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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN VALENCIA

Mil Viajes a Itaca, el muy recomendable libro de Ana Capsir sobre Grecia y sus islas, fue presentado en el museo L´Iber de los Soldaditos de Plomo de Valencia.

En la mesa de presentación, junto a la autora, estuvieron Alejandro Noguera director del museo y Emilio Garrido, periodista y presentador y director del programa de Radio3, La Bañera de Ulises.

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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN MADRID

El pasado 24 de octubre se presentó en La librería Nautica Robinson de Madrid el libro de Ana Capsir, Mil Viajes a Itaca, una visión personal de Grecia y sus islas. Participaron en la presentación, además de la propia autora, Alfonso Jordana, director de la escuela Náutica Avante y Juan Melgar director de la librería.

El libro podéis adquirirlo directamente en la misma editorial.

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Las Espóradas del Norte y sus calamares

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
No teníamos muchos deseos de volver a las Espóradas del norte porque estuvimos en ellas cuando solo eran unas islas anónimas; antes, mucho antes de que se hicieran famosas por una película y todo el mundo las descubriera de golpe. Pero teníamos un compromiso; eufemismo por trabajo; y estábamos resignados a tragarnos el Mama Mía que hiciera falta.

Cuando las conocimos, era casi imposible encontrar un sitio en los puertos, pues estaba todo repleto de barquitas de pesca y debías pedirles por favor que te hicieran un hueco. Me acuerdo de llegar a Patitiri, el puerto de Alónisos, y tener que colocarnos cerca del ferry en la entrada. Todavía no había aparecido la primavera  pero no hacía mucho frío. Estábamos sentados en la bañera del barco contemplando la tarde cuando se acercó a saludar el marinero que vigilaba el Ferry por la noche. Lo de siempre: ¿Bandera España? Sí, yo barco grande, conozco en Málaga, La Coruña, Cádiz. La cantinela de la generación que se embarcó para no pasar hambre. Con su poco español y nuestro peor griego de entonces, le invitamos a tomar un café y una copita, acompañado por una pastilla de chocolate para endulzar. No sé de qué chorradas hablaríamos, pero las horas pasaron volando; cuando ya se nos gastaron todos los dimes y diretes se despidió, se metió la pastilla de chocolate en el bolsillo y nos dijo:

– Gracia, muchas gracias por la “parea”.

Es decir gracias por la charla, la pizca de amistad, las noticias de fuera, la compañía, el café, los recuerdos de mis viajes, el entretenimiento, el tiempo que habéis gastado conmigo. Todo eso quería decir esa frase escueta de ese hombre solitario que se iba; eso sí, con nuestro chocolate en el bolsillo. Me empezaron a gustar estos griegos; con desparpajo, pero a la vez sensibles de valorar las cosas simples.

De las Espóradas también recuerdo sus calamares; siempre he sido una obsesa de estos moluscos, mi comida favorita desde la infancia, cuando mi madre me preguntaba:

-¿Qué quieres que prepare para tu cumpleaños?

– Calamares en su tinta.

El recuerdo de aquellos trocitos aromáticos y ennegrecidos es algo que se pierde en la niebla cerebral, porque aunque mi madre los sigue cocinando de la misma forma, los animales no son los mismos ahora, ni saben lo mismo, ni tienen la misma textura,  ni las aletas donde deben. Pero para mi sorpresa, todo un mundo de imágenes evocadoras explotó en mi boca al probar un ejemplar de las Espóradas cuando llegamos aquel lejano año. Fritos o a la plancha despedían un perfume que hacía volutas con mis recuerdos. En concreto había un sitio, en Steni  Vala, un pequeño puerto de Alónisos, donde valía la pena ir solo para comer calamares; te servían el platazo y se acababa de golpe el olor a pinos y aliagas. Ahora, venía dispuesta a comer calamares hasta que me diera un cólico miserere.

Las islas no han cambiado mucho, afortunadamente, pero sí que algunas, como Skiathos, se han vaciado de contenido para dar cabida a los turistas; nunca lo entenderé; las barquitas han desaparecido para que amarren los yates y es imposible encontrar una panadería o una tienda en lo que originariamente fue el pueblo, las han trasladado al extrarradio y el bonito casco de callejas estrechas solo alberga habitaciones de alquiler, tiendas de ropa, suvenires, heladerías y restaurantes. Bastante desolado fuera de temporada. Todo es Mama mía: batidos, pizzas, excursiones, restaurantes y hasta en el cine local, un cartel anunciaba el pase tres veces por semana. Lo curioso es que la mayor parte de la comedia musical no está rodada aquí, si no en el Pelión; pero eso no importa al turista que reserva un viaje desde Estocolmo, mientras se graba las canciones de Abba en el IPod.

