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PUERTOS GRIEGOS: GYTHIO

Al navegar por aguas protagonistas de cuentos y leyendas tienes asegurado el caer bajo el conjuro de visitar lugares donde antes habías estado sin saberlo; una extravagante fabulación intelectual donde lo leído, soñado o escuchado tienen la manía de confundirse con lo vivido. El conjuro es más fuerte con el paso del tiempo.

Gythio tiene ese sorprendente parecido con algo ya experimentado. Un anfiteatro de casas frente al puerto que han sido espectadoras de trascendentales momentos y sucesos; donde se han representado grande dramas, donde se puede ver la isla de Kranai, con ese Paris enamorado o soberbio y esa Helena, entregada o aterrorizada, como quiera escenificarlo el director, en su primera noche tras la huida del palacio de Menelao. Gythio venida a menos con los años. Con sus fachadas de hermosa decadencia y sus hoteles envejecidos a fuerza de recibir visitantes que no paran quietos y no se quedan en la ciudad para destriparla a base de paseos y cafés. Gythio dormida a la sombra del Mani o de Mistra, destino de los turistas madrugadores. Gythio reformando su puerto para alojar a los grandes cruceros que desembarcarán ingentes cantidades de viajeros que con toda seguridad saldrán zumbando hacia los sitios más conocidos.

Si quieres conocer un poco Gythio lo mejor es coger una de las bicicletas municipales a tu disposición en algunos Kioscos. Solo tienes que entregar el DNI para poder disfrutarla todo el tiempo que quieras. Aunque estamos acostumbrados a las singularidades griegas esto es más propio de un país aristocrático que de uno arruinado; pero en los tiempos que vivimos, en los que te cobran hasta por el aire que respiras, estos detalles alegran la vida, en el sentido más literal de la expresión. Bueno, hay un punto triste; el verlas pinchadas sin que nadie las arregle. Teniendo en cuenta lo poco que cuesta arreglar un pinchazo, si descontamos ir a buscar el material, y si los mismos kioscos tuvieran parches y cola, sería un curioso experimento dejar al libre albedrío de los usuarios el arreglo de neumáticos. ¿O no? ¿Ni siquiera así nos podríamos organizar?

Otra curiosidad de Gythio es que en la plaza más cercana al puerto, donde van a parar los turistas, hay dos sedes llamativas. Una desgraciadamente es la de la aurora de los huevos dorados, con sus banderas negras cubriendo el balcón de forja y su estética Mein Kampf que no ha variado un ápice desde hace más de medio siglo. Te desvía la mirada y casi no te percatas de que detrás, en otro balcón igualmente de forja, está la sede del Olimpiacós, con su bandera verde esperanza. Parecerá una banalidad, pero el encontrar una base de un equipo de futbol del Pireo, aquí al sur del Peloponeso, no se puede entender bien si no tenemos en cuenta que esto es Esparta y no analizamos un poco la historia futbolera de este país.

El derbi de los eternos enemigos,  Ντέρμπι των αιωνίων αντιπάλων, es cualquier partido que enfrente a los dos equipos principales en Grecia; el Panathinaikós y el Olympiacós. Como siempre en estas rivalidades podosféricas, hay que hacer arqueología social para llegar al meollo de la cuestión. El Panathinaikós, fundado en 1908, se nutre de aficionados de Atenas y fue desde el principio tildado como el representante de la clase alta social de la capital. Por su parte, el Olympiacós fue fundado en 1925 y proviene de El Pireo, de la clase trabajadora, de los astilleros, del puerto sucio, de los refugiados expulsados del Asia Menor y si me apuras hasta de la rebética.  El éxito del Olympiacós tras su creación se interpretó como el triunfo de pobres sobre los  ricos y se convirtió en el equipo de los parias de la tierra oprimidos, alzados como famélica legión frente a una pelota de lunares.

No es extraño que estos descendientes de Esparta prefieran ser del Olympiacós, antes que del equipo de los atenienses, sus αντίπαλοι, enemigos, de verdad . Pero lo extravagante es que tuvieran una sede tan grande en el centro de una pequeña ciudad a muchos kilómetros del Pireo. Nunca antes lo había visto. Me pareció como una declaración de intenciones.

Suponer, idear, fantasear, recordar, elucubrar…

– ¿Esparta? ¿Para qué queréis ir a Esparta? Mejor Mistra. Es algo espectacular.

– Pero es que era Esparta la que salía en los tebeos, con Leónidas y los 300; Mistra nunca.

La verdad es que en Esparta no hay grandes cosas que ver. Un grupo de apenas 5 personas trabajaba en sus ruinas, que son de entrada libre y que te encuentras de sopetón, paseando por la desangelada ciudad moderna. Uno de los trabajadores fue muy amable y nos explicó que se ocupaban de un edificio,  supuestamente de finalidad religiosa, pero que apenas habían llegado a la capa romana; les quedaba un mundo por excavar hasta alcanzar algo perteneciente a la época clásica. El presupuesto era tan apretado y hay tantos restos en los que trabajar en este país que probablemente no llegarán nunca.  Además estas ruinas habían sido saqueadas siglo tras siglo, dominación tras dominación;  las columnas y pilares se habían utilizado en la construcción de otras edificaciones modernas. Los de antes y los de ahora, empecinados en borrar a Esparta y convertirla en un parque de piedras anónimas para paseantes.

Pero no se viene aquí solo para ver, si no para ensoñar, imaginar, evocar, inventar, recordar, representar, rememorar, revisitar… Jugaba yo a encontrar calificativos y sinónimos cuando me di cuenta de que  mi interlocutor se había quedado mudo.

– ¿Qué te pasa?

– Que me resultan muy familiares esas montañas y este valle.

– Ah ¿Si?

– Tengo la impresión de que yo ya he estado aquí anteriormente.

– Ja, a ver si resulta que tú has sido espartano en otras vidas. Pues yo siempre he sido más de la Atenas de Pericles, que quieres que te diga, lo del rigor espartano y despeñar a los deformes por las montañas no me va. Prefiero lo de “amamos la belleza y el arte sin desmedirnos y cultivamos el saber sin ablandarnos”. Eso de separar a los niños de sus familias para hacer la instrucción militar, pues que quieres que te diga… ¿No serías un esclavo ateniense?

– No.

– Manumitido, quiero decir.

La cosa se caldeaba y los espartanos siempre tuvieron fama de duros guerreros. Era mejor dejarlo ahí.

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GEROLIMENAS, UN PUERTO EN EL PELOPONESO

Sirvieron un plato de aceitunas ovaladas y brillantes, de un color morado profundo, resplandeciente, húmedo, de vidrio; que se reflejaban en el aceite que había en el fondo de la loza. Rezumaban un jugo oscuro que dibujaba volutas y redondeles en el aceite. Pan y vino.

