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MANIOBRAS EN LA CALA

En la playa, suceden cosas interesantes.
Una llamada del “proedros” y ya estábamos abajo. El “proedros” es el secretario del pueblo. La llamada es por tam-tam. Es decir; el “proedros” llama a la tabernera que como tiene el local en medio del pueblo sale a terraza y empieza a vocear:
– ¡Anaa!
– Sí
– Que dice el “proedros” que bajes a la playa
– ¿Para qué?
– Ni idea. Algo pasa con un barco.
No sé qué nos imaginamos. Naves a la deriva, pecios, corsarios, invasiones por mar, un ataque de tiburones sanguinarios, avispas asesinas, gatos rabiosos, arañas peludas ¡Ha llegado el fin!
Cogimos el coche y nos despeñamos durante un kilómetro entre precipicios para llegar a la playa, donde todo, aparentemente, permanecía en calma; las barquitas flotando, los arboles serenos, las sillas esperando traseros y las mesas ordenadas en fila. El coche viejo del viejo Kosta, el coche destartalado del destartalado pescador oficial, Vangelis, y el coche del “proedros”, que aunque se llama Spiros hace años que no se oye pronunciar su nombre. Es secretario desde tiempos homéricos y su nombre de pila solo lo mienta su madre, en circunstancias muy solemnes, casi aterradoras. Lo normal es que todos le saludemos con un simple
– Eh ¡Proedre!
Deslumbraba, ya desde arriba, el blanco de un catamarán de unos 14 metros amarrado entre rojos y amarillos de redondeadas amuras y azules agua de una tarde apacible. Era curioso que no se hubiera colocado en cualquier otro sitio que no implicara ir sorteando obstáculos de botes y amarras, pero el patrón había visto el pequeño muelle que utilizan los pescadores para aproximarse cuando trapichean con sus redes y se había puesto nervioso. Sólo es un volado de cemento, sobresaliendo de la roca, como una mano abierta que desafía las leyes temporales, gravitatorias y meteorológicas; una plataforma obstinada que sigue en pie año tras año mientras hacemos apuestas sobre cuando caerá. Pero él vio el “muelle”, pensó en lo estupendo que sería en bajar a tomar una cerveza sin mojarse y allá que fue como un obús. La maniobra, toda una obertura rossiniana.
– Os he llamado porque hoy tenemos juerga.
– Ya veo.
Los tres estaban sentados en una mesa sorbiendo sus pajitas de café frapé. Vangelis, que suele hablar con coloratura, como si fuera el gallo Claudio, les decía que más fácil si se iban al otro lado, pero se lo decía con su sube y baja declamado y en griego. El patrón le respondía con una mirada de desprecio y aires de tunosabesquiensoyo. Siguieron sorbiendo sus pajitas.
A mí me admira el temple que tiene estos griegos; aquel mastodonte moviéndose bajo maniobras de torpes manos entre sus barcas me daba espanto. Si hubiera sido mi barco me hubiera tirado a degüello. Ellos sorbían pajitas.
¿Cuántos caballos tendrá? ¿Cuánto cala? Como lleva dos motores debe de girar en el sitio ¿Por qué hace eso? ¿Dónde habrá sacado el título? Si tira ahí el ancla enganchara todos nuestros muertos. ¿De dónde será? ¿Por qué le chilla tanto a su mujer? Se habrá enfadado con ella.
Consiguieron amarrar el barco tras mucho esfuerzo y se quedó allí como un Gulliver grotesco en un Liliput de cascarones balanceantes. Bajaron en un exabrupto a tomarse una cerveza casi al gallete para seguir su periplo de mil calas en 6 días. Todo un estrés.

El trío había terminado sus cafés y ante la falta de espectáculo se disponían a salir cada uno por un lado, pero el aguerrido capitán ¿De dónde salen estos capitanes? quiso hacer una demostración de su valía marinera. Soltó las amarras y dio avante con los dos motores, de dos hélices para ser más exactos, en vez de cobrar el fondeo para alejarse despacio ¿Qué podríamos esperar? Enganchó la tela de araña con la que tejen los pescadores las amarras de sus barcos y se quedó tieso como un jamón. Se pararon los motores y las risotadas se oyeron en Itaca; sobre todas las de Vangelis que tiene risas de tres octavas. Y Kostas impertérrito viendo como la auxiliar que utiliza para llegar a su Dina, su barca en mayúsculas, sucumbía bajo el tirón de la amarra enredada en la hélice del héroe vespertino.