También hay cosas positivas, todo hay que decirlo, como la recuperación del antiguo pueblo de Alónisos, antes abandonado en la montaña, que ahora tiene quien lo cuida y lo habita.

Tuvimos esta vez un tiempo infame y si de algo adolece este archipiélago es de buenos puertos para pasar el mal viento, el malo de verdad, ese que sopla con fuerza de temporal cada vez de una dirección; en todos los sitios nos movíamos como pulgas en una coctelera. Salíamos pitando de una noche incómoda, entre aguaceros, para ir a parar a otra noche de pesadilla. Yo en todos los sitios pedía calamares. Nada.

Perdí la esperanza, a base de empacharme a buñuelos refritos sin sabor; y lo peor, perdí la fe. Sumida en un mar de dudas barajé la posibilidad de darme a otros cultos de peces o crustáceos, pero cuando te entra la desgana y el desinterés ya es tarde; me convertí en atea y me resigné a un mundo triste de sabores uniformes; ya fuera pollo, huevo o calamar; de comidas distinguibles solo por su color. El mundo “burguer”, sin dioses ni héroes cefalópodos.

Fue particularmente desagradable la noche que pasamos en Patitiri esta vez, donde no pudimos bajar ni  para dar una vuelta, los barcos íbamos y veníamos como peonzas y al vecino estuvo punto de saltarle el molinete por los aires por no ponerle a la cadena un seguro con cabo. Cada vez que el barco salía lanzado con la ola se tensaban las amarras y nos quedábamos vibrando y resonando como la tripa de un tambor. Habíamos dado una amarra de cabo acolchado en un costado y no una de las trenzadas; podrá parecer una chorrada pero al cambiarla, el barco dejo de pegar socollazos bruscos y comenzó  un ir y venir acompasado, gracias a la elasticidad de la trenza; cuestan un potosí, pero en estos momentos agradeces haberte gastado el dinero y constatas que una amarra buena es un cabo especial y no una ganga o cualquier escota vieja  que ahorre dos duros.

En el momento que amainó un poco la lluvia y aprovechando el viento del norte decidimos partir hacia el sur, a buscar mejores temperaturas. Antes de irnos, al hacer la compra, nos acercamos a un pesquero que se había abarloado al muelle a descargar y en el que los marineros vendían el rancho que les tocaba como parte de la paga. Tenían pescadito pequeño con muy buen aspecto, pero la posibilidad de freír a bordo con el tiempo que hacía no era algo a contemplar. Cuando ya nos íbamos, me hizo una seña con la mano para que esperara, se fue a buscar en uno de sus cubos y me enseñó un calamar; un hermoso ejemplar de piel de reflejos morados y rojizos, con unos ojazos penetrantes y brillantes de lluvia ¡con las aletas en la punta como un flecha de Eros!

Salimos de allí con cerca de dos kilos de calamares por una miseria. Me puse a limpiarlos enseguida y según los abría y les separaba sus tintas tersas y enteras me entró el perfume de la revelación. Y cuando los eché en la cazuela los reconocí de inmediato; volví a creer, me convertí de nuevo, recuperé mi fe y mi devoción.

Dejamos una traza de olor por todo el puerto y un lamento de los gatos congregados frente a la pasarela al soltar las amarras.

 

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Cosas de Skyros

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Islas, Islas. Islas como Skyros que te perturban, que te “roban el alma y la estremecen del mismo modo que el viento de las montañas azota, golpea sobre las encinas ululando” como dijo Safo; te dejan patidifuso y enamorado como a un tonto adolescente. No siempre es amor a primera vista si no que requiere de segundas y sucesivas visiones para que caiga el rayo cegador, la flecha venenosa que te convertirá en adorador embelesado.