Dicen que el Mediterráneo acaba donde acaban los olivos. Hoy  puede no ser verdad pero siguen constituyendo la seña de identidad de la cuenca Mediterránea esos bosques de copas plateadas y troncos retorcidos que se llenan de flores en octubre para dejar caer sus aceitunas amargas sobre ellas. Originario de Asia menor, se extendió por toda la cuenca mediterránea de este a oeste; por el norte y por el sur. Y curiosamente nos traía a España dos palabras sinónimas de raíces diferentes; oliva y aceituna, una griega por el norte elaia (ελαια) y otra árabe por el sur, zaitum.

Se sabe por las muestras que se obtienen de polen de olivo en los restos arqueológicos, que en el Peloponeso su cultivo data del siglo XX a. C. La verdad que estas aceitunas de Kalamata son de otro nivel, convierten el aperitivo en una excelencia. Estas altezas redondas resbalan cuando intentas pincharlas y al morderlas, casi sin quererlo, abres bien la boca y los dientes, como si temieras hacerles daño. Luego estallan en prodigios, dejándote el paladar colmado de hermosos recuerdos.

La tarde era tranquila con una brisa templada que venia del mar, Gerolimena estaba en calma, a pesar de ello una molesta honda entraba en el puerto y dejaba a todos los barcos, pocos, bailando. Realmente Gerolimenas, a pesar de su nombre que quiere decir antiguo puerto o quizás puerto sagrado, es lo menos parecido a una dársena segura. Fue en sus inicios un refugio de piratas y hasta la década de los 70 no había forma de acceder si no era por mar, a pesar de eso creo que en algún momento ciertos ferris amarraban aquí; con desesperados capitanes es de suponer. He visto fotografías de Gerolimenas con temporales de suroeste que muestran un pueblo cubierto de espuma. Debe ser la razón por la cual estén censados solo 55 habitantes.

Llegó un caique pequeño con un hombre que gesticulaba ostentosamente e inmediatamente se llenó el muelle de personas que vociferaban y hacían aspavientos. Las voces subían de volumen, los brazos iban y venían con movimientos exagerados. Soy curiosa sin remedio así que dejé las aceitunas y me aproximé al barullo para ver que pescaba. El misterio se resolvió al instante al constatar que el patrón del caique era sordomudo y estaba preguntando, por señas, si podía arrimar el barco al muelle o si por el contrario habían dado un parte meteorológico preocupante y tenía que alejar el barco y dejar las amarras laxas. Las opiniones, encontradas, los meteos diversos, las interpretaciones dispares, el surtido de lobos de mar con sus experiencias, crearon un foro de chillidos y manoteos que nada tenían que ver con el leguaje de sordos. El patrón los dejó por imposibles, afirmó su barco a una distancia discreta, extendió sus alfombras por cubierta y se lio un cigarrillo en silencio, como no, dejando aplacar las discusiones.

Volví  a mis aceitunas reveladoras, cada una era una caja de sorpresas. Esta última me había dejado un perfume de ciclámenes rosas creciendo en los olivares, con la luz tamizada por hojas y olivitas. Increíble.

Gerolimena es un pueblo bello y rocoso al borde del mar que crece en encanto a medida que progresa el día, va resaltando ese color ocre de sus casas, el mismo que las montañas, o el muelle, mientras que allá, por poniente, la tarde se sonroja. El mar recorta más que en ninguna otra parte del Mani la silueta de estos caserones de piedra, la misma piedra que las montañas o el muelle. No hay la menor estridencia en este lugar.

Otra aceituna. Esta sabe a mar azul marino, lleno de caracolas marinas. Que sorpresa.

Nos sentamos en la Taberna más antigua del pueblo. Los manteles necesitaban un repaso, las pinturas de las puertas y ventanas habían vivido mejores tiempos y los servilleteros, con emblemas de Cinzano me tele transportaron  en un segundo a la infancia. El dueño, muy callado, arrastraba unos pies de camarero cansado para servirnos las aceitunas.

– Mira, les ha puesto aceite.

– Y las sirve con pan.

Son esos milagros griegos que continúan sorprendiendo aun llevando tiempo en el país, o quizás a causa de ello; la circunstancia más simple se puede convertir en un suceso trascendente, el más escueto de los platos en una alegría inmensa.

Llegó la última oliva. Que sabía a pura melancolía salada.

– Señor, sus aceitunas son estupendas. Nos gustó mucho el aceite con el que las sirve-.

– Claro, es que eso es lo básico, el aceite-.

Nos miró sorprendido de que no hubiéramos caído en la cuenta hasta ahora.

Nos complicamos la vida sofisticándola sin sentido, cuando la virtud y la inocencia de este plato de aceitunas tienen chispa de sobra para dejar un recuerdo imborrable.

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NAVEGANDO POR EL PELOPONESO.

Hay cosas que no existen a menos que te pongas a buscarlas. Indagar sobre asuntos increíbles puede convertirse en un galimatías. Por ejemplo si buscas la entrada al Hades comprobarás que hay diversos lugares de Grecia que reclaman su paternidad. La falta de datos concretos de los historiadores sobre la geolocalización del ingreso a los infiernos griegos hace que todo se complique mucho. Ya sé que parece que hablo de broma pero es totalmente en serio, no es nada fácil situar la puerta de la morada del dios Hades y su esposa Perséfone. Solamente en el Jónico hay dos desembocaduras de rio que responden a la descripción que da Homero, por boca de Circe cuando quiere indicar a Odiseo como descender al inframundo:

El soplo de Bóreas la llevará, y cuando hayas atravesado el Océano y llegues a las planas riberas y al bosque de Perséfone esbeltos álamos negros y estériles cañaverales, amarra la nave allí mismo, sobre el Océano de profundas corrientes, y dirígete a la espaciosa morada de Hades. Hay un lugar donde desembocan en el Aqueronte…

Yo estuve en las dos, pero nada vi sobre la laguna Estígia. Pero resulta que en  el  Peloponeso, en el Ténaros hay otro posible ingreso a los infiernos. Si mal no recuerdo Heracles, Hércules, bajó por aquí para vérselas con el perro de tres cabezas, el cancerbero, en uno de sus famosos trabajos expiatorios. Nada más lejos de la descripción homérica pues aquí no hay álamos, ni otros árboles, ni mucho menos desembocaduras ni cañaverales. Pero sí un océano de profundas corrientes, porque es frente a este cabo meridional donde el mediterráneo llega a sus máximas profundidades, casi 5000 metros. No sé si los clásicos barajaban este dato para elegir la antesala del más allá, pero, la verdad es que cada día me sorprendo más de las cosas que conocían y perdimos con la bruma de la historia.

Yo venía  releyendo a Patrick L. Fermor, en su libro “Viajes por el sur del Peloponeso”; narración obligatoria si quieres viajar por la zona y entenderla. El también, atraído por el mito, se embarcó en un caique para buscar la improbable entrada, cerca ya del faro del Ténaros. Creo que llegamos a descubrir la cueva de la que hablaba y donde se sumergió, pero tampoco dejaba muy claro que hubiera encontrado nada especial. La verdad es que resultaba difícil dejar el barco solo en un fondeo precario para adentrarse buceando en el abismo sin retorno. Un barco te transporta pero también tiene su servidumbre y sus cuidados; no se merece que bajes la guardia por mucho infierno que busques. Nos quedamos con las ganas.

