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VIAJES A ITACA

Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir. A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
«….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…”

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.
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LOS PESCADORES DE ANAFI

Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el visitado y ambos se observan con intriga.

La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera el tan esperado  bocinazo atronador, toda una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta que sus luces se vuelven invisibles.

Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de
esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa. Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales, no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.

Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de
una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini, de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí, haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas
vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.

Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso. Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía
ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final. Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que montaban los visitantes pomposos.

– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.

Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros
decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación, subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición
vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y maldiciendo pero dando tremendas risotadas.

– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie porque nos lo comemos.-

Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.
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ISLA DE THIRASIÁ.

Puede ser que los viajes más hermosos sean los nunca realizados y los mares más azules aquellos por los que todavía no hemos navegado, porque imaginar y planear lo que está por venir es en sí un proceso de disfrute que hace más emocionante el futuro; si luego el escenario nos decepciona no representa ningún problema pues ya sabemos que lo mejor de nuestras vidas lo viviremos mañana y hay que empezar a soñarlo ahora. Pero a veces la realidad nos asombra y nos pilla por sorpresa, allí donde nunca imaginamos llegar, ese sitio al que jamás prestamos atención, esa piedra con la que tropezamos fortuitamente y que casi nos quebró el pie, es en sí la guinda del camino.

Nuestra intención no era conocer Thira, Santorini, o Santa Irene como la llamaron los venecianos, o Kallisté como la llamaron en la antigüedad aludiendo a su belleza, o Strongyli por su forma redonda primigenia; una de las islas más fotografiadas del mundo. Pero la realidad es que Santorini no es una isla sino un universo en sí mismo, con varios pedazos independientes alrededor de la caldera en permanente ebullición. No queríamos ir porque nos imaginábamos las riadas de turistas paseando por sus callejuelas, los chill out, las tiendas de ropa vaporosa y la última moda; las parejas de recién casados chinos que viajan a Santorini para hacerse el álbum de la boda. No vayáis- Me dijo alguien.- Está lleno de tules, azahares, novios y palos de selfie .

Por otro lado, amarrar en Santorini es tarea difícil ya que solo posee una pequeña marina en el sur, de poco calado y corto espacio. La opción de fondear en el cráter es totalmente descartable por las enormes profundidades que tiene pegada a la orilla. Pero de todas maneras creo que existen sitios por los que hay que pasar alguna vez, aunque no te detengas, y navegar por un colosal volcán es uno de ellos; Santorini es una de esas maravillas terráqueas a las que necesariamente se debe llegar por mar si se quiere conocer su significado. Es realmente emocionante adentrarse en esa olla negra y circular que parece la muela podrida de un gigante marino.

Me sorprendió encontrar decenas de catamaranes con excursionistas y músicas atronadoras que iban y venían de la playa roja a la playa blanca, de ahí a la negra y después vuelta a empezar. Me gustaban más los antiguos caiques de colores con sus coplas de nisiótica estridente; los tiempos cambian qué le vamos a hacer, pero algo tiene el turismo de insano y contaminante; los que vinieron aquí buscando un lugar genuino y singular al final reproducen lo mismo que dejaron en sus países y la ley de la oferta y la demanda acaba dándoselo mascado, perdiéndose por el camino la primera premisa; lo singular y lo genuino.

Cuando ya decidimos que habíamos acabado de pasear por el cráter y nos disponíamos a dar rumbo a otros mundos, pasamos por Thirasiá, un cachito de la Strongili que estalló en pedazos, el pequeño segmento que cierra la circunferencia por su parte noroeste. El caso es que sin pretenderlo, observando los barcos que venían de Santorini cargados de gente para pasar el día en las tabernas al pie del acantilado, encontramos una boya donde dejar el barco seguro y afrontamos la interminable escalera que subía hasta la jora. Desde el primer momento tuve la sensación de que Thirasiá era una miniatura de Santorini, una igual solución para habitar estas rocas de lava; las mismas escaleras extenuantes, las mismas piedras negras y rojas, el pueblo blanco colgado en el precipicio oscuro, las reatas de burros que subían y bajaban. Pero había algo de extraordinario en esa isla ignorada por el turismo de masas porque los borricos llevaban cargamentos cotidianos de verduras, aperos o habitantes de la isla que no tenían otra solución que montarse en el animal para no desfallecer en la subida, la jora era bonita pero sin amaneramiento, con casas pintadas o deslucidas, con iglesias grandes y pequeñas pero sin campanarios fotogénicos, con gatos enroscados y perros vulgares que se rascaban sus pulgas mirando al cielo. La chimenea carbonizada de la panadería se veía a distancia pero alguien tenía que acompañarte para acceder y atravesar la terraza del vecino, la verdulería daba vértigo y se corría el peligro del despeñe con los tomates rebotando entre las cabras, para comprar vino era obligado ir al pueblo de al lado a preguntar por el pope y los burros te increpaban por el camino buscando entre tus bolsas. Era todo lo contrario que su hermana mayor, allí delante, majestuosa, portada de publicaciones y escenario de múltiples películas.

En estas islas pequeñas una vez subes arriba tu visión es todo horizonte, el este y el oeste son un girar del cuello. Al este, el cráter erguido te invitaba a caer rodando por sus escaleras verticales sobre un agua sombría y abisal, más allá Santorini como el espejo donde se miraba Thirasiá, al oeste una pendiente dulce y suave de caminos amables y ricos cultivos que llevaban a un mar más azul. ¿De qué pasta estaba hecha esta gente? Eran recalcitrantes y tozudos, sin duda, y de igual forma que un día vinieron a habitar un volcán, ahora se negaban a vender su alma al diablo. O quizás me equivoco y era pura casualidad. Debería pasar unos meses allí para saberlo con certeza.