Si de algo adolecemos los navegantes con frecuencia, es de la falta de curiosidad por todo aquello que suceda más allá de 1 kilómetro del puerto. Arribar, amarrar y zarpar al día siguiente. Ese viento favorable, ese tiempo escaso, la impaciencia, la codicia de ver cuanto más mejor y sentir que lo has conquistado. Pero en Grecia, en una isla, solo puedes decir que has estado después de un tiempo, después de aburrirte o de enamorarte.

Skyros, aunque administrativamente pertenezca a las Espóradas del Norte, bien podría ser una Cíclada; tienen en común el meltémi furioso del verano  que deja el ambiente limpio,  la tierra vacía y la Jora blanca prendida a la montaña. Pero enseguida adviertes que Skyros es más serena y sosegada que sus primas del sur.

A las señoras de las Joras de las Cícladas y de gran parte del Egeo les encanta darle al pincel para colorear un poco esa blancura cegadora. Pintan rejas y ventanas, cúpulas y terrazas, pintan sus chimeneas, sus macetas, los árboles y las piedras; hasta algún perro dormido y despistado podría ser objeto de la brocha de una kiría (señora) entusiasmada. Pintan preferentemente de azul, pero también hay rojos y verdes. Skyros, sin embargo es más sencilla y discreta; una guapa muchacha que odia el maquillaje; los colores de esta isla, a parte del blanco, son ocres, azules pálido y amarillos discretos; dejan que el mar y el cielo coloreen el resto. Es tranquila, silenciosa y brillante;  sus habitantes sonrientes, amables, dan la impresión de vivir en una Arcadia feliz.

La parte norte de la isla está habitada; aunque eso es mucho exagerar;  allí se encuentra la Jora, el puerto, las ermitas al borde del mar y los establos de caballos enanos, descendientes de una raza que trajo Alejandro Magno. Vi tantos que pregunté:

– ¿Para que los utilizáis? ¿Para carne?

Yo solo esperaba una respuesta negativa pero él me miró horrorizado ¡Qué salvajada! solo de pensar en comerse a esos dulces caballitos.

– Los utilizamos para abonar la faba.

La faba es una legumbre y también un plato famoso del Egeo, un puré que se sirve con aceite y limón. No es una especialidad que me entusiasme, pero algo tan delicado como para que crezca mejor con cacas de caballo enano, preferentemente a las de vaca o cordero, no es algo que se pueda desdeñar, así que habría que probarlo.

– También es muy sabrosa aquí la cabra salvaje al horno.

No entendimos muy bien esa peculiaridad de sus cabras, porque las cabras de Grecia siempre son salvajes, agrias, άγρια; suelen vivir en los riscos con toda libertad. Pero eso fue antes de entrar en la parte salvaje, agria, deshabitada, de la isla.

Ya caía el sol, esa hora estupenda, cuando nos adentramos por la carretera que llevaba a la parte salvaje, el Limniares, la tierra de Ares, o por decirlo de otro modo Marte; nada más descriptivo. El paisaje cambió de improviso como si hubiéramos atravesado un espejo y aparecimos en una tierra extraña y petrificada, con unos árboles minúsculos que se inclinaban hacia el sur. Unas esculturas grandes hechas de rocas brutas, enormes y casi imposibles de imaginar el ponerlas en pie sin una grúa, aparecían de trecho en trecho dándole un aspecto extraterrestre;  claro, estábamos en Marte. Juraría que las piedras cambiaban de lugar cuando cerraba los ojos.

– Yo diría que esa gris y pequeña antes estaba allí.

Entre piedras móviles y bonsáis de encina, las miradas verticales y amarillas de miles de cabras nos observaban, ejércitos de cabras locas triscando sobre los diminutos árboles que no veían la forma de crecer, saltaban sin descanso. Las ovejas, más tontas ellas, se apartaban en estampida cuando pasábamos por la carretera para luego volver a inundar el asfalto. Si me hubieran dicho que estaba en el pleistoceno no lo habría dudado.

La carretera seguía y subía y subía; las águilas daban vueltas sobre los rebaños de Ares y los conejos de Marte. El tiempo se detuvo, cobró una dimensión elástica, de ida y vuelta. Se acabó el mundo, se acabó el tic tac; ese imbécil implacable, el tiempo, no parecía importar en esta parte del universo. No hubiéramos pestañeado al ver aparecer a un dios, o a Alejandro con sus caballitos, o al infortunado Teseo, o Aquiles disfrazado. O incluso al ver el futuro.