Unas millas más al norte, en la bahía de Diros, hay unas cuevas muy famosas que, como no,  aspiran a ser las puertas del Hades. Se trata de un conjunto de galerías, cuyo acceso está situado un poco por encima del nivel del mar, pero que en algunos puntos pueden llegar hasta 71 metros bajo la superficie; miden aproximadamente 14 kilómetros de largo y el agua dentro no es salada pero sí de una dureza especial que ha producido la creación de pasadizos interminables adornados con estalactitas y estalagmitas de gran belleza. Las cuevas se conocían desde principios de siglo pasado pero no se empezaron a explorar hasta los años 60. Los primeros aventureros se quedaron sorprendidos de encontrar esqueletos fosilizados de muchos animales extinguidos en el continente europeo; hipopótamos, linces, leones y hasta restos de asentamientos neolíticos. Las cuevas se abrieron al público y hoy en día representan un atractivo turístico para la deprimida zona del Máni. Se accede a ellas por carretera o por mar, fondeando en las cristalinas aguas de la bahía, aunque muy abierta a los vientos dominantes de la zona.

No me entusiasman los sitios donde llegan los autocares, en caravana, y se bajan los turistas, en fila, y te reparten folletos y te estabulan y te sientan en una barca y te dan un chaleco salvavidas y te explican, pero… ¿No había que buscar la bajada a los infiernos? Así que hicimos de tripas corazón y nos encaminamos al posible fuego eterno.

Por un lado tuvimos suerte pues no había nadie ese día, por otro no, pues el nivel del agua había subido; dijeron; y el recorrido por las cuevas quedaba reducido a la mitad; explicación suficiente para que no hubiera nadie. Consideramos la posibilidad de abandonar, aunque era ahora o nunca; no creo que hubiera otra ocasión para obnubilarnos tanto y volver a un sitio así. Nos sentamos en un banco, nos pusieron el chaleco y esperamos. Como no vino nadie más pudimos bajar los dos solos por las escaleras que conducen al pequeño embarcadero donde unas 8 chalupas con banquitos esperaban la llegada de clientes.

Los carteles constantemente advertían de la prohibición de utilizar cámaras o de tocar las paredes de la cueva para no malograr las estalactitas. Lo de las fotos no lo entendía bien pues las cuevas se encuentran iluminadas, con luces de colores, para realzar más el efecto de las formaciones milenarias; pero me lo aclararon en seguida. Nada más sentarnos en la barca, juntos, en crujía y con el chaleco puesto ¡ay señor! emergió un fotógrafo desde las profundidades del Averno  y nos soltó un flash que nos dejó noqueados y viendo estrellitas luminosas.

Subió el barquero como un exabrupto que hizo tambalear la barca, transmitiéndoles el impulso a sus vecinas y quedando todas bailando una danza maldita. Comenzó a recitar a voz en cuello un texto aprendido de memoria sin puntos ni entonaciones pero lleno de cifras, fechas, hipopótamos, nombres y distancias. Nosotros veíamos pasar hermosas galerías a nuestro costado que nunca visitaríamos, pues él seguía en línea recta y voceando, pegando unos tremendos empellones a las bellas estalactitas y estalagmitas para dirigir la barca. Estuve segura de que por fin habíamos llegado al Tártaro y el barquero, el mismísimo Caronte nos torturaba ya desde el inicio del viaje; le hubiera metido un trapo en la boca para que dejara de enumerar nuestros pecados.

Tras recorrer unos 200 metros escasos nos desembarcó en la otra orilla para que saliéramos por nuestro pie a través de corredores que ascendían a la superficie; creo que fue lo mejor de la visita, cuando se alejaba en silencio.

A la salida y como era de esperar, nuestra foto colgaba expuesta para que la adquiriéramos; impresa sobre un folio corriente y con la tinta borrosa de una impresora en mal estado. Pero se alcanzaba a ver la mueca gorgónea que posé para el fotógrafo.

Intentaba encontrar una canción alegre para esta entrada pero me tropecé con Hatzidakis, mi debilidad, y este poema de Nikos Gkatsos. No habla concretamente del Hades pero sí del mito de la resurrección de Perséfone cada primavera para pasar un tiempo con su madre Demeter, diosa de los cereales y los frutos. La vuelta a la vida de la hija alegraba a la madre que permitía una abundante cosecha para el verano y se celebraba en Eleusis con especial devoción mediante el rito iniciático de los “misterios de Eleusis”. Hoy Eleusis, convertida casi en un arrabal de Atenas, carga con los deshechos de la gran ciudad y su silueta queda oculta entre grandes astilleros, refinerías, llamaradas y petroleros fondeados frente a su costa.

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UN TEMPLO FRENTE AL MAR

Abandonar la golosa melancolía del Jónico para adentrarse en la generosa luz del Egeo no es algo que se produzca de forma gradual cuando se navega por el sur del Peloponeso; ese lento desaparecer de los tejados rojos y las casas coloridas para dejar paso al blanco de las terrazas eternas y azules infinitos, no sucede. A la altura del cabo Ténaros, el dedo central de la península, hay un salto en el tiempo y el espacio para el cual es difícil preparase, por mucho que uno lea y se informe. En este cabo, la abrupta cordillera del Taigeto comienza a perder fuelle y se agacha hasta sumergirse en el mar; aunque antes se vuelve pérfida y apocalíptica, cuando sus montañas reciben el nombre de Kakovuná; montes malos; o Kakovouliá; malos consejos; según la fuente que consultes. Estos Kakovouná se van desvistiendo poco a poco y se deshacen de sus árboles y matorrales en el descenso. Se achicharran la piel con el sol y los temporales, quedándose en cueros o con tan solo unas zarzas, como puercoespines, para dar sombra a las culebras, si las hubiera. Es la región del Máni profundo, la parte más extravagante de Grecia y que fue territorio espartano en su momento glorioso.

Cuando te aproximas con el barco te da el pálpito de que ves una tierra nerviosa, un filete entreverado de fibras y ligamentos difícil de masticar. Debe de ser su color pardo surcado de caminos quebrados que suben a latigazos, o las vallas y linderos de piedra de las propiedades que dibujan un entramado de formas sorprendentes; ya sea en círculos, ya sea en cuadrados o en figuras irregulares de las que a veces sale un cuerno insolente que se adentra en propiedades vecinas. La posesión de estos campos baldíos, a los que nadie en su sano juicio debería dar mucha importancia, fue fuente de graves conflictos y luchas intestinas entre clanes familiares. Me huele que dichas cuitas no deben de estar del todo solucionadas pues algunos terrenos se ven socarrados por el incendio, mientras que los vecinos están intactos; no parece nada serio pues aquí el fuego se extingue por aburrimiento y se apaga sin que nadie lo mire.