– La va a hundir.

Pidieron otro frapé y continuaron riendo a moco tendido. Mucho más cuando el capitán se tiró al agua con un puñal en la boca, en ese momento nos caímos de las sillas.

Me dieron una lección; la vida no hay que tomársela tan en serio ni a brazo partido es tan simple como verla pasar.

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ZANTE. EL NAVAGIO

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El 30 de septiembre de 1980 el mercante Panayiotis surcaba las aguas del jónico con un cargamento ilegal de tabaco. El armador era un griego de Cefalónia, Karalambo Kombocekla, así como su capitán y gran parte de la tripulación. Transportaban cajetillas de cigarrillos de contrabando desde algún puerto de Yugoslavia o Albania, para descargarlo en la vecina Italia. Como otras veces que habían hecho el mismo negocio les acompañaban una pareja de italianos supervisores de que todo el proceso se realizase si “mermas a la carga”. Pero claro, la vida de los piratas y los marginales de la ley siempre está expuesta a contratiempos desagradables de última hora. Debió pensar el capitán que si tan buen negocio era ¿Por qué no lo hacían ellos? Y decidió retener a los dos inspectores italianos en un camarote y vender ellos mismos la partida. Supongamos que las negociaciones no llegaron a puerto alguno y que, a la desesperada, resolvieron conducir al mercante a la costa cercana, al norte de Zakintos y fondear en una bahía llamada Spirili, hoy Agios Ioanis, para esperar acontecimientos. Pero debido a las malas condiciones meteorológicas en esa costa tan abierta al viento del norte, acabaron garreando y encallando en la playa. Fue una situación de estrés increíble, con el barco varado en la arena, las olas que lo empujaban y las cosas que nunca mejoran cuando una nave ilegal ha dado con su quilla en la costa. Comenzaron a desembarcar las cajas quizás con la esperanza de salvar algo, quizás con la intención de reflotar la nave aligerando su desplazamiento. Pero el mar empezó a arreciar y la mayoría de las balas se perdieron, fueron arrancadas por las olas y acabaron flotando diseminadas por las cercanías. Ya sin nada que esperar, la tripulación tuvo un arranque de humanidad; los contrabandistas son ilegales pero no asesinos; liberaron a los dos italianos y se encaramaron trepando por los acantilados, llegando sin resuello hasta la capital de la isla.Amaneció en la costa y con la tenue claridad se vislumbraba el mar lleno de bultos oscuros que iban y venían con las crestas blancas de las rompientes. Los habitantes de los pueblos cercanos se asomaron al precipicio y abrieron bien los ojos ¿Y por qué no lo cogemos nosotros? Y se lanzaron a la captura de los fardos. Hay que decir que el tabaco venia embalado de forma que no se malograra de inmediato si se mojaba. Vinieron caiques con pescadores, mujeres, niños, burros, perros, mayores y pequeños. Todos pillaron parte del maná que les ofrecía el cielo y corrieron a esconderlo en sus casas, en sus tiendas, en el horno, en el establo, en la farmacia.
Cuentan las crónicas que la policía no es tonta y dio con la tripulación. Cuentan también que alguien debió hablar. Así que al final rebuscaron establos, hornos y farmacias y dieron con el tabaco que fue confiscado y vendido en pública subasta. Unos detenidos, otros deportados a Italia, algunos despojados de su botín, todos enrabietados. Que desconsuelo. Lo pagaron con el viejo buque de maderas consumidas y de hierros averiados. Lo desvalijaron hasta dejarlo desnudo mientras descansaba en la arena. Lo desplumaron hasta que de tan limpio parecía recién salido de un astillero. El mar, el salitre, el sol y la arena terminaron la faena para enrojecerlo, chorrearlo, triturarlo, semienterrarlo y olvidarlo.
Las cosas fortuitas a veces tienen resultados sorprendentes. Al principio, las autoridades; siempre con tanta imaginación; se empecinaron en arrastrar el pecio a altamar para hundirlo y que no representase un deshecho irresponsable que se les pudiera echar en cara algún día para acabar con su brillante carrera. Pero siempre hay seres inteligentes y alguien cayo en la cuenta que lo que la naturaleza había diseñado en aquella playa quedaba mucho más hermoso y llamativo con el contrapunto de un cadáver de hierro, producto humano, oxidado y vencido. Lo fotografiaron en infinitas ocasiones y lo convirtieron en enseña de la oficina de turismo griego. El navagio. El naufragio.
Grecia es un país de muchos naufragios, totalmente comprensibles si observamos la multitud de escollos e islotes que hacen difícil la navegación en circunstancias adversas. Estos siniestros normalmente son dramáticos pero con el paso del tiempo y la sal algunos quedan varados para la posteridad, vacíos de todo su horrible significado, para terminar en hermosas imágenes; atractivos para el viajero que le gusta soñar. Imprescindibles para el turista del selfie y del yo he estado aquí. Los encuentras por toda la costa como caparazones de enormes animales moribundos y mutilados, con una estela de historias que se arremolinan entre sus cuadernas roídas. Quizás los más conocidos, aparte del de Zakintos, son el de Gythion y el de Kythira. En todos ellos uno se puede pasar horas observando su tremendo poder evocador.
Verdaderamente este de Zakinthos es el más impresionante, posiblemente por la inaccesibilidad de sus acantilados, por la arena blanca que cubre buena parte de su obra muerta y por el azul dañino del mar en esta costa. Yo lo he visitado, hace ya muchos años, en varias ocasiones y tengo que reconocer que sobrecoge oír el viento resbalar por las paredes blancas, como quejidos del propio barco; solo te sosiega acordarte de que no hubo desgracias personales y que fue una aventura de chapuceros estraperlistas.
La verdad es que los contrabandistas siempre me cayeron bien. Gran parte de las leyendas marinas se alimentaban de ellos. Esos marginales, al otro lado de la ley y la probidad, que intentaban sobrenadar un mundo inhóspito y un mar terrible. Es posible que también sean los dulces recuerdos de mi padre, que en sus años mozos se dedicó al oficio en Tánger, antes de que yo existiera. Con una gracia que en pocos he descubierto al vender, tanto te colocaba una partida de medias de seda como una de latas de bonito en conserva. Todas las historias que me contaba conseguía hacerlas divertidas, aunque supongo que la cruda realidad era más prosaica y de pura supervivencia.
Pero un día, dedicándome a mi afición favorita de rebuscar entre postales y calendarios por las tiendas de suvenires me encontré con esta imagen. ¡Ay dios!