Llegó la tarde, los infinitos catamaranes, barcos y barcas empezaron a agolparse frente a Santorini, bajo Oia, para ver la famosa puesta de sol, principal atracción diaria de los turistas. Las cúpulas se encendieron rosadas y los infinitos destellos de las cámaras de fotos hicieron el efecto de un espectáculo lleno de trucos y maravillas. Yo miré al otro lado y observé al sol hundiéndose en el agua limpiamente y con tranquilidad, el ηλιοβασίλεμα, la coronación del sol. Solo el agua salada separaba un ocaso de otro, solo el mar daba lugar a mundos tan diferentes. Bajamos las escaleras en silencio meditando sobre las cosas inesperadas. Cuando llegamos a la caldera no había ni un alma, el último burro se había cruzado con nosotros minutos antes. ¡Vaya!
Pensé, es estupendo que un mismo mar pueda dar lugar a tantos contrastes.
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TRIZONIA

Trizonia es una isla chismosa, siempre que pasamos por ella me cuchichea historietas y cotilleos al oído para que no pase de largo y le preste la atención merecida por otras islas de más renombre, me invita a que aguarde la noche para oír el canto de los grillos, των τριζονιών, de donde dicen proviene su nombre. A mí me gusta escucharla y bañarme en sus playas negras, o en sus playas doradas, o en la arena roja de Agios Nikolaos, el pequeño islote que cierra su bahía, con el sol de la tarde. Las olas que llegan a la costa hacen brillar sus arenas con mil matices de sangre y salen a la luz unos pequeños guijarros verdes como esmeraldas, especialmente puestos allí para llamar la atención y que te quedes un rato sentada en la orilla amasando un tesoro.
Trizonia fue un lazareto durante la dominación turca hasta que en 1821 pasó a manos de Alí Pachá. El ancestro de toda su actual población fue el Señor Stamatogianis, un griego que se trasladó a vivir a la isla junto con los pocos pastores que mantenían aquí sus rebaños. Debió de ser muy prolífico el tal Stamatogianis ya que Trizonia llego a tener 100 familias en 1928. Se volvió a despoblar en la década de los 40 debido a la hambruna y la emigración y hoy apenas quedan 30 habitantes autóctonos en invierno; la isla se mantiene con el turismo que recibe en verano, con los olivos y las viñas que sobreviven y con unos pocos navegantes que recalan con sus barcos en espera de mejores vientos en su tránsito del Jónico al Egeo y viceversa. La isla queda unida al continente; distante apenas 500 metros; por tres barquitas que van y vienen sin descanso trayendo turistas, llevando pescado, llevando turistas, trayendo pan; una línea que mantienen los propios habitantes y sospecho que sin ninguna subvención estatal, de esa forma tan autogestionaria que tienen los griegos para sobrevivir a su orografía y a sus perpetuos malos tiempos.
Cuando Onassis decidió comprarse una isla como su rival Niarkos, dicen que eligió Trizonia. Allí se le veía llegar muchas veces con su yate, el Cristina, o con su helicóptero, para parlamentar con los propietarios de las tierras, pero hubo una resistencia popular, el magnate desistió y lo intentó con Skorpios, donde solo habitaban cabras; un poco más fácil convencerlas. Son duros estos grillos cantores. En la misma Agios Nikolaos un cartel advierte de que el islote pertenece a una familia desde tiempos inmemoriales y que se prohíbe pernoctar en ella. Apenas una casa en ruinas, que seguro antaño vivió tiempos de esplendor y una iglesia blanquísima y azulísima dan el toque de color a la arena roja y a los pinos apretados que se inclinan hacia el este dejando bien claro cuáles son los vientos dominantes. Todo absolutamente inmaculado.
La situación de Trizonia, a la entrada del golfo de Corinto, y la seguridad de su puerto natural siempre la hizo muy popular entre la náutica de recreo. La historia de Lizzie y el antiguo Yatch club de Trizonia, de final un poco triste, ya la he contado en otra ocasión; podéis leerla aquí. Pero nadie se explica muy bien qué sentido tuvo la construcción de una marina desproporcionada en esta isla pequeña hace ya más de 15 años. En ninguna cabeza bien pensante cabía la idea de que alguien quisiera dejar su barco en una isla a la que solo se accede en una barca y cuyas comunicaciones con Atenas son más difíciles que el viaje de Jasón y los argonautas. Pero el pelotazo es el pelotazo y a los habitantes se les vendió que sería su prosperidad. La obra nunca se terminó y hoy, abandonada, permanece en un limbo legal en el que nadie la puede explotar. Los muelles se han ido llenando de barcos que la gente deja o deserta y que por supuesto no crean la más mínima riqueza. Cuentan que un día, hace más de 7 años, llegó una familia alemana en su velero, amarró, se bajaron con sus maletas y nunca más se les ha vuelto a ver. Hay incluso un barco hundido en medio de la dársena, impidiendo el paso, y hasta que se solucionen los problemas reglamentarios de propiedad nadie en el pueblo lo puede tocar. Me sabe mal decirlo pero a mí me produce sosiego verlo siempre ahí, viaje tras viaje, con sus mástiles saliendo del agua como las velas de una tarta de cumpleaños, siempre el mismo, con una quietud y una ilusión de que las cosas no cambian con los años; sobre todo para aquellos que venimos de países donde cuando vuelves es irreconocible hasta la puerta de tu casa.
Veo llegar la barquita por la mañana repleta de familias con niños cargados de cubitos y flotadores. La chiquillería se sube al techo de la barca y dan unos brincos que deben de estar atronando al patrón, pero nadie se inmuta, todos se alegran en la playa al verlos llegar y hacen gestos con las manos. ¡Qué felicidad! En mi país ya hubiera llegado la benemérita del mar que, por su seguridad, claro, les estaría poniendo una buena papeleta por llevar a los niños sueltos ¿Y dónde está el jefe de máquinas? Es obligatorio. Tiene usted caducado el curso de operador del sistema mundial de socorro y seguridad en el mar ¿Y el certificado de desratización? ¿Dónde está la taquilla para expedir los billetes? ¿Cómo? ¿Qué no tiene? ¿Y los aseos para minusválidos? ¿Y el botiquín contra picaduras de animales ponzoñosos? Ajá, conque no lleva usted pasarela de desembarque homologada e instalada por un instalador competente; ya veo, ya veo…Dejeme ver su titulo, si es tan amable.
Trizonia siempre fue de alguna forma el inicio de mis viajes.

