No hay comentarios

LAS CALMAS DE ALCYONE

El Alcedo atthis, o Martín pescador, es un pájaro muy pinturero. El dorso del cuerpo, cabeza y alas es azul-turquesa con destellos verdes; el vientre y los ojos son de color naranja, mientras que las zonas de la garganta, orejas y orificios nasales son blancas; todo un arcoíris pajaril. Pero esta ave, además de colorida, es un símbolo de paz y tranquilidad. Anida en pequeñas grutas y cuevas cercanas a la orilla que adornan con escamas de pescado, conchas y ramas de plantas del litoral. Es especie migratoria y aparece en el Mediterráneo cuando el verano termina y permanece aquí hasta el final de marzo. Por lo general, ponen sus huevos en enero en las grietas de la costa, coincidiendo con las calmas invernales mediterráneas y con las menguas; es decir con la bajada del nivel del mar que se produce después del solsticio de invierno. Calmas y menguas facilitan que el Martín pescador anide en oquedades cercanas al agua y no tenga que desplazarse mucho para pescar para su futura prole.

El alción era venerado por los polinesios, que creían que controlaba el mar y las olas. Pero más cerca nuestro, en Grecia como no, su presencia en las costas era mítica y relacionada con los “días de Alcione”

Alcíone, ἀλκυών, era la hija de Eolo y se casó con Ceyx, rey de Tesalia, hijo de Eosfóro, el que trae a Eos, el que trae la aurora. Y dicho sea de paso, sobrino de Fósforo, el que trae la luz; si lo ponemos de otra forma: Lucifer. Uy que fácilmente me voy por las ramas, algo bastante normal cuando hablamos de mitología.

Alcione y su marido vivían felices, pero Ceyx quiso consultar algo en el oráculo de Apolo; pertrechó su nave y zarpó una buena mañana, negándose en redondo a que les acompañara la desconsolada Alcione. Nunca volvió a saber su esposa de él, ni tampoco le llegaron noticias de su triste naufragio; ella permanecía impertérrita esperando su regreso. Fue Morfeo quien se compadeció de su inocente inopia y le hizo ver en sueños amargos a su amado desapareciendo en el mar en medio de una furiosa tempestad. Para que contar más; ella se lanzó desde un acantilado, como es natural. Alcione sufrió una verdadera transmutación en su caída y se convirtió en pájaro de colores y anidó en una grieta del precipicio. Eolo se apiadó de su hija e intercedió ante Zeus para que permitiera que durante un tiempo, el mar permaneciera en calma y el pájaro pudiera poner los huevos tranquilo; los días de Alcione.

El fenómeno meteorológico existe, aunque no es fijo ni constante en el tiempo; hay años que no se produce; pero sí que hay un periodo de días, localizados entre el 15 de diciembre y el 15 de febrero, en que el anticiclón invade el Mediterráneo, solazándose y expandiéndose, para dar muy poco gradiente barométrico y casi nada de viento. En España solemos llamarle “calmas de enero”, aunque no siempre coinciden con este mes.

Hay otra Alcione, pero esta es estrella; de hecho la más brillante de las Pléyades; las siete hijas del titán Atlas y la ninfa marina Pléyone. Si el pájaro y la estrella están relacionadas ¿quién lo sabe a ciencia cierta? pero sí que es verdad que los griegos hablan siempre de las Pléyades, cómo τα πουλιά, “los pájaros”.

<em>Post publicado en nuestro blog <a href=”http://navegandoporgrecia.blogspot.com/” target=”_blank”>Navegando por Grecia</a>.</em>

 

 

2 comentarios

OBSERVANDO EL CIELO

Con aquel dulce viento, el divino Ulises desplegó su velamen; sentado rigió con destreza el timón; no bajaba a sus  ojos el sueño, velaba a las Pléyades vuelto al Boyero de ocaso tardío y a la Osa, a que otros dan el nombre del Carro y que gira sin dejar su lugar al acecho de Orión; solo ella de entre todos los astros no baja a bañarse al Océano. La divina entre diosas, Calipso dejó dicho a Ulises  que arrumbase llevándola siempre a su izquierda. Odisea, Canto V  (269-277).

Homero embellece el firmamento. Que elegante manera de describir a un grupo de estrellas circumpolares; siempre visibles sobre el horizonte para los mediterráneos y siempre dando vueltas alrededor del polo norte. Y muy buena pista de cómo se orientaban los navegantes ilustres. Nunca mejor dicho, pues si dejas el carro siempre a tu izquierda, navegas hacia oriente. La mayoría de los astros salen por un lado del horizonte y se ocultan por el otro; pero no el Carro, debido a que su declinación es parecida a la latitud de nuestras tierras nunca puede mojarse en el mar. Esa fue la condena de la ninfa Calisto y su hijo Arkas; palabra semejante a ἄρκτος (oso); que fueron convertidos en osos y lanzados por el rabo al cielo; el mismo Zeus lo hizo, para evitar las iras de su celosa esposa Hera. La terrible diosa les maldijo y les prohibió que se acercaran al reino de Poseidón, siempre darían vueltas sin tocarlo ¿No es hermoso?

La contemplación del firmamento es tan antigua como la humanidad, ya en Mesopotamia se describían las constelaciones y el zodiaco basado en la división en doce partes iguales de la banda celeste sobre la cual trazan sus trayectorias el Sol, la Luna, y los planetas. No tenían televisión ni internet y dedicaban su tiempo a tareas emocionantes. Pero si se observaba con cuidado el cielo no es nada simple y así como las estrellas aparecían en posiciones fijas, un día tras otro; en el corto tránsito de una vida; los planetas representaban un quebradero de cabeza. En efecto, estos astros al recorrer la banda del zodiaco retrogradan, invierten su dirección, retroceden sus pasos conforme pasan los días, para luego volver a retomar su rumbo. De hecho πλανήτης, planeta, tiene la misma raíz que πλανεύω, engañar o seducir. Platón ideo el modelo de dos esferas concéntricas para explicar el movimiento de los astros. La Tierra se ubicaba inmóvil en el centro del cosmos, con las estrellas fijas en la esfera celeste a lo largo de la cual se mueven el Sol, la Luna y los planetas. El filósofo planteó el desafío a astrónomos y matemáticos instigándolos  a proponer un modelo de movimientos circulares y uniformes que explicaran la retrogradación de los planetas. Fue más de un siglo después cuando Eratóstenes ideo su esfera armilar. Es realmente sorprendente la invención de artilugios tan sofisticados como el mecanismo de Antikithira, del que ya hable hace tiempo, para predecir la posición de los astros en el cielo así como sus eclipses.

