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GEROLIMENAS, UN PUERTO EN EL PELOPONESO

Sirvieron un plato de aceitunas ovaladas y brillantes, de un color morado profundo, resplandeciente, húmedo, de vidrio; que se reflejaban en el aceite que había en el fondo de la loza. Rezumaban un jugo oscuro que dibujaba volutas y redondeles en el aceite. Pan y vino.

Dicen que el Mediterráneo acaba donde acaban los olivos. Hoy  puede no ser verdad pero siguen constituyendo la seña de identidad de la cuenca Mediterránea esos bosques de copas plateadas y troncos retorcidos que se llenan de flores en octubre para dejar caer sus aceitunas amargas sobre ellas. Originario de Asia menor, se extendió por toda la cuenca mediterránea de este a oeste; por el norte y por el sur. Y curiosamente nos traía a España dos palabras sinónimas de raíces diferentes; oliva y aceituna, una griega por el norte elaia (ελαια) y otra árabe por el sur, zaitum.

Se sabe por las muestras que se obtienen de polen de olivo en los restos arqueológicos, que en el Peloponeso su cultivo data del siglo XX a. C. La verdad que estas aceitunas de Kalamata son de otro nivel, convierten el aperitivo en una excelencia. Estas altezas redondas resbalan cuando intentas pincharlas y al morderlas, casi sin quererlo, abres bien la boca y los dientes, como si temieras hacerles daño. Luego estallan en prodigios, dejándote el paladar colmado de hermosos recuerdos.

La tarde era tranquila con una brisa templada que venia del mar, Gerolimena estaba en calma, a pesar de ello una molesta honda entraba en el puerto y dejaba a todos los barcos, pocos, bailando. Realmente Gerolimenas, a pesar de su nombre que quiere decir antiguo puerto o quizás puerto sagrado, es lo menos parecido a una dársena segura. Fue en sus inicios un refugio de piratas y hasta la década de los 70 no había forma de acceder si no era por mar, a pesar de eso creo que en algún momento ciertos ferris amarraban aquí; con desesperados capitanes es de suponer. He visto fotografías de Gerolimenas con temporales de suroeste que muestran un pueblo cubierto de espuma. Debe ser la razón por la cual estén censados solo 55 habitantes.

Llegó un caique pequeño con un hombre que gesticulaba ostentosamente e inmediatamente se llenó el muelle de personas que vociferaban y hacían aspavientos. Las voces subían de volumen, los brazos iban y venían con movimientos exagerados. Soy curiosa sin remedio así que dejé las aceitunas y me aproximé al barullo para ver que pescaba. El misterio se resolvió al instante al constatar que el patrón del caique era sordomudo y estaba preguntando, por señas, si podía arrimar el barco al muelle o si por el contrario habían dado un parte meteorológico preocupante y tenía que alejar el barco y dejar las amarras laxas. Las opiniones, encontradas, los meteos diversos, las interpretaciones dispares, el surtido de lobos de mar con sus experiencias, crearon un foro de chillidos y manoteos que nada tenían que ver con el leguaje de sordos. El patrón los dejó por imposibles, afirmó su barco a una distancia discreta, extendió sus alfombras por cubierta y se lio un cigarrillo en silencio, como no, dejando aplacar las discusiones.

Volví  a mis aceitunas reveladoras, cada una era una caja de sorpresas. Esta última me había dejado un perfume de ciclámenes rosas creciendo en los olivares, con la luz tamizada por hojas y olivitas. Increíble.

Gerolimena es un pueblo bello y rocoso al borde del mar que crece en encanto a medida que progresa el día, va resaltando ese color ocre de sus casas, el mismo que las montañas, o el muelle, mientras que allá, por poniente, la tarde se sonroja. El mar recorta más que en ninguna otra parte del Mani la silueta de estos caserones de piedra, la misma piedra que las montañas o el muelle. No hay la menor estridencia en este lugar.

Otra aceituna. Esta sabe a mar azul marino, lleno de caracolas marinas. Que sorpresa.