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PUERTOS GRIEGOS: GYTHIO

Al navegar por aguas protagonistas de cuentos y leyendas tienes asegurado el caer bajo el conjuro de visitar lugares donde antes habías estado sin saberlo; una extravagante fabulación intelectual donde lo leído, soñado o escuchado tienen la manía de confundirse con lo vivido. El conjuro es más fuerte con el paso del tiempo.

Gythio tiene ese sorprendente parecido con algo ya experimentado. Un anfiteatro de casas frente al puerto que han sido espectadoras de trascendentales momentos y sucesos; donde se han representado grande dramas, donde se puede ver la isla de Kranai, con ese Paris enamorado o soberbio y esa Helena, entregada o aterrorizada, como quiera escenificarlo el director, en su primera noche tras la huida del palacio de Menelao. Gythio venida a menos con los años. Con sus fachadas de hermosa decadencia y sus hoteles envejecidos a fuerza de recibir visitantes que no paran quietos y no se quedan en la ciudad para destriparla a base de paseos y cafés. Gythio dormida a la sombra del Mani o de Mistra, destino de los turistas madrugadores. Gythio reformando su puerto para alojar a los grandes cruceros que desembarcarán ingentes cantidades de viajeros que con toda seguridad saldrán zumbando hacia los sitios más conocidos.

Si quieres conocer un poco Gythio lo mejor es coger una de las bicicletas municipales a tu disposición en algunos Kioscos. Solo tienes que entregar el DNI para poder disfrutarla todo el tiempo que quieras. Aunque estamos acostumbrados a las singularidades griegas esto es más propio de un país aristocrático que de uno arruinado; pero en los tiempos que vivimos, en los que te cobran hasta por el aire que respiras, estos detalles alegran la vida, en el sentido más literal de la expresión. Bueno, hay un punto triste; el verlas pinchadas sin que nadie las arregle. Teniendo en cuenta lo poco que cuesta arreglar un pinchazo, si descontamos ir a buscar el material, y si los mismos kioscos tuvieran parches y cola, sería un curioso experimento dejar al libre albedrío de los usuarios el arreglo de neumáticos. ¿O no? ¿Ni siquiera así nos podríamos organizar?

Otra curiosidad de Gythio es que en la plaza más cercana al puerto, donde van a parar los turistas, hay dos sedes llamativas. Una desgraciadamente es la de la aurora de los huevos dorados, con sus banderas negras cubriendo el balcón de forja y su estética Mein Kampf que no ha variado un ápice desde hace más de medio siglo. Te desvía la mirada y casi no te percatas de que detrás, en otro balcón igualmente de forja, está la sede del Olimpiacós, con su bandera verde esperanza. Parecerá una banalidad, pero el encontrar una base de un equipo de futbol del Pireo, aquí al sur del Peloponeso, no se puede entender bien si no tenemos en cuenta que esto es Esparta y no analizamos un poco la historia futbolera de este país.

El derbi de los eternos enemigos,  Ντέρμπι των αιωνίων αντιπάλων, es cualquier partido que enfrente a los dos equipos principales en Grecia; el Panathinaikós y el Olympiacós. Como siempre en estas rivalidades podosféricas, hay que hacer arqueología social para llegar al meollo de la cuestión. El Panathinaikós, fundado en 1908, se nutre de aficionados de Atenas y fue desde el principio tildado como el representante de la clase alta social de la capital. Por su parte, el Olympiacós fue fundado en 1925 y proviene de El Pireo, de la clase trabajadora, de los astilleros, del puerto sucio, de los refugiados expulsados del Asia Menor y si me apuras hasta de la rebética.  El éxito del Olympiacós tras su creación se interpretó como el triunfo de pobres sobre los  ricos y se convirtió en el equipo de los parias de la tierra oprimidos, alzados como famélica legión frente a una pelota de lunares.

No es extraño que estos descendientes de Esparta prefieran ser del Olympiacós, antes que del equipo de los atenienses, sus αντίπαλοι, enemigos, de verdad . Pero lo extravagante es que tuvieran una sede tan grande en el centro de una pequeña ciudad a muchos kilómetros del Pireo. Nunca antes lo había visto. Me pareció como una declaración de intenciones.

Suponer, idear, fantasear, recordar, elucubrar…

– ¿Esparta? ¿Para qué queréis ir a Esparta? Mejor Mistra. Es algo espectacular.

– Pero es que era Esparta la que salía en los tebeos, con Leónidas y los 300; Mistra nunca.

La verdad es que en Esparta no hay grandes cosas que ver. Un grupo de apenas 5 personas trabajaba en sus ruinas, que son de entrada libre y que te encuentras de sopetón, paseando por la desangelada ciudad moderna. Uno de los trabajadores fue muy amable y nos explicó que se ocupaban de un edificio,  supuestamente de finalidad religiosa, pero que apenas habían llegado a la capa romana; les quedaba un mundo por excavar hasta alcanzar algo perteneciente a la época clásica. El presupuesto era tan apretado y hay tantos restos en los que trabajar en este país que probablemente no llegarán nunca.  Además estas ruinas habían sido saqueadas siglo tras siglo, dominación tras dominación;  las columnas y pilares se habían utilizado en la construcción de otras edificaciones modernas. Los de antes y los de ahora, empecinados en borrar a Esparta y convertirla en un parque de piedras anónimas para paseantes.

Pero no se viene aquí solo para ver, si no para ensoñar, imaginar, evocar, inventar, recordar, representar, rememorar, revisitar… Jugaba yo a encontrar calificativos y sinónimos cuando me di cuenta de que  mi interlocutor se había quedado mudo.

– ¿Qué te pasa?

– Que me resultan muy familiares esas montañas y este valle.

– Ah ¿Si?

– Tengo la impresión de que yo ya he estado aquí anteriormente.

– Ja, a ver si resulta que tú has sido espartano en otras vidas. Pues yo siempre he sido más de la Atenas de Pericles, que quieres que te diga, lo del rigor espartano y despeñar a los deformes por las montañas no me va. Prefiero lo de “amamos la belleza y el arte sin desmedirnos y cultivamos el saber sin ablandarnos”. Eso de separar a los niños de sus familias para hacer la instrucción militar, pues que quieres que te diga… ¿No serías un esclavo ateniense?