El aroma es difícil de recordar, porque olía a espliego y a encina, a animales y estiércol; pero también olía a piedra y tierra antigua; olían los rayos de sol horizontales y los arboles esmirriados. En  aquella tarde prodigiosa olía todo.

Una tortuga grande intentaba cruzar la calzada cuando llegamos, con el sol todavía sobre el horizonte y se escondió ante nuestras miradas. Ya anocheciendo, al iniciar la vuelta, la volvimos a encontrar al otro lado, exhausta y contenta de haberlo conseguido. Quizás mañana emprendería el camino de vuelta. Tenía todo el tiempo del mundo.

– Pues tendríais que verlo con luna llena.

Este tío es un veneno ¡Yo lo mato! Ahora ya solo tengo ganas de volver a Skyros con luna llena.

 

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El puerto de Skyros

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

No era la primera vez que recalábamos en la isla, pero en esta ocasión no teníamos muchas ganas de ir al puerto, si no de quedarnos fondeados en algún sitio bien protegido. El problema es que necesitábamos cargar agua así que acordamos atracar, llenar e irnos; habíamos leído que el pequeño muelle se había transformado en marina con muertos y casetas de luz y agua. A parte de la incomodidad de dormir con barcos a los lados, el hecho de amarrar en una marina supone un dispendio considerable; no sabíamos el precio de esta, pero en la de Lefkada, nuestro barco rondará los 80 € diarios; toda una fortuna. Cuando llegamos salió un marinero a recoger las amarras y darnos la línea del muerto.

– Solo queremos agua y nos vamos

– ¿Por qué tenéis tanta prisa? Estáis en la isla más bonita y en la mejor marina de Grecia.

– Precisamente por eso ¿Cuánto vale el amarre para este barco?

– Nada

– ¡Oh!

– Solo los gastos que cobra la capitanía, como en cualquier sitio de Grecia. El resto, agua, luz y Wi Fi, son una cortesía de todos los comerciantes y bares de Lynariá para que tengáis una feliz estancia. Además disponéis allí de una pequeña biblioteca para pasar el rato y estos carritos por si tenéis que ir a comprar ¿De verdad que os vais a ir?

Nos quedamos atónitos. El puerto de Lynariá estaba impoluto porque  Yiorgos, así se llamaba su responsable, no paraba de barrer y limpiar a todas horas, los carritos eran nuevos y relucientes y en la biblioteca había hasta algún derrotero para consultar; tenía mérito porque vimos uno de la costa Turca, el enemigo y competencia. En una esquina destacaban unos grandes bidones de recogida de aceites; uno de grasas minerales y otro alimentario; también acabados de comprar;  y muchos, muchos banquitos para contemplar la puesta de sol. El lugar era limpio, amable y luminoso; la gente sonreía siempre. O era un holograma de Corea del norte o era el puerto Xanadú.

– ¿Tenéis lavandería?

– Sí, claro en aquella casa. Y alquiler de motos y coches y autobús y supermercado y café y…

– ¡Para! ¿Quién puede alquilarnos una moto?

– Yo mismo.

Era elemental y esta gente lo había entendido; no habían necesitado grandes tratados económicos ni think tanks; socializamos los gastos y socializamos los ingresos; y lo más difícil, habían llegado a un acuerdo. Esto era un auténtico puerto cooperativa, una idea emocionante.

Si se cobra un precio por el amarre, los barcos acaban por huir  y el único que ingresa es la marina, normalmente una concesión a una empresa ajena a la isla que toma el dinero y corre; a lo sumo crea unos pocos puestos de trabajo estacionales y paga a la comunidad el precio de la concesión, pero se la sopla si sus clientes luego gastan en el pueblo o no, una vez que se han arruinado pagándoles a ellos.

No pagamos la marina; solo 12 € a capitanía, lo normal, tuvimos agua, luz y Wi-Fi; lo cual representó  un pequeño gasto para la comunidad; pero al final llevamos la ropa a la lavandería, alquilamos una moto, le pusimos gasolina, probamos todos los bares y tabernas que nos enseñó Yiorgos sobre el mapa, compramos en la carnicería y en el supermercado. Si sumamos todo lo que gastamos seguro que fue más que el precio de una marina; pero en vez de ganar uno ganaron todos.
El puerto se llenó y todos sorprendidos primero, encantados después, se dispusieron a gastar sus euros por las tiendas y bares de Lynariá.

