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17/11/2013

Navegando por el Egeo: Kafireá

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Me gusta el vacío, el lienzo uniforme y sin matices de estas montañas ocres, la singularidad de algún árbol y el borrón de su sombra reconocible a lo lejos; me parece tan precioso este paisaje sin sobresaltos que no he hecho más que mirar desde que hemos llegado. Debe ser el contraste con la frondosidad y verdura del Jónico, pero siempre que llego al Egeo me deleito observando estas rocas desiertas que cambian de colores con el  paso del sol. Vinimos huyendo de la vorágine de Poros y sus masas humanas y por qué no decirlo, de algún amargo episodio; sin graves consecuencias; en la capitanía.

– ¿Por qué no tiene sello de Itaca? ¿No es el puerto de procedencia?

– Pues porque en Itaca no sellan el tránsit log.

-¿Quién ha dicho eso? Me va a tener que hacer una declaración jurada de que eso es cierto.

Jurada y en griego pensamos a la vez. Si fuera una capitanía marítima española ya se hubiera caldeado el ambiente, pero aquí simplemente tragamos saliva y disimulamos los sudores fríos. En tantos años que llevo en este país pocas veces he tenido problemas con las autoridades marítimas; aquí son militares, pero cuando toca, toca. Tocó. Fueron tensas horas de idas y venidas con papeles y pamplinas, intentando hablar lo imprescindible para no meter la pata por ningún lado. Y cuando ya estábamos resignados a todo, debió pasar una mosca, una ráfaga de aire puro, una descarga por su cerebro plano y desierto; cerró la carpeta de un golpe y dijo:

– Vamos a dejarlo.

Esta vez la bala nos rozó la sien y salimos aliviados, pero con un sabor ácido. Nos fuimos rápido, muy rápido, y pusimos  rumbo a lejos, muy lejos.

– Donde no haya nadie.

– Donde no haya nada.

– Vale.

Fuimos a parar a un golfo  del estrecho de Kafireá, Stenó Kafireá, lugar mítico y tenebroso; de los tenebrosos de toda la vida;  pero el tiempo era bonancible y era lo más lejos muy lejos y nadie, sin nadie a lo que podíamos aspirar.

El estrecho de Kafirea es uno de los lugares más duros para la navegación en toda Grecia. Situado entre Evia y Andros, apenas distantes 6 millas, hace de embudo a los vientos y los acelera; los temporales de norte son constantes en invierno y en verano. La corriente suele ser de 2 o 3 nudos en dirección sur, llegando hasta 7 nudos en los grandes temporales. En invierno es frecuente ver mercantes fondeados en el golfo de Káristos, al sur de Evia, esperando que calme; con corriente y viento en contra es penoso, hasta para ellos, remontar; además la mar que levantan viento y corriente suele ser confusa y peligrosa.

Esta ensenada y estos montes pelados son balsámicos, te abren los pulmones y te permite respirar; la propia tierra se tomó un tiempo para meditar y relajarse y le salieron estas lomas amarillas en una feliz ocurrencia. El barco, fondeado, sin más conexión a tierra que su cadena representa un bastión inexpugnable;  y yo desde mi almena contemplo el entorno. El mundo empieza y acaba en unos pocos metros entre regala y regala; afuera quedan las noticias tristes, las guerras, los desastres financieros, los bochornos; estivales o políticos; los individuos cenizos que te pueden amargar la vida en un instante. Ni el Cíclope ni el feroz Poseidón subirán aquí si yo no los dejo. Me place esa desafección y el aislamiento que te proporciona un barco; no pertenecer a ningún país ni ser de territorio alguno. La pequeña república de mi nave.

Llegaron dos caiques de pesca con sus tripulaciones y también fondearon, tampoco bajaron a tierra; y en su pequeño mundo se hicieron la cena y mientras la hacían, discutieron a brazo partido sobre la actual situación y mientras discutían se fueron calmando y al calmarse cayeron rendidos y el silencio los envolvió a todos. Tan solo un hola, un agitar la mano y una sonrisa, pero luego cada uno a su planeta; el que empieza y acaba en una regala.

La sombra se lo fue tragando todo; ocres y árboles, caiques , playa, y el horizonte se llenó de luces; otros mundos iban y venían; mercantes hacia Estambul, desde Argel, del mar Negro; con individuos aislados del resto del universo en sus literas móviles y salones ambulantes ¿A dónde irán? ¿De qué nacionalidad son? ¿De qué estarán hablando? Y  nosotros trazábamos planes del viaje como los suyos; iríamos a donde sea con probables paradas en nosedonde; buen plan.

Mientras todo esto ocurría, arriba, tuvo lugar la noche.

Navegando por el Mediterráneo , ,
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