierra; y en su pequeño mundo se hicieron la cena y mientras la hacían, discutieron a brazo partido sobre la actual situación y mientras discutían se fueron calmando y al calmarse cayeron rendidos y el silencio los envolvió a todos. Tan solo un hola, un agitar la mano y una sonrisa, pero luego cada uno a su planeta; el que empieza y acaba en una regala.

La sombra se lo fue tragando todo; ocres y árboles, caiques , playa, y el horizonte se llenó de luces; otros mundos iban y venían; mercantes hacia Estambul, desde Argel, del mar Negro; con individuos aislados del resto del universo en sus literas móviles y salones ambulantes ¿A dónde irán? ¿De qué nacionalidad son? ¿De qué estarán hablando? Y  nosotros trazábamos planes del viaje como los suyos; iríamos a donde sea con probables paradas en nosedonde; buen plan.

Mientras todo esto ocurría, arriba, tuvo lugar la noche.

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Petries

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– ¿Os gusta Petríes?

Yo me quedé mirando fijamente y le hubiera contestado un “a mí me gustas tú”, pero podría malinterpretarse, porque yo lo que quería decir es que justamente me gustaba que me preguntara si me gustaba su pueblo, su Petríes. La simpatía y a dulzura con la que pronunció su interrogante no era para menos; ella y su duda  lo más atrayente.  Era una pregunta humilde del que quiere agradar pero a la vez orgullosa de las maravillas naturales de su tierra. Era más un intento de saber ¿Qué se os ha perdido por aquí? ¿Qué os ha traído a este puerto sin fama? A la vez que cerciorarse de eso de que “si es que como esta playa no hay nada, a ver si se van enterando por ahí”.

Lo que nos hizo venir aquí fue que era una escala cómoda para seguir subiendo hacia el norte; y tal vez, quizás, poder llegar a Samotracia. Samotracia es para mí como la Itaca de Kavafis, la que me da el gran viaje, sin ella no hubiera partido, sin ella no me empecinaría en subir hacia el norte; pero llevamos luchando contra el meltemi o entreteniéndonos por el camino más de  20 años  sin avistarla. Aunque el culpable fundamental de la recalada se llama Ramiro; el amigo enfermo de Grecia, como yo ¡Ay pobre!  Que tantas veces habla de este sitio y con tanto cariño que no podía pasar de largo.

Petríes es un magnífico “puerto a su bola”, es decir lleno de pesqueros y sin concesiones a los barcos de recreo. Ya me va gustando esto. De hecho nos fondeamos fuera por miedo a enganchar alguna cadena de sus muertos. Los barcos entran y salen sin descanso e incluso hay un par de arrastreros medianitos. Practicaban una modalidad curiosa de pesca; con serviola; uno al timón y otro a otear el que se yo, el gran ser, el Kraken,  a la proa. Así salían y así entraban miles de veces dando vueltas por la playa; al atardecer y en calma, se veían sus estelas cruzarse y hacer volutas en el agua violeta.

Se oyeron salir berridos y lamentos de una barquita roja con un padre y con un hijo.

– Papaaaa, vámonos a casa.

– Aún no, espera un poco; coge ahora tú el timón. Mira, así.

– No quiero coger el timón, buaaaaa, quiero irme a casaaaaa.

Todavía lo martirizó un rato más, refunfuñando y quejándose  de la extraña maldición que había caído sobre su hijo ¿Por qué no le gustaba salir a pescar? Si es lo más bonito del mundo. Podía ser como esos niños que, en la playa, con gafas y aletas, estaban calando un trasmallo mientras chillaban cuando se acercaba un pez, pero no, a él le había tocado el raro  ¿Dónde está ese gen de la obsesión por la captura que todo griego lleva como dominante en sus cromosomas? ¿Acaso llegaría a ser mayor y no miraría al agua, buscando y buscando, cuando paseara por el puerto? ¡Qué disgusto! ¿Qué pensarían los vecinos?

– Mañana más-  Le sentenció. El chaval se calló y se sorbió los mocos; pasó la pesadilla por el momento.