Era curioso ver como de vez en cuando se acercaba un vecino y colgaba en el tablón de anuncios, los servicios que el ofrecía; taxi, microbús, supermercado, mecánica…, cualquiera podía poner su oferta.

Nos dio alegría la respuesta de Yiorgos cuando le preguntamos qué tal había ido el verano.

– ¡Muy bien! Estupendamente para todos.

Era la primera vez que alguien me respondía así en Grecia. Les deseé de todo corazón que su experimento fuera un éxito y siguiera así mucho tiempo, su ilusión era contagiosa; la ilusión de quien sabe que tiene razón y se lanza a conseguirlo.

A nosotros, españoles de España, acostumbrados a las marinas patrias que te soplan hasta 250€ por amarrar, sin agua y sin luz y con duchas con contador de monedas; sin posibilidad de escape, pues es o lo tomas o te vas a tomar tú; nos pareció una gran idea, algo así como el New Deal de Roosevelt en Skyros. Ya sé que Lynariá es una pequeña comunidad y llegar a un acuerdo es mucho más fácil, pero no por ello le quita merito a esas reuniones que han debido tener para acordar los detalles.

– Veis como al final os quedareis ¿No os dije que estabais en la isla más bonita? Y no corráis, necesitareis varios días para comprobar todas sus bellezas.

Lo dijo totalmente convencido, no intentaba vendernos la moto; ya nos la había alquilado.

 

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Secretos de Ikaria

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Antes de empezar, definiré “islomanía” como el hábito, tendente a la obsesión, de vagabundear de isla en isla en busca del espiritu, el “pneuma” de cada una de ellas.

Una isla es un pedazo de tierra desafectado del resto, una singularidad en el espacio-tiempo marino, con agujeros negros asociados que conducen a otras islas; a otros universos paralelos; sin contacto entre ellos. Corresponde al viajero el trabajo de desentrañar sus misterios, de encontrar el alma, a veces oculta, de cada una.

Como el velero es un medio lento, deja tiempo a pensar e indagar sobre lo que nos espera; y como tenemos tendencia a prejuzgar lo que vamos a ver y decidir si nos agradará o no; totalmente errado en este país sorprendente; nos equivocamos.
Ikária es una isla inhóspita. Accediendo a ella por el oeste se aparece de repente entre la bruma, como una cordillera a la deriva, con acantilados imposibles y sin ninguna concesión a la humanidad. Solo se dulcifica un poco hacia oriente, donde con permiso de sus montañas, allí donde por error dejan de ser verticales, ofrecen un poco de tierra habitable. Allí está Agios Kiríkos, la capital, con su puerto; el agujero negro del que antes hablé, que nos conduce al universo Samos en una nave llamada Ferry.
Ícaro dio con sus huesos aquí por volar cerca del sol, dejando en el aterrizaje su nombre; pero hay quien añade, con sorna, que es más probable que se le volaran las plumas al acercarse a Ikária ya que el meltemi, que sopla aquí con tronío, se acelera en los acantilados de sotavento hasta la locura y deja las cumbres cubiertas de nubes perpetuamente. Es una isla difícil para el navegante. Quizás Ícaro, durante su caída, se lamentó de no poder planear un poco más y llegar hasta la fértil Samos, unas pocas millas más al este.
Me equivoqué, por prejuicios, porque siempre imaginé Ikaria como un sitio espectacular. Esperaba de estos griegos tozudos e indómitos, que responderían frente a la naturaleza agria y también tozuda, diseñadora de lugares inhabitables, como siempre han hecho; rebelándose y esmerándose en construir lo más hermoso. Santoríni es un buen ejemplo. Pero…
Si la encuentras pobre
No es que Ikária te haya engañado
Sabio como te habrás vuelto
Sabrás lo que significan las Ikárias
A Agios Kirikos alguien no lo quiso bien y borró de un plumazo la belleza de unas barcas varadas en su playa. En su lugar hicieron una carretera, con un tráfico incomprensible y con un numero de coches aparcados en sus aceras desproporcionado a su tamaño.
Ikaria es un enigma, es difícil, pide más tiempo para mostrar sus secretos; estoy segura que los tiene; porque cuanto más díscola y enigmática es una isla, más valiosos son. Pero su puerto no invita a quedarse. Aún así me regaló una imagen exquisita, como sacada de una foto de hace 20 años, de un velero solo rodeado de barcas.
La islomanía que me corroe, me empuja irremediablemente a partir para recorrer otros universos posibles; en mi nave espacial.
Cinco…cuatro…tres…dos…uno…cero.
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Skiatos