Todo esto era fundamental ya que las observaciones astronómicas indicaban cuándo plantar las cosechas y cuándo segar el grano, localizar sus templos, en que momento emprender una travesía, cómo diseñar sus casas e incluso cómo orientar sus ciudades. La supervivencia y el éxito de un recién nacido, dependía de cómo estaban dispuestos los astros porque indicaban la época del ciclo solar. Es lógico que la  astronomía y la astrología fueran de la mano en muchos sentidos. La división de la eclíptica  en doce partes iguales que abarcaban sus correspondientes estrellas, el zodiaco, el ciclo de los animales, tenían mucho de ciencia, pero también algo de magia; lógico que allí fueran a parar los héroes y los mitos convertidos en constelaciones. Fue otra vez Eratóstenes en su “Catasterismo” quien se tomó la molestia de explicar; o inventar;  los orígenes de las distintas constelaciones y asterismos según la mitología griega, indicando el porqué de esta transformación en estrellas de los diversos héroes y dioses representados en el cielo.

Pero en muchas constelaciones la controversia está servida; como en el caso de Sagitario en el que unos mantienen que es el propio Quirón y otros que era el sátiro Croto;  y como nunca sabremos si fue primero el huevo o la gallina cada uno se queda con lo que quiere y guste. Muchos de los mitos recogidos ya formaban parte del acervo cultural heleno desde siglos atrás, otros los creó él mismo, en un intento de sistematizar las historias de las constelaciones. Parece haber una estrecha relación entre los nombres de las antiquísimas figuras zodiacales y el mito de Jasón, sus legendarios argonautas y su viaje en pos del vellocino de oro, lo que demuestra la importancia de esta aventura para el mundo clásico. Así Aries hace referencia al propio carnero del vellocino, Leo al león de Nemea de Heracles, al que se le representa siempre vestido con su piel, Géminis a los gemelos Cástor y Pólux, Virgo a la sacerdotisa del templo donde se custodiaba el vellocino. También existe una Argos Navis, una constelación del hemisferio sur, que se extiende desde Can Mayor a la Cruz del Sur.

Y yo si tengo que elegir, prefiero al buen centauro Quirón como sagitario porque la historia queda más redonda. Quirón fue un sabio y prudente médico, veterinario, músico, astrónomo y principalmente, maestro de personajes tan importantes como Jasón o Aquiles. Vivía en el monte Pelión y su fama era tan grande que allí le llevaban a jóvenes tan ilustres como los anteriores, para que les adiestrara en diversas materias. Dicen que ideó la esfera que lleva su nombre; no he conseguido encontrar nada relacionado con la esfera de Quirón que no sea esotérico, aunque bien podría ser un elemento circular como los descritos por Platón para localizar los astros y que le valdría a Jasón para situarse en su viaje. Quirón fue herido por una flecha errada de Heracles. Era médico y conocía pócimas milagrosas preparadas con las plantas más raras del Pelión, pero no pudo aliviar su dolor; decidió ceder su inmortalidad a Prometeo para librarse del sufrimiento. Así fue, murió y salió despedido hacia el firmamento, convirtiéndose en el Arquero, para servir de guía a los eternos argonautas que dan vueltas por los mares. La astronomía ha avanzado muchísimo, hoy las estrellas reciben nombres muy áridos para memorizar y sabemos que las cosas del espacio son más complicadas que estas historietas de dioses vengativos, inocentes ninfas y animales prodigiosos.

Pero, también es la propia ciencia la que habla de cuántica, teorías de cuerdas o membranas y universos paralelos. Si hay varios posibles, yo me quedo a vivir en este, el mágico de la Grecia Clásica.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

No hay comentarios

LA ESTRELLA DEL NORTE

Una de las preguntas más frecuentes que nos hacemos al leer sobre el viaje de Jasón y sus argonautas en busca del vellocino de oro; que nadie sabe a ciencia cierta que era; es como consiguieron completar su periplo y volver a casa. Porque ir es lo fácil, volver lo difícil. Jasón había sido criado por Quirón, el centauro sabio que le instruyó en muchas artes, en concreto de la astronomía y parece ser que le enseñó un calendario para navegar; no sé si me equivoco, pero creo que se llamaba la Esfera de Quirón.

Sus hazañas se transmitieron de forma oral de generación en generación; hasta que mucho después el virtuoso Apolónio de Rodas decidiera plasmarlo en texto; pero la fecha exacta del viaje y sus conocimientos sobre navegación quedan ocultos en el tiempo. Así que lo que voy a hacer aquí es pura aventura; tan arriesgada como los viajes del Argos, adentrándose en territorios desconocidos. Todo es verdad o es mentira.

Posicionarse en el mar siguiendo las estrellas es tan antiguo como la humanidad, pero la ausencia de relojes exactos, hasta el siglo XVIII,  hacia muy limitado el número de cuerpos celestes a observar; esto me llevaría largo rato de explicar y con una buena ración de geometría esférica, así que lo dejamos aquí flotando.

Pero no es muy complicado pensar que un buen candidato para nuestros antepasados marinos, sería un astro siempre visible y situado en el polo. Mientras la posición aparente de las demás estrellas cambia durante la noche, rotando alrededor del eje celeste, la posición aparente de las estrellas polares se mantiene fija. Esto las hace especialmente útiles en la navegación, pues su dirección indica su polo geográfico respectivo, y su ángulo de elevación se puede usar para determinar la latitud. En nuestro hemisferio la “estrella del norte” es el faro más antiguo que guiaba a los primeros navegantes del Mediterráneo, nuestra familiar Estrella Polar de la constelación de la Osa Menor.

La identidad de la estrella polar cambia con el tiempo debido a que los polos se van moviendo por la precesión de los equinoccios, un cambio lento y gradual de la orientación del eje de la Tierra, que causa que los polos describan un círculo en el firmamento, completándolo aproximadamente cada 25776 años y apuntando a distintas estrellas.

Hace 5000 años la estrella más cercana al polo norte; y por tanto la estrella polar del momento;  era Thuban, en la constelación del Dragón. La importancia de esta estrella entre los egipcios se pone de manifiesto en el diseño de sus pirámides, cuyos canales de aireación se orientaban a objetos concretos de la bóveda celeste. Así, el canal norte apuntaba a Thuban, marcando el camino que debía seguir el alma del faraón para llegar a las estrellas.

Hacia el año 1900 A.C. la estrella Kochab comenzó a sustituir a Thuban como estrella Polar. Esta estrella; la β de la Osa Menor; fue usada como estrella polar entre el 1500 a.C. y 500 A.C.  Figura en las obras de Homero y los antiguos árabes la llamaban “Al Kaukab al Shamaliyy”, es decir, “La Estrella del Norte”.

En torno al año 800 D.C. una pequeña estrella  de la constelación de Camelopardalis, la Jirafa, ostentó la posición polar, hasta que hace poco más de mil años la estrella α Ursae Minoris obtuvo la consideración de estrella Polar que mantiene hasta hoy y conservará hasta el año 3500 D.C. aproximadamente.

Pero además de posicionarnos, una estrella inmóvil en el polo sirve para decirnos la hora que es, pues todo el firmamento gira entorno a ese punto quieto, como las manecillas de un reloj entorno a su eje.

