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PRESENTACION DE LIBRO EN CASTELLON

El pasado 14 de noviembre de 2017, en el espacio museo Via Ponticus de Sagunto, hubo una nueva presentación del libro de Ana Capsir, Mil Viajes a Itaca. La sala donde tuvo lugar la presentación está volada sobre una antigua calzada romana, entre los cimientos de un edificio moderno.
El acto fue organizado y presentado por Xavi Villaplana, asesor de Cultura Clásica del CEFIRE.

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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN VALENCIA

Mil Viajes a Itaca, el muy recomendable libro de Ana Capsir sobre Grecia y sus islas, fue presentado en el museo L´Iber de los Soldaditos de Plomo de Valencia.

En la mesa de presentación, junto a la autora, estuvieron Alejandro Noguera director del museo y Emilio Garrido, periodista y presentador y director del programa de Radio3, La Bañera de Ulises.

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PRESENTACIÓN DE LIBRO EN MADRID

El pasado 24 de octubre se presentó en La librería Nautica Robinson de Madrid el libro de Ana Capsir, Mil Viajes a Itaca, una visión personal de Grecia y sus islas. Participaron en la presentación, además de la propia autora, Alfonso Jordana, director de la escuela Náutica Avante y Juan Melgar director de la librería.

El libro podéis adquirirlo directamente en la misma editorial.

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UNA CERVEZA GRIEGA

A los visitantes de Grecia les acaba entusiasmando la cerveza Mythos. Supongo que el nombre es de lo más sugerente para una cerveza local y además está muy rica. Pero desde que me enteré de que Mythos pertenece ahora a la casa Carlsberg me agrada más recomendar a mis amigos la Fix, porque es la única genuinamente griega. Igual en este mismo momento, mientras escribo esta entrada, patino porque las cosas corren que vuelan en Grecia y todo cambia de manos sin que nos enteremos. Pero aparte de este arranque patriótico sin excesivo interés en un mundo globalizado, la historia de la cerveza Fix, la más antigua fabricada en Grecia, me parece de lo más curiosa.

Cuando Grecia logra su soberanía, libre al fin de la ocupación otomana, en la Conferencia Internacional de Londres se decidió que Otón, el segundo hijo de Luis I de Baviera, sería el rey del recién fundado país. Tiene gracia porque parece que alguien quiso crear una broma onomatopéyica con el nombre del nuevo rey y los antiguos opresores. Otón I llegó al país acompañado por tres asesores y 3.500 soldados y gobernó hasta 1835 con un Consejo de Regencia bastante impopular para los griegos, compuesto por funcionarios bávaros; este periodo fue conocido como la «bavarocracia» (Βαυαροκρατία). El descrédito del rey fue en aumento debido a la subida de los impuestos, que llegaron a ser mayores que los existentes en el periodo otomano, y porque ya sentado en el trono se lo pensó mejor y se negó a promulgar una constitución; algo que estaba dispuesto en el acuerdo tras la independencia griega. Años más tarde, ante la insistencia de Gran Bretaña y Francia, los bavarócratas fueron relevados por ministros griegos, aunque los bávaros continuaron copando altos puestos de la administración y el ejército, lo que creó gran malestar social.

Johan Fuch viajo desde Baviera buscando a su padre, un funcionario acompañante del rey, pero desgraciadamente no llegó a tiempo de verlo con vida. Tras el sepelio, algo de esta tierra pobre e inexperta debió cautivar al teutón, quizás la excelencia clásica, los humildes olivos, los mares azules, la luz inacabable. O quizás el cómodo estatus que habían alcanzado sus compatriotas, sus fortunas o las grandes posibilidades que ofrecía una tierra nueva y un país por hacer. El caso es que decidió quedarse en Grecia y para ganarse la vida de la mejor forma posible valoró concienzudamente qué podría ofrecer a las clases pudientes, los bávaros, que eran los únicos que tenían dinero para gastar. ¿Qué desea un alemán en una tierra sedienta y calurosa de piedras ancestrales peladas y secas? ¡Una cerveza! Así fue como Johan Fuch creo la primera compañía cervecera de Grecia. Su nombre fue fermentando, como el mosto de cebada, por el decir popular y acabó convertido en Ioannis Fix.

Gracias al favor del rey, a la marca Fix se le otorgó el monopolio cervecero nacional por 100 años. El éxito entre los bávaros fue colosal y contagió a los griegos que empezaron a gustar de la burbujeante bebida milenaria como una manera de equipararse en clase social. La cerveza se convirtió en todo un símbolo nacional cuando en 1957, el famoso arquitecto Takis Zenekis fue contratado para diseñar las nuevas instalaciones de la avenida Singrou, en Atenas. El edificio, modernísimo para su época, estaba parcialmente acristalado, lo que permitía a los viandantes quedarse embobados observando cómo se fabricaba el brebaje. Hoy en día, la estación de metro de Singrou se sigue llamando Fix, aunque el edificio fue medio demolido y reconvertido en el Centro Nacional de Arte Contemporáneo.