Nos sentamos en la Taberna más antigua del pueblo. Los manteles necesitaban un repaso, las pinturas de las puertas y ventanas habían vivido mejores tiempos y los servilleteros, con emblemas de Cinzano me tele transportaron  en un segundo a la infancia. El dueño, muy callado, arrastraba unos pies de camarero cansado para servirnos las aceitunas.

– Mira, les ha puesto aceite.

– Y las sirve con pan.

Son esos milagros griegos que continúan sorprendiendo aun llevando tiempo en el país, o quizás a causa de ello; la circunstancia más simple se puede convertir en un suceso trascendente, el más escueto de los platos en una alegría inmensa.

Llegó la última oliva. Que sabía a pura melancolía salada.

– Señor, sus aceitunas son estupendas. Nos gustó mucho el aceite con el que las sirve-.

– Claro, es que eso es lo básico, el aceite-.

Nos miró sorprendido de que no hubiéramos caído en la cuenta hasta ahora.

Nos complicamos la vida sofisticándola sin sentido, cuando la virtud y la inocencia de este plato de aceitunas tienen chispa de sobra para dejar un recuerdo imborrable.

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Las Espóradas del Norte y sus calamares

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
No teníamos muchos deseos de volver a las Espóradas del norte porque estuvimos en ellas cuando solo eran unas islas anónimas; antes, mucho antes de que se hicieran famosas por una película y todo el mundo las descubriera de golpe. Pero teníamos un compromiso; eufemismo por trabajo; y estábamos resignados a tragarnos el Mama Mía que hiciera falta.

Cuando las conocimos, era casi imposible encontrar un sitio en los puertos, pues estaba todo repleto de barquitas de pesca y debías pedirles por favor que te hicieran un hueco. Me acuerdo de llegar a Patitiri, el puerto de Alónisos, y tener que colocarnos cerca del ferry en la entrada. Todavía no había aparecido la primavera  pero no hacía mucho frío. Estábamos sentados en la bañera del barco contemplando la tarde cuando se acercó a saludar el marinero que vigilaba el Ferry por la noche. Lo de siempre: ¿Bandera España? Sí, yo barco grande, conozco en Málaga, La Coruña, Cádiz. La cantinela de la generación que se embarcó para no pasar hambre. Con su poco español y nuestro peor griego de entonces, le invitamos a tomar un café y una copita, acompañado por una pastilla de chocolate para endulzar. No sé de qué chorradas hablaríamos, pero las horas pasaron volando; cuando ya se nos gastaron todos los dimes y diretes se despidió, se metió la pastilla de chocolate en el bolsillo y nos dijo:

– Gracia, muchas gracias por la “parea”.

Es decir gracias por la charla, la pizca de amistad, las noticias de fuera, la compañía, el café, los recuerdos de mis viajes, el entretenimiento, el tiempo que habéis gastado conmigo. Todo eso quería decir esa frase escueta de ese hombre solitario que se iba; eso sí, con nuestro chocolate en el bolsillo. Me empezaron a gustar estos griegos; con desparpajo, pero a la vez sensibles de valorar las cosas simples.

De las Espóradas también recuerdo sus calamares; siempre he sido una obsesa de estos moluscos, mi comida favorita desde la infancia, cuando mi madre me preguntaba:

-¿Qué quieres que prepare para tu cumpleaños?

– Calamares en su tinta.

El recuerdo de aquellos trocitos aromáticos y ennegrecidos es algo que se pierde en la niebla cerebral, porque aunque mi madre los sigue cocinando de la misma forma, los animales no son los mismos ahora, ni saben lo mismo, ni tienen la misma textura,  ni las aletas donde deben. Pero para mi sorpresa, todo un mundo de imágenes evocadoras explotó en mi boca al probar un ejemplar de las Espóradas cuando llegamos aquel lejano año. Fritos o a la plancha despedían un perfume que hacía volutas con mis recuerdos. En concreto había un sitio, en Steni  Vala, un pequeño puerto de Alónisos, donde valía la pena ir solo para comer calamares; te servían el platazo y se acababa de golpe el olor a pinos y aliagas. Ahora, venía dispuesta a comer calamares hasta que me diera un cólico miserere.