Todavía podemos exprimirla aún más y utilizarla como calendario celeste, porque esa manecilla del reloj de la que hablaba antes no está todos los días a la misma hora en el mismo sitio. No me extiendo mucho más, pero sí que os dejo un enlace de una página donde se explica esto con claridad.

Así que una estrella polar permitió a los hábiles marinos  antiguos realizar una serie de proezas al mismo tiempo que describían el mundo con sus viajes. Y lo más importante: regresar a casa para contarnos sus peripecias.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.


No hay comentarios

PELOPONESO: EL MANI

Cuando volvemos del Egeo, rumbo al Jónico, por el sur, siempre nos damos de bruces con el Ténaros, en la infancia conocido como cabo Matapán; que ya de por sí viste, porque matar un pan parece la peor de las fechorías. Pero además es onomatopéyico, algo así tal que sentir precipitarse a las rocas en el mar ¡Rataplán! La zona más meridional del continente europeo, la zona más profunda del mar Mediterráneo, la zona más rara de Grecia. Solo hay que mirar al Taigeto, la cordillera que es la falange de este dedo central del Peloponeso, un monstruo pétreo, un ejército montañoso que se desliza para desplomarse en el mar profundo ¡Rataplán! Aquí está la entrada del Hades. Yo nunca la busqué.

No he navegado todo el apéndice del Ténaros, porque no tiene buenos puertos para un barco y lo único decente es Porto Kayo; de caille, codorniz, nombre que le dieron los franceses, que llaman las cosas como ellos quieren; debido a las numerosas bandadas de estas aves que aquí se congregan antes de partir hacia el sur para pasar el invierno. También llamaron Morea a toda la patria de Pélope; cuando todo el mundo sabía que se llamaba Peloponeso. En los tiempos clásicos, esta tierra no era muy diferente del resto de Grecia, el contraste vino después, cuando cayó el imperio romano y después el bizantino; cuando llegaron los otomanos. Las oleadas sucesivas de refugiados expulsados por unos u otros, generaron una lucha por el poder y control de áreas de alguna riqueza, en un territorio algo desolado. Su nombre, Mani, posiblemente proceda de “la mano” italiana, pues en esta extravagante parte del mundo cortaban las manos antes de ejecutar a los criminales.  A esta tierra extraña de piedra desnuda y estéril, donde ni el polvo se pega a los caminos,  vinieron a parar muchos exiliados, entre ellos los descendientes de espartanos y las familias de los últimos emperadores bizantinos. Tras la conquista franca de Grecia, Mani era una oligarquía feudal de poderosas familias que luchaban unas contra otras, o bien juntas contra los recién llegados y donde una afrenta al clan se debía vengar necesariamente, no importaba que generación consiguiese realizar el desquite, ni siquiera de si se acordaban de cuál era el motivo de su vendetta.

De las primeras veces que arribé a Porto Kayo conservo unos dibujos míos de torres grises con pájaros negros; murciélagos o vampiros. Hay que aclarar que mis devaneos pictóricos son algo parecido a Godzilla con un plumier; pero me sirven para recordar cosas importantes; torres y vampiros. Y de hecho di en el clavo.

Las torres son notables y singulares; esa forma de construcción ortogonal que sale directamente de las rocas grises de la montaña te advierten de que estás en otro mundo, que el Mani no es parecido a nada de lo que has visto en Grecia. Las llamadas torres Nyclianas se construyeron como elemento de defensa y ataque sobre familias rivales; surgían con cada oleada de refugiados, que venían a disputar lo poco que había, y crecían durante los periodos de tregua, ascendiendo por el aire, también para demostrar el prestigio familiar, pero solo se habitaban en periodos de contiendas. La mimetización de las torres con el paisaje produce un efecto tan curioso que a veces cuesta distinguir un pueblo; como en Mezapo, donde hace ya algunos años pasamos de largo pues no lo veíamos a la distancia. Y al revés también sucede que las rocas se agrupan tan densamente que engañan, con pueblos inexistentes.

Quizás sean estos espejismos los que hacen tener creencias esotéricas y escatológicas, o quizás sea la cercanía del respiradero del Hades, el caso es que los maniotas son supersticiosos. Dicen que en verano los fantasmas vagan por los caminos por el día y en invierno durante la noche; clamando venganza. También hablan de brujas, demonios, nereidas, górgonas y la importancia profética de los sueños. De hecho hay gente que cree en los vampiros. Yo misma, con solo mirar a esas torres me imagino el castillo de Bram Stroker y al su conde reptando por las paredes.

Esta punta de Europa, aficionada a la piratería, con su sociedad feudal, con su vida espartana, no ha producido grandes obras literarias ni musicales, pero si un tipo de canción popular muy especial: los Mirologia, canciones para los muertos, de los que ya hablé en otra entrada; un género surgido espontáneamente que se transmite por tradición oral desde la noche de los tiempos.

Sitio raro y tenebroso, con un carácter tozudo e independiente, este del Mani; fue aquí donde se gestó el movimiento de independencia contra el imperio Otomano; pero con un atractivo tan especial que ha generado numerosos libros de viajeros fascinados, de los que el más conocido es el de Patrick Leigh Fermor, “Viajes por el sur del Peloponeso”; lectura inexcusable si se quiere conocer la zona. En verano son numerosos los turistas que se acercan a Kardamili para ver la casa del escritor.

Muchas lecturas, así como habladurías griegas, describen a los maniotas como desconfiados con el extranjero, pero con un gran corazón para el que realmente lo necesita. Una de las veces que fondeamos en Porto Kayo, nos habíamos quedado sin pan, nos acercamos a una taberna y le pedimos al dueño si nos podía vender algo. Nos dio una hogaza exquisita y crujiente, cuando le quise pagar me respondió que no se puede cobrar por el pan a un navegante hambriento, mientras hacia un gesto con la mano sobre el pecho.

Esta vez volvimos a las andadas y llegamos al Mani con solo unos pocos mendrugos. Me acerqué a la misma taberna, que ahora regentaba el hijo, mientras el padre veía la televisión. Nos cobró dos euros por un pan más duro que las cumbres del Taigeto.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

 

No hay comentarios

Islas griegas: Tasos y sus bárbaros

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
No me gustó la mirada de esos viejitos sentados bajo el plátano en un banco. No me gustó y me preguntaba que hacían allí en vez de estar en un café o paseando por la orilla mirando al agua y charlando. Si algo tienen estas islas es una bondadosa vejez, ya te conocen en todos lados, ya te sirven el café como te gusta sin preguntar, ya puedes despotricar a voz en grito sobre lo que te venga en gana sin que nadie piense más allá de “ya está Mijalis con su murga”. Pero la verdad es que desde donde estaban se veía poca cosa; el mar a duras penas.