No estuvimos más que un día en Petríes; soplaba un buen sur para subir hacia el norte y se esperaba un buen norte que nos dejaría atascados. Samotracia nos miraba a lo lejos. No tuve tiempo de paseos ni tabernas. Pero sí que me dio para  visitar sus grandes almacenes, donde se exhibían los últimos modelos de las  grandes firmas.

Se me olvidó buscar los probadores.

 

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Tabernas en serie

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Me gusta la taberna, es una de las cosas más significativas en Grecia, y descubrir las buenas cuando se va viajando por el país, una de mis aficiones. Tengo el ojo bastante entrenado y una proporción de aciertos considerable; aunque siempre hay recuerdos de desastres gloriosos, claro. Eso sí, cuando una es catalogada dentro del grupo de “mis tabernas”, suelo ser bastante fiel; siempre volveré a ella cuando pase por el lugar; se descartan ya veleidades de “vamos a probar otra” ¿Para qué?

Una taberna no está hecha solo de comida, aunque también, sí no de colores, de flores, de luces, de música, de vistas, de barcas, de gatos y muy importante, de taberneros y taberneras; es aquí donde puede quedarse reducida a un simple restaurante o ensalzada a categoría de oráculo; lugar que uno siempre debe visitar en su viaje para conocer lo que le depara el destino.

Una taberna te entra despacito, como entra una música; vas captando sus detalles hasta que exclamas el ¡Creo que deberíamos probarla! Y exactamente eso es lo que nos sucedió en Korfós, en el Peloponeso; cuando llegamos había muchas, pero una era azul y tenía barcas de colorines balanceándose en su muelle con redes amontonadas; tenía  manteles con faros y lucecitas colgando del emparrado; tenía un grupo de pescadores desliando el desastre que le había organizado un delfín en los artes de pesca. Tenía bastante de lo que hay que tener. Tenía hasta un cartel que decía:

Un corto tránsito desde la vida del mar al carbón.

– Habrá que probarla, exclamamos.

Según  desembarcábamos en el muelle, el tabernero levantaba los ojos de su faena en la red para mirarnos por encima de las gafas. Echó una mirada como de decir, cuidado que en mi taberna no se sienta cualquiera, solo aquellos que sean capaces de apreciar lo que es un corto tránsito entre la vida en el mar y el carbón. Y fue entonces cuando llamó a Fotiní para que atendiera la mesa. Me acordé de una lectura del libro de griego en el que aparecía una tal Fotiní,  algo así como Luminosa o Iluminada. En esta lección ella se casaba y por tanto aparecía todo el vocabulario relacionado con bodas, familiares y parentescos variados. Ya tenía nombre la taberna; para que pensar más ¡Fotiní!
Muy buena música, serios pescados y un tabernero que se dirigió a nosotros al enterarse que éramos españoles:

– ¿Sabes algún verso de García Lorca?

Atropelladamente recitamos el “Verde que te quiero verde” mezclado con el “Eran las cinco en punto de la tarde” con gritos de “yo que te llevé al rio creyendo que eras mozuela y tu tenías marido” Y cómo sonrió encantado, probablemente sin entender ni jota, y la música era buenísima y Fotiní, que no era su señora si no su hija, salía en mi lección de griego y él desliaba las redes, pero era mentira porque no hacía más que liarlas y tejerlas y enredarnos a nosotros, como la araña con su tela cercando a su presa, y como nos miró por última vez por encima de sus gafas, tuve la certeza de que aquella era una de mis tabernas.

Nos fuimos, pero soy fiel;  volvimos un año después. Las mismas luces, la buena música, los pescados de breve tránsito y él, sin redes, pero todavía con Fotiní. Otra cena memorable.
Cuando nos despedíamos me dijo Fotiní

– ¿Dónde vais mañana?

– A Poros

– ¡Ah! En Poros está mi padrino que tiene una taberna, os gustará.-  Sentí un Déjà vu , Fotiní que se casaba, los padrinos, los cuñados, los suegros; parecía que había salido de las páginas de mi libro.

– ¿Y dónde está su taberna?

– Subiendo hacia el reloj.