– No.

– Manumitido, quiero decir.

La cosa se caldeaba y los espartanos siempre tuvieron fama de duros guerreros. Era mejor dejarlo ahí.

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KORONI

Koroni es el pueblo que se puede esperar, en el Peloponeso, cuando te enteras de que tiene una fortaleza casi tan grande como su casco urbano. Koroni es además un nombre determinista y descriptivo que te prepara para ver coronas y castillos. Verás coronas y castillos.

Es un puerto al que recurrimos con frecuencia cuando pasamos por el sur de Mesenia, el dedo pulgar de la tierra de Pélope. Si le llamamos puerto seríamos generosos pues tan solo un espigón abriga de los vientos del sur; aunque cuando sopla el siroco las olas saltan por la escollera, indiferentes a muelles u obstáculos; e incluso con buen tiempo la resaca es considerable y los barcos permanecen alejados del muelle dejándose ir y venir con amarras largas y elásticas para evitar los socollazos. Sale ganando Koroni, porque la vista sobre el pueblo es limpia y sin distracciones, cuando llegas por el mar; las casas de colores moderados y teja descolorida por la frecuente lluvia, se reúnen en filas dando el aspecto de un gran teatro repleto de espectadores discretos. El castro, como una corona viene a darle el punto final del que hablaba.

De Koroni me gustan sobre todo dos cosas: las barcas que venden pescado y los barberos. Con la calma matutina se acercan los caiques al muelle a vender la captura de la noche. Cada uno tiene su mostrador metálico fijo en el que exponen su mercancía; sacan una balanza de platillos abollados que brincan y tintinean con el regateo y el tira y afloja; las pesas deformes e injustas hacen kilos de tres cuartos a tal rapidez que no da tiempo a la interjección, pero siempre te regalan el puñadito final para que te vayas satisfecho. Esta vez compramos koutsumouras, un pescado afín al salmonete pero de linaje más  humilde, aunque el aroma al freírlo es tan intenso como el de sus primos de sangre azul. Creo que se corresponde con nuestro “salmonete de fango” pero no sé qué tipo de fango será el que le da un sabor intenso.

Las barberías me interesan más que los peces y no sé por qué extraña razón en Koroni hay bastantes. Esos cilindros de rallas azules y rojas dando vueltas me dejan pasmada y me dibujan en la memoria las bacinillas metálicas, el chic-chac de las tijeras, el olor a colonia barata y aquellos señores simpáticos, charlatanes, de camisolas blancas abotonadas en un hombro, con un peine saliendo del bolsillo, que se inclinaban sobre sus clientes para dejarlos hechos un pincel y perfumados; salían todos dándose golpecitos en la mejilla. El dejà vú de los dulces sueños que uno siempre quiere volver a soñar me lo servía en bandeja el aroma de potingues y crece pelos junto con las orlas giratorias, me hipnotizaron. Este país, con frecuencia, tiene el poder de transportarme a entrañables fantasías.

Una de las barberías se llamaba la tijera de oro, haciendo un juego con unas tijeras abiertas y la X de χρυσό, toda una hazaña en diseño de logotipos. Me trajo a la memoria un cuento que inventé de pequeña sobre una modistilla que tenía unas tijeras de oro y un dedal de plata.

La chica tenía el don de trabajar muy rápido y provocar la modorra de sus clientes con el ir y venir de las tijeras doradas y el dedal plateado; mientras dormían cosía y cuando despertaban tenía listo el traje encargado. El resultado era como un guante y no solo eso, si no que en cuanto se vestían se convertían en personas elegantes y atractivas, fueran como fueran antes. La fama de la costurera voló como el polvo y llego a los oídos de una señora muy rica y muy fea que le hizo varios encargos. Cada vestido que le cosía era más primoroso y le sentaba mejor, los admiradores se agrupaban en su puerta para verla pasar. Como siempre, los malos del cuento tienen que ser mezquinos y egoístas, así que la falsamente hermosa señora encerró a la muchacha en un castillo para que solo confeccionara para ella. La historia tenía diversos desenlaces dependiendo de mi estado de ánimo y del público; desde el romántico y apuesto muchacho que veía los reflejos dorados salir por el ventanuco y la salvaba, hasta el más cruento clavar de tijeras afiladas en el corazón de la malvada. O bien se quedaba en suspenso porque creo que prefiero los cuentos sin final y cada uno que invente según sus gustos.

Debía llevar un rato obnubilada frente al cartel porqué me di cuenta que todos miraban hacia afuera y que el peluquero ponía cara de preguntar ¿que desean? Yo no podía entrar y sentarme en la butaca porque el establecimiento era exclusivo para caballeros y Jesús no accedía, aunque yo insistía, a afeitarse la barba que lleva desde que nació, así que le pedí disculpas al señor y abandonamos su puerta para seguir con el paseo.

Cuando a menudo recibo correos de desconocidos pidiéndome consejos y recomendaciones para navegar en Grecia; algunos sin presentación, ni un simple “por favor”, no sé qué responder ¿Les invito a que conozcan las barberías de Koroni? Cómo poder recomendarles nada, si no los conozco, ni siquiera sé lo que sueñan por las noches.

