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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN VALENCIA

Mil Viajes a Itaca, el muy recomendable libro de Ana Capsir sobre Grecia y sus islas, fue presentado en el museo L´Iber de los Soldaditos de Plomo de Valencia.

En la mesa de presentación, junto a la autora, estuvieron Alejandro Noguera director del museo y Emilio Garrido, periodista y presentador y director del programa de Radio3, La Bañera de Ulises.

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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN MADRID

El pasado 24 de octubre se presentó en La librería Nautica Robinson de Madrid el libro de Ana Capsir, Mil Viajes a Itaca, una visión personal de Grecia y sus islas. Participaron en la presentación, además de la propia autora, Alfonso Jordana, director de la escuela Náutica Avante y Juan Melgar director de la librería.

El libro podéis adquirirlo directamente en la misma editorial.

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LOS PESCADORES DE ANAFI

Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el visitado y ambos se observan con intriga.

La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera el tan esperado  bocinazo atronador, toda una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta que sus luces se vuelven invisibles.

Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de
esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa. Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales, no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.

Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de
una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini, de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí, haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas
vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.

Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso. Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía
ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final. Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que montaban los visitantes pomposos.

– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.

Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros
decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación, subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición
vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y maldiciendo pero dando tremendas risotadas.

– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie porque nos lo comemos.-

Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.
Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

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ISLA DE THIRASIÁ.

Puede ser que los viajes más hermosos sean los nunca realizados y los mares más azules aquellos por los que todavía no hemos navegado, porque imaginar y planear lo que está por venir es en sí un proceso de disfrute que hace más emocionante el futuro; si luego el escenario nos decepciona no representa ningún problema pues ya sabemos que lo mejor de nuestras vidas lo viviremos mañana y hay que empezar a soñarlo ahora. Pero a veces la realidad nos asombra y nos pilla por sorpresa, allí donde nunca imaginamos llegar, ese sitio al que jamás prestamos atención, esa piedra con la que tropezamos fortuitamente y que casi nos quebró el pie, es en sí la guinda del camino.

Nuestra intención no era conocer Thira, Santorini, o Santa Irene como la llamaron los venecianos, o Kallisté como la llamaron en la antigüedad aludiendo a su belleza, o Strongyli por su forma redonda primigenia; una de las islas más fotografiadas del mundo. Pero la realidad es que Santorini no es una isla sino un universo en sí mismo, con varios pedazos independientes alrededor de la caldera en permanente ebullición. No queríamos ir porque nos imaginábamos las riadas de turistas paseando por sus callejuelas, los chill out, las tiendas de ropa vaporosa y la última moda; las parejas de recién casados chinos que viajan a Santorini para hacerse el álbum de la boda. No vayáis- Me dijo alguien.- Está lleno de tules, azahares, novios y palos de selfie .

Por otro lado, amarrar en Santorini es tarea difícil ya que solo posee una pequeña marina en el sur, de poco calado y corto espacio. La opción de fondear en el cráter es totalmente descartable por las enormes profundidades que tiene pegada a la orilla. Pero de todas maneras creo que existen sitios por los que hay que pasar alguna vez, aunque no te detengas, y navegar por un colosal volcán es uno de ellos; Santorini es una de esas maravillas terráqueas a las que necesariamente se debe llegar por mar si se quiere conocer su significado. Es realmente emocionante adentrarse en esa olla negra y circular que parece la muela podrida de un gigante marino.

Me sorprendió encontrar decenas de catamaranes con excursionistas y músicas atronadoras que iban y venían de la playa roja a la playa blanca, de ahí a la negra y después vuelta a empezar. Me gustaban más los antiguos caiques de colores con sus coplas de nisiótica estridente; los tiempos cambian qué le vamos a hacer, pero algo tiene el turismo de insano y contaminante; los que vinieron aquí buscando un lugar genuino y singular al final reproducen lo mismo que dejaron en sus países y la ley de la oferta y la demanda acaba dándoselo mascado, perdiéndose por el camino la primera premisa; lo singular y lo genuino.