Todo sube como la espuma y baja si lo dejas reposar. La marca se fue apagando, unos dicen que por corrupción, otros que por malas políticas de mercado, o tal vez porque la competencia entró con ímpetu arrollador. El caso es que Fix empezó a agonizar en la década de los 60. En 1965, cuando ganó el primer Papandreu las elecciones con un 65% de los votos, el rey Jorge no gustó de la decisión popular y propuso a su candidato, M. Garofalias, en su lugar. Garofalias estaba casado con la viuda de Fix. El pueblo montó en cólera y dejó de tomar cerveza; la marca que ya se tambaleaba acabó por caer.

La firma fue comprada y vendida en varias ocasiones más, hasta que en 2009, tres empresarios griegos, se lanzaron con entusiasmo a fabricar cerveza Fix y reconquistar el mercado, hasta hoy; haciendo mucho hincapié en utilizar solo productos cultivados en Grecia.

Así que yo siempre pido esa cerveza cuando voy a las tabernas. No se trata de hacer publicidad, porque en estos casos nunca tienes claro si son indios o vaqueros, pero al fin y al cabo qué más da, la historia es la que uno se monte en un cálido día de verano, mirando al mar, debajo de una parra, meditando sobre porque las cosas parecen repetirse una y otra vez. Tomaros la que gustéis. Si es posible con aceitunas.

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CARTAS DE MAREAR

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Tengo en el salón de mi barco, enmarcado y enorme, una reproducción de un mapa del mundo navegable según Homero. Lo compré en Itaca, para hacer más genuina su procedencia. La tierra, en los tiempos arcaicos, era un disco humilde flotando en agua, en el centro de una esfera transparente; el cielo. Por debajo de ese círculo se encontraba el ignoto tártaro, la región profunda del universo, donde las sucesivas generaciones y reyertas divinas habían acabado poblándolo de rivales vencidos y penitentes. Es tan esquemático que seguramente dejaba al navegante encogido y boquiabierto, hechizado ante el enigma de los viajes posibles y siempre terribles. Lo que me fascina de esos inicios es que todo estaba por descubrir y se inventaban las mil artimañas mitológicas, filosóficas, astrológicas, para explicar lo que veían o lo que intuían. Ante un mundo tan sencillo como reflejaba el mapa, solo cabía maquinar historias y aventuras, todas posibles y reales, ya que ese espacio imaginado bien lo podía haber dibujado un niño curioso. Lestrigones, sirenas, arpías y comedores de lotos eran recaladas incuestionables para cualquiera que se atreviera a dar vueltas por ese área circular.
No hay un momento concreto en el que se nos ocurriera plasmar en dos dimensiones lo que veíamos en tres; ahora dicen que pueden ser muchas más; para poder reproducir viajes ya realizados y dejar constancia de los peligros del camino. La geografía, y en concreto la cartografía náutica, surgieron como una constante evolución de ese mapa homérico por sucesivas aportaciones de algunos y frenazos religiosos de otros. Pero afortunadamente los diferentes cultos se turnan para castrar nuestro conocimiento; hoy por ti mañana por mí; y fueron los árabes esta vez los encargados de transmitir los antiguos trabajos griegos y continuar con el desarrollo de ciencias no accesible a los europeos durante más de 1.000 años como la astronomía, la matemática y la geometría. La mayoría de los mapas medievales tienen concepción de Orbis Terrarum, conocido por sus siglas O.T. La O representa el mundo circular, la forma geométrica perfecta, rodeado por el océano, la T hace referencia a la a la cruz y el centro del mapa era Jerusalén. Los árabes sin embargo, partiendo de los escritos de Ptolomeo, estudiaron los sistemas de proyección y desarrollaron mapas para orientarse y viajar a la Meca. Los conocimientos griegos volvieron a nosotros con su paso por Al-Ándalus. De alguna forma corroboraban que el pequeño mundo era una circunferencia en la que todo circula, se aleja y retorna.
Hoy navegamos con sofisticados sistemas de posicionamiento y cartografías digitales. Dando un click con el ratón tenemos acceso a toda la información que puede contener un pixel terrestre; profundidades, mareas, corrientes, predicciones meteorológicas, fotografías y hasta datos añadidos por nosotros. El viejo globo terráqueo deja de tener secretos que nos perturben. Los viajes pierden gran parte de su romanticismo. No despotrico de la tecnología que nos facilita la vida, pues solo hay que recordar el tiempo en que surcábamos los mares con gran parte del barco ocupado por las cartas de papel. Tenías dos soluciones, o las enrollabas en plan papiro y las guardabas en un armario, o las plegabas como una sábana y las apilabas en la mesa de cartas. En el primer caso ellas tenían la costumbre de acomodarse y volver a su forma, como un muelle, por mucho que tú te empecinaras en lo contrario; acababas sujetando sus esquinas con los codos y la nariz mientras el barco escoraba y el resto de utensilios resbalaba por la mesa. En el caso del plisado, indefectiblemente siempre caía una isla o un bajo importante en el pliegue, por no comentar lo difícil que era trazar rectas con los altibajos del papel y los obstáculos de las molduras de la mesa de cartas, que aunque se llamara así nunca tenía el tamaño suficiente como para albergar una entera extendida.
La cartografía electrónica nos hace cómoda la existencia pero nos priva de los recuerdos de esas rutas dibujadas, que nadie se molestó en borrar, y esas filigranas en sus márgenes, producto de guardias aburridas y somnolientas; las que hoy me he encontrado en el trastero cuando una pila de cartas antiguas se han precipitado sobre mi cabeza. La electrónica hace más segura la navegación. Bueno, depende. Que se lo digan al Team Vestas que se subió en una isla en medio del océano, en la pasada Volvo Ocean Race, por olvidarse de darle a la ruedecita del ordenador para cambiar la escala.
Pero lo que más me preocupa es que lleguemos a olvidar su nombre; las cartas de marear.