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KYPARISSIA

No era un sitio bonito Kyparissia;  al menos visto desde el puerto, porque la ciudad sube por la montaña hasta acabar en un castro y posiblemente la parte de arriba debía tener mejor aspecto. Pero en la costa se había inclinado por el desarrollo cochinista de apartamentos de playa de medio pelo y casas de semirricos y medioenterados que gustan de la horterada y de la estridencia, solo por parecer diferentes. Lo más sorprendente es que el puerto parecía abandonado, muy ajeno a otros muelles griegos donde la gente acude al atardecer a dar paseos de ida y vuelta, innumerables, mientras voltean el kombolori y discuten de las cosas más diversas; del futbol y de la troika. Las dársenas y los paseos marítimos siempre suelen ser lugares aseados, con cafés, kioscos, mazorcas asadas, globos de colores y gran vocerío. En este, cuatro gatos vivían a sus anchas en los contenedores y escampaban la basura por el varadero dejándolo todo sucio y maloliente. Nosotros habíamos parado allí solo por una noche, como escala técnica, cuando subíamos a Lefkada; de esto hace ya un año. Cuando a la mañana siguiente me acerqué a comprar el pan a una pequeña tienda cercana al puerto, la señora tendera, muy amable y charlatana, como con pena y asumiendo el pecado de un sitio tan desastrado me dijo:

– ¿Ya os vais? ¿No subís al castro? No sabes lo que os perdéis. Es un lugar precioso, con el pueblo viejo, con las fuentes, con el Jónico entero que se ve tan azul que duelen los ojos. Y podréis vislumbrar Pilos y Zankynthos.- Y dale que te pego con la cháchara, pasaba el tiempo y no me dejaba irme; yo estaba encantada, tengo que reconocerlo; y ella se entusiasmaba cada vez más con los asombros que aguardaban en Kyparissia y no debíamos desaprovechar.-  Las mejores puestas de sol que se puedan imaginar.

¡Ay, lo dijo! ¡Hλιοβασίλεμα! Ahí me llegó al corazón. El griego, que tiene palabras tan gráficas como sus raíces, las que se hunden en la profundidad de los tiempos, cuando no se sabía cómo interpretar las cosas más comunes que se podían observar, me recordaba esta joya; To ηλιοβασίλεμα, el ocaso, el “reinado del sol”. Una palabra curiosa que elige la puesta del astro para coronarlo, no precisamente cuando culmina en el cielo, a la mayor altura y pasa por nuestro meridiano, que sería lo más lógico; es posible que intente hacer patente la aureola de rojos y morados que deja el sol cuando se hunde en el horizonte, o quizás a la hermosura de su despedida, digna de un rey. Pero en todo caso es una descripción, con solo un término, insuperable.

– Tan bonitas son las puestas de sol en Kyparissia– Ella seguía sin descanso- que hasta un gran poeta griego dejó escrito unos versos.- Frunció el ceño y elevo los ojos al cielo como queriendo iluminarse.- Ah sí, ya me acuerdo: ¡Kaváfis!

– ¿Kaváfis?

– Sí, él mismo, lo escribió cuando estuvo una temporada viviendo y admirando los atardeceres sobre el mar.

Ha pasado un año y no he dejado de buscar el dichoso poema del ilustre alejandrino. ¿Kaváfis en Kyparissia? O en Arcadia, como antiguamente se le llamó también. Busqué por títulos, en la web, me leí hasta el último libro que tenía a mi alcance. Nada de nada, no fui capaz de encontrar el poema de Kavafis dedicado a ese pueblo tan bello con esas puestas de sol tan espectaculares. Y con ese puerto tan feo. Así que como era de esperar volvimos a Kyparissia en busca de esas estrofas perdidas del poeta, era ya cuestión de honor.

La verdad es que cuando subes un poco la cuesta encuentras una ciudad alegre y en plena ebullición, con una plaza grande y terrazas bajo la sombra de imponentes árboles, con una zona de mercado y comercio donde la gente se saluda feliz y se sienta en las mesas de cafés improvisados a pontificar sobre el mundo; Grecia pura. Habían puesto una noria y a sus pies, infinidad de puestos de suvlakis que generaban una densa nube negra y aromática subiendo al compás de los carricoches de la atracción; entre los chillidos de la chiquillería en lo alto y el humo que los envolvía a todos te dejaban la sensación de ser almas purgando en el infierno. Todavía se hacía más grande el misterio del puerto vacío; en cuanto enfilabas la cuesta que baja hasta el mar… la nada.

Yo en todas partes preguntaba y todos se encogían de hombros ¿Kaváfis? Llegó un momento que abandoné la murga y decidí olvidarme del tema; el viaje genera infinidad de pistas para seguir, eso está bien, aunque a veces estas son falsas y hay que saber renunciar a tiempo. Pero nos paramos en una librería a punto de cerrar, donde el librero, muy contento, ponía música a todo volumen y exclamaba ¡Otra vez! cuando alguna canción era de su agrado. Así que le pregunté. Y el preguntó ¿Kaváfis? Y yo le dije lo del Hλιοβασίλεμα.

– ¡Ah no! Ese no es Kaváfis si no Palamás. Vivió un tiempo aquí en casa de su hermano.

Kostis Palamás es un poeta griego de principios del siglo pasado que le dio letra al himno olímpico y fue uno de los defensores de la implantación del griego demótico que se habla hoy en Grecia, frente al idioma katharevusa, mucho más ilustrado y arcaico.

El librero corrió a una estantería y bajó un libro. Comenzó a buscar con rapidez entre sus páginas y señaló con el dedo.

– Aquí esta.

No me quedó otra solución que comprar el libro; una obra de gran interés que versaba sobre la creación de los diversos barrios de Kyparissia a lo largo de los tiempos; ciento y pico hojas en griego y con pocas ilustraciones. Y como no me había fijado en la página que señalaba el librero he tenido que leerlo todo hasta llegar al poema de Palamás. Hoy ha llegado el día señalado y por fin lo encontré, escondido entre sus líneas soporíferas, que emoción. Pero no era una estrofa si no una frase:

En Kyparissia me encontré viviendo unos pocos meses con el disfrute, cada ocaso, de las hermosas puestas de sol que me ofrecía y todavía me veo en un jardín, es decir, en un trozo de tierra baldía, donde he descubierto un granado en flor. Con el creé el poema “La flor del granado”.

¿Eso era todo? Me entraron ganas de estrangular a alguien.