En Tasos todavía es posible admirar el muelle de lo que fue un espléndido puerto de mármol. En sus épocas gloriosas de minas y comercio de metales preciados, dicen que incluido el fondo de la dársena era también de esa codiciada piedra; siempre he pensado que para incordio de los capitanes que quisieran echar el ancla, la notaría deslizarse con desespero por su superficie pulida y blanca, acordándose mucho del diseñador del momento. La verdad es que esas naves ligeras fácilmente se varaban en la playa. Ahora incluso, el varadero sigue en el mismo sitio; un privilegio histórico. Y detrás, entre frías casas modernas de hormigón paleto, los restos de la antigua ciudad y su teatro; destruidos, claro. No importa, lo nuevo y lo viejo pueden convivir sin molestarse, o molestándose solo un poco. La isla esmeralda, como la han llamado algunos a los que les gusta calificarlo todo, es una montaña cubierta enteramente de pinos mayúsculos que dan sombra a los caminos y a las fuentes; el resto, playas de arena sobre un mar tranquilo alrededor. ¿Qué más se puede pedir para ser una encantadora de viajeros?

Pero los abuelos bajo el árbol no podían ver nada de eso, se lo tapaban los toldos, las mesas llenas de botes de Kétchup y los anuncios de Happy  hours  y combinados diabólicos ¡Más de 200 tipos de cócteles!

La primera noche que pasamos nos costó encontrar una bahía agradable, todas sembradas de hamacas y bares estridentes, dejaban poco descanso visual y al final, la elegida, no fue lo esperado, con el chunda- chunda y los bramidos que venían de un hotel cercano. Es posible que fuera una cosa anecdótica, mañana, ese puerto de mármol nos tenía reservadas las delicias de esta isla hermosa de la que todos contaban maravillas.

Pero nada más llegar, los viejos. Y antes, lo nunca visto, ninguno de los tripulantes de los barcos vecinos vino a esperar nuestras amarras, solo nos miraron desde sus bañeras. Y después, paseando por el esperado puerto,  a todo el que preguntábamos por la calle era hosco y desagradable. ¿Ha habido una guerra nuclear? Es imposible que de Limnos a aquí haya cambiado el mundo. El pueblo nos exhaló una bocanada de amargura que nos dejó helados.

Tasos es la más septentrional de Grecia y comunicada con el continente por Kavala, ya muy cerca de la frontera con Bulgaria. Esta proximidad y la facilidad de acceder a bebidas alcohólicas relativamente baratas la ha puesto de moda entre turistas de poco presupuesto y mucha sed;  por desgracia Tasos les ha dado lo que pedían: playas cubiertas de tumbonas de colores que impiden el acceso al que no esté dispuesto a utilizarlas, tan pegadas las unas a las otras que distinguen a la playa como la verde, la naranja o la azul; músicas atronadoras de ritmos patateros,  destellos de luces y promesas de juergas perpetuas; los tour operadores se encargan del resto. Lamentablemente familiar.

La historia de este país es una sucesión de invasiones; romanos, persas, bárbaros, otomanos;  los hubo brutos y devastadores que destruyeron todo a su paso, o ilustrados y sensibles que se quedaban sorprendidos por lo que veían y simplemente lo tomaban y lo copiaban. Entre los  invadidos hubo resistentes numantinos, pero también los que se entregaban sin batalla y con indolencia. El país  que hoy conocemos, es el resultado de estas oleadas ocupadoras y de otros tantos actos heroicos por no dejarse aniquilar. Pero ahora la invasión más contaminante, el turismo; esa que busca lo mismo que tenía en su casa pero en allí en lejos y remoto, ya sea Bali o Cancún; acecha todo lo que sea distinto para correr un manto nivelador y convertirlo en un uniforme. Es dañino y devastador. Cuando te quieres enterar ya no encuentras ni la plaza, ni el café; a duras penas la puerta de tu casa. Entonces te entra la amargura y culpas al extranjero que te pregunta y saluda, pero ya es tarde.

– En la isla de al lado dicen que sus habitantes se han levantado en armas para que se prohibiera un festival de música tecno.

– Pues vamos allí ¿Cómo se llama?

– Samotracia.

Me vino a la memoria un sugerente poema de Kavafis: “Esperando a los bárbaros”

 

¿Qué esperamos reunidos en el ágora?

Es que hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué el Senado está inactivo?  ¿Qué pasa que los Senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros. ¿Qué leyes pueden hacer ya los Senadores? Los bárbaros legislarán cuando lleguen.

¿Por qué nuestro emperador se levantó tan temprano  y está sentado en la puerta principal de la ciudad,  solemne en su trono, luciendo la corona?

Porque hoy llegan los bárbaros. Y el emperador espera recibir a su jefe. Hasta ha preparado un pergamino para entregarle. Allí ha consignado muchos títulos y nombres.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron hoy con sus rojas togas bordadas?  ¿Por qué llevan brazaletes con tantas amatistas,  y anillos con espléndidas y brillantes esmeraldas,  por qué empuñan hoy preciosos bastones  magníficamente recamados de oro y plata?

Porque hoy llegan los bárbaros, y esas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué los ilustres oradores no vienen como siempre  a echar sus discursos, a decir sus cosas?

Porque hoy llegan los bárbaros, y a ellos les fastidian la elocuencia y las arengas.

Por qué comienza de pronto esta inquietud  y confusión. (Qué serios se han vuelto los rostros.)  ¿Por qué se vacían rápidamente las calles y plazas  y todos vuelven a sus casas muy pensativos?

Porque anocheció y los bárbaros no han llegado. Y algunos que han venido de las fronteras  dijeron que ya no hay bárbaros.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.  Esos hombres eran alguna solución.

 

No hay comentarios

Las Espóradas del Norte y sus calamares

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
No teníamos muchos deseos de volver a las Espóradas del norte porque estuvimos en ellas cuando solo eran unas islas anónimas; antes, mucho antes de que se hicieran famosas por una película y todo el mundo las descubriera de golpe. Pero teníamos un compromiso; eufemismo por trabajo; y estábamos resignados a tragarnos el Mama Mía que hiciera falta.

Cuando las conocimos, era casi imposible encontrar un sitio en los puertos, pues estaba todo repleto de barquitas de pesca y debías pedirles por favor que te hicieran un hueco. Me acuerdo de llegar a Patitiri, el puerto de Alónisos, y tener que colocarnos cerca del ferry en la entrada. Todavía no había aparecido la primavera  pero no hacía mucho frío. Estábamos sentados en la bañera del barco contemplando la tarde cuando se acercó a saludar el marinero que vigilaba el Ferry por la noche. Lo de siempre: ¿Bandera España? Sí, yo barco grande, conozco en Málaga, La Coruña, Cádiz. La cantinela de la generación que se embarcó para no pasar hambre. Con su poco español y nuestro peor griego de entonces, le invitamos a tomar un café y una copita, acompañado por una pastilla de chocolate para endulzar. No sé de qué chorradas hablaríamos, pero las horas pasaron volando; cuando ya se nos gastaron todos los dimes y diretes se despidió, se metió la pastilla de chocolate en el bolsillo y nos dijo:

– Gracia, muchas gracias por la “parea”.