El faro del Ténaros en la punta más meridional; que nosotros memorizábamos cómo Matapán; tiene el castillete pintado de un color turquesa, amable y luminoso para sosegar al asustado navegante, porque aunque los montes son malos, los mares peores y los vientos racheados hasta la locura, la procesión de mercantes que transitan de una parte a otra del Mediterráneo es eterna y ahí está él para guiarles a buen puerto. ¿Cuál? Le preguntaría yo, porque si algo le falta a la zona es un puerto abrigado. Pero ¡que se le va a hacer! Si quieres conocer el Máni profundo tienes que ser paciente y esperar al buen tiempo. Veníamos dispuestos a ello.

En las proximidades del faro hubo un oráculo bastante importante que los espartanos venían a consultar antes de la salida de las naves. El lugar albergó también un templo de Apolo que luego fue uno de Poseidón y por último una  iglesia bizantina; dioses diferentes, los unos sobre los otros y las piedras cambiando de culto a capricho de los fieles. Abajo los barcos navegando en fila, siglo tras siglo. El día era el perfecto para poder fondear a sus pies y visitarlo, aunque no hace falta decir que poco queda que dé pistas de cómo fueron los templos o la iglesia. Dejamos caer el ancla sobre una arena suave produciendo una polvareda en el fondo que atrajo a todos los peces buscando el alimento que dejaba al descubierto la nube de granitos plateados que levantaba el fondeo. El color del mar hacía juego con el castillete del faro, a manchas azules y turquesas.  Los pocos visitantes acababan indefectiblemente lanzándose al mar para refrescarse y nadaban entre las barcas, escondiéndose del sol y flotando en la calma.

El recinto se encuentra abierto y estaba casi vacío, tan solo una pareja de inglesas victorianas, con sus pamelas sujetas con lazos, paseaban dando traspiés por las rocas y exclamando ¡Oh my God! a cada momento. Supongo que no entenderían que en el hotel les hubieran interrumpido la partida de bridge para traerlas a este sitio pedregoso, sin carteles, sin guías y sin tienda de suvenires; se hicieron dos fotos y salieron despavoridas en busca de una sombra. Pero a mí me pareció un privilegio sentarme sobre estas piedras calientes a contemplar el infinito y alcanzar ese estado de bienestar nutritivo que producen los templos griegos destruidos hasta sus cimientos. Debe de ser la posibilidad de ensueño que origina el imaginar lo que allí había, pero quedarse ahí quieto y en silencio es un masaje del alma.

Dicen que el Homo sapiens inventó las religiones como medio de supervivencia colectiva, pero también que fue la primera especie en la evolución capaz de ello por que sueña, con sueños elaborados, a diferencia de otros homínidos. Allí estaba ese lugar que lo transmitía todo con una paz total. No tuve más remedio que ofrecer un sacrificio en el redondel del oráculo frente a la gran pitonisa del Ténaros.

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KORONI

Koroni es el pueblo que se puede esperar, en el Peloponeso, cuando te enteras de que tiene una fortaleza casi tan grande como su casco urbano. Koroni es además un nombre determinista y descriptivo que te prepara para ver coronas y castillos. Verás coronas y castillos.

Es un puerto al que recurrimos con frecuencia cuando pasamos por el sur de Mesenia, el dedo pulgar de la tierra de Pélope. Si le llamamos puerto seríamos generosos pues tan solo un espigón abriga de los vientos del sur; aunque cuando sopla el siroco las olas saltan por la escollera, indiferentes a muelles u obstáculos; e incluso con buen tiempo la resaca es considerable y los barcos permanecen alejados del muelle dejándose ir y venir con amarras largas y elásticas para evitar los socollazos. Sale ganando Koroni, porque la vista sobre el pueblo es limpia y sin distracciones, cuando llegas por el mar; las casas de colores moderados y teja descolorida por la frecuente lluvia, se reúnen en filas dando el aspecto de un gran teatro repleto de espectadores discretos. El castro, como una corona viene a darle el punto final del que hablaba.

De Koroni me gustan sobre todo dos cosas: las barcas que venden pescado y los barberos. Con la calma matutina se acercan los caiques al muelle a vender la captura de la noche. Cada uno tiene su mostrador metálico fijo en el que exponen su mercancía; sacan una balanza de platillos abollados que brincan y tintinean con el regateo y el tira y afloja; las pesas deformes e injustas hacen kilos de tres cuartos a tal rapidez que no da tiempo a la interjección, pero siempre te regalan el puñadito final para que te vayas satisfecho. Esta vez compramos koutsumouras, un pescado afín al salmonete pero de linaje más  humilde, aunque el aroma al freírlo es tan intenso como el de sus primos de sangre azul. Creo que se corresponde con nuestro “salmonete de fango” pero no sé qué tipo de fango será el que le da un sabor intenso.

Las barberías me interesan más que los peces y no sé por qué extraña razón en Koroni hay bastantes. Esos cilindros de rallas azules y rojas dando vueltas me dejan pasmada y me dibujan en la memoria las bacinillas metálicas, el chic-chac de las tijeras, el olor a colonia barata y aquellos señores simpáticos, charlatanes, de camisolas blancas abotonadas en un hombro, con un peine saliendo del bolsillo, que se inclinaban sobre sus clientes para dejarlos hechos un pincel y perfumados; salían todos dándose golpecitos en la mejilla. El dejà vú de los dulces sueños que uno siempre quiere volver a soñar me lo servía en bandeja el aroma de potingues y crece pelos junto con las orlas giratorias, me hipnotizaron. Este país, con frecuencia, tiene el poder de transportarme a entrañables fantasías.

Una de las barberías se llamaba la tijera de oro, haciendo un juego con unas tijeras abiertas y la X de χρυσό, toda una hazaña en diseño de logotipos. Me trajo a la memoria un cuento que inventé de pequeña sobre una modistilla que tenía unas tijeras de oro y un dedal de plata.

La chica tenía el don de trabajar muy rápido y provocar la modorra de sus clientes con el ir y venir de las tijeras doradas y el dedal plateado; mientras dormían cosía y cuando despertaban tenía listo el traje encargado. El resultado era como un guante y no solo eso, si no que en cuanto se vestían se convertían en personas elegantes y atractivas, fueran como fueran antes. La fama de la costurera voló como el polvo y llego a los oídos de una señora muy rica y muy fea que le hizo varios encargos. Cada vestido que le cosía era más primoroso y le sentaba mejor, los admiradores se agrupaban en su puerta para verla pasar. Como siempre, los malos del cuento tienen que ser mezquinos y egoístas, así que la falsamente hermosa señora encerró a la muchacha en un castillo para que solo confeccionara para ella. La historia tenía diversos desenlaces dependiendo de mi estado de ánimo y del público; desde el romántico y apuesto muchacho que veía los reflejos dorados salir por el ventanuco y la salvaba, hasta el más cruento clavar de tijeras afiladas en el corazón de la malvada. O bien se quedaba en suspenso porque creo que prefiero los cuentos sin final y cada uno que invente según sus gustos.