navagio-ag¿Qué fue de ese sitio tan magnifico de mis recuerdos? Con las barquitas de turistas flotando en el azul infinito y el sonido de los pájaros planeando en los acantilados. Creo que la tripulación de pobres contrabandistas nunca hubiera imaginado el resultado final de su accidente.
Algo así ya me olía yo y me negaba a acercarme a esa playa. Donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, porque ya habrá aparecido en el Tripadvisor y habrá perdido su gracia.

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Los colores de Kythnos

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En la encrucijada donde se detuvo la antigua maga
Quemando los vientos con tomillo seco
Las esbeltas sombras pasaron levemente
Con un cántaro de agua silenciosa en la mano
Con toda facilidad como si entraran al paraíso
Y de la oración de los grillos que cubrió de espuma los campos
Asomaron las bellas de piel lunar
Para danzar en la era de la medianoche…
Odysseas Elytis (Melancolia del Egeo)

Por fin las Cícladas. Las echaba tanto de menos.
Hay un sentir general de que los paisajes verdes y arbolados son bellos, los yermos y estériles no.
¿Y el desierto? ¿El polo norte? Tendríais que ver las Cícladas – Respondo siempre.
Habría que ser muy poco sensible para no apreciar le belleza de estas piedras peladas que toman los colores siguiendo las estaciones. En invierno son grises, como el acero; en primavera se salpican de matas verdes y aliagas amarillas; a finales de verano, agostadas, toman un color marrón; de un marrón profundo, serio y trascendente; tan trascendente que las plantas y animales se mimetizan con él para no llamar nuestra atención. ¿Donde están esas ovejas que balan? No las distingo. ¿Las gallinas de esta isla son todas pardas?
Las casas y ermitas, blancas y singulares para que nadie se pierda por los caminos.
Allí. ¿Ves esa casa?
Claro que la veo. ¿Quien no?
Así estaba yo, disfrutando el escenario, cuando apareció un señor con un burro caminando por la playa. La estampa era de lo mas tradicional, sobre todo porque el pollino, muy pinturero, llevaba a cuestas bidones de colores, que sobre el tan serio marrón, resultaban muy vistosos.
Ay que rabia. ¿Y la cámara? La barca no tiene el fueraborda puesto, estoy muy lejos, no tengo teleobjetivo. Da igual. ¡Disparo!
Y el resultado fue este:
El burro no se ve en la foto, solo se aprecian sus bidones ¿Era un burro transparente? ¿Era un vampiro? No, era marrón.
Me pregunto¿Qué harán si se escapa por los montes? Nunca lo encontraran.
También hay playas tostadas, mostazas, blancas.

