16 Nov 2016

Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el visitado y ambos se observan con intriga.

La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera el tan esperado  bocinazo atronador, toda una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta que sus luces se vuelven invisibles.

Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de
esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa. Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales, no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.

Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de
una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini, de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí, haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas
vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.

Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso. Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía
ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final. Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que montaban los visitantes pomposos.

– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.

Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros
decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación, subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición
vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y maldiciendo pero dando tremendas risotadas.

– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie porque nos lo comemos.-

Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.
Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

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