Es decir gracias por la charla, la pizca de amistad, las noticias de fuera, la compañía, el café, los recuerdos de mis viajes, el entretenimiento, el tiempo que habéis gastado conmigo. Todo eso quería decir esa frase escueta de ese hombre solitario que se iba; eso sí, con nuestro chocolate en el bolsillo. Me empezaron a gustar estos griegos; con desparpajo, pero a la vez sensibles de valorar las cosas simples.

De las Espóradas también recuerdo sus calamares; siempre he sido una obsesa de estos moluscos, mi comida favorita desde la infancia, cuando mi madre me preguntaba:

-¿Qué quieres que prepare para tu cumpleaños?

– Calamares en su tinta.

El recuerdo de aquellos trocitos aromáticos y ennegrecidos es algo que se pierde en la niebla cerebral, porque aunque mi madre los sigue cocinando de la misma forma, los animales no son los mismos ahora, ni saben lo mismo, ni tienen la misma textura,  ni las aletas donde deben. Pero para mi sorpresa, todo un mundo de imágenes evocadoras explotó en mi boca al probar un ejemplar de las Espóradas cuando llegamos aquel lejano año. Fritos o a la plancha despedían un perfume que hacía volutas con mis recuerdos. En concreto había un sitio, en Steni  Vala, un pequeño puerto de Alónisos, donde valía la pena ir solo para comer calamares; te servían el platazo y se acababa de golpe el olor a pinos y aliagas. Ahora, venía dispuesta a comer calamares hasta que me diera un cólico miserere.

Las islas no han cambiado mucho, afortunadamente, pero sí que algunas, como Skiathos, se han vaciado de contenido para dar cabida a los turistas; nunca lo entenderé; las barquitas han desaparecido para que amarren los yates y es imposible encontrar una panadería o una tienda en lo que originariamente fue el pueblo, las han trasladado al extrarradio y el bonito casco de callejas estrechas solo alberga habitaciones de alquiler, tiendas de ropa, suvenires, heladerías y restaurantes. Bastante desolado fuera de temporada. Todo es Mama mía: batidos, pizzas, excursiones, restaurantes y hasta en el cine local, un cartel anunciaba el pase tres veces por semana. Lo curioso es que la mayor parte de la comedia musical no está rodada aquí, si no en el Pelión; pero eso no importa al turista que reserva un viaje desde Estocolmo, mientras se graba las canciones de Abba en el IPod.

También hay cosas positivas, todo hay que decirlo, como la recuperación del antiguo pueblo de Alónisos, antes abandonado en la montaña, que ahora tiene quien lo cuida y lo habita.

Tuvimos esta vez un tiempo infame y si de algo adolece este archipiélago es de buenos puertos para pasar el mal viento, el malo de verdad, ese que sopla con fuerza de temporal cada vez de una dirección; en todos los sitios nos movíamos como pulgas en una coctelera. Salíamos pitando de una noche incómoda, entre aguaceros, para ir a parar a otra noche de pesadilla. Yo en todos los sitios pedía calamares. Nada.

Perdí la esperanza, a base de empacharme a buñuelos refritos sin sabor; y lo peor, perdí la fe. Sumida en un mar de dudas barajé la posibilidad de darme a otros cultos de peces o crustáceos, pero cuando te entra la desgana y el desinterés ya es tarde; me convertí en atea y me resigné a un mundo triste de sabores uniformes; ya fuera pollo, huevo o calamar; de comidas distinguibles solo por su color. El mundo “burguer”, sin dioses ni héroes cefalópodos.

Fue particularmente desagradable la noche que pasamos en Patitiri esta vez, donde no pudimos bajar ni  para dar una vuelta, los barcos íbamos y veníamos como peonzas y al vecino estuvo punto de saltarle el molinete por los aires por no ponerle a la cadena un seguro con cabo. Cada vez que el barco salía lanzado con la ola se tensaban las amarras y nos quedábamos vibrando y resonando como la tripa de un tambor. Habíamos dado una amarra de cabo acolchado en un costado y no una de las trenzadas; podrá parecer una chorrada pero al cambiarla, el barco dejo de pegar socollazos bruscos y comenzó  un ir y venir acompasado, gracias a la elasticidad de la trenza; cuestan un potosí, pero en estos momentos agradeces haberte gastado el dinero y constatas que una amarra buena es un cabo especial y no una ganga o cualquier escota vieja  que ahorre dos duros.

En el momento que amainó un poco la lluvia y aprovechando el viento del norte decidimos partir hacia el sur, a buscar mejores temperaturas. Antes de irnos, al hacer la compra, nos acercamos a un pesquero que se había abarloado al muelle a descargar y en el que los marineros vendían el rancho que les tocaba como parte de la paga. Tenían pescadito pequeño con muy buen aspecto, pero la posibilidad de freír a bordo con el tiempo que hacía no era algo a contemplar. Cuando ya nos íbamos, me hizo una seña con la mano para que esperara, se fue a buscar en uno de sus cubos y me enseñó un calamar; un hermoso ejemplar de piel de reflejos morados y rojizos, con unos ojazos penetrantes y brillantes de lluvia ¡con las aletas en la punta como un flecha de Eros!

Salimos de allí con cerca de dos kilos de calamares por una miseria. Me puse a limpiarlos enseguida y según los abría y les separaba sus tintas tersas y enteras me entró el perfume de la revelación. Y cuando los eché en la cazuela los reconocí de inmediato; volví a creer, me convertí de nuevo, recuperé mi fe y mi devoción.

Dejamos una traza de olor por todo el puerto y un lamento de los gatos congregados frente a la pasarela al soltar las amarras.

 

No hay comentarios

Samotracia

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
A muchos sitios nos traen los libros, los mitos y los mapas que acariciamos hasta dejarlos pringosos. El contorno de esta isla no dejaba lugar a dudas de que no era un lugar para un velero; aunque el barco sea la única manera de acceder a ella; no tiene ni la más pequeña bahía, ni siquiera un mínimo repliegue de la costa donde encontrar un abrigo. A Samotracia solo arrumbas porque quieres llegar a Samotracia y ni eso está claro que significa. Porque tú, donde llegas en realidad es a una montaña de 1600 metros dejada caer sobre el mar, imponente y magnifica. Todo lo demás que la rodea es completamente accesorio y circunstancial, incluidos nosotros.

Tan solo el  dique se extiende como un brazo amigo que intenta rodearte para que no sufras y advertirte que esta isla tiene algo de humanidad. Y sí que la tiene, porque cuando doblas y te adentras, la amabilidad es patente. Unos pescadores que reparaban unas grandes redes nos hicieron hueco y nos indicaron el mejor sitio para amarrar dentro del caos sin dirección que era la pequeña dársena; se les veía gustosos de dirigir la maniobra y darnos consejos.