Pero visto de otra forma, solo me quedan dos cosas que hacer: o buscar el poema de Palamás, o buscar en Kyparissia las fuentes que describía el libro en cada uno de los barrios, con sus inscripciones y con sus historias; menester para próximas visitas. Si sigo tirando del hilo seguro que llego hasta Kaváfis, si no es que he llegado ya, pues fue precisamente él quien convirtió en credo lo de que el viaje tiene que ser largo para que tus ojos se detengan en puertos que antes ignoraban y que si cuando llegas al destino, lo encuentras pobre… pues eso, que te compres cualquier libro que te abra la mente a nuevas aventuras.  O puede que nos sea más próximo lo de: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

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Islas griegas: Tasos y sus bárbaros

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No me gustó la mirada de esos viejitos sentados bajo el plátano en un banco. No me gustó y me preguntaba que hacían allí en vez de estar en un café o paseando por la orilla mirando al agua y charlando. Si algo tienen estas islas es una bondadosa vejez, ya te conocen en todos lados, ya te sirven el café como te gusta sin preguntar, ya puedes despotricar a voz en grito sobre lo que te venga en gana sin que nadie piense más allá de “ya está Mijalis con su murga”. Pero la verdad es que desde donde estaban se veía poca cosa; el mar a duras penas.

En Tasos todavía es posible admirar el muelle de lo que fue un espléndido puerto de mármol. En sus épocas gloriosas de minas y comercio de metales preciados, dicen que incluido el fondo de la dársena era también de esa codiciada piedra; siempre he pensado que para incordio de los capitanes que quisieran echar el ancla, la notaría deslizarse con desespero por su superficie pulida y blanca, acordándose mucho del diseñador del momento. La verdad es que esas naves ligeras fácilmente se varaban en la playa. Ahora incluso, el varadero sigue en el mismo sitio; un privilegio histórico. Y detrás, entre frías casas modernas de hormigón paleto, los restos de la antigua ciudad y su teatro; destruidos, claro. No importa, lo nuevo y lo viejo pueden convivir sin molestarse, o molestándose solo un poco. La isla esmeralda, como la han llamado algunos a los que les gusta calificarlo todo, es una montaña cubierta enteramente de pinos mayúsculos que dan sombra a los caminos y a las fuentes; el resto, playas de arena sobre un mar tranquilo alrededor. ¿Qué más se puede pedir para ser una encantadora de viajeros?

Pero los abuelos bajo el árbol no podían ver nada de eso, se lo tapaban los toldos, las mesas llenas de botes de Kétchup y los anuncios de Happy  hours  y combinados diabólicos ¡Más de 200 tipos de cócteles!

La primera noche que pasamos nos costó encontrar una bahía agradable, todas sembradas de hamacas y bares estridentes, dejaban poco descanso visual y al final, la elegida, no fue lo esperado, con el chunda- chunda y los bramidos que venían de un hotel cercano. Es posible que fuera una cosa anecdótica, mañana, ese puerto de mármol nos tenía reservadas las delicias de esta isla hermosa de la que todos contaban maravillas.

Pero nada más llegar, los viejos. Y antes, lo nunca visto, ninguno de los tripulantes de los barcos vecinos vino a esperar nuestras amarras, solo nos miraron desde sus bañeras. Y después, paseando por el esperado puerto,  a todo el que preguntábamos por la calle era hosco y desagradable. ¿Ha habido una guerra nuclear? Es imposible que de Limnos a aquí haya cambiado el mundo. El pueblo nos exhaló una bocanada de amargura que nos dejó helados.

Tasos es la más septentrional de Grecia y comunicada con el continente por Kavala, ya muy cerca de la frontera con Bulgaria. Esta proximidad y la facilidad de acceder a bebidas alcohólicas relativamente baratas la ha puesto de moda entre turistas de poco presupuesto y mucha sed;  por desgracia Tasos les ha dado lo que pedían: playas cubiertas de tumbonas de colores que impiden el acceso al que no esté dispuesto a utilizarlas, tan pegadas las unas a las otras que distinguen a la playa como la verde, la naranja o la azul; músicas atronadoras de ritmos patateros,  destellos de luces y promesas de juergas perpetuas; los tour operadores se encargan del resto. Lamentablemente familiar.

La historia de este país es una sucesión de invasiones; romanos, persas, bárbaros, otomanos;  los hubo brutos y devastadores que destruyeron todo a su paso, o ilustrados y sensibles que se quedaban sorprendidos por lo que veían y simplemente lo tomaban y lo copiaban. Entre los  invadidos hubo resistentes numantinos, pero también los que se entregaban sin batalla y con indolencia. El país  que hoy conocemos, es el resultado de estas oleadas ocupadoras y de otros tantos actos heroicos por no dejarse aniquilar. Pero ahora la invasión más contaminante, el turismo; esa que busca lo mismo que tenía en su casa pero en allí en lejos y remoto, ya sea Bali o Cancún; acecha todo lo que sea distinto para correr un manto nivelador y convertirlo en un uniforme. Es dañino y devastador. Cuando te quieres enterar ya no encuentras ni la plaza, ni el café; a duras penas la puerta de tu casa. Entonces te entra la amargura y culpas al extranjero que te pregunta y saluda, pero ya es tarde.

– En la isla de al lado dicen que sus habitantes se han levantado en armas para que se prohibiera un festival de música tecno.

– Pues vamos allí ¿Cómo se llama?

– Samotracia.

Me vino a la memoria un sugerente poema de Kavafis: “Esperando a los bárbaros”

 

¿Qué esperamos reunidos en el ágora?

Es que hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué el Senado está inactivo?  ¿Qué pasa que los Senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros. ¿Qué leyes pueden hacer ya los Senadores? Los bárbaros legislarán cuando lleguen.

¿Por qué nuestro emperador se levantó tan temprano  y está sentado en la puerta principal de la ciudad,  solemne en su trono, luciendo la corona?

Porque hoy llegan los bárbaros. Y el emperador espera recibir a su jefe. Hasta ha preparado un pergamino para entregarle. Allí ha consignado muchos títulos y nombres.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron hoy con sus rojas togas bordadas?  ¿Por qué llevan brazaletes con tantas amatistas,  y anillos con espléndidas y brillantes esmeraldas,  por qué empuñan hoy preciosos bastones  magníficamente recamados de oro y plata?

Porque hoy llegan los bárbaros, y esas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué los ilustres oradores no vienen como siempre  a echar sus discursos, a decir sus cosas?