Esa sí que era buena, porque subir al reloj suben todas las calles de Poros. Unas suben, otras se pierden, otras dan vueltas, otras acaban en el abismo, otras se precipitan sobre el puerto; pero todas, si te emperras, acaban en el reloj. No pensaba buscarla ¡Bah! Fotiní intentando hacer propaganda de su padrino. Pero una vez en Poros… ya que paseas…y subes y bajas…y el reloj arriba marcando sus horas, tictic tactac, pues vale, pues pregunto, solo por matar el tiempo, que conste, que tontería.

– Sí, la taberna de Dimitris Panos está allí arriba, tras la plaza; es una que tiene carnicería dentro.

– ¡Ahi va!

Allá que fuimos. Y para que contar, otro hito tabernil, esta vez de carnes. Chuletones, chuletas y chuletillas que el carnicero cortaba a hachazos certeros sobre el madero iban a parar, en corto tránsito, sobre las brasas que aventaba su ayudante; luego, con mimo, vuelta va y vuelta viene saltaban sobre las mesas y todos exclamábamos ¡Bueno! Mientras brindábamos y mirábamos el puerto allí abajo ¡Viva el kumbaros de Fotiní!  Llegué a pensar que era una cadena de franquicias Fotiniles.
Cuando ya pagábamos le dije, en un aparte, a la camarera:

– Mañana vamos a Egina  ¿Podrías preguntarle a Dimitris si tiene algún familiar allí que tenga una taberna!

Me miró como si estuviera loca.

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Esperar y desesperar en Agatonisi

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Si un día se abriera el cielo, acompañado de los aullidos del viento y de la desaparición del sol; si sobre el mar, acelerando por la gravedad, se precipitara una isla siniestra de grandes proporciones; el estruendo con el impacto sería atronador. Se destrozaría en su caída, lanzando esquirlas por todos lados; despedazándose. El maremoto resultante se encargaría de entrechocar los pedazos que se romperían en trozos más pequeños. Se formaría un universo fractal; un mundo de archipiélagos dentro de archipiélagos, dentro de archipiélagos. Estaríamos creando el Dodecaneso; que vulgarmente quiere decir doce islas. En realidad son miles.

Solo algunas tienen linaje como para salir en las guías, pero están rotas en pedazos; una corte de islas menores, islotes, bajíos y farallones, las acompañan para formar bahías, calas y estrechos. Incluso el navegante más sosegado podría perder la cabeza al estudiar la carta. Necesitaría una vida para verlas todas.

Tonta, larga y tediosa, sería la labor de describir todas las que visitamos, que no son muchas; y dejaría una crónica aburrida, llena de lugares comunes; hermosos, coquetos, azules, cristalinos, de aguas turquesas… Marcos incomparables. Yo si he de hablar de alguna lo haré de aquellas que me susurraron una historia, una anécdota; de las islas cuentacuentos.

Agatonisi fue en su día, como todas estas islas, un nido de piratas. Pero alguno tonto habría; o desesperado; que decidió secuestrar a Julio Cesar y llevárselo a la cercana isla de Farmakonisi para pedir un rescate. Cuentan que el soberbio Cesar ordenó pagar el doble de la cantidad requerida; él valía mucho más.

Todavía puedo imaginar las carcajadas de los brutales corsarios al ver zarpar las galeras de romano estandarte con el liberado rehén; las risotadas al repartirse el botín. Pobres idiotas. Las flota romana volvió al cabo de un tiempo, recrecida, con Julio Cesar al mando. Los aniquiló; los crucificó. Dejaron los vencedores, como siempre, una ciudad fundada ex profeso para celebrar la victoria. Todavía se pueden ver restos en la isla.

Hoy, en Agatonisi, también aparecen otros visitantes. El drama de esta isla pocos lo conocen. Con apenas cien habitantes, esta pequeña comunidad recibe al año decenas de miles de inmigrantes ilegales, animados por las mafias y por las escasas diez millas que les separan de la frontera turca.

– Llegan constantemente y nos hacen destrozos considerables.- Nos contaba un tendero- Ayer mismo, una patera repleta. Se los llevaron a Samos.