Se me coló a la primera ese puerto que no era resplandeciente, ni feo, ni bonito, ni impresionante, ni indiferente, ni  bullicioso ante la salida del ferry, ni tranquilo después, pero que tenía aquel monte, que encima se llama Φεγγάρη, montaña Luna, oscuro y silencioso del que decían haber servido de palco para que Poseidón contemplara la guerra de Troya. Esa montaña tenía un pathos y un poder que poco después pude constatar.

La Jora no está muy lejos, se puede pasear hasta ella. Es una Jora norteña, de calles empedradas, con tejados rojos  y grandes porchadas de madera que protegen de la lluvia y permiten mirar al mar en invierno; de hecho la mayoría de los cafés tenían unas vistas soberbias desde terrazas y galerías acristaladas. En uno de estas bares los hombres jugaban al Tabli. Un espectador desilusionado por la partida que contemplaba se metió dentro, cogió un buzuqui y se arrancó con una melodía rebética muy oriental. No logré entender gran cosa de la letra, pues como buen rebéte la cantaba al punto del desafine y con carraspeo. Nadie dijo ni mu, como acostumbrados a estos espontáneos; él  volvió a dejar el instrumento y retornó a su ronda por la trasera de los contrincantes con las manos en la espalda. Costó arrancarme a mí de esa terraza.

Samotracia era famosa por sus misterios, competencia de los de Eleusis, en Atenas; pero la iniciación a estos secretos mistéricos es mucho más oscura que en el caso del Atica. Los dioses de la isla, los Cábiros, son en sí tan confusos como sus ritos; no se aclaran los historiadores si eran dos o cuatro, dioses o diosas, padres o hijos; de hecho el santuario que se puede visitar en Samotracia se le llama el de “los grandes dioses”, sin especificar ni comprometerse. No se descarta que hubiera sacrificios humanos, pues los Cábiros parece ser que proceden de deidades muy ancestrales y sanguinarias. Durante las ceremonias, los iniciados, mediante drogas o simple éxtasis podían ver a la vez lo próximo, lo de la Tierra Madre y lo ultraterreno, lo del cielo. Y el que no se lo crea que venga y lo vea. El Fengari tiene fuerza telúrica suficiente como para exhalar enigmas por todas sus crestas.

Había leído en una guía un comentario que me había hecho gracia. Decía que en esta isla aparecen mayoritariamente dos tipos de turistas: unos con flores en el pelo y otros con sombrero de doctor Livingstone. Era la pura verdad y tenía toda lógica que este lugar atrajera a jóvenes místicos con rastas y pantalones vaporosos de colores, por un lado y a interesados en la historia y la arqueología por el otro. A los hippies los encuentras nada más llegar, paseando los caminos con sus enormes mochilas; los exploradores están todos corriendo enajenados  por las montañas o dando vueltas al santuario de los grandes dioses. Creo que queda muy ilustrativa una anécdota que nos sucedió en dicho santuario y que narro a continuación.

El recinto arqueológico de Samotracia es uno de los más bellos de Grecia, el mar tan cercano como telón de fondo y la montaña detrás, cómo no, te preparan para la sesión de serenidad meditativa que producen estos lugares; siempre y cuando las hordas de autobuses, guías y cámaras, te dejen concentrarte. Ese día no había muchos visitantes y  se podía pasear en silencio, oyendo solo la luminosidad del día, el aire de tus pulmones o el crujir de la hierba bajo tus pies.

 

No hay comentarios

Limnos y su sopa

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Limnos es tan exclusiva como su Kakabiá; una sopa de pescado ancestral que solo he logrado comer aquí con cierto rigor histórico. Sopa e isla te conducen a los orígenes de todo esto que conocemos por civilizado.

La isla es dulce y voluptuosa, carente de montañas abruptas, tan suave como un cuerpo desnudo y bronceado tumbado sobre las olas; llegues por el norte o por el sur la mano se te escapa a acariciar esa piel de terciopelo cobrizo. Esta sensualidad debió notar Jasón y sus argonautas cuando se acercaban por el mar. Y mucho más; el ardor en sus entrepiernas al encontrar unas playas  llena de hembras dispuestas a todo por una noche de amor. Tengo miedo a equivocarme, porque algunos comentaristas de este blog muy puestos en la materia me pueden sacar los colores, pero la historia comenzó con Hefesto, el dios deforme del Olimpo que gustaba de Limnos para pasear su divinidad. Hefesto era cojo pero nada le impidió enamorar a Afrodita, la bella entre las bellas, y no contento con su suerte, se permitía serle infiel con cualquiera. La diosa montó en cólera, pero las mujeres de Limnos se pusieron del lado de Hefesto; probablemente eran parte interesada; Afrodita las condenó a desprender un hálito ponzoñoso y un aroma corporal nauseabundo. Ningún hombre de la isla se atrevía a acercarse y desfogaban sus deseos con las mujeres de otras tierras. Ellas los mataron, claro. Pero es de suponer que cuando la sangre del último varón goteaba por sus manos debieron preguntarse ¿Y ahora qué? Así fue como las encontró Jasón en la arena.

Esta isla tan suave de formas y colores tiene una belleza melancólica, nostálgica de sus glorias e infiernos pasados, que emana de sus rocas pardas y se queda flotando en el aire como una bruma. Aquí llegaron los primeros pelasgos a poblar Grecia; aquí se urdió la primera masacre de género;  aquí se congregaron las flotas aliadas para combatir en Galípoli; aquí, en su penal,  dieron con sus huesos numerosos e ilustres presos políticos después de la guerra civil y durante la dictadura de los coroneles. Aquí la kakabiá es más que una sopa un rito. Aquí, vayas por donde vayas y pasees por donde quieras encuentras restos de todo eso. Poco a poco y mientras descubres e indagas te quedas lentamente pegado a este suelo y pocas cosas son tan importantes como para irse.

Hace muchos años, cuando navegábamos hacia Estambul  nos quedamos en Myrina, la capital, retenidos durante un mes debido a problemas con un policía demasiado celoso y no bien informado de las normativas comunitarias; sí que es verdad que recién salidas del horno en aquel momento. Nos metió una multa suculenta; que nosotros resarcimos convenientemente disponiendo de agua y luz amarrados en el muelle de la patrullera; y nos quitó los documentos del barco a la espera de no sé qué papelillo, ni falta que hace acordarse de ello. En ese mes de “arresto” en la isla tuvimos tiempo de constatar ese apego del que antes hablaba; si bien, con el bolsillo maltrecho por la sanción no tuvimos ocasión de gollerías; tan solo de pasear y hacer algunas excursiones en bicicleta hasta sus manantiales de aguas calientes. Nada más irnos supimos que debíamos volver. Todo tiene su momento y llegó.