Skiatos forma parte de las Esporadas del norte.  Su nombre deriva de Sporadoi, es decir: esparcidas o diseminadas. Eso es lo que  parecen, esporas o trozos de una cadena montañosa que se desgajó del continente durante una convulsión geológica. Se compone de once islas mayores, de las que solamente cuatro están habitadas: Skiathos, Skópelos, Alonissos y Skyros. El resto está prácticamente despoblado.

 

En esta zona fue creado por el gobierno griego un parque nacional marino para la protección de especies como el halcón de Eleonor y la gaviota de Audouin y constituye uno de los pocos sitios del Mediterráneo donde todavía existe una colonia de foca monje.

Los vientos dominantes producen lluvias regulares en invierno asegurando una vegetación exuberante con predominio del pino y el acebuche. En verano, el Meltemi, señor del Egeo ayuda a que las temperaturas no suban demasiado; pero no suele soplar  de forma tan intensa como en las Cícladas, rara vez pasa de fuerza 6.

 

La elección de Skiathos como base de un crucero tiene enormes ventajas, entre ellas su aeropuerto internacional con vuelos frecuentes con Atenas y con algunas capitales europeas.

Es la más poblada de todas y por tanto,  tiene todo tipo de servicios requeridos para el avituallamiento del barco antes de zarpar. Bastante bulliciosa en verano, va a constituir  un buen contraste con el resto de Esporadas. A veces las cabras son el único acompañamiento del barco en los fondeos.

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Focas monje

Grecia es uno de los últimos reductos de la “monachus monachus” o foca monje mediterránea. Es un animal que se expande a través de una vasta área que se extiende desde las aguas del Jónico a las costas de Turquía, con tres zonas de cría principales:

Espóradas del Norte: La población, en este archipiélago, se concentra básicamente en el área del Parque Nacional de las Espóradas del Norte.
Islas Cícladas: Junto a Milos y en torno a las islas de Kimolos y Polyaigos.
Dodecaneso: En la zona de Karpathos – Saria.

Se citan como principales causas de la alarmante disminución de su población, las siguientes:

  • Alteración y gradual destrucción del ecosistema costero por la presión de la industria turística; barcos deportivos e instalaciones afectas incluídos.
  • Ataques deliberados del hombre, su principal depredador.
  • Capturas accidentales por artes de pesca.

He aquí una estimación de la actual población de foca monje en los mares de Grecia:

Area

Pobalación mínima estimada

Población máxima estimada

Grecia Continental

20

30

Espóradas del Norte

30

50

Islas Jónicas

30

40

Islas Cícladas

70

90

Islas del Dodecaneso

80

100

Creta e islas adyacentes

30

50

 

Y este es un mapa de su distribución en el Mediterráneo. Las áreas rojas señalan sus hábitats actuales. En azul más claro, su distribución histórica:

En aguas del Jónico y en concreto junto a la isla de Meganisi,  tuvimos la suerte de avistar un ejemplar aislado mientras navegabamos con la Maga3 hace ya algunos veranos. Más lejanos en el tiempo, allá a principioo de los 90, quedan los juegos en Steni Vala (isla de Alonnisos)  con Theodoros, un simpático ejemplar de foca monje que había sido criado por los cuidadores del parque y que nadaba libremente en las aguas del, por aquel entonces, tranquilo puerto.

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Las puertas del viento

Con este nombre, las puertas del viento, son conocidas las Espóradas del Norte. Un archipiélago situado al norte del Egeo cerca de las costas de la región griega de Macedonia.  El nombre deriva de su ubicación en la zona del Egeo donde el meltemi (viento de componente NW que se entabla en los meses del verano) inicia su recorrido soplando con poca fuerza. Es más al sur, donde este viento sopla con su máxima intensidad, sobre todo en los meses de verano cuando alcanza con bastante frecuencia fuerza de temporal. Su influjo es máximo en las islas cícladas y disminuye, al igual que en las Espóradas cuanto más al sur y al este del Egeo.