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31/10/2015

ZANTE. EL NAVAGIO

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
El 30 de septiembre de 1980 el mercante Panayiotis surcaba las aguas del jónico con un cargamento ilegal de tabaco. El armador era un griego de Cefalónia, Karalambo Kombocekla, así como su capitán y gran parte de la tripulación. Transportaban cajetillas de cigarrillos de contrabando desde algún puerto de Yugoslavia o Albania, para descargarlo en la vecina Italia. Como otras veces que habían hecho el mismo negocio les acompañaban una pareja de italianos supervisores de que todo el proceso se realizase si “mermas a la carga”. Pero claro, la vida de los piratas y los marginales de la ley siempre está expuesta a contratiempos desagradables de última hora. Debió pensar el capitán que si tan buen negocio era ¿Por qué no lo hacían ellos? Y decidió retener a los dos inspectores italianos en un camarote y vender ellos mismos la partida. Supongamos que las negociaciones no llegaron a puerto alguno y que, a la desesperada, resolvieron conducir al mercante a la costa cercana, al norte de Zakintos y fondear en una bahía llamada Spirili, hoy Agios Ioanis, para esperar acontecimientos. Pero debido a las malas condiciones meteorológicas en esa costa tan abierta al viento del norte, acabaron garreando y encallando en la playa. Fue una situación de estrés increíble, con el barco varado en la arena, las olas que lo empujaban y las cosas que nunca mejoran cuando una nave ilegal ha dado con su quilla en la costa. Comenzaron a desembarcar las cajas quizás con la esperanza de salvar algo, quizás con la intención de reflotar la nave aligerando su desplazamiento. Pero el mar empezó a arreciar y la mayoría de las balas se perdieron, fueron arrancadas por las olas y acabaron flotando diseminadas por las cercanías. Ya sin nada que esperar, la tripulación tuvo un arranque de humanidad; los contrabandistas son ilegales pero no asesinos; liberaron a los dos italianos y se encaramaron trepando por los acantilados, llegando sin resuello hasta la capital de la isla.Amaneció en la costa y con la tenue claridad se vislumbraba el mar lleno de bultos oscuros que iban y venían con las crestas blancas de las rompientes. Los habitantes de los pueblos cercanos se asomaron al precipicio y abrieron bien los ojos ¿Y por qué no lo cogemos nosotros? Y se lanzaron a la captura de los fardos. Hay que decir que el tabaco venia embalado de forma que no se malograra de inmediato si se mojaba. Vinieron caiques con pescadores, mujeres, niños, burros, perros, mayores y pequeños. Todos pillaron parte del maná que les ofrecía el cielo y corrieron a esconderlo en sus casas, en sus tiendas, en el horno, en el establo, en la farmacia.
Cuentan las crónicas que la policía no es tonta y dio con la tripulación. Cuentan también que alguien debió hablar. Así que al final rebuscaron establos, hornos y farmacias y dieron con el tabaco que fue confiscado y vendido en pública subasta. Unos detenidos, otros deportados a Italia, algunos despojados de su botín, todos enrabietados. Que desconsuelo. Lo pagaron con el viejo buque de maderas consumidas y de hierros averiados. Lo desvalijaron hasta dejarlo desnudo mientras descansaba en la arena. Lo desplumaron hasta que de tan limpio parecía recién salido de un astillero. El mar, el salitre, el sol y la arena terminaron la faena para enrojecerlo, chorrearlo, triturarlo, semienterrarlo y olvidarlo.
Las cosas fortuitas a veces tienen resultados sorprendentes. Al principio, las autoridades; siempre con tanta imaginación; se empecinaron en arrastrar el pecio a altamar para hundirlo y que no representase un deshecho irresponsable que se les pudiera echar en cara algún día para acabar con su brillante carrera. Pero siempre hay seres inteligentes y alguien cayo en la cuenta que lo que la naturaleza había diseñado en aquella playa quedaba mucho más hermoso y llamativo con el contrapunto de un cadáver de hierro, producto humano, oxidado y vencido. Lo fotografiaron en infinitas ocasiones y lo convirtieron en enseña de la oficina de turismo griego. El navagio. El naufragio.
Grecia es un país de muchos naufragios, totalmente comprensibles si observamos la multitud de escollos e islotes que hacen difícil la navegación en circunstancias adversas. Estos siniestros normalmente son dramáticos pero con el paso del tiempo y la sal algunos quedan varados para la posteridad, vacíos de todo su horrible significado, para terminar en hermosas imágenes; atractivos para el viajero que le gusta soñar. Imprescindibles para el turista del selfie y del yo he estado aquí. Los encuentras por toda la costa como caparazones de enormes animales moribundos y mutilados, con una estela de historias que se arremolinan entre sus cuadernas roídas. Quizás los más conocidos, aparte del de Zakintos, son el de Gythion y el de Kythira. En todos ellos uno se puede pasar horas observando su tremendo poder evocador.
Verdaderamente este de Zakinthos es el más impresionante, posiblemente por la inaccesibilidad de sus acantilados, por la arena blanca que cubre buena parte de su obra muerta y por el azul dañino del mar en esta costa. Yo lo he visitado, hace ya muchos años, en varias ocasiones y tengo que reconocer que sobrecoge oír el viento resbalar por las paredes blancas, como quejidos del propio barco; solo te sosiega acordarte de que no hubo desgracias personales y que fue una aventura de chapuceros estraperlistas.
La verdad es que los contrabandistas siempre me cayeron bien. Gran parte de las leyendas marinas se alimentaban de ellos. Esos marginales, al otro lado de la ley y la probidad, que intentaban sobrenadar un mundo inhóspito y un mar terrible. Es posible que también sean los dulces recuerdos de mi padre, que en sus años mozos se dedicó al oficio en Tánger, antes de que yo existiera. Con una gracia que en pocos he descubierto al vender, tanto te colocaba una partida de medias de seda como una de latas de bonito en conserva. Todas las historias que me contaba conseguía hacerlas divertidas, aunque supongo que la cruda realidad era más prosaica y de pura supervivencia.
Pero un día, dedicándome a mi afición favorita de rebuscar entre postales y calendarios por las tiendas de suvenires me encontré con esta imagen. ¡Ay dios!

navagio-ag¿Qué fue de ese sitio tan magnifico de mis recuerdos? Con las barquitas de turistas flotando en el azul infinito y el sonido de los pájaros planeando en los acantilados. Creo que la tripulación de pobres contrabandistas nunca hubiera imaginado el resultado final de su accidente.
Algo así ya me olía yo y me negaba a acercarme a esa playa. Donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, porque ya habrá aparecido en el Tripadvisor y habrá perdido su gracia.

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