Debía llevar un rato obnubilada frente al cartel porqué me di cuenta que todos miraban hacia afuera y que el peluquero ponía cara de preguntar ¿que desean? Yo no podía entrar y sentarme en la butaca porque el establecimiento era exclusivo para caballeros y Jesús no accedía, aunque yo insistía, a afeitarse la barba que lleva desde que nació, así que le pedí disculpas al señor y abandonamos su puerta para seguir con el paseo.

Cuando a menudo recibo correos de desconocidos pidiéndome consejos y recomendaciones para navegar en Grecia; algunos sin presentación, ni un simple “por favor”, no sé qué responder ¿Les invito a que conozcan las barberías de Koroni? Cómo poder recomendarles nada, si no los conozco, ni siquiera sé lo que sueñan por las noches.

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KYPARISSIA

No era un sitio bonito Kyparissia;  al menos visto desde el puerto, porque la ciudad sube por la montaña hasta acabar en un castro y posiblemente la parte de arriba debía tener mejor aspecto. Pero en la costa se había inclinado por el desarrollo cochinista de apartamentos de playa de medio pelo y casas de semirricos y medioenterados que gustan de la horterada y de la estridencia, solo por parecer diferentes. Lo más sorprendente es que el puerto parecía abandonado, muy ajeno a otros muelles griegos donde la gente acude al atardecer a dar paseos de ida y vuelta, innumerables, mientras voltean el kombolori y discuten de las cosas más diversas; del futbol y de la troika. Las dársenas y los paseos marítimos siempre suelen ser lugares aseados, con cafés, kioscos, mazorcas asadas, globos de colores y gran vocerío. En este, cuatro gatos vivían a sus anchas en los contenedores y escampaban la basura por el varadero dejándolo todo sucio y maloliente. Nosotros habíamos parado allí solo por una noche, como escala técnica, cuando subíamos a Lefkada; de esto hace ya un año. Cuando a la mañana siguiente me acerqué a comprar el pan a una pequeña tienda cercana al puerto, la señora tendera, muy amable y charlatana, como con pena y asumiendo el pecado de un sitio tan desastrado me dijo:

– ¿Ya os vais? ¿No subís al castro? No sabes lo que os perdéis. Es un lugar precioso, con el pueblo viejo, con las fuentes, con el Jónico entero que se ve tan azul que duelen los ojos. Y podréis vislumbrar Pilos y Zankynthos.- Y dale que te pego con la cháchara, pasaba el tiempo y no me dejaba irme; yo estaba encantada, tengo que reconocerlo; y ella se entusiasmaba cada vez más con los asombros que aguardaban en Kyparissia y no debíamos desaprovechar.-  Las mejores puestas de sol que se puedan imaginar.

¡Ay, lo dijo! ¡Hλιοβασίλεμα! Ahí me llegó al corazón. El griego, que tiene palabras tan gráficas como sus raíces, las que se hunden en la profundidad de los tiempos, cuando no se sabía cómo interpretar las cosas más comunes que se podían observar, me recordaba esta joya; To ηλιοβασίλεμα, el ocaso, el “reinado del sol”. Una palabra curiosa que elige la puesta del astro para coronarlo, no precisamente cuando culmina en el cielo, a la mayor altura y pasa por nuestro meridiano, que sería lo más lógico; es posible que intente hacer patente la aureola de rojos y morados que deja el sol cuando se hunde en el horizonte, o quizás a la hermosura de su despedida, digna de un rey. Pero en todo caso es una descripción, con solo un término, insuperable.

– Tan bonitas son las puestas de sol en Kyparissia– Ella seguía sin descanso- que hasta un gran poeta griego dejó escrito unos versos.- Frunció el ceño y elevo los ojos al cielo como queriendo iluminarse.- Ah sí, ya me acuerdo: ¡Kaváfis!

– ¿Kaváfis?

– Sí, él mismo, lo escribió cuando estuvo una temporada viviendo y admirando los atardeceres sobre el mar.

Ha pasado un año y no he dejado de buscar el dichoso poema del ilustre alejandrino. ¿Kaváfis en Kyparissia? O en Arcadia, como antiguamente se le llamó también. Busqué por títulos, en la web, me leí hasta el último libro que tenía a mi alcance. Nada de nada, no fui capaz de encontrar el poema de Kavafis dedicado a ese pueblo tan bello con esas puestas de sol tan espectaculares. Y con ese puerto tan feo. Así que como era de esperar volvimos a Kyparissia en busca de esas estrofas perdidas del poeta, era ya cuestión de honor.

La verdad es que cuando subes un poco la cuesta encuentras una ciudad alegre y en plena ebullición, con una plaza grande y terrazas bajo la sombra de imponentes árboles, con una zona de mercado y comercio donde la gente se saluda feliz y se sienta en las mesas de cafés improvisados a pontificar sobre el mundo; Grecia pura. Habían puesto una noria y a sus pies, infinidad de puestos de suvlakis que generaban una densa nube negra y aromática subiendo al compás de los carricoches de la atracción; entre los chillidos de la chiquillería en lo alto y el humo que los envolvía a todos te dejaban la sensación de ser almas purgando en el infierno. Todavía se hacía más grande el misterio del puerto vacío; en cuanto enfilabas la cuesta que baja hasta el mar… la nada.

Yo en todas partes preguntaba y todos se encogían de hombros ¿Kaváfis? Llegó un momento que abandoné la murga y decidí olvidarme del tema; el viaje genera infinidad de pistas para seguir, eso está bien, aunque a veces estas son falsas y hay que saber renunciar a tiempo. Pero nos paramos en una librería a punto de cerrar, donde el librero, muy contento, ponía música a todo volumen y exclamaba ¡Otra vez! cuando alguna canción era de su agrado. Así que le pregunté. Y el preguntó ¿Kaváfis? Y yo le dije lo del Hλιοβασίλεμα.

– ¡Ah no! Ese no es Kaváfis si no Palamás. Vivió un tiempo aquí en casa de su hermano.

Kostis Palamás es un poeta griego de principios del siglo pasado que le dio letra al himno olímpico y fue uno de los defensores de la implantación del griego demótico que se habla hoy en Grecia, frente al idioma katharevusa, mucho más ilustrado y arcaico.

El librero corrió a una estantería y bajó un libro. Comenzó a buscar con rapidez entre sus páginas y señaló con el dedo.

– Aquí esta.