Cuando ya decidimos que habíamos acabado de pasear por el cráter y nos disponíamos a dar rumbo a otros mundos, pasamos por Thirasiá, un cachito de la Strongili que estalló en pedazos, el pequeño segmento que cierra la circunferencia por su parte noroeste. El caso es que sin pretenderlo, observando los barcos que venían de Santorini cargados de gente para pasar el día en las tabernas al pie del acantilado, encontramos una boya donde dejar el barco seguro y afrontamos la interminable escalera que subía hasta la jora. Desde el primer momento tuve la sensación de que Thirasiá era una miniatura de Santorini, una igual solución para habitar estas rocas de lava; las mismas escaleras extenuantes, las mismas piedras negras y rojas, el pueblo blanco colgado en el precipicio oscuro, las reatas de burros que subían y bajaban. Pero había algo de extraordinario en esa isla ignorada por el turismo de masas porque los borricos llevaban cargamentos cotidianos de verduras, aperos o habitantes de la isla que no tenían otra solución que montarse en el animal para no desfallecer en la subida, la jora era bonita pero sin amaneramiento, con casas pintadas o deslucidas, con iglesias grandes y pequeñas pero sin campanarios fotogénicos, con gatos enroscados y perros vulgares que se rascaban sus pulgas mirando al cielo. La chimenea carbonizada de la panadería se veía a distancia pero alguien tenía que acompañarte para acceder y atravesar la terraza del vecino, la verdulería daba vértigo y se corría el peligro del despeñe con los tomates rebotando entre las cabras, para comprar vino era obligado ir al pueblo de al lado a preguntar por el pope y los burros te increpaban por el camino buscando entre tus bolsas. Era todo lo contrario que su hermana mayor, allí delante, majestuosa, portada de publicaciones y escenario de múltiples películas.

En estas islas pequeñas una vez subes arriba tu visión es todo horizonte, el este y el oeste son un girar del cuello. Al este, el cráter erguido te invitaba a caer rodando por sus escaleras verticales sobre un agua sombría y abisal, más allá Santorini como el espejo donde se miraba Thirasiá, al oeste una pendiente dulce y suave de caminos amables y ricos cultivos que llevaban a un mar más azul. ¿De qué pasta estaba hecha esta gente? Eran recalcitrantes y tozudos, sin duda, y de igual forma que un día vinieron a habitar un volcán, ahora se negaban a vender su alma al diablo. O quizás me equivoco y era pura casualidad. Debería pasar unos meses allí para saberlo con certeza.

Llegó la tarde, los infinitos catamaranes, barcos y barcas empezaron a agolparse frente a Santorini, bajo Oia, para ver la famosa puesta de sol, principal atracción diaria de los turistas. Las cúpulas se encendieron rosadas y los infinitos destellos de las cámaras de fotos hicieron el efecto de un espectáculo lleno de trucos y maravillas. Yo miré al otro lado y observé al sol hundiéndose en el agua limpiamente y con tranquilidad, el ηλιοβασίλεμα, la coronación del sol. Solo el agua salada separaba un ocaso de otro, solo el mar daba lugar a mundos tan diferentes. Bajamos las escaleras en silencio meditando sobre las cosas inesperadas. Cuando llegamos a la caldera no había ni un alma, el último burro se había cruzado con nosotros minutos antes. ¡Vaya!
Pensé, es estupendo que un mismo mar pueda dar lugar a tantos contrastes.
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Los fantasmas de Riniá