Imagino la desesperanza de esta gente cuando arriban a esta pequeña tierra de pocas casas y apenas arboles ¿Cómo imaginarán pasar desapercibidos?

El Gobierno griego impotente para hacer frente a la riada migratoria, pidió a la Unión Europea el envío de contingentes de gendarmería que colaboraran para impedir el tráfico clandestino. Por eso, desde hace tiempo hay una patrullera Letona afincada en el puerto.

– No me gusta que estén ahí. Vigilan la costa, pero también nos espían a nosotros – Continuó el tendero – Pero ¿Qué hacemos?

Es triste, pero las puertas de las casas están cerradas en Agatonisi a diferencia de otras islas griegas.

Pero si hay quien desespera, también los hay que esperan aquí.

La consulta del dentista. Pero estos lo hacen
dulcemente, en la playa, en los bancos, al borde del mar.

– Espérese un poquito aquí a que le haga efecto
la anestesia y en seguida le atendemos.

Tu puedes entonces extasiarte mirando al
infinito o matar el tiempo pescando.

Todo para aguardar a que empasten tus muelas.

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Barcas y piratas en Fourni

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Un día llegamos a Fourni, un día con su noche; noche de luna nueva. Las barcas iban y venían;  había que estar atento para sortearlas. ¡Qué actividad!

Hay islas que te llegan enseguida, las ves y una chispa te recorre el intelecto. Esta es Fourni. El porqué, el cual, o de qué, habría que buscarlo en el subconsciente de cada uno. El mío está en sus barcas. Creo a pies juntillas, que en este país, en el que es difícil que el salitre no empañe las ventanas , la vida no es igual si no hay una barca. En Fourni las hay a montones, y ¡Qué barcas!

Hay barcas de acuarela, barcas gemelas, barcas con defensas de cabo trenzado, o con neumáticos pintados las  más modestas, con delfines en su amuras, con aros salvavidas a juego con sus regalas, con visillos puntilleros dibujando anclas y peces entre sus nudos, con rezones de colores, con alfombras elegantes; barcas mimadas por sus armadores hasta el dislate. Barcas griegas.
Es difícil encontrar un sitio en el muelle, por no decir imposible, si quieres tener un respeto por las Señoras Barcas. Ninguna concesión al yate de recreo, por el que en otras islas se esfuerzan para que amarre. Aquí, primero están las barcas, barcos, barquitas, barcazas, barculas. Bailando una danza sin compás cada vez que alguien sale o retorna, en este tráfico intenso que se parece al del puerto de Hamburgo. Me gusta Furni; sin remedio.
Este puerto contracorriente se llama Φούρνοι Κορσεών. Los hornos de los corsarios. Y de ahí le debe venir la sangre rebelde; de los piratas. No es solo una isla, si no todo un archipiélago, con Fourni y Címena cómo importantes y habitadas, que dibujan el perfil de un bogavante, y una decena de islotes que cierran las bahías, un poco más si cabe. No existe viento peligroso para Fourni, siempre hay un abrigo donde refugiarse. Excelente como escondite.
No es difícil imaginar a unos hermosos Jabeques; tan coloridos como las actuales barcas; camuflarse entre sus cabos, repartirse sus botines y descansar de sus rafias. Eran rápidos y maniobrables los Jabeques, capaces de remontar el viento a vela; sus elegantes diseños mejorados del Dromón bizantino; Grecia siempre inventando y los demás copiando; ideales para las incursiones corsarias.
– ¿Y por qué lo de hornos?- Le pregunté al dueño de una taberna.
– Porque todas las casa tenían hornos.- Me dijo muy convencido.- Me sonó poco creíble; me parece más bien que lo de “horno de corsarios” debe tener algún significado parecido a “nido de piratas”, no al hecho en sí de tener hornos.
Pero… llegó el calamar que habíamos pedido; el atrapado sin luz de luna, capturado en las barcas coloridas, las barcas que vienen y van, las barcas que bailan en el puerto. Dejamos de preguntar. El comisario Montalbano hubiera considerado una vulgaridad irritante hablar mientras se comía unos salmonetes. Por este calamar…habría sacado el revolver.
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Anclas, arañas y otras disputas

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En griego, un barco αραγμένο “aragmeno” es un barco amarrado; se parece bastante a αράχνη “aragni”, una araña; la que teje su tela, tela para que nada escape; una tela como la forma un barco en el puerto con sus amarras y su fondeo, como la que forman las cadenas de los barcos bajo la superficie.

