30/11/2013

Samotracia

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.
A muchos sitios nos traen los libros, los mitos y los mapas que acariciamos hasta dejarlos pringosos. El contorno de esta isla no dejaba lugar a dudas de que no era un lugar para un velero; aunque el barco sea la única manera de acceder a ella; no tiene ni la más pequeña bahía, ni siquiera un mínimo repliegue de la costa donde encontrar un abrigo. A Samotracia solo arrumbas porque quieres llegar a Samotracia y ni eso está claro que significa. Porque tú, donde llegas en realidad es a una montaña de 1600 metros dejada caer sobre el mar, imponente y magnifica. Todo lo demás que la rodea es completamente accesorio y circunstancial, incluidos nosotros.

Tan solo el  dique se extiende como un brazo amigo que intenta rodearte para que no sufras y advertirte que esta isla tiene algo de humanidad. Y sí que la tiene, porque cuando doblas y te adentras, la amabilidad es patente. Unos pescadores que reparaban unas grandes redes nos hicieron hueco y nos indicaron el mejor sitio para amarrar dentro del caos sin dirección que era la pequeña dársena; se les veía gustosos de dirigir la maniobra y darnos consejos.

Se me coló a la primera ese puerto que no era resplandeciente, ni feo, ni bonito, ni impresionante, ni indiferente, ni  bullicioso ante la salida del ferry, ni tranquilo después, pero que tenía aquel monte, que encima se llama Φεγγάρη, montaña Luna, oscuro y silencioso del que decían haber servido de palco para que Poseidón contemplara la guerra de Troya. Esa montaña tenía un pathos y un poder que poco después pude constatar.

La Jora no está muy lejos, se puede pasear hasta ella. Es una Jora norteña, de calles empedradas, con tejados rojos  y grandes porchadas de madera que protegen de la lluvia y permiten mirar al mar en invierno; de hecho la mayoría de los cafés tenían unas vistas soberbias desde terrazas y galerías acristaladas. En uno de estas bares los hombres jugaban al Tabli. Un espectador desilusionado por la partida que contemplaba se metió dentro, cogió un buzuqui y se arrancó con una melodía rebética muy oriental. No logré entender gran cosa de la letra, pues como buen rebéte la cantaba al punto del desafine y con carraspeo. Nadie dijo ni mu, como acostumbrados a estos espontáneos; él  volvió a dejar el instrumento y retornó a su ronda por la trasera de los contrincantes con las manos en la espalda. Costó arrancarme a mí de esa terraza.

Samotracia era famosa por sus misterios, competencia de los de Eleusis, en Atenas; pero la iniciación a estos secretos mistéricos es mucho más oscura que en el caso del Atica. Los dioses de la isla, los Cábiros, son en sí tan confusos como sus ritos; no se aclaran los historiadores si eran dos o cuatro, dioses o diosas, padres o hijos; de hecho el santuario que se puede visitar en Samotracia se le llama el de “los grandes dioses”, sin especificar ni comprometerse. No se descarta que hubiera sacrificios humanos, pues los Cábiros parece ser que proceden de deidades muy ancestrales y sanguinarias. Durante las ceremonias, los iniciados, mediante drogas o simple éxtasis podían ver a la vez lo próximo, lo de la Tierra Madre y lo ultraterreno, lo del cielo. Y el que no se lo crea que venga y lo vea. El Fengari tiene fuerza telúrica suficiente como para exhalar enigmas por todas sus crestas.

Había leído en una guía un comentario que me había hecho gracia. Decía que en esta isla aparecen mayoritariamente dos tipos de turistas: unos con flores en el pelo y otros con sombrero de doctor Livingstone. Era la pura verdad y tenía toda lógica que este lugar atrajera a jóvenes místicos con rastas y pantalones vaporosos de colores, por un lado y a interesados en la historia y la arqueología por el otro. A los hippies los encuentras nada más llegar, paseando los caminos con sus enormes mochilas; los exploradores están todos corriendo enajenados  por las montañas o dando vueltas al santuario de los grandes dioses. Creo que queda muy ilustrativa una anécdota que nos sucedió en dicho santuario y que narro a continuación.

El recinto arqueológico de Samotracia es uno de los más bellos de Grecia, el mar tan cercano como telón de fondo y la montaña detrás, cómo no, te preparan para la sesión de serenidad meditativa que producen estos lugares; siempre y cuando las hordas de autobuses, guías y cámaras, te dejen concentrarte. Ese día no había muchos visitantes y  se podía pasear en silencio, oyendo solo la luminosidad del día, el aire de tus pulmones o el crujir de la hierba bajo tus pies.

 

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