La Kakabiá, es una sopa primordial de pescado de la cual proceden todos nuestros calderos, suquets  y calderetas; el nombre alude al puchero con tres patas en el que se guisa.  En otras partes de Grecia se bastardea y se apotaja, metiéndole de todo, y se sirve cómo sopa de pescado, pero aquí es un caldo fundamentalista y primitivo acompañado de una ceremonia de servidumbre, como siempre se espera de los buenos guisos. Es tan sencillo que su exquisitez radica básicamente en la bondad del pescado que lleve, por eso debe ir seguida de apellidos: Kakabiá de mero, Kakabiá de escorpa, de emperador… y el pescado debe estar entero y turgente.  Se sirve el pescado  en una fuente con patatas, zanahorias, ramitas de apio, aceite y limón y se coloca la sopa al lado acompañada con trozos de pan duro; todo muy familiar, ya dije que eran los orígenes de todas las sopas de pescados. Los griegos recalcan; y a veces lo venden como tal en restaurantes de turistas; que también de la famosa bullabesa tiene genes comunes. No hace falta que ningún francés ponga el grito en el cielo al comparar la compleja y elaborada sopa marsellesa con este plato sencillo y humilde, pero así es la evolución; de algo parecido a un paramecio salieron los homínidos; al final ambos sobreviven.

Esta vez vinimos a conocer el golfo de Mudros, un enorme entrante del mar en el interior de la tierra que es la gloria de un barco, porque siempre hay lugares protegidos de cualquier viento y además, el pueblo, es un puerto amable y tranquilo; con un alcalde simpático que ha puesto una wi fi abierta para todos y donde los cafés se llenan a medio día de gente alegre y gritona que celebra la felicidad de vivir en una isla romántica.

Mudros no es un bello pueblo del Egeo, tampoco feo, pero los últimos años de bonanza económica han servido para que algunos adinerados hayan  llenado fachadas y jardines de un muestrario de alicatados L&M, cisnes, enanitos, águilas, piñas, fuentes y barrilitos; algunos rincones parecen el museo del holocausto. Habría que multar a esta gente carente de gusto que agrede con sus decoraciones al viandante; menos mal que el agua y la tierra se encargan de reparar el daño y lo resuelven con elegancia.

No hay comentarios

El puerto de Agios Stratios

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Sabíamos que Agios Stratios tenía mal puerto, o dicho de otra forma, no tenía puerto ninguno para pasar una noche confortable, pero las veces que habíamos pasado por su cercanía, el embrujo de las islas pequeñas, tan remotas, y que se puso encendida, roja de pura vergüenza, cuando cayó el sol en el mar; le daba un espíritu tan cálido, que nos lanzó una invitación a recorrerla. Ya imaginábamos los aromas de sus caminos polvorientos y los paseos acompañados de arañas, moscas y avispas que nos ofrecerían esas piedras coloradas para llegar a sitios inimaginables. Llegamos ya de noche.

El puerto es verdaderamente minúsculo y un antiguo ferry desvencijado ocupaba la mayor parte del muelle decente; la ola daba la vuelta al malecón y se adentraba hasta la playa. Dos barcos más espabilados, que habían llegado antes, se habían abarloado y solo nos dejaban espacio para amarrarnos con ancla de popa al muelle. La previsión era que rolara al sur por la noche, de lo contrario estábamos perdidos; los vecinos amarrados de costado pegaban unos tremendos socollazos, nosotros, atravesados a la ola podíamos esperar una noche inolvidable si aquello no cambiaba.

El pueblo es tan pequeño que lo recorres en nada, pero como estaba oscuro esperé que la luz del día me diera más pistas para componer un relato. A lo único que aspirábamos en esa primera ojeada era tomarle el pulso y que nos vendieran pan.

– Mañana por la tarde.

Mira que es raro una isla en Grecia sin pan ¿Será que lo traen con el  Ferry? Pues no será este, mira que bollos tiene, sí, el pobre está para el arrastre y además es muy pequeño ¿Qué tendrá 30 metros? Algo así. Pues mira que de manga; parece un  flautín. No, este debe estar criando malvas. Se llama Aeolis ¡Pobre Aeolis abandonado! ¡Pobre su capitán cuando lo vea! Porque a los barcos se les quiere, aunque sean esmirriados cómo Aeolis ¡A esos más! Como a los hijos tontos.

Andábamos con la chunga y las bromas cuando un vecino nos alertó de que el tal Aeolis salía a las 6 y media de la mañana y que igual le molestábamos. ¡Vaya con Aeolis! Nos fuimos a constatar con su tripulación si realmente le estorbábamos y como no veíamos a nadie subimos a bordo por la rampa de popa. El barco era tan pequeño por dentro como por fuera, a lo sumo podría llevar 4 coches y 30 personas. Pero volvería cargado de pan.

– ¡Uy! aquí huele como a pintura.

Nuestros pies se quedaron pegados a su cubierta; habíamos entrado mirando hacia arriba, hacia el puente, sin percatarnos que en medio de tanta chapa oxidada relucía un sendero verde brillante y que las brochas y los botes descansaban a un costado, recién dejados, recién acabado, recién pintado. La fortuna quiso que no dejamos huellas delatoras y pusimos pies en polvorosa hacia nuestro barco; ese que desde lejos veíamos balancear ostensiblemente ¡La madre que nos parió!

No pasó ni una hora hasta que vino un simpático chaval a decirnos que sí, que molestábamos la salida del ferry, tanto nosotros como nuestros vecinos y que a las 6 y cuarto, todo lo más, debíamos salir. Perdonar la molestia, pero luego volvéis a amarrar y tan ricamente os quedáis hasta las 5 que vuelve Aeolis otra vez; esta sí cargado de pan; y nuevamente debéis salir y entrar. Y que conste que lo sentimos pero… ¿Todo de vuestro gusto? Sí, sí, claro. Ya los vasos y los platos corrían por la mesa de un lado a otro.

El viento roló y amainó como esperábamos, pero fue entonces cuando empezó lo peor, nos caímos de la litera varias veces y vimos pasar las horas, una tras otra, hasta la salida de Aeolis. Nuestros vecinos, siempre más espabilados, se piraron sobre las 5. La verdad es que era mejor navegar en medio de la noche que sobrevivir en el puerto. Se desvanecían mis  esperanzas de isla sonrosada, los paseos, los caminos, las playas, los manantiales de agua caliente.

En este país de caos organizado, las deficiencias se suplen con buena voluntad y las cosas funcionan dando por descontado la colaboración de todos. Es necesario que tú seas un καλό παιδί  (buen chico)  y por tanto tienes que tener un καλή καρδιά  (buen corazón). Pero no todo el mundo es igual y yo me preguntaba ¿Qué pasaría si los yates remoloneaban en la cama y se retrasaban? ¿Y si un imprevisto impedía desamarrar a alguien? ¿Qué haría el capitán? ¡Pobrecillo capitán! Que desespero, con sus pasajeros en cubierta ¿Y cuando volvía a las 5 y los propietarios de los veleros deambulaban todavía por las playas?  ¿Tendría que esperar en la bocana? ¡Pobrecillo! ¿Y qué me dices de los temporales de invierno? ¿Y las averías de aquel viejo cascajo repintado? Ah, el capitán del Aeolis era  un héroe, con gotas de sangre de legendarios argonautas corriendo por sus venas, que llevaba el pan a su isla, a los enfermos al médico y a algún funcionario a su trabajo.

