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19/11/2014

GEROLIMENAS, UN PUERTO EN EL PELOPONESO

Sirvieron un plato de aceitunas ovaladas y brillantes, de un color morado profundo, resplandeciente, húmedo, de vidrio; que se reflejaban en el aceite que había en el fondo de la loza. Rezumaban un jugo oscuro que dibujaba volutas y redondeles en el aceite. Pan y vino.

Dicen que el Mediterráneo acaba donde acaban los olivos. Hoy  puede no ser verdad pero siguen constituyendo la seña de identidad de la cuenca Mediterránea esos bosques de copas plateadas y troncos retorcidos que se llenan de flores en octubre para dejar caer sus aceitunas amargas sobre ellas. Originario de Asia menor, se extendió por toda la cuenca mediterránea de este a oeste; por el norte y por el sur. Y curiosamente nos traía a España dos palabras sinónimas de raíces diferentes; oliva y aceituna, una griega por el norte elaia (ελαια) y otra árabe por el sur, zaitum.

Se sabe por las muestras que se obtienen de polen de olivo en los restos arqueológicos, que en el Peloponeso su cultivo data del siglo XX a. C. La verdad que estas aceitunas de Kalamata son de otro nivel, convierten el aperitivo en una excelencia. Estas altezas redondas resbalan cuando intentas pincharlas y al morderlas, casi sin quererlo, abres bien la boca y los dientes, como si temieras hacerles daño. Luego estallan en prodigios, dejándote el paladar colmado de hermosos recuerdos.

La tarde era tranquila con una brisa templada que venia del mar, Gerolimena estaba en calma, a pesar de ello una molesta honda entraba en el puerto y dejaba a todos los barcos, pocos, bailando. Realmente Gerolimenas, a pesar de su nombre que quiere decir antiguo puerto o quizás puerto sagrado, es lo menos parecido a una dársena segura. Fue en sus inicios un refugio de piratas y hasta la década de los 70 no había forma de acceder si no era por mar, a pesar de eso creo que en algún momento ciertos ferris amarraban aquí; con desesperados capitanes es de suponer. He visto fotografías de Gerolimenas con temporales de suroeste que muestran un pueblo cubierto de espuma. Debe ser la razón por la cual estén censados solo 55 habitantes.

Llegó un caique pequeño con un hombre que gesticulaba ostentosamente e inmediatamente se llenó el muelle de personas que vociferaban y hacían aspavientos. Las voces subían de volumen, los brazos iban y venían con movimientos exagerados. Soy curiosa sin remedio así que dejé las aceitunas y me aproximé al barullo para ver que pescaba. El misterio se resolvió al instante al constatar que el patrón del caique era sordomudo y estaba preguntando, por señas, si podía arrimar el barco al muelle o si por el contrario habían dado un parte meteorológico preocupante y tenía que alejar el barco y dejar las amarras laxas. Las opiniones, encontradas, los meteos diversos, las interpretaciones dispares, el surtido de lobos de mar con sus experiencias, crearon un foro de chillidos y manoteos que nada tenían que ver con el leguaje de sordos. El patrón los dejó por imposibles, afirmó su barco a una distancia discreta, extendió sus alfombras por cubierta y se lio un cigarrillo en silencio, como no, dejando aplacar las discusiones.

Volví  a mis aceitunas reveladoras, cada una era una caja de sorpresas. Esta última me había dejado un perfume de ciclámenes rosas creciendo en los olivares, con la luz tamizada por hojas y olivitas. Increíble.

Gerolimena es un pueblo bello y rocoso al borde del mar que crece en encanto a medida que progresa el día, va resaltando ese color ocre de sus casas, el mismo que las montañas, o el muelle, mientras que allá, por poniente, la tarde se sonroja. El mar recorta más que en ninguna otra parte del Mani la silueta de estos caserones de piedra, la misma piedra que las montañas o el muelle. No hay la menor estridencia en este lugar.

Otra aceituna. Esta sabe a mar azul marino, lleno de caracolas marinas. Que sorpresa.

Nos sentamos en la Taberna más antigua del pueblo. Los manteles necesitaban un repaso, las pinturas de las puertas y ventanas habían vivido mejores tiempos y los servilleteros, con emblemas de Cinzano me tele transportaron  en un segundo a la infancia. El dueño, muy callado, arrastraba unos pies de camarero cansado para servirnos las aceitunas.

– Mira, les ha puesto aceite.

– Y las sirve con pan.

Son esos milagros griegos que continúan sorprendiendo aun llevando tiempo en el país, o quizás a causa de ello; la circunstancia más simple se puede convertir en un suceso trascendente, el más escueto de los platos en una alegría inmensa.

Llegó la última oliva. Que sabía a pura melancolía salada.

– Señor, sus aceitunas son estupendas. Nos gustó mucho el aceite con el que las sirve-.

– Claro, es que eso es lo básico, el aceite-.

Nos miró sorprendido de que no hubiéramos caído en la cuenta hasta ahora.

Nos complicamos la vida sofisticándola sin sentido, cuando la virtud y la inocencia de este plato de aceitunas tienen chispa de sobra para dejar un recuerdo imborrable.

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

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