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NAVEGANDO POR EL PELOPONESO.

Hay cosas que no existen a menos que te pongas a buscarlas. Indagar sobre asuntos increíbles puede convertirse en un galimatías. Por ejemplo si buscas la entrada al Hades comprobarás que hay diversos lugares de Grecia que reclaman su paternidad. La falta de datos concretos de los historiadores sobre la geolocalización del ingreso a los infiernos griegos hace que todo se complique mucho. Ya sé que parece que hablo de broma pero es totalmente en serio, no es nada fácil situar la puerta de la morada del dios Hades y su esposa Perséfone. Solamente en el Jónico hay dos desembocaduras de rio que responden a la descripción que da Homero, por boca de Circe cuando quiere indicar a Odiseo como descender al inframundo:

El soplo de Bóreas la llevará, y cuando hayas atravesado el Océano y llegues a las planas riberas y al bosque de Perséfone esbeltos álamos negros y estériles cañaverales, amarra la nave allí mismo, sobre el Océano de profundas corrientes, y dirígete a la espaciosa morada de Hades. Hay un lugar donde desembocan en el Aqueronte…

Yo estuve en las dos, pero nada vi sobre la laguna Estígia. Pero resulta que en  el  Peloponeso, en el Ténaros hay otro posible ingreso a los infiernos. Si mal no recuerdo Heracles, Hércules, bajó por aquí para vérselas con el perro de tres cabezas, el cancerbero, en uno de sus famosos trabajos expiatorios. Nada más lejos de la descripción homérica pues aquí no hay álamos, ni otros árboles, ni mucho menos desembocaduras ni cañaverales. Pero sí un océano de profundas corrientes, porque es frente a este cabo meridional donde el mediterráneo llega a sus máximas profundidades, casi 5000 metros. No sé si los clásicos barajaban este dato para elegir la antesala del más allá, pero, la verdad es que cada día me sorprendo más de las cosas que conocían y perdimos con la bruma de la historia.

Yo venía  releyendo a Patrick L. Fermor, en su libro “Viajes por el sur del Peloponeso”; narración obligatoria si quieres viajar por la zona y entenderla. El también, atraído por el mito, se embarcó en un caique para buscar la improbable entrada, cerca ya del faro del Ténaros. Creo que llegamos a descubrir la cueva de la que hablaba y donde se sumergió, pero tampoco dejaba muy claro que hubiera encontrado nada especial. La verdad es que resultaba difícil dejar el barco solo en un fondeo precario para adentrarse buceando en el abismo sin retorno. Un barco te transporta pero también tiene su servidumbre y sus cuidados; no se merece que bajes la guardia por mucho infierno que busques. Nos quedamos con las ganas.

Unas millas más al norte, en la bahía de Diros, hay unas cuevas muy famosas que, como no,  aspiran a ser las puertas del Hades. Se trata de un conjunto de galerías, cuyo acceso está situado un poco por encima del nivel del mar, pero que en algunos puntos pueden llegar hasta 71 metros bajo la superficie; miden aproximadamente 14 kilómetros de largo y el agua dentro no es salada pero sí de una dureza especial que ha producido la creación de pasadizos interminables adornados con estalactitas y estalagmitas de gran belleza. Las cuevas se conocían desde principios de siglo pasado pero no se empezaron a explorar hasta los años 60. Los primeros aventureros se quedaron sorprendidos de encontrar esqueletos fosilizados de muchos animales extinguidos en el continente europeo; hipopótamos, linces, leones y hasta restos de asentamientos neolíticos. Las cuevas se abrieron al público y hoy en día representan un atractivo turístico para la deprimida zona del Máni. Se accede a ellas por carretera o por mar, fondeando en las cristalinas aguas de la bahía, aunque muy abierta a los vientos dominantes de la zona.

No me entusiasman los sitios donde llegan los autocares, en caravana, y se bajan los turistas, en fila, y te reparten folletos y te estabulan y te sientan en una barca y te dan un chaleco salvavidas y te explican, pero… ¿No había que buscar la bajada a los infiernos? Así que hicimos de tripas corazón y nos encaminamos al posible fuego eterno.

Por un lado tuvimos suerte pues no había nadie ese día, por otro no, pues el nivel del agua había subido; dijeron; y el recorrido por las cuevas quedaba reducido a la mitad; explicación suficiente para que no hubiera nadie. Consideramos la posibilidad de abandonar, aunque era ahora o nunca; no creo que hubiera otra ocasión para obnubilarnos tanto y volver a un sitio así. Nos sentamos en un banco, nos pusieron el chaleco y esperamos. Como no vino nadie más pudimos bajar los dos solos por las escaleras que conducen al pequeño embarcadero donde unas 8 chalupas con banquitos esperaban la llegada de clientes.

Los carteles constantemente advertían de la prohibición de utilizar cámaras o de tocar las paredes de la cueva para no malograr las estalactitas. Lo de las fotos no lo entendía bien pues las cuevas se encuentran iluminadas, con luces de colores, para realzar más el efecto de las formaciones milenarias; pero me lo aclararon en seguida. Nada más sentarnos en la barca, juntos, en crujía y con el chaleco puesto ¡ay señor! emergió un fotógrafo desde las profundidades del Averno  y nos soltó un flash que nos dejó noqueados y viendo estrellitas luminosas.

Subió el barquero como un exabrupto que hizo tambalear la barca, transmitiéndoles el impulso a sus vecinas y quedando todas bailando una danza maldita. Comenzó a recitar a voz en cuello un texto aprendido de memoria sin puntos ni entonaciones pero lleno de cifras, fechas, hipopótamos, nombres y distancias. Nosotros veíamos pasar hermosas galerías a nuestro costado que nunca visitaríamos, pues él seguía en línea recta y voceando, pegando unos tremendos empellones a las bellas estalactitas y estalagmitas para dirigir la barca. Estuve segura de que por fin habíamos llegado al Tártaro y el barquero, el mismísimo Caronte nos torturaba ya desde el inicio del viaje; le hubiera metido un trapo en la boca para que dejara de enumerar nuestros pecados.

Tras recorrer unos 200 metros escasos nos desembarcó en la otra orilla para que saliéramos por nuestro pie a través de corredores que ascendían a la superficie; creo que fue lo mejor de la visita, cuando se alejaba en silencio.

A la salida y como era de esperar, nuestra foto colgaba expuesta para que la adquiriéramos; impresa sobre un folio corriente y con la tinta borrosa de una impresora en mal estado. Pero se alcanzaba a ver la mueca gorgónea que posé para el fotógrafo.

Intentaba encontrar una canción alegre para esta entrada pero me tropecé con Hatzidakis, mi debilidad, y este poema de Nikos Gkatsos. No habla concretamente del Hades pero sí del mito de la resurrección de Perséfone cada primavera para pasar un tiempo con su madre Demeter, diosa de los cereales y los frutos. La vuelta a la vida de la hija alegraba a la madre que permitía una abundante cosecha para el verano y se celebraba en Eleusis con especial devoción mediante el rito iniciático de los “misterios de Eleusis”. Hoy Eleusis, convertida casi en un arrabal de Atenas, carga con los deshechos de la gran ciudad y su silueta queda oculta entre grandes astilleros, refinerías, llamaradas y petroleros fondeados frente a su costa.