Manantiales cobrizos de aguas hirvientes que calientan la playa.

Más colores. El azul.
Decía Durrell, en La Celda de Próspero, que “En algún sitio entre Calabria y Corfú comienza realmente el azul”. Podemos discrepar, porque azules hay muchos. ¿Qué me dices de las dunas de Tunez? ¿Y Menorca tras una tramontana? ¿Córcega con mistral? Pero lo que si es cierto es que entre estas islas ciclónicas; en el remolino que crean; hay un manantial de azules que mana constantemente. Corrientes submarinas lo deben transportar a otros rincones haciendo posible verlo en otras partes del Mediterráneo también. El azul de Grecia.
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Hoguera en la cala

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A todos los urbanitas nos encanta la idea de ser Crusoe por un día. Omitiendo lo mal que lo pasó; nos gustaría vivir algunos capítulos de la novela de Defoe; alguna noche, en una isla desierta, a la orilla de la playa, ante el crepitar de la hoguera, ante unos vasos de vino, el olor de las chuletas, el chillido de los pájaros nocturnos, la música suave, las historias contadas o inventadas; sentirse salvaje por unos momentos. Luego acaban las vacaciones y volver a las ciudades, con el cargamento fotográfico y esa agradable sensación de haber sido libres. Ya no habrá más hogueras que la de las chimeneas, o la de la barbacoa con los vecinos. Allí se queda Grecia con los recuerdos de un verano más. Una Grecia con playas salpicadas de chamusquinas y de basuras a medio quemar. Una Grecia que todos los años arde sin remedio.

¿Será cierto eso de que necesitamos vivir con la policía pisándonos los talones para que nos enseñe a comportarnos? ¿El hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe? ¿O son ambos gilipollas? Nos sentimos muy ecológicos cuando reciclamos las basuras de nuestras civilizadas ciudades, pero en la oscuridad de la noche, cuando nadie nos ve; en este país sin vigilancia; hacemos todo aquello que nos prohíben. Por ejemplo: hogueras.
En una isla deshabitada en medio del Jónico, muy verde como el resto del archipiélago, pero sin un alma a varias millas a la redonda, suelo fondear  frecuentemente, sobre todo cuando entra el viento y desaparecen los barcos.
Un día, llegué justo cuando salía una flotilla, esperé a que se fuera el último y entré en la cala. Estábamos todavía dando las amarras a tierra y nos llegó un olor a quemado. Nadamos hacia la orilla y vimos un pino en llamas, sobre una hoguera rodeada de piedras y unos troncos dispuestos alrededor, como asientos. ¡Que bien se lo tenían que haber pasado!
Nuestra única arma fueron unos cubos y algunas botellas que se habían quedado tiradas en la playa. Tuvimos tiempo de maldecir en varios idiomas y a pleno sol, con un calor sofocante, tardamos varias horas en hacernos con el fuego. Volvíamos al barco exhaustos a descansar y al cabo de unos minutos el fuego volvía a brotar. Nos llevó todo el día. Os aseguro que si no hubiera sido por nosotros la isla sería ahora una peña marrón.
Ahora tiene un pino menos. Un pino superviviente de tantos inviernos y otros veranos. Un pino ennegrecido que desde la playa, como una sombra, nos abochorna. Y aunque nadie se lo crea, os juro por el azul del mar que nos habló. Nos habló con un lamento que rebotó por las montañas y se perdió en el mar:
-¡Idiooootaaassss!
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Anclas, arañas y otras disputas

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En griego, un barco αραγμένο “aragmeno” es un barco amarrado; se parece bastante a αράχνη “aragni”, una araña; la que teje su tela, tela para que nada escape; una tela como la forma un barco en el puerto con sus amarras y su fondeo, como la que forman las cadenas de los barcos bajo la superficie.