Cuando llega el verano, el de verdad, el del 15 de Julio al 15 de Agosto; cuando aparecen por aquí la flor y nata de los alquileres sin patrón y de los propietarios estresados; ha llegado el momento de la guerra. Uno de los principales motivos de casus belli es el cruce de cadenas. He llegado a ver dos italianos cogidos del cuello, ante la sorpresa de los pescadores griegos, ante la mirada de los paseantes que acudieron al oír el estruendo y los chillidos, medio ahogados por la presión sobre las cuerdas bucales de ambos capitanes.
– ¿Qué ha pasado?- dijo un griego
– Que le han cruzado el ancla- respondió otro sin apartar la vista de sus redes.
– Y ¿Eso es tan grave?
– Para ellos sí.
La cosa se va calentando, como el mar. Y ya se sabe, cuando las aguas se templan mucho, aparecen las tormentas. La llegada al puerto de un nuevo barco, enemigo, va acompañada de un clamor popular, de un ejercito de guerreros en las proas, blandiendo bicheros, con los dientes apretados, con los puños amenazantes:
– ¡Me has cruzado el ancla!
¿No podríamos calmarnos todos? Esto de navegar ¿No era un placer? Me incluyo, porque este tiempo tormentoso acaba minando el carácter de cualquiera. Cruzar las anclas en los pequeños puertos griegos es un acto a veces inevitable, si fondeas enfrente de los que llegaron antes y quieres largar suficiente cadena. Tambien, es verdad, a veces es fruto de la inexperiencia del timonel.
El problema es la nacionalidad de a quien le has cruzado el ancla. Si es griego; acostumbrado a estas cosas, te dirá:
– ¿A qué hora te vas mañana? tienes tu cadena sobre la mía.
Se acuerda la hora y si es muy intempestiva, se repite la maniobra. Se acaba con una sonrisa y hasta con una cerveza en la taberna. Muy diferente al sofoco y mal humor de las riñas enquistadas de otros navegantes más “civilizados”.
Al fin y al cabo, si te cruzan la cadena y has fondeado bien ( he ahí el quid de la cuestión) ¿Qué problema tienes? Más peso sobre tu cadena y menos posibilidades de garreo. Y si has fondeado mal, igual tienes la suerte de que el otro lleve una buena ancla y refuerce tu mala maniobra.

El verano son 2 días. La vida 4 ¿Habría alguna posibilidad de que abandonasemos las trincheras?

Ommmmmm….
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Cortesía marinera

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Esto que voy a contar, más que una barbaridad marinera lo definiría como una “descortesía marinera”.

El mar ha sido siempre un espacio casi infinito, con infinitos personajes apareciendo y desapareciendo en él; desde los sanguinarios piratas caribeños a los humildes pescadores de cualquier costa, de cualquier isla. Buenos o malos, honrados o ladrones, capitanes de grandes naves o tripulantes de pequeños esquifes, todos tenían algo en común; ser cortés con el barco vecino; siempre que uno no estuviera en guerra con el, claro. El medio es duro, ser amable en el mar, era casi una obligación y una ley no escrita, para poder sobrevivir.
Las cosas han cambiado, querido Sancho, aunque yo sigo peleándome contra los molinos de cada puerto, donde “el que venga detrás que arree” es una enmienda a la totalidad de dicha costumbre universal.
Para muestra la foto. Está tomada en un puerto cualquiera de una isla cualquiera. Ha de hacerse notar mi barco, amarrado de punta frente al resto abarloados al muelle. Lo que no se aprecia es que tuve que amarrar en el peor sitio del puerto, al lado de unas piedras preocupantes.
En Grecia, la mayoría de los puertos son libres y por tanto no se puede reservar el amarre, si llegas tarde te puedes encontrar sin sitio. En este caso plazas habría de sobra, pero estos patosos; por decir algo elegante; han llegado antes y cogido cada uno el espacio de 3 barcos amarrados de punta. Y
¿ Por qué? Porque les importa un pito el prójimo, porque no saben hacer la maniobra con las anclas, porque nunca la prueban y siempre garrean, porque son ignorantes y piensan que un barco amarrado de costado está mejor, cuando es todo lo contrario.
-No discutas más, es inútil.- Me dijo el aguador que fumaba un cigarrillo en el muelle.- Cuando pase el Ferry y llegue su ola ; cuando se suban a tierra firme saltando como gambas; quizás te entiendan.
Eso es lo que hice.
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Aromas de barco

