BLOG

10/04/2013

Transporte en invierno 6: El puente

Post publicado en nuestro blog Navegando por Grecia.

Cuando ya casi habíamos acabado, no habíamos hecho más que empezar; empezar a buscar un varadero donde dejar el barco en seco. Lefkada estaba totalmente llena, ninguna de las marinas con las que hablamos podían hacernos un sitio hasta mitad de Marzo. Más que una isla, en invierno parece un puercoespín, desde lejos solo se ven mástiles; la flota de recreo de media Europa se acumula aquí durante el “fuera de temporada”. Así que había que ir a Preveza, donde nos dijeron que sí, pero que mañana es sábado, pues corre, vamos, espero que abran el puente cada hora, sí, eso me han dicho, como en verano.

El puente de Lefkada, Το Πέρασμα, el paso, es una plataforma barco que permite pasar al tráfico rodado sobre los escasos 70 mts de canal que separan la isla del continente en su parte norte. Cada hora se retira, o bien levanta uno de sus extremos cuando no hay mucha demanda náutica, para posibilitar el tránsito de las embarcaciones. Cuando se rompe “el paso” todos se acuerdan de que sí, efectivamente, que Lefkada es una isla.

Como sé de buena tinta que la isla se relaja en invierno, como ya he comprobado en mis carnes que al más mínimo obstáculo el puente se queda cerrado por unos días, como era febrero y los Lefkadiotas andaban a cámara lenta y como hay pocos chalados navegando en estas fechas, debí preguntar unas 100 veces:

¿Seguro que el puente se abre cada hora?

Antiguamente la cosa era mucho más sencilla; para los barcos, pero no para los terrestres.

– Tú vas con coche, yo voy con barco, tú vas antes y les dices que llego en una hora, tú me esperas y tú me recoges.

– Bien.

Allá que me fui, eran menos diez. Crucé el puente, paré el coche y esperé al otro lado. Menos cinco… menos uno… o’clock. Veía el barco que se acercaba y aguardé a que levantaran el ala lateral de la plataforma. Y tres… y cinco… y siete… nada ¿Ya estamos? Desde allí podía ver la cara de interrogación en el velero.

Dejé el coche donde estaba y me dirigí a pie hacia la cabina del…como diría yo ¿Puentero? ¿Puentista? Me dirigí hacia el señorencargadodelpuente. Mientras andaba, pensaba en estas necedades, pero no son tan necias como parecen; los griegos usan el vocativo, así que necesitaba un nombre con el que llamar al señorencargadodelpuente y utilizar el dichoso caso.

Una manada de perros griegos se hacinaba alrededor de la cabina de mando. El lector que haya estado en Grecia sabrá a lo que me refiero cuando hablo de perros griegos; no es una raza definida, pero sí un tipo de perro inequívoco. Los perros griegos se agrupan en las estaciones de autobús o de tren, en los puertos, en la entrada de los recintos arqueológicos; en cualquier sitio donde haya tránsito. Son serenos, calmados, lentos, indiferentes; parecen dotados de una sabiduría ancestral y hay hasta quien afirma que son los mismísimos dioses reencarnados. Lo que sí tienen es mierda, pulgas saltarinas y sustancia acumulada. Siempre están durmiendo, a veces se levantan, andan unos metros y dejan caer sus huesos, sus pulgas y su mierda, con un “plom”, en otro lado.

Yo me acerqué saltando entre los chuchos, que a lo sumo se dignaron a descorrer un parpado y mirarme sin interés, con el ojo turbio. Por las ventanas de la cabina de mandos no se veía un alma. Abajo si se veía algo; un barco con una persona indignada.

– ¡Señorencargadodelpuente! ¡Señorencargadodelpuente! – Dije; en vocativo, claro.

Me acerqué más, ya casi podía tocar los mandos; los perros roncaban al unísono. Me metí en la cabina y… aja…allí estaba. En una cama, tapado hasta la nariz, con sábanas y manta, yacía el susodicho puentero, roncando como los canes.

– ¡Oiga!

– Ahhhh. De un salto salió de la cama, con los ojos enajenados.- ¿Qué quieres?

– ¡Que se ha pasado la hora!

– ¿Qué hora?

Miró hacia abajo y vio el velero esperando, le dio al mando y el puente lateral comenzó a levantarse con incómodos y grandes lamentos metálicos.

– No son fechas para esto. Gritaban los conductores que casi se habían caído al mar, con las ruedas chirriando en el borde del muelle. La falta de costumbre invernal.

El velero pasó mientras todos increpaban con el ¡venga!, con el ¡más rápido!, con lo de que ¡a ver si perdemos aquí la mañana! ¿Tendrán valor?

Los perros cambiaron de postura. El señor del puente cogió un sedal y se puso a pescar.
Este trabajo es de un estrés que flipas.

Navegando por el Mediterráneo , ,
About admin

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *