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El puerto de Skyros

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

No era la primera vez que recalábamos en la isla, pero en esta ocasión no teníamos muchas ganas de ir al puerto, si no de quedarnos fondeados en algún sitio bien protegido. El problema es que necesitábamos cargar agua así que acordamos atracar, llenar e irnos; habíamos leído que el pequeño muelle se había transformado en marina con muertos y casetas de luz y agua. A parte de la incomodidad de dormir con barcos a los lados, el hecho de amarrar en una marina supone un dispendio considerable; no sabíamos el precio de esta, pero en la de Lefkada, nuestro barco rondará los 80 € diarios; toda una fortuna. Cuando llegamos salió un marinero a recoger las amarras y darnos la línea del muerto.

– Solo queremos agua y nos vamos

– ¿Por qué tenéis tanta prisa? Estáis en la isla más bonita y en la mejor marina de Grecia.

– Precisamente por eso ¿Cuánto vale el amarre para este barco?

– Nada

– ¡Oh!

– Solo los gastos que cobra la capitanía, como en cualquier sitio de Grecia. El resto, agua, luz y Wi Fi, son una cortesía de todos los comerciantes y bares de Lynariá para que tengáis una feliz estancia. Además disponéis allí de una pequeña biblioteca para pasar el rato y estos carritos por si tenéis que ir a comprar ¿De verdad que os vais a ir?

Nos quedamos atónitos. El puerto de Lynariá estaba impoluto porque  Yiorgos, así se llamaba su responsable, no paraba de barrer y limpiar a todas horas, los carritos eran nuevos y relucientes y en la biblioteca había hasta algún derrotero para consultar; tenía mérito porque vimos uno de la costa Turca, el enemigo y competencia. En una esquina destacaban unos grandes bidones de recogida de aceites; uno de grasas minerales y otro alimentario; también acabados de comprar;  y muchos, muchos banquitos para contemplar la puesta de sol. El lugar era limpio, amable y luminoso; la gente sonreía siempre. O era un holograma de Corea del norte o era el puerto Xanadú.

– ¿Tenéis lavandería?

– Sí, claro en aquella casa. Y alquiler de motos y coches y autobús y supermercado y café y…

– ¡Para! ¿Quién puede alquilarnos una moto?

– Yo mismo.

Era elemental y esta gente lo había entendido; no habían necesitado grandes tratados económicos ni think tanks; socializamos los gastos y socializamos los ingresos; y lo más difícil, habían llegado a un acuerdo. Esto era un auténtico puerto cooperativa, una idea emocionante.

Si se cobra un precio por el amarre, los barcos acaban por huir  y el único que ingresa es la marina, normalmente una concesión a una empresa ajena a la isla que toma el dinero y corre; a lo sumo crea unos pocos puestos de trabajo estacionales y paga a la comunidad el precio de la concesión, pero se la sopla si sus clientes luego gastan en el pueblo o no, una vez que se han arruinado pagándoles a ellos.

No pagamos la marina; solo 12 € a capitanía, lo normal, tuvimos agua, luz y Wi-Fi; lo cual representó  un pequeño gasto para la comunidad; pero al final llevamos la ropa a la lavandería, alquilamos una moto, le pusimos gasolina, probamos todos los bares y tabernas que nos enseñó Yiorgos sobre el mapa, compramos en la carnicería y en el supermercado. Si sumamos todo lo que gastamos seguro que fue más que el precio de una marina; pero en vez de ganar uno ganaron todos.
El puerto se llenó y todos sorprendidos primero, encantados después, se dispusieron a gastar sus euros por las tiendas y bares de Lynariá.

Era curioso ver como de vez en cuando se acercaba un vecino y colgaba en el tablón de anuncios, los servicios que el ofrecía; taxi, microbús, supermercado, mecánica…, cualquiera podía poner su oferta.

Nos dio alegría la respuesta de Yiorgos cuando le preguntamos qué tal había ido el verano.

– ¡Muy bien! Estupendamente para todos.

Era la primera vez que alguien me respondía así en Grecia. Les deseé de todo corazón que su experimento fuera un éxito y siguiera así mucho tiempo, su ilusión era contagiosa; la ilusión de quien sabe que tiene razón y se lanza a conseguirlo.

A nosotros, españoles de España, acostumbrados a las marinas patrias que te soplan hasta 250€ por amarrar, sin agua y sin luz y con duchas con contador de monedas; sin posibilidad de escape, pues es o lo tomas o te vas a tomar tú; nos pareció una gran idea, algo así como el New Deal de Roosevelt en Skyros. Ya sé que Lynariá es una pequeña comunidad y llegar a un acuerdo es mucho más fácil, pero no por ello le quita merito a esas reuniones que han debido tener para acordar los detalles.

– Veis como al final os quedareis ¿No os dije que estabais en la isla más bonita? Y no corráis, necesitareis varios días para comprobar todas sus bellezas.

Lo dijo totalmente convencido, no intentaba vendernos la moto; ya nos la había alquilado.

 

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Navegando por el Egeo: Kafireá

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Me gusta el vacío, el lienzo uniforme y sin matices de estas montañas ocres, la singularidad de algún árbol y el borrón de su sombra reconocible a lo lejos; me parece tan precioso este paisaje sin sobresaltos que no he hecho más que mirar desde que hemos llegado. Debe ser el contraste con la frondosidad y verdura del Jónico, pero siempre que llego al Egeo me deleito observando estas rocas desiertas que cambian de colores con el  paso del sol. Vinimos huyendo de la vorágine de Poros y sus masas humanas y por qué no decirlo, de algún amargo episodio; sin graves consecuencias; en la capitanía.

– ¿Por qué no tiene sello de Itaca? ¿No es el puerto de procedencia?

– Pues porque en Itaca no sellan el tránsit log.

-¿Quién ha dicho eso? Me va a tener que hacer una declaración jurada de que eso es cierto.

Jurada y en griego pensamos a la vez. Si fuera una capitanía marítima española ya se hubiera caldeado el ambiente, pero aquí simplemente tragamos saliva y disimulamos los sudores fríos. En tantos años que llevo en este país pocas veces he tenido problemas con las autoridades marítimas; aquí son militares, pero cuando toca, toca. Tocó. Fueron tensas horas de idas y venidas con papeles y pamplinas, intentando hablar lo imprescindible para no meter la pata por ningún lado. Y cuando ya estábamos resignados a todo, debió pasar una mosca, una ráfaga de aire puro, una descarga por su cerebro plano y desierto; cerró la carpeta de un golpe y dijo:

– Vamos a dejarlo.

Esta vez la bala nos rozó la sien y salimos aliviados, pero con un sabor ácido. Nos fuimos rápido, muy rápido, y pusimos  rumbo a lejos, muy lejos.

– Donde no haya nadie.

– Donde no haya nada.

– Vale.

Fuimos a parar a un golfo  del estrecho de Kafireá, Stenó Kafireá, lugar mítico y tenebroso; de los tenebrosos de toda la vida;  pero el tiempo era bonancible y era lo más lejos muy lejos y nadie, sin nadie a lo que podíamos aspirar.

El estrecho de Kafirea es uno de los lugares más duros para la navegación en toda Grecia. Situado entre Evia y Andros, apenas distantes 6 millas, hace de embudo a los vientos y los acelera; los temporales de norte son constantes en invierno y en verano. La corriente suele ser de 2 o 3 nudos en dirección sur, llegando hasta 7 nudos en los grandes temporales. En invierno es frecuente ver mercantes fondeados en el golfo de Káristos, al sur de Evia, esperando que calme; con corriente y viento en contra es penoso, hasta para ellos, remontar; además la mar que levantan viento y corriente suele ser confusa y peligrosa.

Esta ensenada y estos montes pelados son balsámicos, te abren los pulmones y te permite respirar; la propia tierra se tomó un tiempo para meditar y relajarse y le salieron estas lomas amarillas en una feliz ocurrencia. El barco, fondeado, sin más conexión a tierra que su cadena representa un bastión inexpugnable;  y yo desde mi almena contemplo el entorno. El mundo empieza y acaba en unos pocos metros entre regala y regala; afuera quedan las noticias tristes, las guerras, los desastres financieros, los bochornos; estivales o políticos; los individuos cenizos que te pueden amargar la vida en un instante. Ni el Cíclope ni el feroz Poseidón subirán aquí si yo no los dejo. Me place esa desafección y el aislamiento que te proporciona un barco; no pertenecer a ningún país ni ser de territorio alguno. La pequeña república de mi nave.

Llegaron dos caiques de pesca con sus tripulaciones y también fondearon, tampoco bajaron a tierra; y en su pequeño mundo se hicieron la cena y mientras la hacían, discutieron a brazo partido sobre la actual situación y mientras discutían se fueron calmando y al calmarse cayeron rendidos y el silencio los envolvió a todos. Tan solo un hola, un agitar la mano y una sonrisa, pero luego cada uno a su planeta; el que empieza y acaba en una regala.

La sombra se lo fue tragando todo; ocres y árboles, caiques , playa, y el horizonte se llenó de luces; otros mundos iban y venían; mercantes hacia Estambul, desde Argel, del mar Negro; con individuos aislados del resto del universo en sus literas móviles y salones ambulantes ¿A dónde irán? ¿De qué nacionalidad son? ¿De qué estarán hablando? Y  nosotros trazábamos planes del viaje como los suyos; iríamos a donde sea con probables paradas en nosedonde; buen plan.

Mientras todo esto ocurría, arriba, tuvo lugar la noche.

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Petries

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– ¿Os gusta Petríes?

Yo me quedé mirando fijamente y le hubiera contestado un “a mí me gustas tú”, pero podría malinterpretarse, porque yo lo que quería decir es que justamente me gustaba que me preguntara si me gustaba su pueblo, su Petríes. La simpatía y a dulzura con la que pronunció su interrogante no era para menos; ella y su duda  lo más atrayente.  Era una pregunta humilde del que quiere agradar pero a la vez orgullosa de las maravillas naturales de su tierra. Era más un intento de saber ¿Qué se os ha perdido por aquí? ¿Qué os ha traído a este puerto sin fama? A la vez que cerciorarse de eso de que “si es que como esta playa no hay nada, a ver si se van enterando por ahí”.

Lo que nos hizo venir aquí fue que era una escala cómoda para seguir subiendo hacia el norte; y tal vez, quizás, poder llegar a Samotracia. Samotracia es para mí como la Itaca de Kavafis, la que me da el gran viaje, sin ella no hubiera partido, sin ella no me empecinaría en subir hacia el norte; pero llevamos luchando contra el meltemi o entreteniéndonos por el camino más de  20 años  sin avistarla. Aunque el culpable fundamental de la recalada se llama Ramiro; el amigo enfermo de Grecia, como yo ¡Ay pobre!  Que tantas veces habla de este sitio y con tanto cariño que no podía pasar de largo.

Petríes es un magnífico “puerto a su bola”, es decir lleno de pesqueros y sin concesiones a los barcos de recreo. Ya me va gustando esto. De hecho nos fondeamos fuera por miedo a enganchar alguna cadena de sus muertos. Los barcos entran y salen sin descanso e incluso hay un par de arrastreros medianitos. Practicaban una modalidad curiosa de pesca; con serviola; uno al timón y otro a otear el que se yo, el gran ser, el Kraken,  a la proa. Así salían y así entraban miles de veces dando vueltas por la playa; al atardecer y en calma, se veían sus estelas cruzarse y hacer volutas en el agua violeta.

Se oyeron salir berridos y lamentos de una barquita roja con un padre y con un hijo.

– Papaaaa, vámonos a casa.

– Aún no, espera un poco; coge ahora tú el timón. Mira, así.

– No quiero coger el timón, buaaaaa, quiero irme a casaaaaa.

Todavía lo martirizó un rato más, refunfuñando y quejándose  de la extraña maldición que había caído sobre su hijo ¿Por qué no le gustaba salir a pescar? Si es lo más bonito del mundo. Podía ser como esos niños que, en la playa, con gafas y aletas, estaban calando un trasmallo mientras chillaban cuando se acercaba un pez, pero no, a él le había tocado el raro  ¿Dónde está ese gen de la obsesión por la captura que todo griego lleva como dominante en sus cromosomas? ¿Acaso llegaría a ser mayor y no miraría al agua, buscando y buscando, cuando paseara por el puerto? ¡Qué disgusto! ¿Qué pensarían los vecinos?

– Mañana más-  Le sentenció. El chaval se calló y se sorbió los mocos; pasó la pesadilla por el momento.

No estuvimos más que un día en Petríes; soplaba un buen sur para subir hacia el norte y se esperaba un buen norte que nos dejaría atascados. Samotracia nos miraba a lo lejos. No tuve tiempo de paseos ni tabernas. Pero sí que me dio para  visitar sus grandes almacenes, donde se exhibían los últimos modelos de las  grandes firmas.

Se me olvidó buscar los probadores.

 

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Tabernas en serie

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Me gusta la taberna, es una de las cosas más significativas en Grecia, y descubrir las buenas cuando se va viajando por el país, una de mis aficiones. Tengo el ojo bastante entrenado y una proporción de aciertos considerable; aunque siempre hay recuerdos de desastres gloriosos, claro. Eso sí, cuando una es catalogada dentro del grupo de “mis tabernas”, suelo ser bastante fiel; siempre volveré a ella cuando pase por el lugar; se descartan ya veleidades de “vamos a probar otra” ¿Para qué?

Una taberna no está hecha solo de comida, aunque también, sí no de colores, de flores, de luces, de música, de vistas, de barcas, de gatos y muy importante, de taberneros y taberneras; es aquí donde puede quedarse reducida a un simple restaurante o ensalzada a categoría de oráculo; lugar que uno siempre debe visitar en su viaje para conocer lo que le depara el destino.

Una taberna te entra despacito, como entra una música; vas captando sus detalles hasta que exclamas el ¡Creo que deberíamos probarla! Y exactamente eso es lo que nos sucedió en Korfós, en el Peloponeso; cuando llegamos había muchas, pero una era azul y tenía barcas de colorines balanceándose en su muelle con redes amontonadas; tenía  manteles con faros y lucecitas colgando del emparrado; tenía un grupo de pescadores desliando el desastre que le había organizado un delfín en los artes de pesca. Tenía bastante de lo que hay que tener. Tenía hasta un cartel que decía:

Un corto tránsito desde la vida del mar al carbón.

– Habrá que probarla, exclamamos.

Según  desembarcábamos en el muelle, el tabernero levantaba los ojos de su faena en la red para mirarnos por encima de las gafas. Echó una mirada como de decir, cuidado que en mi taberna no se sienta cualquiera, solo aquellos que sean capaces de apreciar lo que es un corto tránsito entre la vida en el mar y el carbón. Y fue entonces cuando llamó a Fotiní para que atendiera la mesa. Me acordé de una lectura del libro de griego en el que aparecía una tal Fotiní,  algo así como Luminosa o Iluminada. En esta lección ella se casaba y por tanto aparecía todo el vocabulario relacionado con bodas, familiares y parentescos variados. Ya tenía nombre la taberna; para que pensar más ¡Fotiní!
Muy buena música, serios pescados y un tabernero que se dirigió a nosotros al enterarse que éramos españoles:

– ¿Sabes algún verso de García Lorca?

Atropelladamente recitamos el “Verde que te quiero verde” mezclado con el “Eran las cinco en punto de la tarde” con gritos de “yo que te llevé al rio creyendo que eras mozuela y tu tenías marido” Y cómo sonrió encantado, probablemente sin entender ni jota, y la música era buenísima y Fotiní, que no era su señora si no su hija, salía en mi lección de griego y él desliaba las redes, pero era mentira porque no hacía más que liarlas y tejerlas y enredarnos a nosotros, como la araña con su tela cercando a su presa, y como nos miró por última vez por encima de sus gafas, tuve la certeza de que aquella era una de mis tabernas.

Nos fuimos, pero soy fiel;  volvimos un año después. Las mismas luces, la buena música, los pescados de breve tránsito y él, sin redes, pero todavía con Fotiní. Otra cena memorable.
Cuando nos despedíamos me dijo Fotiní

– ¿Dónde vais mañana?

– A Poros

– ¡Ah! En Poros está mi padrino que tiene una taberna, os gustará.-  Sentí un Déjà vu , Fotiní que se casaba, los padrinos, los cuñados, los suegros; parecía que había salido de las páginas de mi libro.

– ¿Y dónde está su taberna?

– Subiendo hacia el reloj.

Esa sí que era buena, porque subir al reloj suben todas las calles de Poros. Unas suben, otras se pierden, otras dan vueltas, otras acaban en el abismo, otras se precipitan sobre el puerto; pero todas, si te emperras, acaban en el reloj. No pensaba buscarla ¡Bah! Fotiní intentando hacer propaganda de su padrino. Pero una vez en Poros… ya que paseas…y subes y bajas…y el reloj arriba marcando sus horas, tictic tactac, pues vale, pues pregunto, solo por matar el tiempo, que conste, que tontería.

– Sí, la taberna de Dimitris Panos está allí arriba, tras la plaza; es una que tiene carnicería dentro.

– ¡Ahi va!

Allá que fuimos. Y para que contar, otro hito tabernil, esta vez de carnes. Chuletones, chuletas y chuletillas que el carnicero cortaba a hachazos certeros sobre el madero iban a parar, en corto tránsito, sobre las brasas que aventaba su ayudante; luego, con mimo, vuelta va y vuelta viene saltaban sobre las mesas y todos exclamábamos ¡Bueno! Mientras brindábamos y mirábamos el puerto allí abajo ¡Viva el kumbaros de Fotiní!  Llegué a pensar que era una cadena de franquicias Fotiniles.
Cuando ya pagábamos le dije, en un aparte, a la camarera:

– Mañana vamos a Egina  ¿Podrías preguntarle a Dimitris si tiene algún familiar allí que tenga una taberna!

Me miró como si estuviera loca.

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Historias de Skorpios

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“¿Sabes por qué el papel de Norma siempre es el que más me ha gustado? Ella elige morir antes que dañar al hombre que ama, aunque la hubiera despechado”.
María Callas.

Hay lugares en el mundo con esencias sombrías, pneumas oscuros. Así es Skorpios, una isla muy verde que se tiñó de rosas y amarillos en sus épocas gloriosas, pero que en el fondo tiene negras leyendas.

Skorpios fue adquirida por el magnate griego a principios de los años 60 como un presente de gallo presumido para Maria Callas, la Divina. No solo compró la isla si no que tuvo también que adquirir una montaña cercana, en Lefkada, para abastecer de agua a la isla y convertirla en el jardín que es hoy. Allí paso la diva largos veranos viviendo su pasión arrebatadora, esa que le dejó sin voz y posiblemente sin habla, cuando se enteró por la prensa de que su querido Ari contraía segundas nupcias con la mujer más famosa del momento; Jacqueline Kennedy.

Ya conté en una ocasión que la compra de Skorpios enojó a muchos pastores que tenían allí sus rebaños de cabras. Dicen los rumores que alguno juró matarle; pero Onassis se convirtió en popular personaje y supo hacerse apreciar en la zona a base de buenas prebendas. Un islote en el que solo saltaban las cabras pasó a saltar, por sí mismo, al papel couché, a las pantallas de los televisores y los cines; un islote donde igual podías ver a Churchill que a Gracia y Rainiero; donde entre agudos y pianísimos se oían las dramáticas peleas de la Callas o el helicóptero que venía a traer el pan de Jackie, todos los días, desde su panadería favorita, a 300 km. Cualquier rico que se preciara quería tener una cosa así. O si no, Spetsopula, en el Egeo, propiedad de Niarchos, su rival en los negocios y en la vida en general; el que consiguió casarse con la ex esposa de Onassis y esta, más tarde se suicidó. Fin del primer acto de la tragedia.

Onassis en los negocios no solo era un lince si no que carecía de escrúpulos; solo así se amasan fortunas, es obvio. Se dice que alguna victima arruinada por sus manejos financieros le lanzó una maldición, que hizo extensiva a sus descendientes. Puede ser verdad o fábula aquel mal de ojo, pero lo cierto es que la vida de los personajes asociados a la isla no pudo tener más funestos desenlaces. Los hijos de Onassis y Jackie, muertos en accidente de aviación; el cadáver de Cristina Onassis hallado en su piscina con una sobredosis de barbitúricos, a causa de sus amores atormentados con el padre de su hija Athina; La Callas sola y abandonada en Paris; el mismo Onassis, loco de dolor por la muerte de su primogénito, fue presa de una rara enfermedad. Una historia digna de Eurípides para ser representada en Epidauro.

El testamento de Onassis, parece ser que dejaba claras dos cosas: que el padre de Athina no tocaría un dólar hasta que la niña fuera mayor de edad y que la isla siempre sería propiedad de la familia o de la fundación Onassis. Hay una pequeña ermita en lo alto con las tumbas de él y sus dos hijos; posesión para toda la eternidad.

Athina se marchó a Suiza a vivir con su familia paterna y solo una vez volvió a la isla para visitar la tumba de su madre. Los griegos la recibieron como a una diosa, pero se quedaron estupefactos de que apenas hablara griego y de que poco o nada sabía de su país. Supongo que el despecho paterno algo tuvo que ver en ese desapego. El caso es que Athina nunca quiso a Skorpios y la isla quedó habitada solamente por el servicio, guardas y pastores, a cargo de la fundación Onassis.

No había barco de vacaciones que no fuera a fondear en sus bahías, ni golondrina de turistas que no acercara a sus pasajeros a bañarse en la “playa de la Callas” con el Casta Diva a todo volumen.

– A su izquierda, Señores, podrán contemplar la casa que se hizo construir Jackie Kennedy. Es de estilo cicládico. Y la arena de la playa se hizo traer desde el norte de Africa. Nunca quiso vivir en la casa grande con Onassis y le obligó a deshacerse de cualquier objeto relacionado con María.

Ohhh….Chas-Chas-Chas. Miles de fotos y miles de flashes. Casta Diva otra vez…
Con una historia así y llena de turisteo, parecería difícil que alguien quisiera esta isla. Pero eso es lo que nos parece a los mortales; los ricos tienen otras necesidades que nosotros no comprendemos. Por ejemplo más pasta. O por ejemplo la fama; porque ricos hay muchos, pero el glamour cuesta trabajo de conquistarlo; así que si me compro una isla famosa…ya soy famoso.

Eso le debió pasar a esta millonaria rusa de 24 añitos de nombre olvidadizo; que para dejar de ser La Rusa, como una vulgar ensaladilla, le dijo a su papá que le comprara Skorpios. Ya puede salir en los papeles y llamarse Ekaterina Rybolovleva. Ha manifestado a la prensa que se lo plantea como una inversión a largo plazo y que va acometer reformas respetuosas con el medio ambiente. Tiemblo de pensarlo, porque no solo ha comprado Skorpios, si no algunos terrenillos e islillas cercanas.

Lo que nadie se explica es que ingeniería legal han debido idear para saltarse a la torera el testamento de Onassis. Lo de las barcas de turistas y veleros, lo ha solucionado rápido; ha puesto boyas en toda la cara norte de la isla para que nadie se acerque ¡A cantar el Casta Diva a altamar! Y ha atracado su inmenso e impersonal yate en el puerto donde antes fondeaba el Cristina.

Durante el día hay un gran trasiego de ferries cargando materiales en el muelle. Algunos comentan que la está despojando de todos los muebles y objetos de la familia y que los ha regalado al ayuntamiento de Meganisi del que depende la isla. Es curioso; te compras una isla con historia y la cambias entera; es como comprarse el palacio de Sisí y hacerle una reforma minimalista. Pero así es la vida; Jackie no quería las cosas de la Callas y la Rusa no quiere las cosas de la Jackie. Y así es Grecia, la pobre, con su historia desperdigada por museos de todo el mundo.
Yo, de todos modos, nunca me hubiera comprado una isla como esta, con espíritus trágicos, tumbas ilustres e historias de tintes casi mitológicos; maldiciones y supersticiones. Si alguna noche alcanzas a oír un gemido a lo Lucía de Lammermoor, puedes llegar a enloquecer ¿No?

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Ajos y barcos

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Estaba yo de crisis existencial, profesional y vital, cuando de repente… Grecia.

Hace ya un mes que llevo por aquí, pasaban los días y no lograba encontrar el encanto que otras veces te llega al momento, en cuanto bajas del Ferry. Por un lado, los trabajos de varadero que te absorben; por otro, la sensación de estar en un país ocupado. Las grandes compañías de chárter, de capital extranjero, no hacen más que vomitar y vomitar veleros en el país, atraídos por las inmejorables ventajas fiscales de comprar barcos bajo bandera griega. Así que las barcúlas griegas se van arrinconando y los puertos coloridos se atiborran de clones blancos; fabricación alemana; con toallas colgadas y pálidos navegantes. Llegará un día que no cabremos y tendremos que salir todos del puerto a la vez.

Sin barcülas y sin burro, estaba perdida.

La modalidad de alquilar un barco en flotilla, invento inglés, es bastante antigua. La idea no era mala; si tú no sabes casi navegar, alquilas un barco pequeñito, 8 o 9 metros, y sigues al jefe de la flota, “la madre”; él te llevará a sitio seguro y se ocupará de tu amarre. Era gracioso verlos en la lejanía: la pata y los patitos. El último día hacían una fiesta del pañuelo, bailaban el Sirtaki y todos tan contentos. Nunca he visto una flotilla española, ni griega, ni italiana; se necesita un carácter más disciplinado y gregario. A nosotros enseguida nos saldría eso de yo con ese no voy, o lo de ¿Quién es ese para decirme donde tengo que cenar?

Las flotillas eran pequeñas y tampoco molestaban mucho; se quedaban en un rincón con su pañuelo, sus toallas, sus hogueritas de campamento y su Sirtaki a toda voz; pero con separarte de ellos ya estaba. El problema es que la flota crece de tamaño, por motivos de rentabilidad empresarial es mejor tener solo barcos grandes que se pueden alquilar en flotilla o en solitario. Pero aunque el tamaño de los barcos ha crecido, la pericia de sus patrones, que a lo sumo han hecho un cursito en su país, no. Las maniobras en los puertos, sobre todo con viento, ya no se paran con el pie, sino que son bastantes toneladas lanzadas contra el muelle y los vecinos, que se hartan de comprar defensas y transilium. Ya no son patitos con pata, si no verdaderas flotas de hasta 20 barcos de 12 o 14 metros. ¿Y cómo encuentran espacio para todos en estos puertos tan pequeños? Pues muy fácil: los jefes de flotilla se van a las 12 de la mañana y copan todos los amarres. Luego llega alguien ajeno y no le dejan amarrar. Todo eso en inglés, of course.

Y entonces llega Agustina de Aragón y les dice que allí se habla griego y ellos ni papa y te dicen que el sitio está reservado y te sueltan las amarras y se lía la de San Dios. Y fuck off y piss off y malakas y los mármoles del Partenón. Y después de todo eso, solo para poder amarrar en un puerto, en Junio, te quedas agotado, malherido y con el ánimo por los suelos. ¿Dónde está Grecia?

En ese estado melancólico anda yo cuando oí a una camioneta vociferar:

-¡Ajoooss! ¡Los más rojos y grandes que podáis encontrar! ¡Ajoooss!

Me gustan los ajos y aquí en Grecia son muy buenos así que me acerqué a la camioneta para admirar las ristras tan hermosas que llevaba en la trasera. Quería venderme 3 por el precio de 2; 75 cabezas en total.

– Para hacer scordallá y tirokafterí.

– ¿Una tonelada tengo que hacer?

Se reía apretando su barriga con las manos. Y se quedó mirando a los sonrosados turistas de la flotilla.

– ¿Cómo se dice ajo en inglés?

– Garlic.

Tomó dos ristras en cada mano y se acercó a los barcos gritando:

– Garlic, garlic.

Los navegantes que en ese momento cargaban bolsas coloridas de Sprinkles, Nuggets, Woffles y Kellog’s, dijeron un no rotundo con cara de espanto y se metieron dentro del barco. Debían pensar que andaban cerca de Transilvania.

– Pero si solo van a estar 7 días en el país y no les gusta el ajo ¿Cómo quieres que se coman una ristra?

El seguía moviendo su barriga con las carcajadas y acabó contagiándome.

Y claro, le compré una.