Cuando llega el verano, el de verdad, el del 15 de Julio al 15 de Agosto; cuando aparecen por aquí la flor y nata de los alquileres sin patrón y de los propietarios estresados; ha llegado el momento de la guerra. Uno de los principales motivos de casus belli es el cruce de cadenas. He llegado a ver dos italianos cogidos del cuello, ante la sorpresa de los pescadores griegos, ante la mirada de los paseantes que acudieron al oír el estruendo y los chillidos, medio ahogados por la presión sobre las cuerdas bucales de ambos capitanes.
– ¿Qué ha pasado?- dijo un griego
– Que le han cruzado el ancla- respondió otro sin apartar la vista de sus redes.
– Y ¿Eso es tan grave?
– Para ellos sí.
La cosa se va calentando, como el mar. Y ya se sabe, cuando las aguas se templan mucho, aparecen las tormentas. La llegada al puerto de un nuevo barco, enemigo, va acompañada de un clamor popular, de un ejercito de guerreros en las proas, blandiendo bicheros, con los dientes apretados, con los puños amenazantes:
– ¡Me has cruzado el ancla!
¿No podríamos calmarnos todos? Esto de navegar ¿No era un placer? Me incluyo, porque este tiempo tormentoso acaba minando el carácter de cualquiera. Cruzar las anclas en los pequeños puertos griegos es un acto a veces inevitable, si fondeas enfrente de los que llegaron antes y quieres largar suficiente cadena. Tambien, es verdad, a veces es fruto de la inexperiencia del timonel.
El problema es la nacionalidad de a quien le has cruzado el ancla. Si es griego; acostumbrado a estas cosas, te dirá:
– ¿A qué hora te vas mañana? tienes tu cadena sobre la mía.
Se acuerda la hora y si es muy intempestiva, se repite la maniobra. Se acaba con una sonrisa y hasta con una cerveza en la taberna. Muy diferente al sofoco y mal humor de las riñas enquistadas de otros navegantes más “civilizados”.
Al fin y al cabo, si te cruzan la cadena y has fondeado bien ( he ahí el quid de la cuestión) ¿Qué problema tienes? Más peso sobre tu cadena y menos posibilidades de garreo. Y si has fondeado mal, igual tienes la suerte de que el otro lleve una buena ancla y refuerce tu mala maniobra.

El verano son 2 días. La vida 4 ¿Habría alguna posibilidad de que abandonasemos las trincheras?

Ommmmmm….
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Placeres del fondeo

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Su… su… su… sube. Sinuoso, como las serpientes; curva va y curva viene. Con calma, como el sigá-sigá griego. Y allí abajo; pobrecito; se queda el barco en silencio. Y subes y subes; cada vez más lejos, cada vez más pequeño; se parte el alma solo de verlo.
¿Por qué duele tanto dejar un barco solitario y sin vigilancia? Es como abandonar a un cachorro; solo, no se puede defender. Siempre me recuerda a una canción que nada tiene que ver con esto. 

Antonio Vega-Se dejaba llevar por ti

Se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,
no esperaba jamás y no espera si no es por ti.

Nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más,
nada puede sufrir, que no sepas solucionar…

El caso es que una buena Musaka lo vale y en la taberna de arriba la bordan. Así que: su.. su… su…nos vamos alejando de él, mientras se alargan las sombras, se callan las chicharras, se calma la brisa, se hace minúsculo. Fru..fru…fru.. los últimos bandazos de los arboles con el viento.
Había prometido a mis tripulantes la mejor musaka de Grecia; pero también explicado que como todo lo bueno, requería un esfuerzo; más para mi que para nadie; de dejar el barco abajo y subir 2 kilómetros cuesta arriba. Lo de subir lo solucionamos; vinieron a buscarnos. Lo de dejar el barco solo…

– ¡Ay! Ya no se ve a La Maga

Muchas veces me pregunto porque me complico tanto la vida, porque no voy al puerto de al lado y nos recojen allí. Pero la respuesta está en la magia de estas cosas, la magia de Sikidi al atardecer, de sus barculas de colores, de los saludos de la gente que casi se sorprenden de que un barco venga a pasar la noche; de la sonrisa de Sofía cuando le pido biras pagomenas (cervezas heladas) antes de comenzar el ascenso hacia el pueblo y de que arriba en la plaza, todos ya saben, que un barco de españoles va a subir a cenar a la taberna.
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Malos puertos: Lipari

Inicio con Lipari una serie dedicada a puertos mediterraneos que me parecen dificilmente recomendables, con independencia del interés del enclave en el que estén ubicados.

Lípari fue durante muchos años una de mis escalas preferidas del mediterráneo central. Bien es cierto que era un puerto sumamente desprotegido y completamente abierto a todos los vientos del primer y segundo cuadrante, pero en general y con tiempo más o menos estable la cosa funcionaba si de una corta escala se trataba. Y así fue durante muchos años: llegabas, fondeabas y dabas amarras al expuesto muelle. No pagabas nada y fuera de temporada, disfrutabas de una tranquila y más que atractiva escala.