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UN TEMPLO FRENTE AL MAR

Abandonar la golosa melancolía del Jónico para adentrarse en la generosa luz del Egeo no es algo que se produzca de forma gradual cuando se navega por el sur del Peloponeso; ese lento desaparecer de los tejados rojos y las casas coloridas para dejar paso al blanco de las terrazas eternas y azules infinitos, no sucede. A la altura del cabo Ténaros, el dedo central de la península, hay un salto en el tiempo y el espacio para el cual es difícil preparase, por mucho que uno lea y se informe. En este cabo, la abrupta cordillera del Taigeto comienza a perder fuelle y se agacha hasta sumergirse en el mar; aunque antes se vuelve pérfida y apocalíptica, cuando sus montañas reciben el nombre de Kakovuná; montes malos; o Kakovouliá; malos consejos; según la fuente que consultes. Estos Kakovouná se van desvistiendo poco a poco y se deshacen de sus árboles y matorrales en el descenso. Se achicharran la piel con el sol y los temporales, quedándose en cueros o con tan solo unas zarzas, como puercoespines, para dar sombra a las culebras, si las hubiera. Es la región del Máni profundo, la parte más extravagante de Grecia y que fue territorio espartano en su momento glorioso.

Cuando te aproximas con el barco te da el pálpito de que ves una tierra nerviosa, un filete entreverado de fibras y ligamentos difícil de masticar. Debe de ser su color pardo surcado de caminos quebrados que suben a latigazos, o las vallas y linderos de piedra de las propiedades que dibujan un entramado de formas sorprendentes; ya sea en círculos, ya sea en cuadrados o en figuras irregulares de las que a veces sale un cuerno insolente que se adentra en propiedades vecinas. La posesión de estos campos baldíos, a los que nadie en su sano juicio debería dar mucha importancia, fue fuente de graves conflictos y luchas intestinas entre clanes familiares. Me huele que dichas cuitas no deben de estar del todo solucionadas pues algunos terrenos se ven socarrados por el incendio, mientras que los vecinos están intactos; no parece nada serio pues aquí el fuego se extingue por aburrimiento y se apaga sin que nadie lo mire.

El faro del Ténaros en la punta más meridional; que nosotros memorizábamos cómo Matapán; tiene el castillete pintado de un color turquesa, amable y luminoso para sosegar al asustado navegante, porque aunque los montes son malos, los mares peores y los vientos racheados hasta la locura, la procesión de mercantes que transitan de una parte a otra del Mediterráneo es eterna y ahí está él para guiarles a buen puerto. ¿Cuál? Le preguntaría yo, porque si algo le falta a la zona es un puerto abrigado. Pero ¡que se le va a hacer! Si quieres conocer el Máni profundo tienes que ser paciente y esperar al buen tiempo. Veníamos dispuestos a ello.

En las proximidades del faro hubo un oráculo bastante importante que los espartanos venían a consultar antes de la salida de las naves. El lugar albergó también un templo de Apolo que luego fue uno de Poseidón y por último una  iglesia bizantina; dioses diferentes, los unos sobre los otros y las piedras cambiando de culto a capricho de los fieles. Abajo los barcos navegando en fila, siglo tras siglo. El día era el perfecto para poder fondear a sus pies y visitarlo, aunque no hace falta decir que poco queda que dé pistas de cómo fueron los templos o la iglesia. Dejamos caer el ancla sobre una arena suave produciendo una polvareda en el fondo que atrajo a todos los peces buscando el alimento que dejaba al descubierto la nube de granitos plateados que levantaba el fondeo. El color del mar hacía juego con el castillete del faro, a manchas azules y turquesas.  Los pocos visitantes acababan indefectiblemente lanzándose al mar para refrescarse y nadaban entre las barcas, escondiéndose del sol y flotando en la calma.

El recinto se encuentra abierto y estaba casi vacío, tan solo una pareja de inglesas victorianas, con sus pamelas sujetas con lazos, paseaban dando traspiés por las rocas y exclamando ¡Oh my God! a cada momento. Supongo que no entenderían que en el hotel les hubieran interrumpido la partida de bridge para traerlas a este sitio pedregoso, sin carteles, sin guías y sin tienda de suvenires; se hicieron dos fotos y salieron despavoridas en busca de una sombra. Pero a mí me pareció un privilegio sentarme sobre estas piedras calientes a contemplar el infinito y alcanzar ese estado de bienestar nutritivo que producen los templos griegos destruidos hasta sus cimientos. Debe de ser la posibilidad de ensueño que origina el imaginar lo que allí había, pero quedarse ahí quieto y en silencio es un masaje del alma.

Dicen que el Homo sapiens inventó las religiones como medio de supervivencia colectiva, pero también que fue la primera especie en la evolución capaz de ello por que sueña, con sueños elaborados, a diferencia de otros homínidos. Allí estaba ese lugar que lo transmitía todo con una paz total. No tuve más remedio que ofrecer un sacrificio en el redondel del oráculo frente a la gran pitonisa del Ténaros.