Las islas no han cambiado mucho, afortunadamente, pero sí que algunas, como Skiathos, se han vaciado de contenido para dar cabida a los turistas; nunca lo entenderé; las barquitas han desaparecido para que amarren los yates y es imposible encontrar una panadería o una tienda en lo que originariamente fue el pueblo, las han trasladado al extrarradio y el bonito casco de callejas estrechas solo alberga habitaciones de alquiler, tiendas de ropa, suvenires, heladerías y restaurantes. Bastante desolado fuera de temporada. Todo es Mama mía: batidos, pizzas, excursiones, restaurantes y hasta en el cine local, un cartel anunciaba el pase tres veces por semana. Lo curioso es que la mayor parte de la comedia musical no está rodada aquí, si no en el Pelión; pero eso no importa al turista que reserva un viaje desde Estocolmo, mientras se graba las canciones de Abba en el IPod.

También hay cosas positivas, todo hay que decirlo, como la recuperación del antiguo pueblo de Alónisos, antes abandonado en la montaña, que ahora tiene quien lo cuida y lo habita.

Tuvimos esta vez un tiempo infame y si de algo adolece este archipiélago es de buenos puertos para pasar el mal viento, el malo de verdad, ese que sopla con fuerza de temporal cada vez de una dirección; en todos los sitios nos movíamos como pulgas en una coctelera. Salíamos pitando de una noche incómoda, entre aguaceros, para ir a parar a otra noche de pesadilla. Yo en todos los sitios pedía calamares. Nada.

Perdí la esperanza, a base de empacharme a buñuelos refritos sin sabor; y lo peor, perdí la fe. Sumida en un mar de dudas barajé la posibilidad de darme a otros cultos de peces o crustáceos, pero cuando te entra la desgana y el desinterés ya es tarde; me convertí en atea y me resigné a un mundo triste de sabores uniformes; ya fuera pollo, huevo o calamar; de comidas distinguibles solo por su color. El mundo “burguer”, sin dioses ni héroes cefalópodos.

Fue particularmente desagradable la noche que pasamos en Patitiri esta vez, donde no pudimos bajar ni  para dar una vuelta, los barcos íbamos y veníamos como peonzas y al vecino estuvo punto de saltarle el molinete por los aires por no ponerle a la cadena un seguro con cabo. Cada vez que el barco salía lanzado con la ola se tensaban las amarras y nos quedábamos vibrando y resonando como la tripa de un tambor. Habíamos dado una amarra de cabo acolchado en un costado y no una de las trenzadas; podrá parecer una chorrada pero al cambiarla, el barco dejo de pegar socollazos bruscos y comenzó  un ir y venir acompasado, gracias a la elasticidad de la trenza; cuestan un potosí, pero en estos momentos agradeces haberte gastado el dinero y constatas que una amarra buena es un cabo especial y no una ganga o cualquier escota vieja  que ahorre dos duros.

En el momento que amainó un poco la lluvia y aprovechando el viento del norte decidimos partir hacia el sur, a buscar mejores temperaturas. Antes de irnos, al hacer la compra, nos acercamos a un pesquero que se había abarloado al muelle a descargar y en el que los marineros vendían el rancho que les tocaba como parte de la paga. Tenían pescadito pequeño con muy buen aspecto, pero la posibilidad de freír a bordo con el tiempo que hacía no era algo a contemplar. Cuando ya nos íbamos, me hizo una seña con la mano para que esperara, se fue a buscar en uno de sus cubos y me enseñó un calamar; un hermoso ejemplar de piel de reflejos morados y rojizos, con unos ojazos penetrantes y brillantes de lluvia ¡con las aletas en la punta como un flecha de Eros!

Salimos de allí con cerca de dos kilos de calamares por una miseria. Me puse a limpiarlos enseguida y según los abría y les separaba sus tintas tersas y enteras me entró el perfume de la revelación. Y cuando los eché en la cazuela los reconocí de inmediato; volví a creer, me convertí de nuevo, recuperé mi fe y mi devoción.

Dejamos una traza de olor por todo el puerto y un lamento de los gatos congregados frente a la pasarela al soltar las amarras.

 

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Limnos y su sopa

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Limnos es tan exclusiva como su Kakabiá; una sopa de pescado ancestral que solo he logrado comer aquí con cierto rigor histórico. Sopa e isla te conducen a los orígenes de todo esto que conocemos por civilizado.