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¿Somos lo que comemos o somos lo que leemos? Creo que todos viajamos a cuestas con muchos libros desdibujados por el tiempo; en nuestros sesos. Por eso yo a menudo veo cosas.
Llegamos a Riniá para pasar una noche, pero el viento, el que manda, ha dicho que por lo menos dos.
Al lado Delos, la isla sagrada. Cuentan que la creó Zeus para que Leto diera a luz a Apolo, protegida aquí de los celos de Hera que, como tantas veces, era cruel con las amantes de su marido. Por esta u otras razones Delos fue un día el centro del comercio del mundo civilizado; la City Helénica. Banqueros y comerciantes adinerados tenían sus mansiones en Delos; los barcos entre su puerto y Riniá que lo protege, esperaban ansiosos a cargar o descargar mercancías variadas. El dinero es sagrado, así que la isla también. El dinero quiere lujos, no miserias; por eso u otras razones los moribundos y las parturientas eran desterrados a Riniá. Ni la muerte ni la vida le interesan al capital.
No quisimos volver a Delos. Todavía puedo oler el espliego de aquella lejana mañana de primavera paseando por sus ruinas entre lagartijas sacras, completamente solos; con el barco amarrado en su puerto; hoy prohibido; y el saludo de las barcas cuando llegaban. Eso, mejor conservarlo en el recuerdo. Así que nos fondeamos en Riniá. Misteriosa Riniá.
Aguas fantásticas, fondeadero fantástico, todas esas cosas…
…Pero a lo que íbamos; Riniá esta llena de fantasmas. Se pasean por las noches y encienden luces; por el día no puedes verlos.
Las casas de la isla, blancas por supuesto, son escasas y muy separadas las unas de las otras, con vallas de piedra que delimitan los amplios terrenos de cada una. En medio caminos. Y playas de arena.
Me gusta Grecia pero lo que más me gustan son los griegos; no paro de mirar para ver si puedo intercambiar unas palabras con alguno; un poco de charla, de Κουβέντα . Esta mañana he creído ver a gente; diría que eran tres, con perros; se acercaban a la orilla. Corriendo he cogido los prismáticos y al enfocar… se habían desvanecido.
-Vamos a bajar, vamos a bajar, vamos a bajar. Por favor.
Hemos recorrido sus caminos entre vallas, hemos cruzado la isla entre arbustos que hace tiempo no han visto el agua, hemos visto una ermita, un cementerio, ovejas, ruinas y hasta un perro con cascabel que venía ceñudo a ver quien perturbaba su paz; ha meado en un matujo delante nuestro. Y una taberna de mesas celestes corridas frente al mar. ¡Dios que taberna! Parecía como si alguien la hubiera visitado la noche anterior, todavía cacharros y trapos por sus fogones. Allí me habría quedado, mirando a Delos de no estar cerrada… Allí estaría yo, entre espectros.
No hemos visto un alma. ´Hemos vuelto al barco, donde me encuentro escribiendo. Está anocheciendo. Se empiezan a encender las luces de las casas.
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Los colores de Kythnos

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En la encrucijada donde se detuvo la antigua maga
Quemando los vientos con tomillo seco
Las esbeltas sombras pasaron levemente
Con un cántaro de agua silenciosa en la mano
Con toda facilidad como si entraran al paraíso
Y de la oración de los grillos que cubrió de espuma los campos
Asomaron las bellas de piel lunar
Para danzar en la era de la medianoche…
Odysseas Elytis (Melancolia del Egeo)

Por fin las Cícladas. Las echaba tanto de menos.
Hay un sentir general de que los paisajes verdes y arbolados son bellos, los yermos y estériles no.
¿Y el desierto? ¿El polo norte? Tendríais que ver las Cícladas – Respondo siempre.
Habría que ser muy poco sensible para no apreciar le belleza de estas piedras peladas que toman los colores siguiendo las estaciones. En invierno son grises, como el acero; en primavera se salpican de matas verdes y aliagas amarillas; a finales de verano, agostadas, toman un color marrón; de un marrón profundo, serio y trascendente; tan trascendente que las plantas y animales se mimetizan con él para no llamar nuestra atención. ¿Donde están esas ovejas que balan? No las distingo. ¿Las gallinas de esta isla son todas pardas?
Las casas y ermitas, blancas y singulares para que nadie se pierda por los caminos.
Allí. ¿Ves esa casa?
Claro que la veo. ¿Quien no?
Así estaba yo, disfrutando el escenario, cuando apareció un señor con un burro caminando por la playa. La estampa era de lo mas tradicional, sobre todo porque el pollino, muy pinturero, llevaba a cuestas bidones de colores, que sobre el tan serio marrón, resultaban muy vistosos.
Ay que rabia. ¿Y la cámara? La barca no tiene el fueraborda puesto, estoy muy lejos, no tengo teleobjetivo. Da igual. ¡Disparo!
Y el resultado fue este:
El burro no se ve en la foto, solo se aprecian sus bidones ¿Era un burro transparente? ¿Era un vampiro? No, era marrón.
Me pregunto¿Qué harán si se escapa por los montes? Nunca lo encontraran.
También hay playas tostadas, mostazas, blancas.

Manantiales cobrizos de aguas hirvientes que calientan la playa.