No me quedó otra solución que comprar el libro; una obra de gran interés que versaba sobre la creación de los diversos barrios de Kyparissia a lo largo de los tiempos; ciento y pico hojas en griego y con pocas ilustraciones. Y como no me había fijado en la página que señalaba el librero he tenido que leerlo todo hasta llegar al poema de Palamás. Hoy ha llegado el día señalado y por fin lo encontré, escondido entre sus líneas soporíferas, que emoción. Pero no era una estrofa si no una frase:

En Kyparissia me encontré viviendo unos pocos meses con el disfrute, cada ocaso, de las hermosas puestas de sol que me ofrecía y todavía me veo en un jardín, es decir, en un trozo de tierra baldía, donde he descubierto un granado en flor. Con el creé el poema “La flor del granado”.

¿Eso era todo? Me entraron ganas de estrangular a alguien.

Pero visto de otra forma, solo me quedan dos cosas que hacer: o buscar el poema de Palamás, o buscar en Kyparissia las fuentes que describía el libro en cada uno de los barrios, con sus inscripciones y con sus historias; menester para próximas visitas. Si sigo tirando del hilo seguro que llego hasta Kaváfis, si no es que he llegado ya, pues fue precisamente él quien convirtió en credo lo de que el viaje tiene que ser largo para que tus ojos se detengan en puertos que antes ignoraban y que si cuando llegas al destino, lo encuentras pobre… pues eso, que te compres cualquier libro que te abra la mente a nuevas aventuras.  O puede que nos sea más próximo lo de: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

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LAS ISLAS STROFADES

En las islas Strofades, hierve el mar con la tempestad. Los griegos lo expresan muy gráficamente; Η θαλασσα καπνίσει, el mar humea. Y debe ser así; yo me las imagino como una fumarola o como una chimenea en medio del agua, porque entre los bajíos, el temporal, las lluvias  y las corrientes, el mar puede acabar como un potaje. Esta es una causa, pero también la del poco abrigo que dan para un barco, ni siquiera para los vientos dominantes; de que estos pedazos de tierra que parecen olvidados, casi dejados caer y flotando cual restos de un naufragio, bien lejos de cualquier lugar civilizado, obren el milagro de amordazar a los mecanismos del reloj y dejarlos parados. Las Strofades valen su misa.

En estas islas, cuyo nombre quiere decir algo así como vuelta o retorno, moraban las horrorosas Arpías, consideradas como las  personificaciones de la naturaleza destructiva del viento. Retenían a Fineo, rey de Tracia que tenía el don de la profecía y al que Zeus castigó por revelar secretos importantes del Olimpo. Este cautiverio se prolongó hasta la llegada de Jasón y los Argonautas, que enviaron tras las Harpías a los héroes alados Calais y Zetes, los Boréadas o hijos del “Boreas”, el viento del norte. Así que la importancia de la meteorología  en las Strofades estaba descrita ya en la antigüedad. Pero la historia de este archipiélago siguió mucho después ligada a los vientos y las tormentas. Dicen que fue la princesa Irene de Constantinopla, la que al salvarse de un temporal ordenó a un puñado de sufridos monjes que se quedaran a vivir en aquel lugar inhóspito.

Las islas desiertas no están mal; pero las semidesiertas y con pretéritos habitados fascinan de verdad, porque están pobladas de fantasmas. Solo hay que quedarse una noche mirando al imponente castro oscuro que domina la isla más importante; los ves ir y venir con desparpajo, preparando el fuego griego, derramando el aceite hirviendo, emitiendo suspiros lastimeros durante los asedios y sonando la campana; o moliendo el grano en el molino en un día corriente. Ultra cuerpos con forma de oca corretean entre los muros graznando.

Es uno de los recintos medievales más sugerentes que hemos visitado, no hay que olvidar que están en una isla y eso ayuda, pero la parte más inquietante es que todo se encuentra congelado y  detenido; hasta la puerta de entrada es la misma que hace mil años con sus clavos de mil años y sus rejas de mil años. Y las piedras del molino. Y las vigas y entramados; que podíamos atravesar con un dedo como si fueran espuma, de corroídas que estaban ¿O es posible que también nosotros nos hayamos convertido en ectoplasmas y podamos franquearlo ya todo? Estas cosas pasan en estos sitios.

Solo se dejan caer por aquí los “psarades”; pescadores; y algún que otro barco de recreo en su tránsito hacia el Peloponeso, o hacia el norte; hacia el Jónico más conocido. Así que resulta un tanto curioso que estos islotes hayan albergado una colonia de unas 60 personas, allá por el siglo XIII y construyeran piedra a piedra este mastodóntico edificio que ahora contemplamos.  El asentamiento fue posible porque las islas tienen abundante agua potable; también sorprende que cachos tan minúsculos de planeta tengan sitio para manantiales.

El castro bizantino permanece en pie, pero con tambaleos y recosidos tras los sucesivos seísmos  y junto con un monasterio forman un recinto amurallado que quedaba clausurado y autosuficiente al cerrar las puertas; cuando se preveía el ataque de piratas. Piratas es un genérico, pues se podría hablar de  normandos, venecianos, genoveses, catalanes, cruzados, búlgaros o turcos…en fin, todo el que se atrevió a transitar estas aguas en busca de los tesoros del imperio romano de oriente.  Pero fueron los turcos los que perpetraron la peor matanza, decapitando a todos los monjes menos a tres, que lograron escapar con el cuerpo incorrupto de San Dionisio y lo llevaron hasta Zakinthos. Hoy todavía existe una pequeña capilla llena de iconos del santo, donde levantado una alfombra se ve la tumba vacía y un monumento a los monjes decapitados. Espíritus y sombras.

En la actualidad solo vive un “papás” que ronda los 100 años y lleva 40 en la isla, cuidando su rebaño de ovejas, sus cabras, sus gallinas, sus gatos y un perro. En verano dos guardas le hacen compañía, pero pasado noviembre se queda solitario con sus fantasmas y solo se ausenta una semana al año para hacerse un chequeo médico. Supongamos que el galeno que le trata alucinará y estará escribiendo una tesis sobre la relación entre la longevidad y la ausencia de estrés. Conseguí verle al segundo día, con unas barbas por las rodillas; no sé si porque le crecieron desmesuradamente o porque a la vejez se mengua, y se movía algo mejor que muchos con la mitad de su edad. Ganas no me faltaron de hacerle una foto pero hubiera sido una falta de respeto y me reprimí. Además, posiblemente él era también parte de una aparición milenaria y ya se sabe que las cámaras no captan lo intangible y ultramundano.

– Te enamoras fácilmente de estas islas.

Me comentaba un conocido que había ido a visitar al “papás”.

– Y si te gusta la naturaleza, cuando te vas de aquí las añoras más que tu casa.

Así que ese debe ser el secreto de este hombre superviviente; que lleva 40 años enamorado.