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LAS CALMAS DE ALCYONE

El Alcedo atthis, o Martín pescador, es un pájaro muy pinturero. El dorso del cuerpo, cabeza y alas es azul-turquesa con destellos verdes; el vientre y los ojos son de color naranja, mientras que las zonas de la garganta, orejas y orificios nasales son blancas; todo un arcoíris pajaril. Pero esta ave, además de colorida, es un símbolo de paz y tranquilidad. Anida en pequeñas grutas y cuevas cercanas a la orilla que adornan con escamas de pescado, conchas y ramas de plantas del litoral. Es especie migratoria y aparece en el Mediterráneo cuando el verano termina y permanece aquí hasta el final de marzo. Por lo general, ponen sus huevos en enero en las grietas de la costa, coincidiendo con las calmas invernales mediterráneas y con las menguas; es decir con la bajada del nivel del mar que se produce después del solsticio de invierno. Calmas y menguas facilitan que el Martín pescador anide en oquedades cercanas al agua y no tenga que desplazarse mucho para pescar para su futura prole.

El alción era venerado por los polinesios, que creían que controlaba el mar y las olas. Pero más cerca nuestro, en Grecia como no, su presencia en las costas era mítica y relacionada con los “días de Alcione”

Alcíone, ἀλκυών, era la hija de Eolo y se casó con Ceyx, rey de Tesalia, hijo de Eosfóro, el que trae a Eos, el que trae la aurora. Y dicho sea de paso, sobrino de Fósforo, el que trae la luz; si lo ponemos de otra forma: Lucifer. Uy que fácilmente me voy por las ramas, algo bastante normal cuando hablamos de mitología.

Alcione y su marido vivían felices, pero Ceyx quiso consultar algo en el oráculo de Apolo; pertrechó su nave y zarpó una buena mañana, negándose en redondo a que les acompañara la desconsolada Alcione. Nunca volvió a saber su esposa de él, ni tampoco le llegaron noticias de su triste naufragio; ella permanecía impertérrita esperando su regreso. Fue Morfeo quien se compadeció de su inocente inopia y le hizo ver en sueños amargos a su amado desapareciendo en el mar en medio de una furiosa tempestad. Para que contar más; ella se lanzó desde un acantilado, como es natural. Alcione sufrió una verdadera transmutación en su caída y se convirtió en pájaro de colores y anidó en una grieta del precipicio. Eolo se apiadó de su hija e intercedió ante Zeus para que permitiera que durante un tiempo, el mar permaneciera en calma y el pájaro pudiera poner los huevos tranquilo; los días de Alcione.

El fenómeno meteorológico existe, aunque no es fijo ni constante en el tiempo; hay años que no se produce; pero sí que hay un periodo de días, localizados entre el 15 de diciembre y el 15 de febrero, en que el anticiclón invade el Mediterráneo, solazándose y expandiéndose, para dar muy poco gradiente barométrico y casi nada de viento. En España solemos llamarle “calmas de enero”, aunque no siempre coinciden con este mes.

Hay otra Alcione, pero esta es estrella; de hecho la más brillante de las Pléyades; las siete hijas del titán Atlas y la ninfa marina Pléyone. Si el pájaro y la estrella están relacionadas ¿quién lo sabe a ciencia cierta? pero sí que es verdad que los griegos hablan siempre de las Pléyades, cómo τα πουλιά, «los pájaros».

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OBSERVANDO EL CIELO

Con aquel dulce viento, el divino Ulises desplegó su velamen; sentado rigió con destreza el timón; no bajaba a sus  ojos el sueño, velaba a las Pléyades vuelto al Boyero de ocaso tardío y a la Osa, a que otros dan el nombre del Carro y que gira sin dejar su lugar al acecho de Orión; solo ella de entre todos los astros no baja a bañarse al Océano. La divina entre diosas, Calipso dejó dicho a Ulises  que arrumbase llevándola siempre a su izquierda. Odisea, Canto V  (269-277).

Homero embellece el firmamento. Que elegante manera de describir a un grupo de estrellas circumpolares; siempre visibles sobre el horizonte para los mediterráneos y siempre dando vueltas alrededor del polo norte. Y muy buena pista de cómo se orientaban los navegantes ilustres. Nunca mejor dicho, pues si dejas el carro siempre a tu izquierda, navegas hacia oriente. La mayoría de los astros salen por un lado del horizonte y se ocultan por el otro; pero no el Carro, debido a que su declinación es parecida a la latitud de nuestras tierras nunca puede mojarse en el mar. Esa fue la condena de la ninfa Calisto y su hijo Arkas; palabra semejante a ἄρκτος (oso); que fueron convertidos en osos y lanzados por el rabo al cielo; el mismo Zeus lo hizo, para evitar las iras de su celosa esposa Hera. La terrible diosa les maldijo y les prohibió que se acercaran al reino de Poseidón, siempre darían vueltas sin tocarlo ¿No es hermoso?