Más colores. El azul.
Decía Durrell, en La Celda de Próspero, que “En algún sitio entre Calabria y Corfú comienza realmente el azul”. Podemos discrepar, porque azules hay muchos. ¿Qué me dices de las dunas de Tunez? ¿Y Menorca tras una tramontana? ¿Córcega con mistral? Pero lo que si es cierto es que entre estas islas ciclónicas; en el remolino que crean; hay un manantial de azules que mana constantemente. Corrientes submarinas lo deben transportar a otros rincones haciendo posible verlo en otras partes del Mediterráneo también. El azul de Grecia.
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Focas monje

Grecia es uno de los últimos reductos de la “monachus monachus” o foca monje mediterránea. Es un animal que se expande a través de una vasta área que se extiende desde las aguas del Jónico a las costas de Turquía, con tres zonas de cría principales:

Espóradas del Norte: La población, en este archipiélago, se concentra básicamente en el área del Parque Nacional de las Espóradas del Norte.
Islas Cícladas: Junto a Milos y en torno a las islas de Kimolos y Polyaigos.
Dodecaneso: En la zona de Karpathos – Saria.

Se citan como principales causas de la alarmante disminución de su población, las siguientes:

  • Alteración y gradual destrucción del ecosistema costero por la presión de la industria turística; barcos deportivos e instalaciones afectas incluídos.
  • Ataques deliberados del hombre, su principal depredador.
  • Capturas accidentales por artes de pesca.

He aquí una estimación de la actual población de foca monje en los mares de Grecia:

Area

Pobalación mínima estimada

Población máxima estimada

Grecia Continental

20

30

Espóradas del Norte

30

50

Islas Jónicas

30

40

Islas Cícladas

70

90

Islas del Dodecaneso

80

100

Creta e islas adyacentes

30

50

 

Y este es un mapa de su distribución en el Mediterráneo. Las áreas rojas señalan sus hábitats actuales. En azul más claro, su distribución histórica:

En aguas del Jónico y en concreto junto a la isla de Meganisi,  tuvimos la suerte de avistar un ejemplar aislado mientras navegabamos con la Maga3 hace ya algunos veranos. Más lejanos en el tiempo, allá a principioo de los 90, quedan los juegos en Steni Vala (isla de Alonnisos)  con Theodoros, un simpático ejemplar de foca monje que había sido criado por los cuidadores del parque y que nadaba libremente en las aguas del, por aquel entonces, tranquilo puerto.

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Música del Egeo

Traigo aquí un famoso tema de Giannis Parios como muestra de música típica de las islas cícladas.
Siempre que oigo estos sonidos me veo navegando bajo el azul intenso del cielo del Egeo, impulsado por el poderoso meltemi.
¡Que lo disfruteis!

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Nisiótika. La música de las cícladas

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La Nisiótika es la música de las islas; las islas del Egeo. Su música tradicional. Normalmente son melodías de aires alegres, aunque sus letras escondan pequeños dramas. La de hoy, la que os ofrezco, es triste; pero creo que es el ánimo de la actual y propia Grecia. Es una canción muy conocida, interpretada por muchas cantantes diferentes y con variaciones de letras muy diversas, entorno al mismo tema. Pero he elegido esta versión de Eleni Tsaligopoulou porque me parece muy contundente; la interpreta no solo con una hermosa voz si no con todo el sentimiento.

La palabra Tzivaeri no tiene traducción y se repite con frecuencia en la música griega. Por lo que he podido investigar parece que viene del arabe, cevher, piedra preciosa, piedra rara y de gran valor. Es la canción un lamento de alguien, de cualquiera, de una madre; su Tzivaeri ha tenido que irse lejos. Lejos de Grecia.

Tzivaeri. Eleni Tsaligopoulou

Tzivaeri
Αχ! Η ξενιτειά το χαίρεται
Τζιβαέρι μου
Το μοσχολούλουδο μου
σιγανά και ταπεινά
Αχ! Πανάθεμά σε ξενιτειά
Τζιβαέρι μου
Εσέ και το καλό σου
σιγανά και ταπεινά
Αχ! Εγώ ήμουνα που το ‘στειλα
Τζιβαέρι μου
Εκει στα μαυρα χενα
σιγανά πατώ στη γη

 

¡Aj!  Tierras extranjeras te dan la bienvenida
Mi Tzivaeri
Mi hermosa flor de bello aroma
Tranquila y humilde.
Malditas tierras extrañas
Tzivaeri mio
Tú y tu buena fortuna
Tranquila y humilde
Yo fui quien le envio allí
Mi tzivaeri
Allí al maldito extranjero
Lentamente piso la tierra

 

Grecia se descompone; o la despedazan. La sombra de la emigración; la eterna tragédia de los años 50 amenaza, vuelve con fuerza, con tristeza. No hay nada más tremendo, para un griego, que tener que abandonar su tierra, sus islas, sus barcas, sus mares. Los entiendo perfectamente.