Porque hoy llegan los bárbaros, y a ellos les fastidian la elocuencia y las arengas.

Por qué comienza de pronto esta inquietud  y confusión. (Qué serios se han vuelto los rostros.)  ¿Por qué se vacían rápidamente las calles y plazas  y todos vuelven a sus casas muy pensativos?

Porque anocheció y los bárbaros no han llegado. Y algunos que han venido de las fronteras  dijeron que ya no hay bárbaros.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.  Esos hombres eran alguna solución.

 

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Las Espóradas del Norte y sus calamares

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No teníamos muchos deseos de volver a las Espóradas del norte porque estuvimos en ellas cuando solo eran unas islas anónimas; antes, mucho antes de que se hicieran famosas por una película y todo el mundo las descubriera de golpe. Pero teníamos un compromiso; eufemismo por trabajo; y estábamos resignados a tragarnos el Mama Mía que hiciera falta.

Cuando las conocimos, era casi imposible encontrar un sitio en los puertos, pues estaba todo repleto de barquitas de pesca y debías pedirles por favor que te hicieran un hueco. Me acuerdo de llegar a Patitiri, el puerto de Alónisos, y tener que colocarnos cerca del ferry en la entrada. Todavía no había aparecido la primavera  pero no hacía mucho frío. Estábamos sentados en la bañera del barco contemplando la tarde cuando se acercó a saludar el marinero que vigilaba el Ferry por la noche. Lo de siempre: ¿Bandera España? Sí, yo barco grande, conozco en Málaga, La Coruña, Cádiz. La cantinela de la generación que se embarcó para no pasar hambre. Con su poco español y nuestro peor griego de entonces, le invitamos a tomar un café y una copita, acompañado por una pastilla de chocolate para endulzar. No sé de qué chorradas hablaríamos, pero las horas pasaron volando; cuando ya se nos gastaron todos los dimes y diretes se despidió, se metió la pastilla de chocolate en el bolsillo y nos dijo:

– Gracia, muchas gracias por la “parea”.

Es decir gracias por la charla, la pizca de amistad, las noticias de fuera, la compañía, el café, los recuerdos de mis viajes, el entretenimiento, el tiempo que habéis gastado conmigo. Todo eso quería decir esa frase escueta de ese hombre solitario que se iba; eso sí, con nuestro chocolate en el bolsillo. Me empezaron a gustar estos griegos; con desparpajo, pero a la vez sensibles de valorar las cosas simples.

De las Espóradas también recuerdo sus calamares; siempre he sido una obsesa de estos moluscos, mi comida favorita desde la infancia, cuando mi madre me preguntaba:

-¿Qué quieres que prepare para tu cumpleaños?

– Calamares en su tinta.

El recuerdo de aquellos trocitos aromáticos y ennegrecidos es algo que se pierde en la niebla cerebral, porque aunque mi madre los sigue cocinando de la misma forma, los animales no son los mismos ahora, ni saben lo mismo, ni tienen la misma textura,  ni las aletas donde deben. Pero para mi sorpresa, todo un mundo de imágenes evocadoras explotó en mi boca al probar un ejemplar de las Espóradas cuando llegamos aquel lejano año. Fritos o a la plancha despedían un perfume que hacía volutas con mis recuerdos. En concreto había un sitio, en Steni  Vala, un pequeño puerto de Alónisos, donde valía la pena ir solo para comer calamares; te servían el platazo y se acababa de golpe el olor a pinos y aliagas. Ahora, venía dispuesta a comer calamares hasta que me diera un cólico miserere.

Las islas no han cambiado mucho, afortunadamente, pero sí que algunas, como Skiathos, se han vaciado de contenido para dar cabida a los turistas; nunca lo entenderé; las barquitas han desaparecido para que amarren los yates y es imposible encontrar una panadería o una tienda en lo que originariamente fue el pueblo, las han trasladado al extrarradio y el bonito casco de callejas estrechas solo alberga habitaciones de alquiler, tiendas de ropa, suvenires, heladerías y restaurantes. Bastante desolado fuera de temporada. Todo es Mama mía: batidos, pizzas, excursiones, restaurantes y hasta en el cine local, un cartel anunciaba el pase tres veces por semana. Lo curioso es que la mayor parte de la comedia musical no está rodada aquí, si no en el Pelión; pero eso no importa al turista que reserva un viaje desde Estocolmo, mientras se graba las canciones de Abba en el IPod.

También hay cosas positivas, todo hay que decirlo, como la recuperación del antiguo pueblo de Alónisos, antes abandonado en la montaña, que ahora tiene quien lo cuida y lo habita.

Tuvimos esta vez un tiempo infame y si de algo adolece este archipiélago es de buenos puertos para pasar el mal viento, el malo de verdad, ese que sopla con fuerza de temporal cada vez de una dirección; en todos los sitios nos movíamos como pulgas en una coctelera. Salíamos pitando de una noche incómoda, entre aguaceros, para ir a parar a otra noche de pesadilla. Yo en todos los sitios pedía calamares. Nada.

Perdí la esperanza, a base de empacharme a buñuelos refritos sin sabor; y lo peor, perdí la fe. Sumida en un mar de dudas barajé la posibilidad de darme a otros cultos de peces o crustáceos, pero cuando te entra la desgana y el desinterés ya es tarde; me convertí en atea y me resigné a un mundo triste de sabores uniformes; ya fuera pollo, huevo o calamar; de comidas distinguibles solo por su color. El mundo “burguer”, sin dioses ni héroes cefalópodos.

Fue particularmente desagradable la noche que pasamos en Patitiri esta vez, donde no pudimos bajar ni  para dar una vuelta, los barcos íbamos y veníamos como peonzas y al vecino estuvo punto de saltarle el molinete por los aires por no ponerle a la cadena un seguro con cabo. Cada vez que el barco salía lanzado con la ola se tensaban las amarras y nos quedábamos vibrando y resonando como la tripa de un tambor. Habíamos dado una amarra de cabo acolchado en un costado y no una de las trenzadas; podrá parecer una chorrada pero al cambiarla, el barco dejo de pegar socollazos bruscos y comenzó  un ir y venir acompasado, gracias a la elasticidad de la trenza; cuestan un potosí, pero en estos momentos agradeces haberte gastado el dinero y constatas que una amarra buena es un cabo especial y no una ganga o cualquier escota vieja  que ahorre dos duros.