La isla es dulce y voluptuosa, carente de montañas abruptas, tan suave como un cuerpo desnudo y bronceado tumbado sobre las olas; llegues por el norte o por el sur la mano se te escapa a acariciar esa piel de terciopelo cobrizo. Esta sensualidad debió notar Jasón y sus argonautas cuando se acercaban por el mar. Y mucho más; el ardor en sus entrepiernas al encontrar unas playas  llena de hembras dispuestas a todo por una noche de amor. Tengo miedo a equivocarme, porque algunos comentaristas de este blog muy puestos en la materia me pueden sacar los colores, pero la historia comenzó con Hefesto, el dios deforme del Olimpo que gustaba de Limnos para pasear su divinidad. Hefesto era cojo pero nada le impidió enamorar a Afrodita, la bella entre las bellas, y no contento con su suerte, se permitía serle infiel con cualquiera. La diosa montó en cólera, pero las mujeres de Limnos se pusieron del lado de Hefesto; probablemente eran parte interesada; Afrodita las condenó a desprender un hálito ponzoñoso y un aroma corporal nauseabundo. Ningún hombre de la isla se atrevía a acercarse y desfogaban sus deseos con las mujeres de otras tierras. Ellas los mataron, claro. Pero es de suponer que cuando la sangre del último varón goteaba por sus manos debieron preguntarse ¿Y ahora qué? Así fue como las encontró Jasón en la arena.

Esta isla tan suave de formas y colores tiene una belleza melancólica, nostálgica de sus glorias e infiernos pasados, que emana de sus rocas pardas y se queda flotando en el aire como una bruma. Aquí llegaron los primeros pelasgos a poblar Grecia; aquí se urdió la primera masacre de género;  aquí se congregaron las flotas aliadas para combatir en Galípoli; aquí, en su penal,  dieron con sus huesos numerosos e ilustres presos políticos después de la guerra civil y durante la dictadura de los coroneles. Aquí la kakabiá es más que una sopa un rito. Aquí, vayas por donde vayas y pasees por donde quieras encuentras restos de todo eso. Poco a poco y mientras descubres e indagas te quedas lentamente pegado a este suelo y pocas cosas son tan importantes como para irse.

Hace muchos años, cuando navegábamos hacia Estambul  nos quedamos en Myrina, la capital, retenidos durante un mes debido a problemas con un policía demasiado celoso y no bien informado de las normativas comunitarias; sí que es verdad que recién salidas del horno en aquel momento. Nos metió una multa suculenta; que nosotros resarcimos convenientemente disponiendo de agua y luz amarrados en el muelle de la patrullera; y nos quitó los documentos del barco a la espera de no sé qué papelillo, ni falta que hace acordarse de ello. En ese mes de “arresto” en la isla tuvimos tiempo de constatar ese apego del que antes hablaba; si bien, con el bolsillo maltrecho por la sanción no tuvimos ocasión de gollerías; tan solo de pasear y hacer algunas excursiones en bicicleta hasta sus manantiales de aguas calientes. Nada más irnos supimos que debíamos volver. Todo tiene su momento y llegó.

La Kakabiá, es una sopa primordial de pescado de la cual proceden todos nuestros calderos, suquets  y calderetas; el nombre alude al puchero con tres patas en el que se guisa.  En otras partes de Grecia se bastardea y se apotaja, metiéndole de todo, y se sirve cómo sopa de pescado, pero aquí es un caldo fundamentalista y primitivo acompañado de una ceremonia de servidumbre, como siempre se espera de los buenos guisos. Es tan sencillo que su exquisitez radica básicamente en la bondad del pescado que lleve, por eso debe ir seguida de apellidos: Kakabiá de mero, Kakabiá de escorpa, de emperador… y el pescado debe estar entero y turgente.  Se sirve el pescado  en una fuente con patatas, zanahorias, ramitas de apio, aceite y limón y se coloca la sopa al lado acompañada con trozos de pan duro; todo muy familiar, ya dije que eran los orígenes de todas las sopas de pescados. Los griegos recalcan; y a veces lo venden como tal en restaurantes de turistas; que también de la famosa bullabesa tiene genes comunes. No hace falta que ningún francés ponga el grito en el cielo al comparar la compleja y elaborada sopa marsellesa con este plato sencillo y humilde, pero así es la evolución; de algo parecido a un paramecio salieron los homínidos; al final ambos sobreviven.