Me acordé de una noticia aparecida en la prensa sobre la retirada de subvenciones al transporte marítimo, en Grecia, a islas poco habitadas, dada la situación económica del país. Que melopea cogí pensando en el destino de Aeolis. Y que rabia de que se pudiera llegar a deshabitar esta isla colorada.

A las 6:30,  encendió sus luces y salió como un reloj. No vi más que a cuatro gatos en su cubierta, literal, porque algún minino de los que se cobijaban en sus entresijos por la noche, concretamente el más pasmao, podía realizar, con toda probabilidad,  un viaje imprevisto a los cubos de basura de Mirina, en Limnos y de paso a mejorar la raza con cruces interinsulares.

Seguimos rumbos paralelos un rato, luego Aeolis se perdió entre los dedos de rosa.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

No hay comentarios

Cosas de Skyros

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Islas, Islas. Islas como Skyros que te perturban, que te “roban el alma y la estremecen del mismo modo que el viento de las montañas azota, golpea sobre las encinas ululando” como dijo Safo; te dejan patidifuso y enamorado como a un tonto adolescente. No siempre es amor a primera vista si no que requiere de segundas y sucesivas visiones para que caiga el rayo cegador, la flecha venenosa que te convertirá en adorador embelesado.

Si de algo adolecemos los navegantes con frecuencia, es de la falta de curiosidad por todo aquello que suceda más allá de 1 kilómetro del puerto. Arribar, amarrar y zarpar al día siguiente. Ese viento favorable, ese tiempo escaso, la impaciencia, la codicia de ver cuanto más mejor y sentir que lo has conquistado. Pero en Grecia, en una isla, solo puedes decir que has estado después de un tiempo, después de aburrirte o de enamorarte.

Skyros, aunque administrativamente pertenezca a las Espóradas del Norte, bien podría ser una Cíclada; tienen en común el meltémi furioso del verano  que deja el ambiente limpio,  la tierra vacía y la Jora blanca prendida a la montaña. Pero enseguida adviertes que Skyros es más serena y sosegada que sus primas del sur.

A las señoras de las Joras de las Cícladas y de gran parte del Egeo les encanta darle al pincel para colorear un poco esa blancura cegadora. Pintan rejas y ventanas, cúpulas y terrazas, pintan sus chimeneas, sus macetas, los árboles y las piedras; hasta algún perro dormido y despistado podría ser objeto de la brocha de una kiría (señora) entusiasmada. Pintan preferentemente de azul, pero también hay rojos y verdes. Skyros, sin embargo es más sencilla y discreta; una guapa muchacha que odia el maquillaje; los colores de esta isla, a parte del blanco, son ocres, azules pálido y amarillos discretos; dejan que el mar y el cielo coloreen el resto. Es tranquila, silenciosa y brillante;  sus habitantes sonrientes, amables, dan la impresión de vivir en una Arcadia feliz.

La parte norte de la isla está habitada; aunque eso es mucho exagerar;  allí se encuentra la Jora, el puerto, las ermitas al borde del mar y los establos de caballos enanos, descendientes de una raza que trajo Alejandro Magno. Vi tantos que pregunté:

– ¿Para que los utilizáis? ¿Para carne?

Yo solo esperaba una respuesta negativa pero él me miró horrorizado ¡Qué salvajada! solo de pensar en comerse a esos dulces caballitos.

– Los utilizamos para abonar la faba.

La faba es una legumbre y también un plato famoso del Egeo, un puré que se sirve con aceite y limón. No es una especialidad que me entusiasme, pero algo tan delicado como para que crezca mejor con cacas de caballo enano, preferentemente a las de vaca o cordero, no es algo que se pueda desdeñar, así que habría que probarlo.

– También es muy sabrosa aquí la cabra salvaje al horno.

No entendimos muy bien esa peculiaridad de sus cabras, porque las cabras de Grecia siempre son salvajes, agrias, άγρια; suelen vivir en los riscos con toda libertad. Pero eso fue antes de entrar en la parte salvaje, agria, deshabitada, de la isla.

Ya caía el sol, esa hora estupenda, cuando nos adentramos por la carretera que llevaba a la parte salvaje, el Limniares, la tierra de Ares, o por decirlo de otro modo Marte; nada más descriptivo. El paisaje cambió de improviso como si hubiéramos atravesado un espejo y aparecimos en una tierra extraña y petrificada, con unos árboles minúsculos que se inclinaban hacia el sur. Unas esculturas grandes hechas de rocas brutas, enormes y casi imposibles de imaginar el ponerlas en pie sin una grúa, aparecían de trecho en trecho dándole un aspecto extraterrestre;  claro, estábamos en Marte. Juraría que las piedras cambiaban de lugar cuando cerraba los ojos.

– Yo diría que esa gris y pequeña antes estaba allí.

Entre piedras móviles y bonsáis de encina, las miradas verticales y amarillas de miles de cabras nos observaban, ejércitos de cabras locas triscando sobre los diminutos árboles que no veían la forma de crecer, saltaban sin descanso. Las ovejas, más tontas ellas, se apartaban en estampida cuando pasábamos por la carretera para luego volver a inundar el asfalto. Si me hubieran dicho que estaba en el pleistoceno no lo habría dudado.

La carretera seguía y subía y subía; las águilas daban vueltas sobre los rebaños de Ares y los conejos de Marte. El tiempo se detuvo, cobró una dimensión elástica, de ida y vuelta. Se acabó el mundo, se acabó el tic tac; ese imbécil implacable, el tiempo, no parecía importar en esta parte del universo. No hubiéramos pestañeado al ver aparecer a un dios, o a Alejandro con sus caballitos, o al infortunado Teseo, o Aquiles disfrazado. O incluso al ver el futuro.

El aroma es difícil de recordar, porque olía a espliego y a encina, a animales y estiércol; pero también olía a piedra y tierra antigua; olían los rayos de sol horizontales y los arboles esmirriados. En  aquella tarde prodigiosa olía todo.

Una tortuga grande intentaba cruzar la calzada cuando llegamos, con el sol todavía sobre el horizonte y se escondió ante nuestras miradas. Ya anocheciendo, al iniciar la vuelta, la volvimos a encontrar al otro lado, exhausta y contenta de haberlo conseguido. Quizás mañana emprendería el camino de vuelta. Tenía todo el tiempo del mundo.

– Pues tendríais que verlo con luna llena.

Este tío es un veneno ¡Yo lo mato! Ahora ya solo tengo ganas de volver a Skyros con luna llena.