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Transporte en invierno 6: El puente

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Cuando ya casi habíamos acabado, no habíamos hecho más que empezar; empezar a buscar un varadero donde dejar el barco en seco. Lefkada estaba totalmente llena, ninguna de las marinas con las que hablamos podían hacernos un sitio hasta mitad de Marzo. Más que una isla, en invierno parece un puercoespín, desde lejos solo se ven mástiles; la flota de recreo de media Europa se acumula aquí durante el “fuera de temporada”. Así que había que ir a Preveza, donde nos dijeron que sí, pero que mañana es sábado, pues corre, vamos, espero que abran el puente cada hora, sí, eso me han dicho, como en verano.

El puente de Lefkada, Το Πέρασμα, el paso, es una plataforma barco que permite pasar al tráfico rodado sobre los escasos 70 mts de canal que separan la isla del continente en su parte norte. Cada hora se retira, o bien levanta uno de sus extremos cuando no hay mucha demanda náutica, para posibilitar el tránsito de las embarcaciones. Cuando se rompe “el paso” todos se acuerdan de que sí, efectivamente, que Lefkada es una isla.

Como sé de buena tinta que la isla se relaja en invierno, como ya he comprobado en mis carnes que al más mínimo obstáculo el puente se queda cerrado por unos días, como era febrero y los Lefkadiotas andaban a cámara lenta y como hay pocos chalados navegando en estas fechas, debí preguntar unas 100 veces:

¿Seguro que el puente se abre cada hora?

Antiguamente la cosa era mucho más sencilla; para los barcos, pero no para los terrestres.

– Tú vas con coche, yo voy con barco, tú vas antes y les dices que llego en una hora, tú me esperas y tú me recoges.

– Bien.

Allá que me fui, eran menos diez. Crucé el puente, paré el coche y esperé al otro lado. Menos cinco… menos uno… o’clock. Veía el barco que se acercaba y aguardé a que levantaran el ala lateral de la plataforma. Y tres… y cinco… y siete… nada ¿Ya estamos? Desde allí podía ver la cara de interrogación en el velero.

Dejé el coche donde estaba y me dirigí a pie hacia la cabina del…como diría yo ¿Puentero? ¿Puentista? Me dirigí hacia el señorencargadodelpuente. Mientras andaba, pensaba en estas necedades, pero no son tan necias como parecen; los griegos usan el vocativo, así que necesitaba un nombre con el que llamar al señorencargadodelpuente y utilizar el dichoso caso.

Una manada de perros griegos se hacinaba alrededor de la cabina de mando. El lector que haya estado en Grecia sabrá a lo que me refiero cuando hablo de perros griegos; no es una raza definida, pero sí un tipo de perro inequívoco. Los perros griegos se agrupan en las estaciones de autobús o de tren, en los puertos, en la entrada de los recintos arqueológicos; en cualquier sitio donde haya tránsito. Son serenos, calmados, lentos, indiferentes; parecen dotados de una sabiduría ancestral y hay hasta quien afirma que son los mismísimos dioses reencarnados. Lo que sí tienen es mierda, pulgas saltarinas y sustancia acumulada. Siempre están durmiendo, a veces se levantan, andan unos metros y dejan caer sus huesos, sus pulgas y su mierda, con un “plom”, en otro lado.

Yo me acerqué saltando entre los chuchos, que a lo sumo se dignaron a descorrer un parpado y mirarme sin interés, con el ojo turbio. Por las ventanas de la cabina de mandos no se veía un alma. Abajo si se veía algo; un barco con una persona indignada.

– ¡Señorencargadodelpuente! ¡Señorencargadodelpuente! – Dije; en vocativo, claro.

Me acerqué más, ya casi podía tocar los mandos; los perros roncaban al unísono. Me metí en la cabina y… aja…allí estaba. En una cama, tapado hasta la nariz, con sábanas y manta, yacía el susodicho puentero, roncando como los canes.

– ¡Oiga!

– Ahhhh. De un salto salió de la cama, con los ojos enajenados.- ¿Qué quieres?

– ¡Que se ha pasado la hora!

– ¿Qué hora?

Miró hacia abajo y vio el velero esperando, le dio al mando y el puente lateral comenzó a levantarse con incómodos y grandes lamentos metálicos.

– No son fechas para esto. Gritaban los conductores que casi se habían caído al mar, con las ruedas chirriando en el borde del muelle. La falta de costumbre invernal.

El velero pasó mientras todos increpaban con el ¡venga!, con el ¡más rápido!, con lo de que ¡a ver si perdemos aquí la mañana! ¿Tendrán valor?

Los perros cambiaron de postura. El señor del puente cogió un sedal y se puso a pescar.
Este trabajo es de un estrés que flipas.

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Transporte en invierno 5: Saldos

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
El transporte llega a su fin y nos adentramos en el Jónico. Dejamos atrás las Equinadas, islas tal que erizos; que tienen ahora nuevo dueño. Como en un cuento infantil, un emir apareció, surcando los mares en un bajel inmenso, su yate, creando enormes olas que arribaron a playas lejanas. El príncipe quedó prendado de su belleza; y sin saber bien por qué, decidió construir un gran palacio. Desde ese día se las va comprando una a una. Los habitantes de Itaca, prefectura de la que dependen y por el presente bastante desesperados, se quedaron turulatos y dibujaron círculos con sus labios.

¿Qué vio el emir en este archipiélago?

Quizás vio la belleza en su desolación, en sus cabras desamparadas, secas como ruinas, que triscan y arrancan matas de donde no hay; o en sus mares de peces hastiados de dar vueltas infinitas en sus jaulas. El paraíso de las piscifactorías.

Son 18 las islas, pero él tan solo tiene 6. Las quiere todas. ¿Para qué querrá el emir tantas islas?