En el momento que amainó un poco la lluvia y aprovechando el viento del norte decidimos partir hacia el sur, a buscar mejores temperaturas. Antes de irnos, al hacer la compra, nos acercamos a un pesquero que se había abarloado al muelle a descargar y en el que los marineros vendían el rancho que les tocaba como parte de la paga. Tenían pescadito pequeño con muy buen aspecto, pero la posibilidad de freír a bordo con el tiempo que hacía no era algo a contemplar. Cuando ya nos íbamos, me hizo una seña con la mano para que esperara, se fue a buscar en uno de sus cubos y me enseñó un calamar; un hermoso ejemplar de piel de reflejos morados y rojizos, con unos ojazos penetrantes y brillantes de lluvia ¡con las aletas en la punta como un flecha de Eros!

Salimos de allí con cerca de dos kilos de calamares por una miseria. Me puse a limpiarlos enseguida y según los abría y les separaba sus tintas tersas y enteras me entró el perfume de la revelación. Y cuando los eché en la cazuela los reconocí de inmediato; volví a creer, me convertí de nuevo, recuperé mi fe y mi devoción.

Dejamos una traza de olor por todo el puerto y un lamento de los gatos congregados frente a la pasarela al soltar las amarras.

 

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Samotracia

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A muchos sitios nos traen los libros, los mitos y los mapas que acariciamos hasta dejarlos pringosos. El contorno de esta isla no dejaba lugar a dudas de que no era un lugar para un velero; aunque el barco sea la única manera de acceder a ella; no tiene ni la más pequeña bahía, ni siquiera un mínimo repliegue de la costa donde encontrar un abrigo. A Samotracia solo arrumbas porque quieres llegar a Samotracia y ni eso está claro que significa. Porque tú, donde llegas en realidad es a una montaña de 1600 metros dejada caer sobre el mar, imponente y magnifica. Todo lo demás que la rodea es completamente accesorio y circunstancial, incluidos nosotros.

Tan solo el  dique se extiende como un brazo amigo que intenta rodearte para que no sufras y advertirte que esta isla tiene algo de humanidad. Y sí que la tiene, porque cuando doblas y te adentras, la amabilidad es patente. Unos pescadores que reparaban unas grandes redes nos hicieron hueco y nos indicaron el mejor sitio para amarrar dentro del caos sin dirección que era la pequeña dársena; se les veía gustosos de dirigir la maniobra y darnos consejos.

Se me coló a la primera ese puerto que no era resplandeciente, ni feo, ni bonito, ni impresionante, ni indiferente, ni  bullicioso ante la salida del ferry, ni tranquilo después, pero que tenía aquel monte, que encima se llama Φεγγάρη, montaña Luna, oscuro y silencioso del que decían haber servido de palco para que Poseidón contemplara la guerra de Troya. Esa montaña tenía un pathos y un poder que poco después pude constatar.

La Jora no está muy lejos, se puede pasear hasta ella. Es una Jora norteña, de calles empedradas, con tejados rojos  y grandes porchadas de madera que protegen de la lluvia y permiten mirar al mar en invierno; de hecho la mayoría de los cafés tenían unas vistas soberbias desde terrazas y galerías acristaladas. En uno de estas bares los hombres jugaban al Tabli. Un espectador desilusionado por la partida que contemplaba se metió dentro, cogió un buzuqui y se arrancó con una melodía rebética muy oriental. No logré entender gran cosa de la letra, pues como buen rebéte la cantaba al punto del desafine y con carraspeo. Nadie dijo ni mu, como acostumbrados a estos espontáneos; él  volvió a dejar el instrumento y retornó a su ronda por la trasera de los contrincantes con las manos en la espalda. Costó arrancarme a mí de esa terraza.

Samotracia era famosa por sus misterios, competencia de los de Eleusis, en Atenas; pero la iniciación a estos secretos mistéricos es mucho más oscura que en el caso del Atica. Los dioses de la isla, los Cábiros, son en sí tan confusos como sus ritos; no se aclaran los historiadores si eran dos o cuatro, dioses o diosas, padres o hijos; de hecho el santuario que se puede visitar en Samotracia se le llama el de “los grandes dioses”, sin especificar ni comprometerse. No se descarta que hubiera sacrificios humanos, pues los Cábiros parece ser que proceden de deidades muy ancestrales y sanguinarias. Durante las ceremonias, los iniciados, mediante drogas o simple éxtasis podían ver a la vez lo próximo, lo de la Tierra Madre y lo ultraterreno, lo del cielo. Y el que no se lo crea que venga y lo vea. El Fengari tiene fuerza telúrica suficiente como para exhalar enigmas por todas sus crestas.

Había leído en una guía un comentario que me había hecho gracia. Decía que en esta isla aparecen mayoritariamente dos tipos de turistas: unos con flores en el pelo y otros con sombrero de doctor Livingstone. Era la pura verdad y tenía toda lógica que este lugar atrajera a jóvenes místicos con rastas y pantalones vaporosos de colores, por un lado y a interesados en la historia y la arqueología por el otro. A los hippies los encuentras nada más llegar, paseando los caminos con sus enormes mochilas; los exploradores están todos corriendo enajenados  por las montañas o dando vueltas al santuario de los grandes dioses. Creo que queda muy ilustrativa una anécdota que nos sucedió en dicho santuario y que narro a continuación.

El recinto arqueológico de Samotracia es uno de los más bellos de Grecia, el mar tan cercano como telón de fondo y la montaña detrás, cómo no, te preparan para la sesión de serenidad meditativa que producen estos lugares; siempre y cuando las hordas de autobuses, guías y cámaras, te dejen concentrarte. Ese día no había muchos visitantes y  se podía pasear en silencio, oyendo solo la luminosidad del día, el aire de tus pulmones o el crujir de la hierba bajo tus pies.