Lo que apena bastante es el grado de deterioro del monasterio y el castro. Me comentaba el guarda que harían falta unos 10 millones de euros para restaurarlo y que claro, el estado griego no quiere ni oír hablar del tema. Es posible que si no hacen nada sea irrecuperable y en un próximo terremoto todo se venga abajo. Aunque ya sabemos que sucede cuando se restauran las cosas; todo cambia bajo la imaginación del historiador y las puertas, con sus clavos milenarios son sacadas de sus goznes y las piedras que trituraban el trigo de hace 10 siglos desmembradas de su molino; acaban sus días tras la vitrina de un museo. Si esto sucede, los fantasmas pierden interés y se evaporan en el aire sin un “mu” ni un arrastrar de cadenas. La discusión de siempre, la controversia servida. Ser o no ser, restaurar o conservar, he ahí el dilema. Cada uno que lo resuelva como quiera, yo tampoco lo tengo claro.

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BAILANDO EN LA TABERNA

De todos los animales parece ser que el hombre es el único que es capaz de bailar, me refiero a danzar por placer, no valen osos ni perritos amaestrados ¿Para bailar qué necesitamos? ¿Música? Yo creo que no hace falta una melodía elaborada, sino que a veces basta con un compás desnudo; el de unos tacones, unas palmas, unos nudillos, unos palillos o unas cucharillas. O con simples pedorretas.  Pero no es extraño ver bailar; ilusionadamente me refiero; a loros o cacatúas. Precisamente son ellos, como nosotros, los únicos capaces de entonar música con la boca. Alguna vez leí algo al respecto; que para sentir la necesidad de mover los huesos al ritmo de una harmonía es condición imprescindible poder entonarla primero. Ay que ver lo complicada que es la mente.

Quien canta sus males espanta, pero quien baila también. Con los años, nos volvemos tan timoratos que solo cantamos y bailamos a solas, porque está claro que no lo hacemos muy bien de acuerdo a los cánones; nos olvidamos que ambas actividades son una válvula de escape a los sentimientos más profundos que se quedan dentro de la olla a presión de nuestro cerebro y que los bailes corales se idearon también como ceremonia de socialización y comunión entre los miembros de un clan.

Todo aquel que haya leído el Zorba de Katzatzakis, o visto la película del soberbio Anthony Quinn; que representó como nadie al griego inmortal; se acordará de lo importante que era el baile para el vital y libre personaje y que solo al final de la historia es capaz de hacer entender al intelectual y encorsetado Basil que la vida es mucho más simple y que muchas preocupaciones se solucionan de forma también sencilla; bailando.

Es verdad que los griegos son muy dados a sus bailes, en cuanto oyen un buzuqui, se ponen con las manos haciendo palillos, pero saben elegir muy bien el donde y el cuándo. A mí me revientan un poco los sitios turísticos donde ponen el Sirtaki y sacan a los guiris. Sosos, como ellos solos, se lanzan a dar patadas a diestro y siniestro con los brazos en alto. Es como lo del toro y el torero de los hoteles Portinax, en Ibiza, o en cualquier otro sitio de España; se me eriza el pelo de pensarlo. Así que cuando alguien me dijo lo de “enséñanos a bailar” Yo pensé que ni hablar, que habrase visto ¡Qué pensarán los de la taberna!
Pero fue en una noche de verano, de una lunita entera, llena de presagios y de hombres lobo, vampiros, locos y enajenados bailarines. La playa con 6 olivos oscuros, sordos y ciegos; para no decir ni mu. Solos solitos en la taberna, un rebétiko que te ponía la piel como de lija y los kilos de vino blanco que iban y venían de la cocina a la mesa ellos mismos, sin pedirlos.

Pamplinas al fin y al cabo, para justificar que al final consentí en enseñarles mi mal aprendido hasapikó, Sirtaki para el neófito, que me enseñó algún amigo bailón. Comenzamos a dar patadas a discreción, claro. Los hijos del tabernero, recién salidos del toril escolar, hacían sus deberes en una mesita en la esquina; o pintaban monas, más bien. Nos miraron divertidos y poco a poco se acercaron. El niño estaba muy serio,  yo le pregunté que si sabía bailar. Claro, me contestó muy orgulloso. Pues baila con nosotros. No. Pues nada, tú te lo pierdes. Y salió escopeteado a esconderse en la cocina.

Bailamos y bailamos, sin parar, como malditos; alzando los brazos, en corro y por separado. Y la niña, que era más niña, y que todavía no había sido picada por la timidez de los años se unió a la fiesta como uno más. Bailamos sin descanso. A su padre, el cocinero,  se le caía la baba de vernos, dejó el mandil sobre los fogones y salió también al ruedo. Bailamos todos como malditos. Y el niño, que atisbaba desde la cocina, se sintió estúpido y le entró una envidia total. Se arrimó como quien no quiere la cosa. Bailó como un maldito, rebozándose por los suelos, mientras le palmeábamos, pegando manotazos  a tierra y levantando la pierna sobre nuestras cabezas. Volaron los papelillos sobre nosotros que caían sobre el niño danzarín y en sus giros los revolvía haciéndolos flotar otra vez como torbellinos. Fue la luna, no lo dudo ¿Quién sino?

Cuando nos íbamos exhaustos, me preguntaron si habíamos disfrutado.

– ¿Cuándo nosotros vayamos a España también bailaremos como aquí?

– Claro, claro.

Pero no pude decirles  que un baile en España podría levantar ampollas, según en qué situaciones. Por ejemplo, si se ponen a bailar sevillanas en Bilbao o Sardanas en Valencia.

¿Cómo explicarles eso, si yo tampoco lo entiendo?

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SKORPIOS DE NUEVO

Si pudiera hablar, Skorpios mandaría a todos al infierno para que la dejaran en paz, como a sus vecinos, los islotes de cabras y moscas. La verdad es que vista desde lo alto, tiene unas formas hermosas y suaves llenas de pequeñas bahías recoletas, situada en medio de un mar rodeado de hermanas más grandes, como Lefkada o Meganisi, que hacen imposible que un temporal la pudiera castigar; en otro lugar está su pecado.

Ya escribí el año pasado por estas fechas que la isla de Onassis había sido comprada por un millonario ruso como regalo para su hija; Ekaterina Ryvolovleva. La chica le comentó a papá que una íntima amiga suya, Athina Onassis, vendía una pequeña isla en el jónico, heredada de su familia materna, de la que no quería volver a oír a hablar. Fue por su 24 cumpleaños y a ella le hacía una ilusión tremenda pasearse como dueña por Skorpios, la glamurosa isla de Jaqueline-Kennedy-Onassis-María-Callas. Adueñarse de una tierra con historia es algo que a los ricos entusiasma; el dinero lo compra todo de forma rápida pero los cuentos de príncipes y princesas tardan más tiempo en escribirse. Hablamos de ricos muy ricos, sin fama ni laureles heredados, pero que bien se pueden crear a base de billetera. Ya descubrió el mismo Aristóteles Onassis lo de que si quieres ser popular debes rodearte de gente notoria. Él lo llevó hasta el extremo de casarse con la heredera más rica, enamorar a la diva más importante y volverse a casar con la viuda más celebre del momento; así consiguió la gloria.