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Que será lo que tiene esto, tan agrio, tan dulce, tan monótono y tan sorprendente que te atrapa; hasta convertirse en el centro de tu existencia. Un barco navegando es hermoso; una imagen reconocida por todos, un lugar común de la belleza de la vida. Pero el iniciado sabe que llegará el momento, si no es capaz de realizar un viaje astral y observarlo todo desde arriba, en el que se preguntará ¿Que hago yo aquí? ¿Por qué no soy como los demás? Como los que ahora duermen en sus mullidas camas, abrigados del frío, secos y confortables; sin una pizca de sal sobre sus pestañas. La respuesta amigo… is blowing in the wind.

Fue una noche de esas, de preguntas, cuando navegábamos por el golfo de Patras. El resultado del no salgamos que tenemos bastante viento de proa y el tenemos que salir porque hemos quedado con unos amigos.

No me pidáis que explique la travesía, los bordos, las decisiones, la fuerza de los vientos, los tormentines, ni los rizos que tomamos; no es mi estilo. Como diría un amigo, los rizos se los toma uno en el bar. A mi me aburren esos relatos y yo intento no hacerlo. Solo diré que La Maga Azul debía lucir hermosa esa noche con la luna, con el viento, con las olas; pero también con la corriente en contra, con el frio de diciembre, con los rociones, con el sueño, con el viento que bufaba como si hubiera salido de un manicomio.

Que extraña forma de transportarse, de invertir casi un día entero en completar 60 millas, de dibujar zetas y más zetas sobre una línea que teóricamente era recta; que sinsentido para algunos, que desespero, para los terrestres. Pero ¡ay señor! Llegar no se llega igual. Cuando un barco dobla el espigón que lo protege y la mar se calma y el viento ya no importa; cuando el barco, que era una nave, se convierte en casa, por el mero acto de fondear, no hay sensación más placentera. Olor de café recién hecho. Nunca entenderé a aquellos que salen pitando hacia tierra firme, tan pronto como dan la última amarra. Pobres barcos abandonados, cuando venía lo mejor. Que tripulantes tan desagradecidos; buscan su confort lejos de ellos.

Pues eso, que llegamos a Patras, que amarramos, que pusimos las alfombras, que encendimos la lámpara de petróleo, la lámpara china que daba una luz inmensa y un calor agradecido. Y que aunque los ferrys entraban y salían dejando el puerto como una coctelera, se estaba como Dios.

Puerto de Patras

Hacía poco que habíamos pasado por Cerdeña y todavía me quedaba pecorino sardo y “Carta da música”. Esta última, también llamada pane carasau, es un pan ácimo a medias entre la oblea y el cenceño del gazpacho; pero a mí me encantó, sobre todo, su nombre. Según la tradición era un pan típico de pastores y de marineros, por su buena conservación y porque la misma torta, la carta, podía ser utilizada como plato.

Salí a comprar cordero, recogí un poco de hinojo campestre en las afueras de la ciudad y preparé un suculento “angelo a la carta da música”, un sorprendente plato Mediterráneo que, curiosamente, no lleva nada de berenjena.
Cuando todavía murmuraba en el horno, oímos las voces familiares que venían del muelle:

– ¡A del barco! ¡Dios! Que bien huele.
– ¡Hay que ver lo que tarda el autobús de Atenas!