La contemplación del firmamento es tan antigua como la humanidad, ya en Mesopotamia se describían las constelaciones y el zodiaco basado en la división en doce partes iguales de la banda celeste sobre la cual trazan sus trayectorias el Sol, la Luna, y los planetas. No tenían televisión ni internet y dedicaban su tiempo a tareas emocionantes. Pero si se observaba con cuidado el cielo no es nada simple y así como las estrellas aparecían en posiciones fijas, un día tras otro; en el corto tránsito de una vida; los planetas representaban un quebradero de cabeza. En efecto, estos astros al recorrer la banda del zodiaco retrogradan, invierten su dirección, retroceden sus pasos conforme pasan los días, para luego volver a retomar su rumbo. De hecho πλανήτης, planeta, tiene la misma raíz que πλανεύω, engañar o seducir. Platón ideo el modelo de dos esferas concéntricas para explicar el movimiento de los astros. La Tierra se ubicaba inmóvil en el centro del cosmos, con las estrellas fijas en la esfera celeste a lo largo de la cual se mueven el Sol, la Luna y los planetas. El filósofo planteó el desafío a astrónomos y matemáticos instigándolos  a proponer un modelo de movimientos circulares y uniformes que explicaran la retrogradación de los planetas. Fue más de un siglo después cuando Eratóstenes ideo su esfera armilar. Es realmente sorprendente la invención de artilugios tan sofisticados como el mecanismo de Antikithira, del que ya hable hace tiempo, para predecir la posición de los astros en el cielo así como sus eclipses.

Todo esto era fundamental ya que las observaciones astronómicas indicaban cuándo plantar las cosechas y cuándo segar el grano, localizar sus templos, en que momento emprender una travesía, cómo diseñar sus casas e incluso cómo orientar sus ciudades. La supervivencia y el éxito de un recién nacido, dependía de cómo estaban dispuestos los astros porque indicaban la época del ciclo solar. Es lógico que la  astronomía y la astrología fueran de la mano en muchos sentidos. La división de la eclíptica  en doce partes iguales que abarcaban sus correspondientes estrellas, el zodiaco, el ciclo de los animales, tenían mucho de ciencia, pero también algo de magia; lógico que allí fueran a parar los héroes y los mitos convertidos en constelaciones. Fue otra vez Eratóstenes en su “Catasterismo” quien se tomó la molestia de explicar; o inventar;  los orígenes de las distintas constelaciones y asterismos según la mitología griega, indicando el porqué de esta transformación en estrellas de los diversos héroes y dioses representados en el cielo.

Pero en muchas constelaciones la controversia está servida; como en el caso de Sagitario en el que unos mantienen que es el propio Quirón y otros que era el sátiro Croto;  y como nunca sabremos si fue primero el huevo o la gallina cada uno se queda con lo que quiere y guste. Muchos de los mitos recogidos ya formaban parte del acervo cultural heleno desde siglos atrás, otros los creó él mismo, en un intento de sistematizar las historias de las constelaciones. Parece haber una estrecha relación entre los nombres de las antiquísimas figuras zodiacales y el mito de Jasón, sus legendarios argonautas y su viaje en pos del vellocino de oro, lo que demuestra la importancia de esta aventura para el mundo clásico. Así Aries hace referencia al propio carnero del vellocino, Leo al león de Nemea de Heracles, al que se le representa siempre vestido con su piel, Géminis a los gemelos Cástor y Pólux, Virgo a la sacerdotisa del templo donde se custodiaba el vellocino. También existe una Argos Navis, una constelación del hemisferio sur, que se extiende desde Can Mayor a la Cruz del Sur.

Y yo si tengo que elegir, prefiero al buen centauro Quirón como sagitario porque la historia queda más redonda. Quirón fue un sabio y prudente médico, veterinario, músico, astrónomo y principalmente, maestro de personajes tan importantes como Jasón o Aquiles. Vivía en el monte Pelión y su fama era tan grande que allí le llevaban a jóvenes tan ilustres como los anteriores, para que les adiestrara en diversas materias. Dicen que ideó la esfera que lleva su nombre; no he conseguido encontrar nada relacionado con la esfera de Quirón que no sea esotérico, aunque bien podría ser un elemento circular como los descritos por Platón para localizar los astros y que le valdría a Jasón para situarse en su viaje. Quirón fue herido por una flecha errada de Heracles. Era médico y conocía pócimas milagrosas preparadas con las plantas más raras del Pelión, pero no pudo aliviar su dolor; decidió ceder su inmortalidad a Prometeo para librarse del sufrimiento. Así fue, murió y salió despedido hacia el firmamento, convirtiéndose en el Arquero, para servir de guía a los eternos argonautas que dan vueltas por los mares. La astronomía ha avanzado muchísimo, hoy las estrellas reciben nombres muy áridos para memorizar y sabemos que las cosas del espacio son más complicadas que estas historietas de dioses vengativos, inocentes ninfas y animales prodigiosos.