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Koufounisi. La isla hueca

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Hoy os voy a narrar la maravillosa historia de la isla hueca  Koufounisi , en el Egeo  y de la encantadora Marigó  (Κουφός  es hueco y νησις isla, en griego) , su cordón umbilical.

Era finales de Septiembre y el verano  aún coleaba cuando La Maga amarró en Koufounisi. Nos enamoramos de Koufounisi y paseamos por todas y cada una de sus playas. La isla tiene apenas 4 Km de largo.

En el puerto grande, Marigó iba y venía trayendo y llevando en su cubierta turistas colorados, a la isla de enfrente: Kato Koufounisi.  No porque las playas de Koufounisi tuvieran que envidiar a las de Kato Koufounisi, si no porque los turistas siempre quieren ir a la “isla de enfrente”.
Llego el domingo. A  Marigó la engalanaron con muchas banderas y  se organizó un gran griterío a su alrededor. Ese domingo fue y vino infinidad de  veces: transportando popes, vecinos endomingados, buzuquis, violines y  hasta una madre con niño en brazos,  con traje de cristianar.  El pueblo se quedo desierto y desde Kato Koufounisi se oían las campanas de la ermita pregonando una gran fiesta. No porque Kato Koufounisi tenga iglesia y Koufounisi no, si no porque los griegos siempre prefieren celebrar sus ceremonias en las ermitas más inaccesibles. Allá fue Marigó.
Durante unos días el tiempo fue esplendido. Los pajaritos trinaban en sus nidos, alguna nubecilla se deslizaba despacio bajo el cielo añil y las florecillas  perfumaban el ambiente con sus fragancias. Embriagador. Pero al atardecer…  ¡Se acabó! Los pájaros huyeron como perseguidos por el diablo, las nubes, enrojecidas,  se precipitaron tras el horizonte y flores… no quedó ni una.  Entró el Meltemi fuerte y poderoso. Sopló durante una semana, sin parar un instante y lo hizo con fuerza de temporal: 7, 8,9…Y a Marigó la amarraron a nuestro lado, en el puerto pequeño.
marigo.jpg.Islas para naufragar: Koufounisi.

 

27 de Septiembre, 28 de Septiembre… No puede venir el ferry . El puerto se llenó de equipajes y de coloridos turistas de caras sonrosadas; había que llegar a Atenas para coger el avión de vuelta a casa. 29 de Septiembre, 30 de Septiembre… Sigue sin venir el ferry. Los turistas se impacientan. Reunidos  en un bar del pueblo, con sus maletas siempre a punto para zarpar y releyendo los últimos capítulos de sus libros de vacaciones, comían “Kormós”.
Kormós en griego quiere decir cuerpo, pero también es un dulce típico hecho con bizcocho y chocolate. No me gusta mucho el dulce, pero la pinta de aquel  Kormós no me seducía nada, sobre todo por el ruido que hacia cuando lo servían en los platos; algo así como: Plom.
Kormós . El cuerpo.
Y aquí entra en escena Marigó con su aguerrido capitán. Había decidido llevarlos al sur de  Naxos, isla bastante más grande e importante que Koufounisi, con la barca; donde unos taxistas los esperarían y los conducirían al aeropuerto para enlazar con Atenas. Vi algunas caras de alucinación, eran de aquellos  que pasaba sus primeras vacaciones en Grecia, presumo; pero nadie dudó, en un santiamén subieron a la barca. Allí se apiñaban en cubierta, apurando los últimos trozos de Κormós, como si fuera lo último que iban a comer en sus vidas; quizás así fuera.
Marigó dio dos acelerones y zarpó rumbo a la mar enloquecida. Al principio todos sonreían, mientras el barco permanecía a sotavento . El capitán intento seguir toda la línea de la costa , lo mas pegado a tierra posible, hasta alcanzar la parte  septentrional de la isla donde ya sin remedio, tuvo que enfrentarse a las olas que le venían de través; Marigó saltó como una gamba. Todo esto es cierto, yo lo vi; porque salí corriendo con la bicicleta por la isla para seguir la derrota de Marigó. Y también es cierto que una vez en mar abierto, algunos pasajeros se asomaban por la borda y dejaban salir trozos de su “Κοrmós”.
Derrota de Marigó en rojo. Direccion de viento y olas en azul.

Me entusiasman estos  ejemplos de autogestión de las pequeñas comunidades aisladas.