Todavía resuenan en las montañas los ecos de las grandes fiestas que organizaba el mismísimo Onassis con insignes invitados de nombres solemnes que inmediatamente originaban nubes de flashes y fotógrafos de la prensa rosa persiguiéndolos a todos con teleobjetivos de metro. Mientras tanto hacía negocios. Como una enfermedad contagiosa, Ekaterina parece perseguir el mismo plan; emulando a su antiguo dueño ha montado un auténtico sarao para celebrar su 25 cumpleaños. Lo ha hecho a lo grande; gastando la pequeña cantidad de 4 millones de euros en preparativos. Conozco a gente que lleva más de 5 meses trabajando en la isla para la organización del gran evento que se ha dado en llamar “El  party del año”.  Un poco exagerado el calificativo; dados los tiempos que vivimos, ser algo del año requiere mucho más mérito ¿Acaso ha sido trending topic? Más de 60 personas vivían o viajaban a diario pendientes de las preparaciones. Todos estos están encantados. Me comentaba un amigo que incluso tiene gente de servicio encargada de cuidar la flora y fauna de la isla. Que afortunadas las serpientes y lagartijas de Skorpios, las ovejas, los pavos salvajes que corretean a su antojo. Podrían haber nacido en Atenas y simplemente se los habrían merendado.

También conté en anterior ocasión el empeño de Onassis en congraciarse con los habitantes vecinos¸ hubo algún cabrero desterrado que le juró muerte eterna; él simplemente sacó el talonario y le tapó la boca. Poco a poco se convirtió en un prócer de la zona y de todo Grecia; a pesar de que, en fin, esas fortunas inmensas no se consiguen nunca limpiamente, no salen las cuentas.

La fascinación de la Ryvolovleva por el antiguo dueño de Skorpios le hace seguir a pies juntillas el guion. Ha regalado una ambulancia nueva para el hospital de Lefkada y una flamante patrullera a la capitanía de puerto; instancia militar en Grecia; para que no se les cuele ningún maleante en patera. También ha dicho a sus invitados al cumpleaños que no le hagan ningún regalo, que lo donen a obras de caridad para niños.

Dicen que los concurrentes fueron divididos en dos equipos para participar en “la búsqueda del tesoro”; que podía encontrarse tanto en la tierra como en el mar. Quien lo hubiera pillado de niños, aunque fuera en una isla recortable ¿Verdad?  tanto mejor en una isla de tierra y agua.  Ataviados como piratas, con pistolillas laser y con dispositivos último grito que emitían señales sonoras o luminosas cuando el rayo les alcanzaba, declarándoles fuera de juego, corrían por los senderos o nadaban por las bahías entre risas, bromas y pavos asustados. Es más, para hacerlo real de verdad, amarraron un barco pirata, con tibias y calaveras. Ni Stevenson podría haberlo recreado mejor.

El caso es que una invitada se hirió y tuvo que ser trasladada al hospital de Lefkada; el de la ambulancia nueva; donde un equipo médico suizo, de uniformes níveos, muy almidonados y crucecitas rojas sobre fondo blanco esperaban atentos; contratados expresamente para cubrir las urgencias del evento, ante la duda de que la sanidad pública helena, con los tiempos que corren, pudiera hacerse cargo. Debió ser ante el estupor de los médicos y pacientes griegos del día a día, porque conozco el hospital y allí no cabe mucha gente. Pero supongo que ante el famoseo y el ricachón, las enfermedades comunes aflojan, pues son prescindibles.

Un portavoz familiar declaró que Ekaterina había decidido celebrar su aniversario en Skorpios por el gran apego que le tiene a Grecia; se siente muy cerca de su pueblo. Yo es que soy muy descreída y estos espectáculos feudales de las bodas de Fígaro y del conde de Almaviva me pueden. Además, lo que echo en falta es una voz lírica cantando “Casta Diva” a lo Callas; mi punto flaco de toda la historia. Que me perdone Beyoncé pero Anna Netrebko, la soprano rusa más codiciada del momento, hubiera sido más apropiada si de seguir la costumbre se trataba.

A  Skorpios se le presenta una segunda o tercera vida de sociedad y en muchos negocios de los alrededores, los nietos de aquellos que servían a Onassis se vuelven a frotar las manos. La isla, reverdece a la espera de que se aburran otra vez de ella y de que pavos vanidosos dejen de picotearle las entrañas..

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BARCAS GRIEGAS

¿A que alguna vez os habéis preguntado si los barcos son masculinos o femeninos? ¿Por qué son los buques o las naves? ¿Qué es un barco y qué es una barca? No intento entrar en controversias feministas, no me interesa, es más me aburre, pero hago estas reflexiones por escrito para poner en claro mis ideas.

Lo primero que viene a la cabeza es el tamaño; uf siempre con lo mismo;  grandes ellos y pequeñas ellas. Pero es totalmente erróneo, pues en veleros diminutos se han hecho grandes navegaciones y por otro lado también hay barcas enormes y hasta barcazas. Lo segundo que se me ocurre es la capacidad de viajar grandes distancias y tener un espacio donde vivir bajo cubierta. Tampoco este punto está del todo claro, porque los ligeros balandros de competición no tienen ninguna habitabilidad y se consideran barcos. Posiblemente el hecho de llevar mástil y velas le asciende de categoría, como la sangre azul, y si los desarboláramos quedarían degradados de inmediato. Así que por un palito de diferencia, como el que cambia de la o a la a que escriben los párvulos, tiene una importancia crucial.

Un barco tiene derecho a múltiples nombres nobles y evocadores: goletas, bergantines, pailebotes, bricbarcas, fragatas, arrastreros, atuneros, cerqueros  o portaviones. Pero la a de una barca a penas aspira a convertirse en ita o aza, o lo que es peor, rebajada a esquife, bote o patacha, por no envilecerla más, cómo patera desolada. Aunque hoy en día, en las revistas, también codician al glamour de ser lanchas veloces con rubias impensables de largas melenas voladas, alguna esperanza les queda.

Pero si hay un lugar donde una barca alcanza solemnidad y trascendencia es en Grecia. Una visita no es completa si no se acerca uno a un puerto de “barculas”, lindas, en fila, bailando al compás de las salidas y entradas de barcos de más importancia y enseñando sus proas descaradas con el emblema esculpido de su nombre; María, Katerina, Los dos hermanos, San Nicolás… Es todo un espectáculo y hasta la más modesta atrae al paseante por la fidelidad de su existencia. Si no las has visto, no has visto nada.

Hace ya años, estuvimos amarrados en Spetses frente a un astillero artesanal de barcas de madera. El nombre nunca lo podré olvidar: Basilis Delimitros. El maestro nos entretenía cepillando hermosos tablones enterizos y transformarlos en rodas y quillas poderosas en las que articulaba con precisión cuadernas y varengas para construir esqueletos prehistóricos.

Como desembarcábamos por su taller, a través de serrines, gubias y formones, con ese aroma emocionante que tiene la madera recién cepillada, podíamos observar la delicada metamorfosis de sus criaturas.

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