Las aguas de las Equinadas no son turquesas como en el resto del Jónico, sino túrbidas y oscuras. Los limos del rio Aqueloo, llevan desde tiempos de Herodoto anegando sus fondos y tragándose islotes; quedan unidos por lodos al continente. Tucídides esperaba que así acabaria todo el archipiélago con el paso de los años, pero sus expectativas no se cumplieron del todo. El rio, a diferencia de los humanos, es lento.

¿Qué le veo yo a estas islas?

Precisamente eso, la nada, las cabras, las jaulas con los peces, el rio, la hermosura del vacío, el silencio ensordecedor, las 18 islas como erizos, plantadas sobre el agua, la imponente Oxia, puerta de salida del Jónico, el abrigo de Petalas, la semi-insula desierta, donde uno puede olvidar al resto del mundo por unos días, dejando caer su ancla en un fango espeso; el que lleva Aqueloo vomitando desde tiempos ignotos.

Las 6 islas que ha comprado su alteza no eran del estado, si no de una familia que poseía el título de propiedad desde la fundación del moderno estado de Grecia y a la que ya le costaba mantenerlas, así que el emir se ha convertido en amo y señor de 6 islas por 8,5 millones de euros. Una bicoca, si lo comparamos con los precios algunos pisos en capitales europeas. Debe estar en estos momentos, planeando la oferta para las otras 12, que no puedo asegurar a ciencia cierta si son privadas o del estado.

Y a mí, que no me gusta sospechar, me debería traer al fresco si los propietarios son unos u otros. Me traería al fresco, si respetaran sus cabras, su vacio, su silencio ensordecedor, sus pescadores, su imponente Oxia y su semi-insula desierta; si dejaran al Aqueloo que lentamente se las tragara todas. Pero algo en mi olfato, educado en las mejores escuelas de impotencia frente a la urbanización y destroza del entorno, la corrupción y el enriquecimiento de constructores, me dice que hay gato encerrado. Porque puestos a construir un palacio…

¿No tenía el Emir mejores islas que comprar que estas de turbias aguas?

– Es que se enamoró.

– Ah. Ya.

En 2010, cuando Grecia por primera vez buscó la ayuda de la UE y el FMI debido a la incapacidad de pagar su deuda externa, en los medios internacionales se dejaron caer las primeras sugerencias sobre la posible venta de las islas y territorio griego. Las autoridades lo negaron constantemente, pero a finales de agosto apareció la información de la posible venta o alquiler de las islas deshabitadas griegas en el marco del programa de privatización. Fue anunciado por el primer ministro del país, Antonis Samaras, en una entrevista concedida al diario francés Le Monde. La venta del terreno público se convirtió en un asunto muy polémico en el país heleno.

Desde el momento en que surgió la idea, los representantes de la Agencia griega de Privatización (HRADF, son sus siglas en griego) examinaron 562 de 6.000 islas griegas. Todas las elegidas tienen un área desde 500 metros cuadrados a tres kilómetros cuadrados. La HRADF decidió alquilar 40 islas deshabitadas por un período de 30 a 50 años. Hasta las malas lenguas decían que Israel andaba detrás de alguna para transformarla en base militar.

Creo que esta historia me suena de otro cuento: la viuda que teje, los pretendientes disputándose las migajas del trono, el héroe desaparecido, el reino esquilmado y venido a menos…

Así habló Telémaco:

«Pero no solo lloro y me lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado otras malas preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas Duliquio, Same y la boscosa Zantez y cuantos son poderosos en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se niega al odioso matrimonio ni es capaz de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda comiéndosela. Luego acabarán incluso conmigo mismo.»

Odisea. Canto I

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Transporte en invierno 4: Oráculo

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
Hace ya muchos años que llegamos a Grecia, desde el oeste, y nos adentramos por el golfo de Patras, que luego es Corinto y luego un canal, para dar con la proa en el Egeo. La primera vez es la mejor, porque descubres cosas nuevas y casi todo fascina; igualito que a los niños. Pero aparte de los buenos y malos momentos, de los vientos en contra o los favorables, de lo que más me acuerdo; y algunos amigos que vinieron a vernos también, es del frio pelón que venía de las montañas, todas blancas. Nada menos que del Parnaso. Yo no sé si fueron las musas desde el monte sagrado, o quizás fue  Apolo desde Delfos, o todos al unísono; aullaban y soplaban su aliento corrosivo y paralizante.

Después he realizado la misma travesía en uno y otro sentido en muchas ocasiones y aunque, la iniciática es la primera, siempre alcanzo a sacarle el jugo a tabernas, puertos y personajes, una y otra vez. Ya no me sorprende el canal de Corinto como aquel día.

…Pero sí que he encontrado interesante el ver a los pescadores apostados en la entrada del istmo a los que el mismo práctico tiene que ir ordenando:

-Eh, muchachos, cambiaros de sitio que viene un barco grande.

O al gasolinero que deja a un barco colgado porque ha visto correr su sedal, ante la estupefacción del cliente.

– ¡Ahhhh! Tiene que ser enorme lo que he pillado.

Ya Messolongui es la Messolongui de siempre, sin los mosquitos que picaron a Lord Byron. Pero la última vez descubrí una psarotaberna que era la bomba.

Y Trizonia y Galaxidi…y tantos sitios por los que he pasado muchas veces que siempre desvelan secretos emocionantes. Porque aunque algunos prestigiados periodistas se afanen en demostrar lo contrario, en Grecia ocurren cosas buenas.

¿Esto qué quiere decir? Pues que me voy a Grecia otra vez. Me voy a navegar de nuevo desde Atenas, por Corinto y por Patras, por Trizonia, Messolongui, por Galaxidi. Y aunque es un transporte, no una navegación de placer, seguiré contando las cosas que me ocurran, que serán muchas, como siempre allí, muy interesantes.