Esta vez vinimos a conocer el golfo de Mudros, un enorme entrante del mar en el interior de la tierra que es la gloria de un barco, porque siempre hay lugares protegidos de cualquier viento y además, el pueblo, es un puerto amable y tranquilo; con un alcalde simpático que ha puesto una wi fi abierta para todos y donde los cafés se llenan a medio día de gente alegre y gritona que celebra la felicidad de vivir en una isla romántica.

Mudros no es un bello pueblo del Egeo, tampoco feo, pero los últimos años de bonanza económica han servido para que algunos adinerados hayan  llenado fachadas y jardines de un muestrario de alicatados L&M, cisnes, enanitos, águilas, piñas, fuentes y barrilitos; algunos rincones parecen el museo del holocausto. Habría que multar a esta gente carente de gusto que agrede con sus decoraciones al viandante; menos mal que el agua y la tierra se encargan de reparar el daño y lo resuelven con elegancia.

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Placeres del fondeo

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
Su… su… su… sube. Sinuoso, como las serpientes; curva va y curva viene. Con calma, como el sigá-sigá griego. Y allí abajo; pobrecito; se queda el barco en silencio. Y subes y subes; cada vez más lejos, cada vez más pequeño; se parte el alma solo de verlo.
¿Por qué duele tanto dejar un barco solitario y sin vigilancia? Es como abandonar a un cachorro; solo, no se puede defender. Siempre me recuerda a una canción que nada tiene que ver con esto. 

Antonio Vega-Se dejaba llevar por ti

Se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,
no esperaba jamás y no espera si no es por ti.

Nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más,
nada puede sufrir, que no sepas solucionar…

El caso es que una buena Musaka lo vale y en la taberna de arriba la bordan. Así que: su.. su… su…nos vamos alejando de él, mientras se alargan las sombras, se callan las chicharras, se calma la brisa, se hace minúsculo. Fru..fru…fru.. los últimos bandazos de los arboles con el viento.
Había prometido a mis tripulantes la mejor musaka de Grecia; pero también explicado que como todo lo bueno, requería un esfuerzo; más para mi que para nadie; de dejar el barco abajo y subir 2 kilómetros cuesta arriba. Lo de subir lo solucionamos; vinieron a buscarnos. Lo de dejar el barco solo…

– ¡Ay! Ya no se ve a La Maga

Muchas veces me pregunto porque me complico tanto la vida, porque no voy al puerto de al lado y nos recojen allí. Pero la respuesta está en la magia de estas cosas, la magia de Sikidi al atardecer, de sus barculas de colores, de los saludos de la gente que casi se sorprenden de que un barco venga a pasar la noche; de la sonrisa de Sofía cuando le pido biras pagomenas (cervezas heladas) antes de comenzar el ascenso hacia el pueblo y de que arriba en la plaza, todos ya saben, que un barco de españoles va a subir a cenar a la taberna.
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SPANAKOPITA

Otra sencilla receta griega para preparar en tu barco de alquiler: La “spanakópita” o empanadilla de espinacas. Un excelente aperitivo para acompañar con un buen vino local mientras estás fondeado en una tranquila cala griega.

Ingredientes:
  • 750 gramos de espinacas.
  • Ocho hojas de masa “philo”, fácil de encontrar en cualquier supermercado.
  • Bechamel (se puede comprar preparada).
  • Sal, pimienta, perejil y nuez moscada.
  • Una cebolla bien picada.
  • Dos huevos.
  • Unos 6 cl. de aceite de oliva.
  • 250 gr. de mantequilla.
Preparación:
  • Hervir las espinacas y saltearlas en una sartén junto con la cebolla. Añadir  los huevos batidos, la sal, la pimienta, la nuez moscada y el perejil. Dar unas vueltas al conjunto y a continuación añadir la bechamel.
  • Untar con mantequilla las hojas de philo formando una masa de cuatro hojas.
  • Hacer lo mismo con las otras cuatro hojas.
  • Distribuir el relleno entre las dos masas así preparadas.
  • Doblar al medio, dar forma, y hornear.
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Saganaki

El “saganaki” (queso frito) es una popular receta griega que puedes preparar sin gran dificultad en tu crucero por las islas griegas.