Pero, también es la propia ciencia la que habla de cuántica, teorías de cuerdas o membranas y universos paralelos. Si hay varios posibles, yo me quedo a vivir en este, el mágico de la Grecia Clásica.

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LA ESTRELLA DEL NORTE

Una de las preguntas más frecuentes que nos hacemos al leer sobre el viaje de Jasón y sus argonautas en busca del vellocino de oro; que nadie sabe a ciencia cierta que era; es como consiguieron completar su periplo y volver a casa. Porque ir es lo fácil, volver lo difícil. Jasón había sido criado por Quirón, el centauro sabio que le instruyó en muchas artes, en concreto de la astronomía y parece ser que le enseñó un calendario para navegar; no sé si me equivoco, pero creo que se llamaba la Esfera de Quirón.

Sus hazañas se transmitieron de forma oral de generación en generación; hasta que mucho después el virtuoso Apolónio de Rodas decidiera plasmarlo en texto; pero la fecha exacta del viaje y sus conocimientos sobre navegación quedan ocultos en el tiempo. Así que lo que voy a hacer aquí es pura aventura; tan arriesgada como los viajes del Argos, adentrándose en territorios desconocidos. Todo es verdad o es mentira.

Posicionarse en el mar siguiendo las estrellas es tan antiguo como la humanidad, pero la ausencia de relojes exactos, hasta el siglo XVIII,  hacia muy limitado el número de cuerpos celestes a observar; esto me llevaría largo rato de explicar y con una buena ración de geometría esférica, así que lo dejamos aquí flotando.

Pero no es muy complicado pensar que un buen candidato para nuestros antepasados marinos, sería un astro siempre visible y situado en el polo. Mientras la posición aparente de las demás estrellas cambia durante la noche, rotando alrededor del eje celeste, la posición aparente de las estrellas polares se mantiene fija. Esto las hace especialmente útiles en la navegación, pues su dirección indica su polo geográfico respectivo, y su ángulo de elevación se puede usar para determinar la latitud. En nuestro hemisferio la “estrella del norte” es el faro más antiguo que guiaba a los primeros navegantes del Mediterráneo, nuestra familiar Estrella Polar de la constelación de la Osa Menor.

La identidad de la estrella polar cambia con el tiempo debido a que los polos se van moviendo por la precesión de los equinoccios, un cambio lento y gradual de la orientación del eje de la Tierra, que causa que los polos describan un círculo en el firmamento, completándolo aproximadamente cada 25776 años y apuntando a distintas estrellas.

Hace 5000 años la estrella más cercana al polo norte; y por tanto la estrella polar del momento;  era Thuban, en la constelación del Dragón. La importancia de esta estrella entre los egipcios se pone de manifiesto en el diseño de sus pirámides, cuyos canales de aireación se orientaban a objetos concretos de la bóveda celeste. Así, el canal norte apuntaba a Thuban, marcando el camino que debía seguir el alma del faraón para llegar a las estrellas.

Hacia el año 1900 A.C. la estrella Kochab comenzó a sustituir a Thuban como estrella Polar. Esta estrella; la β de la Osa Menor; fue usada como estrella polar entre el 1500 a.C. y 500 A.C.  Figura en las obras de Homero y los antiguos árabes la llamaban «Al Kaukab al Shamaliyy», es decir, «La Estrella del Norte».

En torno al año 800 D.C. una pequeña estrella  de la constelación de Camelopardalis, la Jirafa, ostentó la posición polar, hasta que hace poco más de mil años la estrella α Ursae Minoris obtuvo la consideración de estrella Polar que mantiene hasta hoy y conservará hasta el año 3500 D.C. aproximadamente.

Pero además de posicionarnos, una estrella inmóvil en el polo sirve para decirnos la hora que es, pues todo el firmamento gira entorno a ese punto quieto, como las manecillas de un reloj entorno a su eje.

Todavía podemos exprimirla aún más y utilizarla como calendario celeste, porque esa manecilla del reloj de la que hablaba antes no está todos los días a la misma hora en el mismo sitio. No me extiendo mucho más, pero sí que os dejo un enlace de una página donde se explica esto con claridad.

Así que una estrella polar permitió a los hábiles marinos  antiguos realizar una serie de proezas al mismo tiempo que describían el mundo con sus viajes. Y lo más importante: regresar a casa para contarnos sus peripecias.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.