Algún día abriré un capítulo sobre transportes, que seguro que algún lector oculto, de los que nunca escribe comentarios, sabrá apreciar ¿Verdad Martín? El primero se llamará “Carbonilla”, ya os contaré. Porque los transportes son lo más parecido a una carreara de fondo, en la que hay que llegar cuanto antes, con el mínimo número de averías posibles, con un barco que no es el tuyo, que hay que “comprender”, averiguar sus vicios e intentar entregarlo en perfecto estado.

Pero os prometo que cuando pase por el Parnaso y me escupa su viento envenenado, me quedaré en silencio para escuchar lo que dice el oráculo; a ver si puedo oír los murmullos de las fuentes y los susurros de las Pitonisas de Delfos. ¿Hay alguna solución Pithia?

 

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Transporte en invierno 3: Arpías

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
Hace tiempo que no escribo y de hecho cada vez que abro esta pantalla azul me dan ganas de salir corriendo. Creo que se llama desanimo, desidia o desmotivación. O también es el nombre algunos virus que pasan por mi lado y deciden quedarse conmigo una temporada, o de accidentes de bicicleta que me dejan medio pallá, medio paquí. Así que creo que como terapia debería intentar acabar con este transporte que habíamos dejado en Sunio. El sagrado Sunio. Por cierto acabo de leer que está en venta; he preferido no creerlo para que no me den ganas de cerrar esto otra vez.

El viaje transcurrió sin imprevistos, el Egeo estaba sereno y llegamos al canal de Corinto de madrugada. Nos hicieron cruzar inmediatamente, en la más tremenda soledad y mientras lo hacíamos, por el este amanecía. Como dicen los griegos οταν χαράζει, cuando raya, el alba claro. Me gusta mucho está expresión; mucho más que el αυγή, la aurora, de los huevos (Aurora Dorada es el partido Neonazi).

El canal de Corinto, como todas estas obras mastodónticas de excavar senderos para que pase el mar entre las montañas, aparece como otras veces, impresionante; deja esa raya de cielo oscuro sobre nuestras cabezas.

El primer gobernante que intentó construirlo fue el tirano Periandro de Corinto, uno de los Siete Sabios de la antigua Grecia, alrededor del año 630 a. C. Pero desistió porque la Pithia, la pitonisa del Delfos, en su oráculo melopéico, balbuceó: “No hagan una torre en el istmo, ni caven a través de él”. No sé si conocía Periandro que los promotores de este oráculo habían sido los sacerdotes de los templos corintios. Temía, esta curia, que si se construía un paso permitiría a los barcos pasar sin pararse y dejarían de recibir las ricas donaciones y regalos que se les hacían. Los clásicos ya sabían de prevaricaciones y cohechos.

Una vez ya ha amanecido ¿Qué sentido tiene parar? Así que decidimos continuar hasta donde pudiéramos, pues aunque sin viento apenas, las olas que venían del oeste, presagiaban que no avanzaríamos mucho.

El golfo de Corinto es uno de esos casi-lagos rodeados por montañas elevadas que encauzan los vientos, de forma que sea la dirección que sea la que tenga el viento real, allí solo sopla o el señor del este o el señor del oeste, por el pasillo que le dejan. El viento levanta un mar que no corre libre, si no que rápidamente se encuentra encajonada entre la tierra y busca su salida retornando en forma de corrientes, a veces bastante importantes.

Aquel día debía estar soplando el oeste ya en Rión, el punto más estrecho, y la corriente encrespaban las olas que llegaban y las convertía en muros de agua, paralelos, verticales y seguidos; así que el barco avanzaba como un caballo encabritado, pegándose de bruces con las paredes. Es de esas veces en las que no hay nada más incómodo que navegar. Además intentar pasar el estrecho Rión- Antirrión en esas condiciones es un error; lo que aquí ocurra, allí estará multiplicado por tres. A motor, entre salto y salto, será penoso, con estas olas tan cortas y sumadas a la corriente en contra; no creo que avancemos más de medio nudo; y a vela, dando bordos para atinar el ojo del puente por donde te dice el control de tráfico que debes pasar, puede ser interminable.

Una retirada a tiempo es la mejor de las victorias en esto de viajar en barco, así que nos fondeábamos en una bahía bajo el Parnaso y nos dispusimos a pasar una tarde de lectura intensa y de incursiones en internet. Así me enteré de que cerca de allí había una pequeña isla llamada San Athanasio. Estaba en venta.
Una vez consigues cruzar el estrecho de Rión, entras en el golfo de Patrás, el embudo se abre y ya puedes oler el mar abierto. El agua es más libre en esta parte y las corrientes y las olas son más manejables. Al fondo se ve ya Oxia, el final del golfo, la puerta al Jónico. Un calificativo bien merecido pues cuando llegas a ella y la abres, sabes que el viento cambiará de dirección y sí sopla fuerte del noroeste, por su cara de sotavento bajaran fuertes turbonadas que más te conviene tenerlas previstas si no quieres ver tus velas hechas jirones. Es muy imponente Oxia.

Oxia no está en venta. Ya la han comprado.

Lo que empezó siendo un rumor, algo así como un absurdo que nadie creía, ha acabado convirtiéndose en realidad: Grecia vende sus islas para saldar su deuda. Esta noticia se publicó en The Guardian en el 2010 (leer artículo original) y todos dijimos:

– ¡Hala!

Pero no fue ala, si no también pechuga y hoy los mercados poderosos, los que provocaron la deuda, los que causaron la crisis, los que pidieron los recortes, los que les tildaron de vagos y corruptos, los que volvieron la cara al sufrimiento, esos, se reparten Grecia a pedazos. Ni las más crueles Arpías de las peores leyendas mitológicas de los más terribles castigos divinos, habrían trabado mejor el suplicio. Me recuerda a Prometeo; por la noche una águila da cuenta de su hígado, por el día le deja sanar para poder continuar con el festín nocturno.
No sé si seguir con esto. Por lo menos un poco de descanso, que se hace muy largo y muy triste.