Así se prepara:

Ingredientes:
  • 250 gramos de queso de oveja más bien duro.
  • Cuatro cuacharadas soperas de aceite de oliva.
  • Dos limones cortados.
Preparación:
  • Cortar el queso en lonchas no muy finas, enharinarlas y freirlas en el aceite.
  • Dejarlas escurrir en una bandeja, apoyadas en papel de cocina.
  • Servirlas espolvoreando con orégano y guarnecidas con los trozos de limón.
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Souvlaki en Atenas

El clásico “pincho de carne” o souvlaki es quizas la comida más popular de la cocina griega. Se prepara en cualquier taberna griega, normalmente a la brasa, y en establecimientos de comida rápida para tomar en el sitio o llevar. En Atenas Digital nos recomiendan cinco sitios de la ciudad, para tomar el mejor souvlaki. Son estos:

Thanasis:
Probablemente el mas famoso de Atenas.
Calle Mitropoleos 68.
Tel: +30 210 3244705

Bairaktaris:
El favorito para dejarse ver junto a políticos y artistas famosos.
Plaza de Monastiraki  2.
Tel: +30 210 3213036

Savas:
Tambien por Monastiraki.
Calle Mitropoleos 86-88.
Tel: +30 210 3245048

I Gonia (la esquina):
Abre desde las 9 de la noche hasta las 7 de la mañana.
Plaza Omonia
Tel: +30 210 5225527

Ta tria gurunakia (los tres cerditos):
En la zona norte de Atenas.
Avenida de Kifisias 289.
Tel: +30 210 801 1093


Ver Los 5 mejores souvlakis de Atenas Grecia en un mapa mas grande

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Vinos

Unos consejo sobre vinos si vais a navegar por Grecia:

  • En las tabernas pedid siempre el vino de la casa: vino a granel, suele ser de poca graduación, barato y normalmente muy bueno. Varía de calidad y sabor según lugares y temporada.
  • Optad preferiblemente por los blancos, suelen ser bastante mejores que los tintos o rosados.
  • En griego al vino a granel se le llama “kíma”, se pide por kilos y no por litros (1/4, 1/2, 1) y se sirve fresco en una jarra de capacidad equivalente.

 

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El tenedor griego

Para cruceristas a los que les gusta la buena mesa, siempre habrá un rincón en este blog. Por ello, incluyo en este post una nota aparecida en Atenas Digital anunciando la apertura de un nuevo portal en internet sobre gastronomía griega. Cito textualmente:

“Entre crisis y crisis, la vida continua y los griegos siguen cuidando su comida . Algo nuevo se cuece en Atenas: existe un nuevo espacio en internet sobre gastronomía griega, que  ofrece información, recetas y recorridos gastronómicos para todos los gustos .

En www.thegreekfork.com ( el tenedor griego ), los lectores encuentran todo lo relacionado con el arte de comer bien en este país,  desde recetas y recomendaciones de restaurantes hasta posibilidades de recorridos gastronómicos y excursiones culinarias”.

Pues eso, muchas gracias a la gente de Atenas Digital por la recomendación. Queda incluída como aviso para navegantes…

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Skordaliá. Una salsa griega

Skordo en griego significa ajo. La skordaliá es una rica salsa de ajo ideal para acompañar cualquier pescado. Tenedla presente cuando vayais a preparar esa pieza recien capturada que tanto promete…

INGREDIENTES

  • Una patata grande hervida
  • medio vaso de aceite de oliva virgen
  • 4 dientes de ajo
  • Sal

PREPARACION

Mezclamos en el vaso de la batidora la patata pelada y troceada, añadiendo el resto de ingredientes. Batimos hasta conseguir una salsa consistente y espesa. Corregir de sal y aceite segun preferencias.

¡Buen provecho!