Pero un año llegué y me encontré con un par de pantalanes como este:

Pues sí, pantalanes en medio del mar, con sus muertos y demás parafernalia de rigor, explotados por un par de compañías privadas. En ellos los barcos siguen tan expuestos como antes, pero peor. Ahora se accede por un pantalán flotante que con un poco de resaca se mueve como un condenado. Y además pagas ¡y como pagas!, por amarrar tu pobre barco en medio del mar.

No se como andará la cosa al día de hoy por esos pagos. Noticias me llegan y desde luego no son las mejores. Si sé que desde ese día otro puerto de escala (sí, otro más) desapareció de la lista de mi derrotero de viaje. Y es que un mal puerto puede, en más de una ocasión, llegar a ser un excelente puerto de refugio, pero una estafa nunca dejará de ser una estafa.

 

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Errores cartográficos 4

Lakka es un popular, aunque no siempre cómodo, fondeadero situado al norte de la isla griega de Paxos. En los meses punta del verano se llena de barcos con facilidad por lo que muchas veces hay que fondear en la misma entrada de la bahía. En estos casos, resulta sorprendente observar como  en nuestras cartas CMap o Navionics podemos aparecer situados fuera de la bahía y claro está en sondas muy superiores.

En las siguientes imágenes se marca en rojo la posición del faro según la cartografía oficial de Mapmedia. El desplazamiento del mismo en las cartas vectoriales privadas es la nada despreciable cantidad de 117 metros dirección SSW.

En fin, otro toque de atención para quienes confian ciegamente en los datos suministrados por este tipo de material.

Continuará…

 

 

 

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Errores cartográficos

Hace ya algún tiempo que vengo observando con cierta inquietud, como algunas de las cartas electrónicas que más utilizamos los navegantes deportivos, adolecen de carencias significativas e incluso tienen algún que otro error de bulto. En concreto aporto aquí uno, especialmente grave, que afecta seriamente a la navegación por las islas griegas del Jónico.

El cartógrafo de turno se olvida, en este caso, de incluir un islote (N39 16.211 E20 25.038) ubicado junto a Parga, cerca de la costa continental y a unas 11 millas al este de la isla de Paxos. La zona es una de las más transitadas, en verano, por los barcos de recreo. Para agravar aun más la situación, el islote, lo suficientemente grande como para albergar, incluso, una pequeña ermita, no está iluninado de noche. La cartografía afectada es la muy conocida CM93 y afecta a todas sus ediciones.

En las distintas capturas de pantalla podemos observar como se representa la misma zona en las Cmap CM93 y en las más recientes, y ya corregidas Cmap que utiliza, por ejemplo, el Maxsea Time Zero.

Tened pues mucho cuidado todos aquellos que utiliceis la cartografía afectada, pues no es éste el único error o carencia que he podido constatar en ella. Y un consejo: cotejad siempre la información de estos sistemas cartográficos privados, con la cartografía oficial «de papel» de la zona. En el imperdonable caso de no llevar «papel», sería aconsejable, al menos, disponer de una buena cartografía electrónica (raster) escaneada de fuentes oficiales, tipo Mapmedia o similar.

Las Cmap CM93 sin el islote.

Las nuevas Cmap.dbv, con el islote cartografiado

Cartas Mapmedia con el islote cartografiado

 

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Isla de Kastos

Kastos es una pequeña comunidad de unos 120 habitantes que vive del turismo (náutico en su gran mayoría) en verano y de su pequeña flota de pesca.
Su única población y puerto de la isla, Kastos, se ubica en la costa oriental y es punto de cita de la flota de charter y barcos de paso en los meses de verano. Encontrar un lugar en el pequeño muelle es misión casi imposible en los meses «punta» de la temporada, por lo que normalmente será preciso fondear y bajar a tierra con la embarcación auxiliar.
En el puerto encontraréis unas pocas tabernas, algunas mejores que otras. Hay también un bar, al pie de un antiguo molino, con impagables vistas sobre el Jónico y que además tiene el buen gusto de amenizar el local con música popular griega.
En el puerto hay también un pequeño supermercado para un abastecimiento básico.
No hay ningun tipo de servicios para barcos: ni agua ni luz (esperemos que por muchos años) y aunque veais bolsas de basuras en algunas zonas del puerto, está terminantemente prohibido dejar desperdicios en la isla. Hay carteles que así lo anuncian en inglés y griego; pero al parecer hay mucho navegante analfabeto…